La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 6 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 5

 

Dios recompensa al compasivo.

Dicho de Arrakis

 

Aunque ni siquiera el universo era lo bastante vasto para contener a su imaginación,

Norma Cenva rara vez salía de su despacho abarrotado. Su mente la llevaba a donde

quería.

Totalmente concentrada, atrapaba sus ideas en planos estáticos y tableros

electrónicos de dibujo, mientras muy cerca los astilleros de Kolhar hervían con la

actividad bulliciosa de los obreros que convertían sus visiones en realidad. Naves y

más naves, escudos, motores, armas. El proceso nunca terminaba, porque Norma

nunca paraba. La Yihad nunca paraba.

Sin sorprenderse apenas, Norma se dio cuenta de que volvía a ser de día. Había

trabajado toda la noche… puede que más. No tenía ni idea de la fecha en que estaban.

Desde el exterior, le llegaba el sonido de la maquinaria pesada de los astilleros,

dirigidos ahora por su hijo mayor, Adrien. Era un sonido… productivo, y no le

molestaba. Adrien era uno de los cinco hijos que había tenido con Aurelius Venport,

pero los otros cuatro no tenían su capacidad y entrega para los negocios. Los cuatro,

dos chicos y dos chicas, trabajaban para VenKee Enterprises, pero ocupaban puestos

de menor importancia como representantes de la empresa. En aquellos momentos,

Adrien estaba en Arrakis, supervisando los cargamentos y la distribución de la

especia.

Los equipos de trabajo ensamblaban naves mercantes y naves de guerra, en su

mayoría con motores convencionales, que eran más seguros, aunque también había

algunos dotados con los destacables motores que plegaban el espacio, capaces de

llevar una nave de un lugar del espacio a otro en un instante. Por desgracia, el sistema

seguía siendo demasiado arriesgado. La tasa de pérdidas era tan alta que pocas eran

las personas dispuestas a pilotar estas naves, ni siquiera los yihadíes, salvo en

situaciones de extrema emergencia.

A pesar de los continuos reveses —algunos por causas matemáticas y físicas, y

otros por fanatismo—, Norma sabía que tarde o temprano encontraría la solución. Era

su principal prioridad.

Salió al aire frío de la mañana y contempló el caos de los astilleros, sin reparar en

el bullicio ni en el olor de los humos. La mayor parte de los recursos de Kolhar se

destinaban a la creación de nuevas naves que sustituyeran las pérdidas continuas del

ejército de la Yihad. Incluso a Norma le parecía increíble la cantidad de energía,

materiales y trabajo que aquella guerra había consumido.

En otro tiempo, Norma fue una joven bajita a quien su madre despreciaba. Ahora era físicamente hermosa, y sus ideas y responsabilidades abarcaban el universo entero

y se proyectaban muy lejos en el futuro. Ahora que había cambiado en un plano tan

fundamental, después de elevarse a un nivel superior de conciencia bajo la presión de

las torturas del titán Jerjes, era un punto de unión decisivo entre el presente y la

eternidad. Sin ella, la humanidad no podría materializar todo el potencial que tenía.

Durante un tiempo, Norma había sido afortunada. Había sido amada y había

correspondido con su amor. Pero Aurelius, su apoyo emocional y profesional, había

sucumbido hacía ya tiempo a causa de la guerra, junto con la severa y egocéntrica de

su madre. La relación de Norma con Zufa siempre fue difícil, pero su querido

Aurelius fue como un regalo del cielo y la salvó en muchos sentidos. Siempre lo tenía

en su pensamiento. Sin su fe inquebrantable en ella, Norma no habría logrado sus

objetivos ni habría hecho realidad sus sueños. Aurelius había sabido ver desde el

principio su potencial y había puesto su fortuna a su disposición.

Gracias al acuerdo que Aurelius había negociado con Serena Butler en persona,

VenKee conservaba el monopolio sobre la tecnología para plegar el espacio. Algún

día, la nueva generación de naves sería más importante incluso que los escudos

Holtzman… sí, en cuanto solucionara los problemas de navegación. Pero cada vez

que solucionaba parte del problema, aparecían nuevas dificultades que no había

previsto y la solución volvía a alejarse de sus manos, como el reflejo múltiple en una

sala de espejos. Una reacción en cadena de factores desconocidos.

Norma contemplaba aquel espectáculo industrial, pero su mente divagaba,

buscando siempre las esquivas respuestas. Sus naves podían saltar de un punto del

espacio a otro, el sistema de propulsión funcionaba a la perfección… pero el

problema de guiar a la nave a través de los obstáculos que poblaban el cosmos

parecía insalvable. El espacio era inmenso y estaba en su mayor parte vacío, pero si

por casualidad la ruta de una de sus naves coincidía con la de una estrella o un

planeta inconvenientemente situados, la nave quedaba destruida. No había posibilidad

de modificar el rumbo o evitar el obstáculo, no había tiempo para lanzar los botes

salvavidas.

Uno de cada diez viajes por el espacio plegado acababan en desastre.

Era como pilotar una nave a través de un campo de minas con los ojos vendados.

Ningún humano podía reaccionar con la suficiente rapidez ante los obstáculos,

ningún mapa podía trazar un camino a través del espacio plegado con la suficiente

precisión para incorporar todos los problemas. Ni siquiera Norma podía hacerlo, a

pesar de su inteligencia sobrehumana.

Años atrás, había encontrado una solución temporal utilizando veloces

ordenadores, aparatos analíticos que decidían con rapidez, que podían anticipar

errores en cuestión de nanosegundos y buscar rutas alternativas. En secreto, Norma

hizo instalar estos navegadores en las primeras naves y logró reducir la tasa de pérdidas a la mitad y hacer de aquella tecnología algo casi —¡casi!— viable.

Pero cuando los oficiales del ejército de la Yihad lo descubrieron, el escándalo

estuvo a punto de hacer que clausuraran los astilleros. Totalmente desconcertada,

Norma señaló el éxito del sistema, y el bien que aquellas naves superveloces harían

por la Yihad.

Pero el Gran Patriarca Tambir Boro-Ginjo estaba furioso por el «engaño».

En aquella ocasión, su hijo Adrien, que tenía el don de la palabra y era tan buen

negociador como su padre, la salvó a ella y los astilleros, disculpándose de forma

profusa y abyecta y destruyendo personalmente los sistemas de navegación

informatizada mientras los oficiales de la Liga observaban con cara agria. Adrien

sonrió y los oficiales se fueron con aire satisfecho.

—Encontrarás otra solución —le había dicho en un susurro a su madre—. Sé que

lo harás.

Aunque sabía que no podría volver a utilizar los ordenadores, Norma ocultó

varios sistemas de navegación… y pasó las siguientes décadas trabajando en el

problema desde sus principios más básicos… un imposible. Sin un complejo sistema

informático, no veía la forma de arreglar aquello. Los navegadores humanos tenían

que ser capaces de prever los problemas y corregirlos antes de que se produjeran… y

eso era imposible.

De este modo, las naves que plegaban el espacio siguieron siendo un pozo sin

fondo, tan hondo que los beneficios jamás podrían llenarlo. La tecnología funcionaba

exactamente como Norma había previsto… lo difícil era controlarla.

Por suerte, VenKee obtenía una cantidad considerable de beneficios con el

transporte de mercancías, sobre todo la misteriosa especia de Arrakis. Hasta la fecha,

solo su empresa tenía los contactos necesarios y sabía cuál era su origen.

Ella misma utilizaba la especia. Era una auténtica bendición. Melange. Como

preparación para un nuevo día de trabajo, Norma aspiró el intenso olor a canela de la

cápsula marrón rojiza, se la puso sobre la lengua y la tragó. Había perdido la cuenta

de la melange que había tomado en los últimos días. «La que haga falta».

El efecto de la especia en su riego sanguíneo, en su mente, era espectacular.

Norma estaba mirando por la ventana de su despacho en los astilleros, observando los

trabajos de construcción de una nave cercana. Los obreros se desplazaban con rapidez

por los andamios colocados contra el casco, o maniobraban por aquella piel metálica

utilizando cinturones suspensores diseñados por ella…

Y un momento después, notó una sensación de vértigo, como el instante en que el

espacio se pliega, pero diferente en un sentido que aún no comprendía. En los meses

recientes, había incrementado su consumo personal de melange, experimentando

consigo misma igual que hacía con las naves, buscando desesperadamente una

respuesta al enigma. La melange la hacía sentirse viva, hacía fluir sus pensamientos como una marea hacia las conclusiones, igual que las cascadas al caer entre las rocas

de un cañón.

De pronto, en un flash mental, Norma quedó sumida en una visión que la llevó

muy lejos de Kolhar. Vio a un hombre alto y delgado de pie en medio de un desierto

bañado por el sol, supervisando la reparación de un recolector de especia. Aunque

veía las imágenes como si estuviera mirando a través de un grueso cristal, Norma

reconoció el perfil patricio del hombre, los cabellos oscuros y ondulados que seguían

sin mostrar ni una cana, aunque casi tenía sesenta y cuatro años. Eran los efectos

geriátricos de la melange.

«Adrien, mi hijo. Está en Arrakis». Le parecía recordar que Adrien había ido al

desierto de aquel planeta a negociar con los recolectores zensuníes de especia.

Se parecía tanto a su padre que casi era como si estuviera viendo a Aurelius. Y

había demostrado de sobra su capacidad para los negocios, así que Norma le cedió la

gestión de VenKee Enterprises para poder concentrarse en su trabajo.

¿Era real su visión? Norma no sabía qué pensar, no sabía si lo que quería creer

podía ser real.

Mientras contemplaba esta imagen de su hijo mayor, sintió un fuerte dolor en el

cráneo, como si lo estuvieran cortando con una hoja aserrada, y gritó. Ante sus ojos

solo veía destellos y líneas de colores. Sus manos palparon ciegamente buscando otra

cápsula de especia, la tragó. El dolor remitió poco a poco, y la visión se aclaró.

La imagen se alejó de Adrien, como el ojo de un águila que sobrevuela las

interminables dunas escudriñando el territorio. Entonces Norma se desmayó y cayó

en una profunda oscuridad, como un gusano ciego deslizándose bajo un mar de

arena…

 

Más tarde, Norma estaba de pie ante un espejo, desnuda. Después de su

transformación mental, había rehecho su cuerpo y había conservado una apariencia

perfecta confeccionada a partir de los caracteres genéticos de sus antepasadas.

Aurelius siempre la había apreciado por lo que era, incluso cuando estaba

contrahecha, pero ella aprovechó el proceso para moldear su cuerpo y hacerlo más

atractivo a sus ojos. Ya no envejecía. En aquellos momentos, ante el espejo, Norma

examinó las curvas perfectas de su cuerpo femenino, las líneas exquisitas del rostro

que había creado hacía tanto tiempo para el hombre al que amaba.

En su interior, sentía que había algo que la desconectaba del mundo físico y

estaba transformando su cuerpo metamorfoseado a su antojo. No se estaba muriendo,

ni se estaba fragmentando… era como si evolucionara. Y no acababa de entenderlo.

Su apariencia física ya no importaba. En realidad era una distracción. Era

imprescindible que controlara el poder, lo orientara en la dirección correcta, igual que

habían hecho sus antepasadas hechiceras, solo que a una escala mucho mayor. Lo que ella pretendía exigía mucha más energía mental que rehacer un cuerpo humano, o que

los actos de destrucción de sus antepasadas.

«Siempre se necesita más energía para crear que para destruir».

Norma estaba cansada y estresada, agotada por las continuas imágenes de

construcción, las pruebas… los constantes fracasos. Y, cuando estaba cansada,

necesitaba más melange.

En el espejo, vio que la imagen de su cuerpo escultural se ondulaba y vacilaba.

Una mancha roja apareció en un hombro. Con decisión, utilizando sus poderes

mentales, Norma restableció la perfección de su apariencia. La mancha desapareció.

Se conservaba perfecta por la memoria de Aurelius. Pero él ya no estaba, aunque

ni siquiera eso impediría que hiciera lo que tenía que hacer.