La batalla de Corrin
Capítulo 53
Cuando el hombre encuentra el paraíso en esta vida, el resultado es inevitable: se vuelve blando, pierde sus habilidades, su carácter.
Sutra zensuní revisado en Arrakis
Cuando el anciano Tuk Keedair murió, Ishmael se convirtió en la persona de más
edad del poblado zensuní. Aparentemente, Keedair, el negrero, había seguido siendo
un prisionero de la banda de forajidos de Selim Montagusanos. Y, aunque tuvo
muchas ocasiones de escapar y volver a la civilización, el tlulaxa había aceptado su
suerte entre Ishmael y sus zensuníes del desierto.
Ishmael nunca consideró a aquel hombre un amigo, pero fueron muchas las
noches en que compartieron conversaciones interesantes, mientras bebían café de
especia y miraban las estrellas. Eran enemigos, pero al menos habían acabado por
entenderse. Irónicamente, tenía más en común con él que con los cabecillas actuales
del grupo.
En aquellos momentos, Ishmael había terminado de cenar y estaba sentado
escuchando a los ancianos de la tribu, entre los que se encontraba su hija. Incluso
Chamal hablaba de las cosas de la ciudad, de aparatos y lujos que Ishmael no
necesitaba ni quería. Las vidas de aquellos hombres libres incluían unos lujos que ni
siquiera los esclavos domésticos del savant Holtzman habían conocido. Todo era tan
innecesario… y peligroso.
Los descendientes de los esclavos que huyeron de Poritrin se habían casado con
los supervivientes de la banda de Selim. Chamal misma había tomado otros dos
esposos y había tenido cinco hijos más. Se la consideraba una valiosa anciana de la
tribu, una mujer sabia.
Ishmael quería asegurarse de que ninguno de ellos olvidaba lo que habían sido sus
vidas, e insistía en que conservaran sus tradiciones y su independencia para no volver
a caer en manos de ningún comerciante de carne. Arrakis no era la tierra prometida
que esperaban cuando él los guió hasta allí después de su huida desesperada, es
cierto, pero quería que conservaran aquel mundo como fuera.
Sin embargo, los otros lo veían como un viejo obstinado y agrio que prefería las
penurias del pasado a las comodidades modernas. Veinte años atrás, la fiebre de la
especia había cambiado Arrakis para siempre. Los extraplanetarios ya no se irían, al
contrario, seguían llegando más y más. Ishmael sabía que no podía detener aquello y
con el corazón encogido comprendió que la visión del Montagusanos era cierta: el
comercio con la melange estaba destruyendo el desierto. Ya no parecía haber ningún
lugar donde él y su gente pudieran vivir libremente sin que los hostigaran.
En el pasado mes, el naib El’hiim había invitado en otras dos ocasiones a naves mercantes a aterrizar cerca del poblado para cambiar especia por provisiones, y les
dio las coordenadas de aquel lugar supuestamente secreto y seguro.
Ishmael soltó un bufido, sumido en sus pensamientos.
—¡No solo dependemos demasiado del comercio con las ciudades, sino que
encima somos demasiado vagos para ir hasta allí!
Uno de los ancianos que había junto a él se encogió de hombros.
—¿Y por qué hacer el tedioso viaje hasta Arrakis City si podemos obligar a los
extraplanetarios a que hagan ellos el trabajo?
Chamal reprendió al que hablaba por su tono irrespetuoso, pero Ishmael no hizo
caso a ninguno de los dos. Frunció el ceño y calló. Sin duda, en la tribu lo
consideraban un viejo fósil, demasiado rígido para aceptar el progreso. Pero él era
consciente del peligro. Desde el final de la Yihad, la plaga había acabado con la vida
de tantos obreros que la esclavitud había vuelto a convertirse en una práctica
generalizada y aceptada. Y los comerciantes de carne siempre preferían capturar a
budislámicos…
A pesar de su edad, Ishmael seguía teniendo buena vista. Aquella noche, él fue el
primero en ver las naves. La senda que las luces marcaban indicaba que no seguían
un camino aleatorio… iban directos al poblado zensuní. Instintivamente, Ishmael se
sintió inquieto.
—El’hiim, ¿has invitado a más visitantes curiosos e indeseables?
Su hijastro, que estaba conversando con los ancianos, se puso en pie enseguida.
—No, no tenía que venir nadie. —Fue hasta la entrada de la cueva y vio los
vehículos aéreos que se acercaban cada vez más deprisa. El rugido de los motores
sonaba como una tormenta lejana.
—Entonces debemos prepararnos para lo peor. —Ishmael levantó la voz, con el
mismo tono autoritario que cuando había guiado a su gente, hacía tantos años—.
¡Proteged vuestras casas! Los extranjeros están a punto de llegar.
El’hiim suspiró.
—No exageremos, Ishmael. Seguro que hay una razón perfectamente normal…
—O perfectamente peligrosa. Es mejor estar preparado. ¿Y si son esclavistas?
Miró con ira a su hijastro y finalmente este se encogió de hombros.
—Ishmael tiene razón. No hay nada malo en ser precavido.
Los zensuníes se reunieron y empezaron a preparar sus defensas, aunque no
parecía que tuvieran mucha prisa.
Las siniestras naves seguían acercándose, acelerando y desacelerando
alternativamente. Al llegar a la franja rocosa, unos hombres con uniformes oscuros se
asomaron por unas aberturas y abrieron fuego con unas pequeñas armas. Los
zensuníes gritaron y corrieron a esconderse en las cuevas.
Los proyectiles impactaban contra los muros, pero uno entró en una cámara por una de las aberturas y provocó un pequeño desprendimiento. Momentos después, las
naves aterrizaron en las arenas planas de la base de la muralla rocosa y vomitaron una
riada de hombres con uniformes descuidados que se movían como escarabajos sobre
una roca muy caliente, sin orden ni concierto. Sin embargo, sus armas eran nuevas.
—¡Esperad, solo son buscadores de especia! —gritó El’hiim—. Hemos
intercambiado mercancías con ellos otras veces. ¿Por qué nos atacan?
—Porque quieren todo lo que tenemos —dijo Ishmael.
Las armas seguían disparando y a su alrededor se oían gritos, pequeñas
explosiones, instrucciones confusas.
—¿Has estado presumiendo de la cantidad de especia que tenemos almacenada
aquí, El’hiim? ¿Les has dicho a esos mercaderes cuánta agua tenemos en nuestras
cisternas? ¿Cuántos hombres y mujeres sanos viven aquí?
Su hijastro lo miraba con expresión asustada y preocupada. Tardaba tanto en
negar la acusación que Ishmael supo cuál era la respuesta, supo lo que había pasado.
Mientras veían cómo aquellos extraños descargaban su material —correas
eléctricas, redes, collares de hierro—, Ishmael comprendió que no eran unos simples
buscadores. Gritó horrorizado, con una voz sorprendentemente fuerte.
—¡Comerciantes de carne! Si os capturan, os convertirán en esclavos.
Hasta El’hiim se asustó. Desde luego, estaba claro que aquellos extranjeros
habían traicionado su confianza y merecían morir.
Chamal estaba en pie junto a su padre, y gritó a los demás:
—¡Debéis luchar por vuestras vidas, vuestros hogares, vuestro futuro! Que no
quede ninguno con vida.
Ishmael la miró con una sonrisa dura.
—Derrotaremos a estos hombres y daremos una lección a otros que quieran venir.
Creen que somos blandos. Son unos estúpidos, y se equivocan.
Aunque estaban asustados, los zensuníes contestaron entre gritos. Hombres y
mujeres se pusieron a buscar en las cuevas… rifles maula, palos, ganchos para los
gusanos, cualquier cosa que pudieran utilizar como arma. Un grupo de ancianos que
estaban entre los primeros forajidos de Selim Montagusanos lucían con orgullo dagas
cristalinas hechas con dientes de gusanos. Chamal reunió a un grupo de mujeres de
mirada fiera, armadas con hojas curvas que ellas mismas habían creado
trabajosamente con fragmentos de metal.
Ishmael vio la determinación de sus rostros, y sintió una fe renovada en su
corazón. Sacó la daga de cristal que se había ganado cuando aprendió a montar
gusanos. Marha también tuvo la suya, pero antes de morir se la había dado a El’hiim.
Ishmael se volvió hacia su hijastro y, finalmente, este sacó su arma.
Los supuestos esclavistas empezaron a trepar por los senderos de roca, gritando,
resbalando. Estaban demasiado confiados en sus avanzadas armas. Conocían al naib El’hiim, y suponían que los suyos no serían más que un puñado de carroñeros del
desierto.
Pero cuando entraron por las aberturas a la ciudad subterránea, encontraron una
resistencia que no esperaban. Aullando como chacales, los nómadas del desierto
atacaron desde todos los rincones y acorralaron a los esclavistas en salas que no
tenían salida. Los extraplanetarios respondieron con sus armas de fuego.
—¡Somos hombres libres! —aulló Ishmael—. ¡No somos esclavos!
Chillando como críos heridos, cuatro de los comerciantes de carne consiguieron
huir a trompicones por los senderos y trataron de llegar a sus naves. Pero un puñado
de voluntarios zensuníes ya se había separado de los demás y había bajado hasta las
naves. Se escondieron en el interior, y a cada hombre que subía le cortaban el cuello.
Cuando todos los supuestos esclavistas hubieron muerto, los zensuníes curaron
sus heridas y contaron las bajas: cuatro. Cuando El’hiim se recuperó del susto y la
impresión, envió a un grupo de carroñeros a las naves.
—Mirad esas naves. Se las vamos a quitar a los hombres que han querido
esclavizarnos. Es lo justo.
Ishmael se plantó junto al naib, con el rostro enrojecido de ira.
—¡Hablas como si se tratara de una transacción comercial, El’hiim! Como si
estuvieras comprando y vendiendo cosas como en cualquier viaje a Arrakis City. —
Señaló con su dedo retorcido—. Has puesto en peligro nuestras vidas al traer a esos
hombres aquí a pesar de mis advertencias y ahora, por desgracia, habéis visto que
tenía razón. No estás capacitado para…
El anciano tensó los músculos y medio levantó la mano para golpear a su hijastro
en el rostro, pero eso hubiera sido un insulto mortal. El’hiim se habría visto obligado
a contestar, a desafiar a Ishmael a un duelo a muerte. Y uno de los dos habría acabado
muerto en el suelo de la cueva.
No podía permitir que aquello rompiera la unidad de la tribu, y le había prometido
a Marha que velaría por El’hiim, así que se controló. Vio un destello de miedo en el
rostro de su hijastro.
—Tenías razón, Ishmael —dijo—. Tendría que haber escuchado tus advertencias.
Apartando la mirada, el anciano meneó la cabeza, y Chamal se acercó para apoyar
su mano en su hombro en señal de apoyo. Miró al naib.
—Tú no sabes lo que significa vivir como esclavo, El’hiim. Nosotros arriesgamos
la vida para liberarnos de ese yugo y venir hasta aquí.
—No permitiré que vendas nuestra libertad —dijo Ishmael.
Su hijastro parecía demasiado afectado para contestar. Ishmael se dio la vuelta y
se fue con paso majestuoso.
—No volverá a pasar —gritó El’hiim a su espalda—. Lo prometo.
Ishmael no hizo nada que indicara que le había oído.