La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 25 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 24

 

La guerra es una forma violenta de negocio.

ADRIEN VENPORT, plan para las operaciones

comerciales con la especia en Arrakis

 

La Liga de Nobles lo llamó «fiebre de la especia».

En cuanto se supo que la melange ayudaba en el tratamiento de la mortífera plaga,

hombres y mujeres de los planetas más distantes se dirigieron hacia Arrakis para

hacer fortuna. Naves y más naves llenas de exploradores y contratistas llegaban a

aquel mundo desértico, en otro tiempo aislado.

Ishmael apenas daba crédito a sus ojos cuando volvió a la vertiginosa metrópoli

de Arrakis City por primera vez desde hacía décadas. Le recordó a la medio olvidada

ciudad de Starda, en Poritrin, de donde había huido hacía tanto tiempo.

El paisaje reseco estaba cubierto de edificaciones levantadas a toda prisa, que se

extendían hasta la base de las colinas de roca, amontonadas unas encima de otras. En

el puerto espacial, las naves llegaban y partían a todas horas, y los vehículos

terrestres y aéreos locales iban y venían sin cesar. Los pasajeros llegaban por

millares, protegiéndose los ojos del sol amarillo de Arrakis, impacientes por correr

hacia las dunas, ajenos al peligro que acechaba.

Según los rumores, había tantísima melange que bastaba con salir a la arena con

un morral y una pala y empezar a recoger… y en cierto sentido era así, siempre y

cuando se supiera dónde buscar. En unos meses, la mayoría de aquellas personas

habría muerto, por boca de los gusanos de arena, por la dureza del entorno o por su

propia estupidez. No estaban preparados para los peligros que les aguardaban.

—Ishmael, podemos sacar provecho de esta situación —dijo El’hiim tratando de

convencer a su padrastro—. Esta gente no sabe lo que va a encontrar en Arrakis.

Podemos conseguir su dinero haciendo algo que para nosotros es normal.

—¿Y para qué queremos su dinero? —preguntó Ishmael, porque realmente no lo

entendía—. Tenemos todo lo que podemos desear. El desierto satisface todas nuestras

necesidades.

El’hiim meneó la cabeza.

—Yo soy el naib, y es mi deber tratar de traer la prosperidad a mi pueblo.

Tenemos la oportunidad de ofrecer nuestro conocimiento del desierto y hacernos

indispensables para los extraplanetarios. Pase lo que pase, seguirán viniendo.

Podemos montar al gusano o ser devorados por él. ¿No es eso lo que me dijiste tú

mismo cuando era joven?

El anciano frunció el ceño.

—Veo que no entendiste la lección que enseña esa parábola. —Pero de todos modos siguió a su hijastro a la ciudad. El’hiim se había criado en otros tiempos,

nunca había sabido lo que es la verdadera desesperación, la necesidad de proteger las

libertades que tanto cuesta conseguir. Nunca había sido esclavo.

Ishmael observaba a aquellos extraplanetarios charlatanes con el ceño fruncido.

—Quizá lo más sabio sería llevarlos a lo profundo del desierto, robarles y dejar

que mueran.

El’hiim rió entre dientes, como si Ishmael acabara de hacer un chiste, aunque

sabía muy bien que no era así.

—Podemos hacer una fortuna explotando la ignorancia de estos invasores. ¿Por

qué no aprovecharlo?

—Porque así los estás animando. ¿Es que no lo ves?

—No necesitan que los anime. ¿No has oído hablar de la epidemia desatada por

las máquinas pensantes? ¿La plaga de Omnius? La especia protege frente a la

enfermedad, y por eso todo el mundo la quiere. Puedes esconder la cabeza en la arena

si lo prefieres, pero no se irán.

La determinación de aquel joven era tan fuerte como la de Ishmael.

A Ishmael no le gustó oír aquella verdad, no le gustaban los cambios, y en el

fondo de su mente supo que la afluencia de extranjeros sería tan imparable como una

tormenta de arena. Sentía que todo lo que había logrado se le escurría entre los dedos.

Aún se llamaba con orgullo a sí mismo y a los de su tribu Free Men de Arrakis, pero

aquel nombre ya no tenía ningún sentido.

En la ciudad, El’hiim se confundió con facilidad entre los mercaderes y

exploradores extraplanetarios. Hablaba diferentes dialectos del galach estándar y

hacía tratos con cualquiera que estuviera dispuesto a pagarle. El’hiim no dejaba de

animar a su padrastro para que disfrutara de algunos de los lujos que la tribu no podía

permitirse.

—Ya no eres un esclavo fugitivo, Ishmael —dijo El’hiim—. Venga, todos

apreciamos lo que hiciste en el pasado. Ahora queremos que te diviertas. ¿Es que no

te interesa ni un poquito el resto del universo?

—Ya he visto suficiente. Y no, no me interesa.

El’hiim rió por lo bajo.

—Eres demasiado rígido e inflexible.

—Y tú te lanzas con demasiada rapidez a las nuevas experiencias.

—¿Y eso es malo?

—Lo es si te hace olvidar los caminos que nos han permitido sobrevivir durante

tanto tiempo.

—No los olvidaré, Ishmael. Pero si encuentro un camino mejor, lo enseñaré a

nuestro pueblo.

El’hiim guió a Ishmael por callejas tortuosas, entre los puestos de mercadillos y bulliciosos bazares. Iba apartando a los carteristas a manotazos, abriéndose paso entre

la multitud de vendedores de agua y comida, de gente venida de Rossak que vendía

drogas y extraños estimulantes de mundos lejanos. Ishmael veía grupos de hombres

pobres y quebrantados en los callejones y los portales, hombres que habían llegado a

Arrakis buscando fortuna y habían perdido tanto que ya no tenían medios para

marcharse.

De haber tenido dinero, les habría pagado el pasaje a cada uno de ellos.

Finalmente, El’hiim localizó a su hombre, tiró de la manga del anciano y corrió al

encuentro de un extraplanetario de corta estatura que estaba comprando material para

el desierto a un precio vergonzosamente elevado.

—Disculpe, señor —le dijo—. Deduzco que es usted uno de nuestros nuevos

buscadores de especia. ¿Está preparando una expedición a las dunas?

Aquel extranjero bajito tenía los ojos muy juntos y facciones angulosas. Ishmael

se puso rígido, pues reconoció los rasgos distintivos de los odiados tlulaxa.

—Este es un comerciante de carne —le dijo a El’hiim con un gruñido, utilizando

el idioma chakobsa para que el extranjero no le entendiera.

Su hijastro le indicó que callara, como si fuera un insecto molesto. Pero Ishmael

no había olvidado a los negreros, que a tantos zensuníes capturaron y llevaron a

lugares como Zanbar y Poritrin. Habían pasado décadas desde el escándalo de las

granjas de órganos tlulaxa, pero a aquella gente todavía se la evitaba y se la

repudiaba. Y sin embargo, en Arrakis, en los vertiginosos días de la fiebre de la

especia, el dinero borraba todos los prejuicios.

El tlulaxa se volvió hacia El’hiim, estudiando al polvoriento naib con visible

escepticismo y desagrado.

—¿Qué quieres? ¿No ves que estoy ocupado?

El’hiim hizo un gesto de respeto, aunque el tlulaxa no lo merecía.

—Soy El’hiim, experto conocedor de los desiertos de Arrakis.

—Y yo soy Wariff… un hombre que se mete en sus asuntos y no tiene ningún

interés por los tuyos.

—Pues debería. Le estoy ofreciendo mis servicios como guía. —El’hiim sonrió

—. Mi padrastro y yo podemos asesorarle sobre el material que necesitará para que

no haga gastos innecesarios. Y, lo mejor de todo, puedo llevarle a las zonas más ricas

en especia.

—Vete al infierno —espetó el tlulaxa—. No necesito guías, y menos a un zensuní

ladrón.

Ishmael cuadró los hombros y contestó en un galach muy claro.

—Irónicas palabras viniendo de un tlulaxa, una raza que secuestra humanos y les

quita sus órganos.

El’hiim se puso ante su padrastro antes de que el intercambio fuera a más.

—Vamos, Ishmael. Hay muchos otros clientes. A diferencia de este necio

obstinado, algunos buscadores encontrarán la fortuna que buscan.

Con un suspiro altanero, el tlulaxa siguió con sus cosas, como si aquellos dos

hombres del desierto no fueran más que algo molesto que acababa de despegarse de

la suela del zapato.

Al final de aquel día largo y caluroso, los dos hombres se alejaron de Arrakis

City. Ishmael se sentía enfadado. Ver cómo su hijastro se vendía a los extranjeros le

afectaba más de lo que podía imaginar. Finalmente, tras un duro silencio, el anciano

habló con voz apesadumbrada.

—Eres el hijo de Selim Montagusanos, ¿cómo puedes rebajarte de esta forma?

El’hiim lo miró con incredulidad, arqueando las cejas como si su padrastro

hubiera hecho una pregunta incomprensible.

—¿Y eso qué significa? He conseguido trabajo para cuatro guías. La gente de

nuestro pueblo llevará a los buscadores a las arenas y dejará que ellos hagan el

trabajo a cambio de llevarnos la mitad de los beneficios. ¿Cómo puedes oponerte a

eso?

—Esa no es la forma en que nosotros hacemos las cosas. Va en contra de lo que tu

padre enseñó a sus seguidores.

El’hiim se esforzaba visiblemente por controlar su ira.

—¿Por qué detestas tanto el cambio? Si las cosas no cambiaran, tú y los tuyos aún

estaríais en Poritrin como esclavos. Pero viste un camino distinto y huisteis, y

vinisteis aquí buscando una vida mejor. Es lo mismo que intento hacer.

—¿Lo mismo? Vas a hacer que perdamos todo lo que hemos logrado.

—Yo no quiero vivir como un forajido muerto de hambre como mi padre. No se

puede vivir de leyendas. No se puede beber el agua de las visiones y las profecías.

Debemos mirar por nosotros mismos y tomar lo que el desierto nos ofrece… porque

si no lo harán otros.

Los dos hombres siguieron en silencio en la oscuridad de la noche y, finalmente,

llegaron al límite donde se iniciaban las arenas, donde empezaba su travesía por el

desierto yermo.

—Tú y yo nunca nos entenderemos, El’hiim.

El joven dejó escapar una risa seca y amarga.

—Vaya, por fin dices algo en lo que estamos de acuerdo.