La batalla de Corrin
Capítulo 5
Dios recompensa al compasivo.
Dicho de Arrakis
Aunque ni siquiera el universo era lo bastante vasto para contener a su imaginación,
Norma Cenva rara vez salía de su despacho abarrotado. Su mente la llevaba a donde
quería.
Totalmente concentrada, atrapaba sus ideas en planos estáticos y tableros
electrónicos de dibujo, mientras muy cerca los astilleros de Kolhar hervían con la
actividad bulliciosa de los obreros que convertían sus visiones en realidad. Naves y
más naves, escudos, motores, armas. El proceso nunca terminaba, porque Norma
nunca paraba. La Yihad nunca paraba.
Sin sorprenderse apenas, Norma se dio cuenta de que volvía a ser de día. Había
trabajado toda la noche… puede que más. No tenía ni idea de la fecha en que estaban.
Desde el exterior, le llegaba el sonido de la maquinaria pesada de los astilleros,
dirigidos ahora por su hijo mayor, Adrien. Era un sonido… productivo, y no le
molestaba. Adrien era uno de los cinco hijos que había tenido con Aurelius Venport,
pero los otros cuatro no tenían su capacidad y entrega para los negocios. Los cuatro,
dos chicos y dos chicas, trabajaban para VenKee Enterprises, pero ocupaban puestos
de menor importancia como representantes de la empresa. En aquellos momentos,
Adrien estaba en Arrakis, supervisando los cargamentos y la distribución de la
especia.
Los equipos de trabajo ensamblaban naves mercantes y naves de guerra, en su
mayoría con motores convencionales, que eran más seguros, aunque también había
algunos dotados con los destacables motores que plegaban el espacio, capaces de
llevar una nave de un lugar del espacio a otro en un instante. Por desgracia, el sistema
seguía siendo demasiado arriesgado. La tasa de pérdidas era tan alta que pocas eran
las personas dispuestas a pilotar estas naves, ni siquiera los yihadíes, salvo en
situaciones de extrema emergencia.
A pesar de los continuos reveses —algunos por causas matemáticas y físicas, y
otros por fanatismo—, Norma sabía que tarde o temprano encontraría la solución. Era
su principal prioridad.
Salió al aire frío de la mañana y contempló el caos de los astilleros, sin reparar en
el bullicio ni en el olor de los humos. La mayor parte de los recursos de Kolhar se
destinaban a la creación de nuevas naves que sustituyeran las pérdidas continuas del
ejército de la Yihad. Incluso a Norma le parecía increíble la cantidad de energía,
materiales y trabajo que aquella guerra había consumido.
En otro tiempo, Norma fue una joven bajita a quien su madre despreciaba. Ahora era físicamente hermosa, y sus ideas y responsabilidades abarcaban el universo entero
y se proyectaban muy lejos en el futuro. Ahora que había cambiado en un plano tan
fundamental, después de elevarse a un nivel superior de conciencia bajo la presión de
las torturas del titán Jerjes, era un punto de unión decisivo entre el presente y la
eternidad. Sin ella, la humanidad no podría materializar todo el potencial que tenía.
Durante un tiempo, Norma había sido afortunada. Había sido amada y había
correspondido con su amor. Pero Aurelius, su apoyo emocional y profesional, había
sucumbido hacía ya tiempo a causa de la guerra, junto con la severa y egocéntrica de
su madre. La relación de Norma con Zufa siempre fue difícil, pero su querido
Aurelius fue como un regalo del cielo y la salvó en muchos sentidos. Siempre lo tenía
en su pensamiento. Sin su fe inquebrantable en ella, Norma no habría logrado sus
objetivos ni habría hecho realidad sus sueños. Aurelius había sabido ver desde el
principio su potencial y había puesto su fortuna a su disposición.
Gracias al acuerdo que Aurelius había negociado con Serena Butler en persona,
VenKee conservaba el monopolio sobre la tecnología para plegar el espacio. Algún
día, la nueva generación de naves sería más importante incluso que los escudos
Holtzman… sí, en cuanto solucionara los problemas de navegación. Pero cada vez
que solucionaba parte del problema, aparecían nuevas dificultades que no había
previsto y la solución volvía a alejarse de sus manos, como el reflejo múltiple en una
sala de espejos. Una reacción en cadena de factores desconocidos.
Norma contemplaba aquel espectáculo industrial, pero su mente divagaba,
buscando siempre las esquivas respuestas. Sus naves podían saltar de un punto del
espacio a otro, el sistema de propulsión funcionaba a la perfección… pero el
problema de guiar a la nave a través de los obstáculos que poblaban el cosmos
parecía insalvable. El espacio era inmenso y estaba en su mayor parte vacío, pero si
por casualidad la ruta de una de sus naves coincidía con la de una estrella o un
planeta inconvenientemente situados, la nave quedaba destruida. No había posibilidad
de modificar el rumbo o evitar el obstáculo, no había tiempo para lanzar los botes
salvavidas.
Uno de cada diez viajes por el espacio plegado acababan en desastre.
Era como pilotar una nave a través de un campo de minas con los ojos vendados.
Ningún humano podía reaccionar con la suficiente rapidez ante los obstáculos,
ningún mapa podía trazar un camino a través del espacio plegado con la suficiente
precisión para incorporar todos los problemas. Ni siquiera Norma podía hacerlo, a
pesar de su inteligencia sobrehumana.
Años atrás, había encontrado una solución temporal utilizando veloces
ordenadores, aparatos analíticos que decidían con rapidez, que podían anticipar
errores en cuestión de nanosegundos y buscar rutas alternativas. En secreto, Norma
hizo instalar estos navegadores en las primeras naves y logró reducir la tasa de pérdidas a la mitad y hacer de aquella tecnología algo casi —¡casi!— viable.
Pero cuando los oficiales del ejército de la Yihad lo descubrieron, el escándalo
estuvo a punto de hacer que clausuraran los astilleros. Totalmente desconcertada,
Norma señaló el éxito del sistema, y el bien que aquellas naves superveloces harían
por la Yihad.
Pero el Gran Patriarca Tambir Boro-Ginjo estaba furioso por el «engaño».
En aquella ocasión, su hijo Adrien, que tenía el don de la palabra y era tan buen
negociador como su padre, la salvó a ella y los astilleros, disculpándose de forma
profusa y abyecta y destruyendo personalmente los sistemas de navegación
informatizada mientras los oficiales de la Liga observaban con cara agria. Adrien
sonrió y los oficiales se fueron con aire satisfecho.
—Encontrarás otra solución —le había dicho en un susurro a su madre—. Sé que
lo harás.
Aunque sabía que no podría volver a utilizar los ordenadores, Norma ocultó
varios sistemas de navegación… y pasó las siguientes décadas trabajando en el
problema desde sus principios más básicos… un imposible. Sin un complejo sistema
informático, no veía la forma de arreglar aquello. Los navegadores humanos tenían
que ser capaces de prever los problemas y corregirlos antes de que se produjeran… y
eso era imposible.
De este modo, las naves que plegaban el espacio siguieron siendo un pozo sin
fondo, tan hondo que los beneficios jamás podrían llenarlo. La tecnología funcionaba
exactamente como Norma había previsto… lo difícil era controlarla.
Por suerte, VenKee obtenía una cantidad considerable de beneficios con el
transporte de mercancías, sobre todo la misteriosa especia de Arrakis. Hasta la fecha,
solo su empresa tenía los contactos necesarios y sabía cuál era su origen.
Ella misma utilizaba la especia. Era una auténtica bendición. Melange. Como
preparación para un nuevo día de trabajo, Norma aspiró el intenso olor a canela de la
cápsula marrón rojiza, se la puso sobre la lengua y la tragó. Había perdido la cuenta
de la melange que había tomado en los últimos días. «La que haga falta».
El efecto de la especia en su riego sanguíneo, en su mente, era espectacular.
Norma estaba mirando por la ventana de su despacho en los astilleros, observando los
trabajos de construcción de una nave cercana. Los obreros se desplazaban con rapidez
por los andamios colocados contra el casco, o maniobraban por aquella piel metálica
utilizando cinturones suspensores diseñados por ella…
Y un momento después, notó una sensación de vértigo, como el instante en que el
espacio se pliega, pero diferente en un sentido que aún no comprendía. En los meses
recientes, había incrementado su consumo personal de melange, experimentando
consigo misma igual que hacía con las naves, buscando desesperadamente una
respuesta al enigma. La melange la hacía sentirse viva, hacía fluir sus pensamientos como una marea hacia las conclusiones, igual que las cascadas al caer entre las rocas
de un cañón.
De pronto, en un flash mental, Norma quedó sumida en una visión que la llevó
muy lejos de Kolhar. Vio a un hombre alto y delgado de pie en medio de un desierto
bañado por el sol, supervisando la reparación de un recolector de especia. Aunque
veía las imágenes como si estuviera mirando a través de un grueso cristal, Norma
reconoció el perfil patricio del hombre, los cabellos oscuros y ondulados que seguían
sin mostrar ni una cana, aunque casi tenía sesenta y cuatro años. Eran los efectos
geriátricos de la melange.
«Adrien, mi hijo. Está en Arrakis». Le parecía recordar que Adrien había ido al
desierto de aquel planeta a negociar con los recolectores zensuníes de especia.
Se parecía tanto a su padre que casi era como si estuviera viendo a Aurelius. Y
había demostrado de sobra su capacidad para los negocios, así que Norma le cedió la
gestión de VenKee Enterprises para poder concentrarse en su trabajo.
¿Era real su visión? Norma no sabía qué pensar, no sabía si lo que quería creer
podía ser real.
Mientras contemplaba esta imagen de su hijo mayor, sintió un fuerte dolor en el
cráneo, como si lo estuvieran cortando con una hoja aserrada, y gritó. Ante sus ojos
solo veía destellos y líneas de colores. Sus manos palparon ciegamente buscando otra
cápsula de especia, la tragó. El dolor remitió poco a poco, y la visión se aclaró.
La imagen se alejó de Adrien, como el ojo de un águila que sobrevuela las
interminables dunas escudriñando el territorio. Entonces Norma se desmayó y cayó
en una profunda oscuridad, como un gusano ciego deslizándose bajo un mar de
arena…
Más tarde, Norma estaba de pie ante un espejo, desnuda. Después de su
transformación mental, había rehecho su cuerpo y había conservado una apariencia
perfecta confeccionada a partir de los caracteres genéticos de sus antepasadas.
Aurelius siempre la había apreciado por lo que era, incluso cuando estaba
contrahecha, pero ella aprovechó el proceso para moldear su cuerpo y hacerlo más
atractivo a sus ojos. Ya no envejecía. En aquellos momentos, ante el espejo, Norma
examinó las curvas perfectas de su cuerpo femenino, las líneas exquisitas del rostro
que había creado hacía tanto tiempo para el hombre al que amaba.
En su interior, sentía que había algo que la desconectaba del mundo físico y
estaba transformando su cuerpo metamorfoseado a su antojo. No se estaba muriendo,
ni se estaba fragmentando… era como si evolucionara. Y no acababa de entenderlo.
Su apariencia física ya no importaba. En realidad era una distracción. Era
imprescindible que controlara el poder, lo orientara en la dirección correcta, igual que
habían hecho sus antepasadas hechiceras, solo que a una escala mucho mayor. Lo que ella pretendía exigía mucha más energía mental que rehacer un cuerpo humano, o que
los actos de destrucción de sus antepasadas.
«Siempre se necesita más energía para crear que para destruir».
Norma estaba cansada y estresada, agotada por las continuas imágenes de
construcción, las pruebas… los constantes fracasos. Y, cuando estaba cansada,
necesitaba más melange.
En el espejo, vio que la imagen de su cuerpo escultural se ondulaba y vacilaba.
Una mancha roja apareció en un hombro. Con decisión, utilizando sus poderes
mentales, Norma restableció la perfección de su apariencia. La mancha desapareció.
Se conservaba perfecta por la memoria de Aurelius. Pero él ya no estaba, aunque
ni siquiera eso impediría que hiciera lo que tenía que hacer.