La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 63 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 62

 

Los venenos más nocivos no se pueden analizar en un laboratorio, porque están en la mente.

RAQUELLA BERTO-ANIRUL, Biología del alma

 

Habían pasado casi veinte años desde que la plaga de Omnius había arrasado los

mundos de la Liga, dejando poblaciones enteras en ruinas, para acabar

consumiéndose mientras los supervivientes desarrollaban inmunidad y se protegían

con la especia melange. Aun así, de vez en cuando se producía algún nuevo brote que

obligaba a adoptar rígidas medidas para evitar su propagación.

Después de décadas adaptándose en aquel entorno saturado de sustancias

químicas y poblado por extraños hongos, líquenes y plantas, una nueva variante del

virus apareció en los cañones de las selvas de Rossak, una mutación que incluso

superaba la tasa de mortalidad de los más logrados experimentos genéticos de Rekur

Van.

Los médicos de la Liga fueron convocados enseguida; se distribuyeron equipos de

descontaminación y medicamentos. Los especialistas seguían exponiéndose a un

grave riesgo para eliminar cualquier nueva manifestación de la plaga.

En los años transcurridos desde que escaparon a duras penas de la chusma en

Parmentier, tras su reencuentro con Vorian Atreides después de la Gran Purga,

Raquella Berto-Anirul y su compañero Mohandas Suk habían recorrido

incansablemente los distintos mundos de la Liga, sobre todo los lugares donde su

ayuda hacía más falta. Para la HuMed —Comisión Médica de la Humanidad—,

aquellos dos médicos que viajaban en el Recovery, la nave que su abuelo les había

comprado, eran una especie de detector de problemas. Viajaron a más de treinta

planetas en su esfuerzo por ayudar a las víctimas de la epidemia. Nadie sabía más que

ellos de las diferentes variantes de la plaga.

Tras recibir los primeros informes, la HuMed mandó a Raquella y el doctor Suk a

hacer frente a lo que se conocería como la plaga de Rossak.

Dejando al margen los comerciantes de productos farmacéuticos y el negocio de

distribución de sustancias, Rossak siempre había vivido bastante aislada. Las

hechiceras eran reservadas, se ceñían a su trabajo y se consideraban superiores a la

mayoría de los humanos. Ticia Cenva enseguida se dio cuenta del peligro e impuso

una cuarentena draconiana, e incluso se negó a autorizar la salida de naves de VenKee

con cargamentos médicos. Rossak estaba totalmente aislada.

—Eso hará que la cuarentena sea más efectiva —dijo Mohandas, pasándole la

mano por el brazo a Raquella—. Será más fácil mantenerla.

—Pero no ayudará a la gente que hay ahí abajo —señaló ella—. La hechicera suprema ha dado órdenes estrictas para que cualquiera que baje a la superficie no

pueda volver a salir hasta que la epidemia haya pasado oficialmente.

—Es un riesgo que hemos corrido otras veces. —Su nave hospital ocupó su lugar

en órbita, donde tendría que esperar bastante tiempo.

—Lo mejor es que tú te quedes aquí, en los laboratorios, y analices las muestras

que te envíe. Puedo llevarme a algunos de los voluntarios de la HuMed para que me

ayuden con los tratamientos.

Hasta el momento no habían logrado encontrar una cura, pero los trabajosos y

difíciles tratamientos permitían eliminar el misterioso compuesto X del riego

sanguíneo y darle tiempo al enfermo a combatir la infección del hígado y seguir con

vida.

Después de tantos años trabajando juntos, además del amor, Raquella y

Mohandas compartían un fuerte vínculo profesional. En la nave, el doctor Suk podría

trabajar sin interrupción en la nueva variante del retrovirus sin miedo a contagiarse.

Sin embargo, por el momento todo parecía indicar que aquella nueva cepa era mucho

más virulenta que el virus original.

Raquella, por su parte, estaba más interesada en ayudar a la gente. Ella y su

ayudante Nortie Vandego bajaron en una lanzadera a las ciudades de las cuevas, en

los valles tectónicos habitables del planeta. Vandego era una joven con la piel de

color chocolate y voz culta; se había graduado la primera de su clase el año antes, y

luego se presentó voluntaria para aquel peligroso trabajo.

Cuando llegaron a las instalaciones de tierra, antes de que las dejaran marchar

para hacer su trabajo, tuvieron que pasar por un sinfín de pruebas. Raquella sabía por

experiencia que había que ser muy riguroso con las medidas de seguridad y proteger

bien las zonas vulnerables: los ojos, la boca, la nariz y cualquier herida o arañazo

abierto… además de tomar elevadas dosis profilácticas de especia.

—VenKee nos lo proporciona todo —dijo una de las doctoras que las recibió—.

Cada pocos días recibimos un nuevo cargamento de Kolhar. Norma Cenva nunca nos

cobra.

Raquella le dedicó una sonrisa apreciativa y aceptó su ración de melange.

—Lo mejor es que vayamos lo antes posible a la ciudad para que pueda valorar la

magnitud del problema.

Raquella y Vandego avanzaron por las zonas pavimentadas sobre la densa

cubierta de árboles, cargada cada una con un voluminoso contenedor sellado con

equipos de diagnóstico. En el brazo llevaban una banda donde aparecía una cruz roja

sobre fondo verde, el símbolo de la HuMed. Allá arriba, en órbita, Mohandas estaría

esperando el regreso de una lanzadera con muestras de tejidos infectados. Haría un

cultivo con las muestras y compararía los anticuerpos que encontrara con los que

tenían de cepas anteriores de la plaga.

El aire estaba impregnado de aromas extraños y acres. La gente se movía por los

salientes de roca y permanecía en las arcadas desde las que se accedía a las ciudades

de cuevas. Los túneles eran como canales excavados en la roca por larvas

hambrientas.

Raquella oyó el zumbido de un escarabajo de un verde intenso que apareció entre

el denso follaje púrpura, estuvo revoloteando sobre las hojas polimerizadas y luego se

elevó por encima de las copas de los árboles, dejando que una corriente ascendente de

aire impulsara sus inmensas alas quitinosas. La atmósfera era húmeda y opresiva a

causa de un aguacero tropical reciente. Aquel lugar era un hervidero biológico,

envenenado y fecundo. Un campo de cultivo ideal para las enfermedades y sus

posibles curas.

Aunque esperaban su llegada, junto con la de otros expertos de la HuMed, nadie

salió a recibirlas.

—Pensé que nos recibirían con los brazos abiertos —dijo Vandego—. Si hay que

hacer caso de lo que dicen los informes, están aislados, muriendo como chinches.

Raquella entrecerró los ojos bajo el sol brumoso.

—A las hechiceras no se les da muy bien pedir ni aceptar ayuda del exterior. Pero

sus poderes mentales no les sirven en esta crisis, a menos que puedan controlar sus

cuerpos célula a célula.

Raquella avanzó con su delgada ayudante hacia las cuevas. Siguiendo pasarelas y

puentes, llegaron a los accesos del nivel superior y preguntaron por las zonas de

hospital. Cada túnel, cada cámara parecía utilizarse como espacio de enfermería. Más

de la mitad de la población estaba infectada, pero los síntomas de la plaga de Rossak

eran variables y difíciles de predecir o tratar. Y la tasa de mortalidad parecía

significativamente más alta que el cuarenta y tres por ciento de la plaga original.

Las dos mujeres tomaron un ascensor que bajó por un canal abierto en la cara

externa de la roca. El aparato descendió tan deprisa que a Raquella el estómago le dio

un vuelco; era como si el ascensor también estuviera impaciente porque empezaran.

Cuando bajaron, una mujer menuda y delicada con una túnica negra sin capucha las

recibió en un inmenso recinto cerrado y de techos altos. Más arriba veían gradas,

barandas, balcones. Mujeres esculturales ataviadas con túnicas negras se movían con

premura por pasarelas, entraban y salían de las diferentes habitaciones.

—Gracias por venir a ayudarnos a Rossak. Soy Karee Marques. —La joven tenía

el pelo de color claro, hasta los hombros, pómulos altos y ojos grandes de color verde

esmeralda.

—Estamos impacientes por empezar a trabajar —dijo Raquella.

Vandego miró a su alrededor, a todas aquellas túnicas negras tan lúgubres.

—Pensaba que las hechiceras vestían tradicionalmente de blanco.

Karee frunció el ceño. La piel de su rostro era translúcida, y solo mostraba un leve rubor.

—Llevamos túnicas negras cuando estamos de duelo. Y ahora parece que nunca

se acabará.

La joven hechicera las guió por un pasillo central, pasando ante salas atestadas de

pacientes en camas improvisadas. El lugar parecía limpio y bien gestionado, y las

mujeres de las túnicas negras cuidaban de los pacientes, aunque Raquella notaba el

inconfundible olor de la enfermedad y la carne en descomposición. En aquella

devastadora encarnación del virus, el cuerpo se iba cubriendo poco a poco de lesiones

cutáneas llenas de pus, que mataban las membranas de las células de la piel capa a

capa.

En el interior de la cueva más grande, donde había cientos, puede que miles de

pacientes en diferentes estadios de la enfermedad, Raquella se quedó parada,

pasmada al pensar en todo el trabajo que había que hacer. Se acordó de Parmentier,

de cómo habían tratado de frenar las primeras manifestaciones de la epidemia en el

Hospital de Enfermedades Incurables. Pero era como querer limpiar el agua de una

marea con un trapo.

Vandego tragó con dificultad.

—¡Cuántos! ¿Por dónde vamos a empezar?

A su lado, la joven hechicera miraba con los ojos llenos de lágrimas por la

frustración y la pena.

—Ante una tarea como esta, no hay principio ni fin.

 

Durante semanas, Raquella dedicó largas horas a los pacientes, y trataba de calmar

sus dolores con unos parches que liberaban gas melange muy frío al interior de sus

poros. Los parches eran un invento suyo y de Mohandas. Cuando la primera plaga

terminó, Raquella deseó no tener que volver a usarlos nunca.

La hechicera suprema se mantenía a distancia, y rara vez se molestaba en visitar a

Raquella o mencionar su presencia. Ticia Cenva era una figura misteriosa y esquiva

que parecía flotar en vez de caminar. En una ocasión, sus miradas se cruzaron, a unos

treinta metros de distancia y, antes de que Ticia se fuera a toda prisa, a Raquella le

pareció que en sus ojos veía hostilidad, o un extraño temor.

Las mujeres de Rossak siempre habían sido autosuficientes, siempre habían

declarado su superioridad y hecho gala de sus poderes mentales. Quizá la hechicera

suprema no quería reconocer que era incapaz de proteger a su gente.

En una comida común para las voluntarias médicas, Raquella le preguntó a Karee

por ella. La joven le habló en voz baja.

—Ticia no confía en nadie, sobre todo en gente de fuera como usted. Le da más

miedo que las hechiceras parezcamos débiles que el daño que pueda causar el virus.

Y… hay cosas en Rossak que preferiría mantener lejos de la vista de extraños.

Durante una semana entera, antes de pedir ayuda urgente a la HuMed, Ticia

Cenva y las hechiceras habían tratado de controlar la epidemia utilizando sus

conocimientos celulares y genéticos. Incluso trataron de aprovechar las hierbas y

medicamentos que suministraban los investigadores de VenKee, atrapados también en

el planeta debido a la cuarentena. Pero ninguno de sus intentos había tenido éxito.

Desde su base en Kolhar, VenKee enviaba grandes cargamentos de melange con

la esperanza de ayudar a evitar que la epidemia se extendiera por la Liga. Mientras

Mohandas trabajaba en su laboratorio orbital estéril a bordo del Recovery, Raquella le

enviaba muestras regularmente, junto con notas personales en las que con frecuencia

le decía que le añoraba. El respondía, haciendo un resumen de los cambios que veía

en la nueva cepa del virus, y su resistencia ante los poco efectivos remedios que

habían utilizado la vez anterior.

Raquella pronto se hizo conocida por su delicadeza con los pacientes. Aliviaba su

dolor y los trataba a todos con la misma dedicación. Era algo que había aprendido

hacía mucho tiempo, en el Hospital de Enfermedades Incurables. Pero la mayoría de

las veces, los pacientes morían. La nueva epidemia era así. En aquellos momentos,

Raquella estaba junto a una hechicera ya mayor y respetada que dio su último aliento.

Un fin pacífico, muy distinto a las convulsiones y la agitación de algunas de las

víctimas, que padecían fuertes delirios antes de perder el conocimiento.

—Si esto es lo mejor que puedes hacer, no es suficiente. —Ticia Cenva estaba

detrás, con expresión decepcionada y furiosa; las marcas de las lágrimas hacía ya

tiempo que se habían borrado de sus mejillas.

—Lo siento —replicó Raquella, sin saber qué decir—. Encontraremos un

tratamiento mejor.

—Espero que sea pronto. —Ticia paseó la mirada por la enfermería atestada,

como si la epidemia fuera culpa de Raquella.

Su rostro tenía las facciones endurecidas y marcadas de un cuervo.

—He venido a ayudar, no a demostrar mi superioridad. —Raquella se excusó y

fue a otra sala para seguir con su trabajo.