La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 23 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 22

 

Un ejecutivo de éxito es como un jugador de póquer: debe esconder sus emociones o mostrar emociones falsas para que los demás no puedan utilizarlas en su contra.

AURELIUS VENPORT, El legado de los negocios

 

Durante casi dos semanas, Vor viajó en el Viajero Onírico a unas aceleraciones que

solo un robot estaba preparado para soportar, decidido a llevar cuanto antes aquella

información vital a la Liga. Su cuerpo empezaba a resentirse, pero sabía que cada

minuto que pasaba podía significar la pérdida de más vidas.

Si aumentando la velocidad de su nave hasta los límites soportables conseguía

salvar aunque solo fuera una vida, sería recompensa más que suficiente. El propio

Agamenón le había enseñado esa lección cuando le sometió al tratamiento de

extensión vital: el dolor es un precio muy pequeño a cambio de la vida.

Durante su largo viaje, Vor no había manifestado síntomas ni indicios de la

enfermedad, no había visto ninguna de las señales sobre las que Raquella le había

alertado. Eso significaba que era inmune. Y que por tanto podía poner manos a la

obra enseguida sin miedo a contagiar a otros ni temer por su propia seguridad.

Vor varió su ruta dando un pequeño rodeo para ir a los astilleros de VenKee en

Kolhar. Dadas las circunstancias, pensó que lo mejor era hablar directamente con los

principales proveedores de especia. Las ramificaciones del descubrimiento de

Raquella eran sorprendentes.

Aunque no fue ninguna sorpresa, cuando inició la aproximación a Kolhar Vor

escuchó con pesar a través de las noticias que pasaban por los canales de

comunicación que la epidemia había empezado a extenderse a otros mundos. Omnius

hacía llegar la enfermedad con una eficacia implacable, contaminando un planeta tras

otro, a pesar de los esfuerzos de la Liga por evitarlo. Se imponían cuarentenas, pero

no con la suficiente rapidez; e incluso cuando las precauciones conseguían hacer que

la epidemia quedara limitada a un territorio, como mínimo la mitad de la población

estaba condenada a morir.

Vor era el único que tenía noticias esperanzadoras, y todo dependía de la

cooperación de VenKee. Aquellos que consumían especia eran más resistentes a la

plaga.

VenKee tenía el monopolio de las exportaciones de melange, y mantenía en

secreto sus técnicas y sus proveedores. La empresa también tenía el monopolio de las

naves que plegaban el espacio para el transporte comercial. En la mente de Vor las

piezas encajaron enseguida: si querían contrarrestar el rápido avance del virus había

que proporcionar medicinas de forma inmediata, y para eso era imprescindible el uso

de las naves que plegaban el espacio. Y de especia…

Vor juró que no saldría de Kolhar hasta que tuviera lo que necesitaba.

 

Al final, la misma Norma Cenva acompañó a Vor en el Viajero Onírico a Salusa.

Había previsto su llegada y, con una extraña e inexplicable presciencia, sabía que

traería noticias urgentes. Después de oírle decir las primeras frases, Norma ya sabía

tres cosas: la situación era crítica, la especia era fundamental para la supervivencia de

la raza humana y debía ir con él a Salusa para dirigirse al Parlamento de la Liga.

Antes de partir, Norma mandó a tres pilotos mercenarios muy bien pagados con el

mismo mensaje a bordo de naves de reconocimiento que plegaban el espacio. De este

modo, el Consejo de la Yihad estaría al tanto de la situación y podría empezar a

difundir la noticia. Para cuando ella y Vor llegaran, ya habrían empezado a mover las

cosas.

Luego dio instrucciones a su hijo Adrien para que modificara todas las

actividades de la empresa e incrementara la producción y distribución de especia

hasta los máximos niveles posibles. Finalmente, siguió a Vor a su nave negra y

plateada.

—Me concentraré mejor en tu nave que aquí. —Y señaló a los astilleros, donde

aún estaban ocupados con las labores de reconstrucción y reparación debidas a la

reciente explosión—. Tendríamos que partir enseguida.

Cuando despegaron, Vor puso la nave a una aceleración moderada, pero Norma le

aseguró que su cuerpo podía aguantar una presión mayor que el de él, así que de

nuevo llevó al Viajero Onírico a una velocidad de vértigo. La nave de actualización

salió disparada del sistema en un vector directo hacia Salusa Secundus.

Durante el trayecto, Norma se concentró en sus pensamientos y sus cálculos,

rodeada de notas, cuadernos electrónicos y otros materiales de su despacho de

Kolhar. Pero, curiosamente, nada de aquello le hizo falta. No, en lugar de eso se

encontró viajando al interior de su mente, absorbiendo y procesando cantidades

ingentes de información. Descubrió que su capacidad mental aumentaba más allá de

los límites imaginables.

Vor casi tenía la sensación de que no había nadie con él, aunque estaba

acostumbrado a viajar solo. Durante las largas y tediosas horas de silencio, pensó con

afecto en los tiempos en que volaba en compañía de Seurat. Dado el clima actual de

guerra y maldad, no le habría ido mal poder distraerse jugando con el robot, o incluso

con sus torpes intentos de hacer chistes.

 

El Viajero Onírico aterrizó entre sacudidas en una pista ventosa del puerto espacial de

Zimia, en mitad del día. Norma salió de su trance, miró por la ventana de su camarote

y vio la capital del planeta.

—¿Ya estamos?

Cuando iban de camino al edificio del Parlamento, ella y Vor se enteraron de que,

durante las escasas semanas que había durado su viaje, la plaga se había extendido a

una docena más de planetas. Los mejores científicos de la Liga no sabían cómo

combatirla, aunque cuando los exploradores llegaron con la noticia del

descubrimiento de Raquella sobre la melange, la demanda de especia había

aumentado enormemente. Sin embargo, muchos planetas no tenían acceso a la

suficiente melange.

Norma esperaba cambiar eso con su anuncio.

Mentalmente, Norma ajustó su apariencia, alisando su pelo rubio y suavizando su

expresión. Mientras su cuerpo funcionara con la suficiente eficacia para lograr lo que

quería, las apariencias poco le importaban. Pero hizo aquel esfuerzo en honor a su

difunto marido.

Mientras subía los escalones junto al apuesto comandante supremo, vio

claramente la importancia de su papel para el devenir de la humanidad. Norma se

veía como algo efímero, como un soplo de oxígeno que permitiría que la vela siguiera

encendida. No le importaba si la historia la recordaba o no. A ella solo le interesaba el

trabajo. Y salvar vidas.

—¿Estás preparada? —le preguntó Vor—. Pareces muy lejos de aquí.

—Yo estoy… en todas partes. —Sus ojos pestañearon, y entonces se concentraron

en el inmenso edificio que tenía ante ella—. Sí, estoy aquí.

En ese momento, un grupo de hombres con túnicas amarillas salió

apresuradamente del edificio, llevando un cilindro de plaz que albergaba un cerebro.

Norma lo miró con curiosidad cuando el grupo pasó junto a ellos con aire

ensimismado. Aunque nunca había interactuado personalmente con ninguno de los

antiguos cerebros, Zufa, su madre, le había hablado de sus métodos secretos.

—Vidad, uno de los pensadores de la Torre de Marfil —dijo Vor con visible

desagrado. Y la apremió para que cruzaran las arcadas y pasaran al interior de las

salas bulliciosas y resonantes del Parlamento—. Esta vez no dejaré que se inmiscuyan

como hicieron con aquel absurdo plan de paz.

Desde que Serena se había convertido en mártir para reparar el daño que hicieron

los pensadores de la Torre de Marfil, hacía más de medio siglo, Vidad residía en

Salusa Secundus, dedicado al estudio de los registros históricos y los tratados

filosóficos más recientes. También era un estorbo en asuntos de política, y se

entrometía en el trabajo del Consejo de la Yihad. Vor habría querido que volviera con

sus compañeros del planetoide helado de Hessra.

Cuando llegaron, el Gran Patriarca Xander Boro-Ginjo presidía la sesión, con su

estrafalario y ostentoso collar de mando al cuello, un visible símbolo de su posición

como líder espiritual de su pueblo. Junto a él, estaba sentado el alto y desgarbado virrey interino, O'Kukovich. Aunque teóricamente era el líder político de la Liga de

Nobles, no tenía ningún poder real, no era más que una figura de relleno, como

masilla en un agujero.

Norma y Vor ocuparon sus asientos en la primera fila de la sala de asambleas. Su

llegada provocó cierto revuelo, aunque el Parlamento estaba en mitad de un largo

debate sobre la propagación de la epidemia. Hasta el momento, que se supiera los

planetas afectados eran quince, y todos temían que poco a poco irían llegando más

malas noticias. El Consejo de la Yihad ya había propuesto que se tomaran medidas

militares extremas para proteger Salusa Secundus.

Vor estudió el programa y vio una larga lista de informes y ponentes, todos ellos

señalados como «urgente». Dio un suspiro y se recostó en el asiento.

—Aún tardaremos un rato.

Norma notaba el pánico en las voces de los hablantes, lo veía en sus rostros. Los

representantes que estaban más cerca musitaban con nerviosismo entre ellos. Aunque

una parte de su mente siguió con sus pensamientos y sus cálculos, se hizo cargo de la

magnitud del desastre mientras escuchaba los sucesivos informes. En Salusa

Secundus aún no se había dado ningún caso, y había una seria propuesta de ley para

imponer el bloqueo total y proteger así a la población del planeta.

Norma se sentó más derecha cuando el siguiente poniente subió al estrado: la

líder de las hechiceras de Rossak, su medio hermana, Ticia Cenva. Con su rostro de

alabastro lleno de pasión y su larga cabellera rubia y la túnica de color hueso

meciéndose levemente con una brisa inexistente, Ticia miró a su audiencia en

silencio, intimidándola con su imponente presencia.

Norma no esperaba ninguna sonrisa de su medio hermana, ni siquiera un gesto de

la cabeza. A pesar de sus extraordinarios talentos, su familia estaba rota, y ellas

estaban muy distanciadas.

Durante años Zufa había visto a Norma como un fracaso y había preferido

concentrarse en su contribución a la Yihad. Debido a sus poderes como gran

hechicera, Zufa Cenva siempre había soñado con tener una hija perfecta, pero para

cuando esa hija llegó, en la forma inmaculada de Ticia, Norma se había transformado

en algo que superaba sus sueños más disparatados. Así pues, Zufa abandonó

alegremente a la hija que siempre había querido y dejó que la criara otra hechicera de

Rossak, y ella se entregó en cuerpo y alma al trabajo de Norma. Y luego fue

asesinada, junto con Aurelius.

Ticia creció en Rossak, y manifestó todos los poderes mentales por los que su

madre tanto había rezado, pero vivía en un pozo de resentimiento. Décadas más tarde,

ocupó su puesto como hechicera suprema, como Zufa, solo que ella era más severa y

se dedicó a su trabajo con mayor entrega que su madre. Norma, por su parte, vivía tan

inmersa en sus teorías y sus cálculos, por no hablar de los negocios de VenKee, que rara vez se había molestado en visitar a su medio hermana. Ninguna de las dos habría

considerado a la otra una «amiga», ni siquiera en el sentido más general de la palabra.

Ticia vio a Norma y vaciló un instante, y entonces inició su discurso con una voz

que parecía atronar con cada aliento. La audiencia se estremeció ante tanto poderío.

—Durante años, las hechiceras hemos dado nuestras vidas para destruir a los

cimek allá donde trataran de atacarnos. He visto perecer a muchas de mis hermanas,

desatando sus mentes para llevarse con ellas a los cimek, incluyendo a los titanes. Yo

misma estaba preparada para hacerlo. De haber llegado un nuevo enemigo, yo habría

sido la próxima… Pero desde hace décadas, la amenaza de los cimek se ha debilitado.

Brevin O'Kukovich aplaudió.

—Las hechiceras de Rossak habéis realizado un gran servicio por la humanidad.

Ticia le dedicó una mirada asesina, furiosa por la interrupción.

—Como tantos otros, señor. Bien, debo señalar que, ante esta devastadora plaga

que se ha desatado, las hechiceras podemos ofrecer nuestra experiencia en otra área.

Debido a la dureza de nuestro entorno y nuestros registros precisos sobre diferentes

linajes a lo largo de generaciones, tenemos un gran conocimiento sobre genética, el

material más importante de la raza humana. Si la plaga de Omnius se agrava,

podríamos perder las mejores ramas de nuestra especie… no se trata de simples bajas,

sino de nuestro futuro.

»Ahora que familias, ciudades enteras caen en un mundo tras otro, ninguna

reacción será demasiado precipitada o enérgica. Nuestra raza corre un grave peligro.

Aunque concentremos nuestros esfuerzos en encontrar una cura para esta terrible

arma biológica, también debemos actuar con contundencia para preservar las mejores

líneas genéticas antes de que se pierdan para siempre… proteger y almacenar

muestras de las más fuertes, porque de lo contrario es posible que la enfermedad las

destruya por completo. Debemos crear un programa para proteger la información

genética de los diferentes pueblos en todos los planetas. —Alzó el mentón—. Y las

hechiceras estamos capacitadas para llevar a cabo ese programa.

Norma miró la elevada figura de su medio hermana, y se preguntó qué ganaría

ella con aquella propuesta. Aunque no era una persona particularmente compasiva,

estaba entregada en cuerpo y alma a la Yihad, igual que Zufa.

Ticia paseó sus ojos claros y eléctricos por la sala, evitando expresamente a

Norma.

—Propongo que vayamos a lugares donde la epidemia todavía no haya llegado y

rescatemos a candidatos sanos. Podemos crear una base de datos con esas muestras,

preservar las características genéticas de cada raza, por si no se pudiera salvar a las

razas en sí. Más adelante, cuando hayamos superado la epidemia, utilizaríamos esta

inmensa biblioteca genética para recuperar la población.

El Gran Patriarca no parecía acabar de entenderlo.

—Pero incluso si la epidemia matara a la mitad de la población… seguiría

habiendo supervivientes de sobra. ¿Es realmente necesaria una operación de

semejante magnitud?

Tras respirar hondo, Ticia dijo:

—Pero ¿será la mitad adecuada la que sobreviva? Tenemos que prepararnos para

lo peor, Gran Patriarca. Debemos hacer lo que digo antes de que el tiempo se nos

acabe… como hizo Noé en la Antigüedad, solo que a una escala infinitamente mayor.

Debemos conservar muestras de los rasgos más fuertes en cada planeta, antes de que

la plaga se extienda más. Si queremos garantizar la suficiente diversidad para

conservar la buena salud de nuestra especie, necesitaremos todo el ADN que

podamos salvar.

—¿Y por qué no limitarnos a curar esa condenada epidemia? —preguntó uno de

los representantes, muy afectado—. ¡Está apareciendo por todas partes!

—¿Y qué pasa con los planetas que ya están infectados? Tendríamos que

concentrar nuestros esfuerzos también allí. ¡Ellos son quienes más lo necesitan!

El Gran Patriarca llamó al orden.

—Estamos preparando equipos masivos de ayuda para ayudar al personal médico

desbordado de los planetas afectados. Quizá la hechicera también podría tomar

muestras en estos planetas.

Ticia lo miró como si estuviera loco.

—Es demasiado tarde. Parte de la población sobrevivirá, pero sus caracteres

genéticos de base quedarán tocados. Tendríamos que concentrar nuestros esfuerzos

donde puedan hacer más bien. No lograremos nada en los planetas donde la epidemia

ya se ha manifestado.

—Bien, bien —dijo el virrey interino, fijándose deliberadamente en el reloj—. No

veo razón para que las hechiceras no puedan unir sus esfuerzos a nuestros planes de

ayuda en los mundos de la Liga. ¿Habrá suficientes voluntarias en Rossak para hacer

lo que dice?

—Más que suficientes.

—Excelente. Y ahora, por lo que veo, el siguiente punto del programa quizá

resulte algo más esperanzador. El comandante supremo Vorian Atreides y… ¿una tal

Norma Cenva? —Evidentemente, O'Kukovich no sabía quién era Norma, pero nunca

había tenido buena memoria—. ¿Tienen más detalles sobre el uso de la melange

contra la epidemia?

Vor acompañó a Norma a la zona de comparecencia y Ticia pareció abochornada

al ver que le quitaban protagonismo. Aunque su informe había llegado unas semanas

antes, Vor hizo un breve resumen de su viaje a Parmentier y el descubrimiento de su

nieta Raquella.

—De acuerdo con los informes que llegan de otros mundos afectados, parece que la conclusión es acertada. En todos los planetas hay focos inexplicables de

inmunidad… y todos tienen un común denominador. Las personas que consumen

melange tienen una mayor resistencia frente al virus, cuando no inmunidad. Especia.

Una cara droga de uso recreativo. ¡Y una poderosa arma contra la epidemia!

Vor se apartó a un lado y cedió el podio a Norma. Ella no vaciló.

—Por tanto, necesitamos mucha más melange, y hay que distribuirla con la

mayor rapidez posible. Por eso ofrezco los servicios de VenKee Enterprises.

—Esto no es más que un plan para incrementar la demanda de especia… ¡y

vuestros beneficios! —gritó un hombre con mal humor desde la cuarta fila de gradas.

—Es cierto que VenKee es el principal proveedor de especia de la Liga, y también

que controlamos las naves que pliegan el espacio, que podrían distribuir la especia

con la suficiente rapidez para cambiar las cosas. —Con una súbita sensación de

frustración, Norma pensó que si la Liga, con sus miedos irracionales y su exceso de

celo, no la hubiera obligado a retirar los sistemas de navegación informatizados, el

nivel de seguridad de sus naves superrápidas podría aumentar de forma drástica.

Quizá podía colar secretamente alguno de aquellos sistemas en las naves—. Ya he

dado instrucciones para aumentar en lo posible la producción de especia en Arrakis

—siguió diciendo con voz firme—. En nombre de mi amado esposo, el patriota

Aurelius Venport, VenKee donará la melange a los planetas afectados por la epidemia

como gesto humanitario. —Un rumor de sorpresa se extendió por la sala. Norma

volvió la mirada hacia el hombre sin rostro que había lanzado la acusación—. Espero

que esto aplacará sus quejas por los beneficios que vamos a sacar de esta tragedia.

Adrien, con su agudo sentido de los negocios, seguramente se habría opuesto,

porque VenKee ya había sacrificado bastante. Pero en aquellos momentos a Norma

no le interesaban los beneficios. Aquello era lo correcto.

Los representantes lanzaron vítores, pero Ticia Cenva, que ahora estaba sentada

en la primera fila, no se unió a ellos. Con aire conspirador, se inclinó para decir unas

palabras al Gran Patriarca. Los ojos de aquel hombre regordete se iluminaron y

asintió vigorosamente. Xander Boro-Ginjo se puso en pie y llamó al orden.

—Apreciamos la oferta de VenKee, pero dadas las circunstancias, este gesto no

sería suficiente. Incluso con un esfuerzo sobrehumano, una sola empresa no podrá

producir la suficiente especia para solventar la crisis, si es que realmente es cierto que

la melange protege frente al virus. Se trata de incrementar exponencialmente la

producción. —Se aclaró la garganta, y una sonrisa perversa se extendió por su rostro

—. Por tanto, por el bien de la humanidad y la supervivencia de nuestra especie,

declaro que Arrakis queda anexionado a la Liga de Nobles, y que cualquiera que lo

desee, puede ayudar a arañar un poco de especia de sus arenas. No es momento de

mostrarse conservador ni cauteloso con este recurso. La raza humana necesita hasta el

último gramo de melange.

Norma vio que Ticia parecía satisfecha con aquel giro de los acontecimientos,

como si se acabara de apuntar una victoria. Dada la gravedad de la situación, no

podía recriminarle al Gran Patriarca lo que acababa de hacer, pero esperaba que

aquello no fuera una sentencia de muerte para VenKee Enterprises.

Poco sospechaban los habitantes del remoto planeta de Arrakis lo que les

esperaba.