La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 54 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 53

 

Cuando el hombre encuentra el paraíso en esta vida, el resultado es inevitable: se vuelve blando, pierde sus habilidades, su carácter.

Sutra zensuní revisado en Arrakis

 

Cuando el anciano Tuk Keedair murió, Ishmael se convirtió en la persona de más

edad del poblado zensuní. Aparentemente, Keedair, el negrero, había seguido siendo

un prisionero de la banda de forajidos de Selim Montagusanos. Y, aunque tuvo

muchas ocasiones de escapar y volver a la civilización, el tlulaxa había aceptado su

suerte entre Ishmael y sus zensuníes del desierto.

Ishmael nunca consideró a aquel hombre un amigo, pero fueron muchas las

noches en que compartieron conversaciones interesantes, mientras bebían café de

especia y miraban las estrellas. Eran enemigos, pero al menos habían acabado por

entenderse. Irónicamente, tenía más en común con él que con los cabecillas actuales

del grupo.

En aquellos momentos, Ishmael había terminado de cenar y estaba sentado

escuchando a los ancianos de la tribu, entre los que se encontraba su hija. Incluso

Chamal hablaba de las cosas de la ciudad, de aparatos y lujos que Ishmael no

necesitaba ni quería. Las vidas de aquellos hombres libres incluían unos lujos que ni

siquiera los esclavos domésticos del savant Holtzman habían conocido. Todo era tan

innecesario… y peligroso.

Los descendientes de los esclavos que huyeron de Poritrin se habían casado con

los supervivientes de la banda de Selim. Chamal misma había tomado otros dos

esposos y había tenido cinco hijos más. Se la consideraba una valiosa anciana de la

tribu, una mujer sabia.

Ishmael quería asegurarse de que ninguno de ellos olvidaba lo que habían sido sus

vidas, e insistía en que conservaran sus tradiciones y su independencia para no volver

a caer en manos de ningún comerciante de carne. Arrakis no era la tierra prometida

que esperaban cuando él los guió hasta allí después de su huida desesperada, es

cierto, pero quería que conservaran aquel mundo como fuera.

Sin embargo, los otros lo veían como un viejo obstinado y agrio que prefería las

penurias del pasado a las comodidades modernas. Veinte años atrás, la fiebre de la

especia había cambiado Arrakis para siempre. Los extraplanetarios ya no se irían, al

contrario, seguían llegando más y más. Ishmael sabía que no podía detener aquello y

con el corazón encogido comprendió que la visión del Montagusanos era cierta: el

comercio con la melange estaba destruyendo el desierto. Ya no parecía haber ningún

lugar donde él y su gente pudieran vivir libremente sin que los hostigaran.

En el pasado mes, el naib El’hiim había invitado en otras dos ocasiones a naves mercantes a aterrizar cerca del poblado para cambiar especia por provisiones, y les

dio las coordenadas de aquel lugar supuestamente secreto y seguro.

Ishmael soltó un bufido, sumido en sus pensamientos.

—¡No solo dependemos demasiado del comercio con las ciudades, sino que

encima somos demasiado vagos para ir hasta allí!

Uno de los ancianos que había junto a él se encogió de hombros.

—¿Y por qué hacer el tedioso viaje hasta Arrakis City si podemos obligar a los

extraplanetarios a que hagan ellos el trabajo?

Chamal reprendió al que hablaba por su tono irrespetuoso, pero Ishmael no hizo

caso a ninguno de los dos. Frunció el ceño y calló. Sin duda, en la tribu lo

consideraban un viejo fósil, demasiado rígido para aceptar el progreso. Pero él era

consciente del peligro. Desde el final de la Yihad, la plaga había acabado con la vida

de tantos obreros que la esclavitud había vuelto a convertirse en una práctica

generalizada y aceptada. Y los comerciantes de carne siempre preferían capturar a

budislámicos…

A pesar de su edad, Ishmael seguía teniendo buena vista. Aquella noche, él fue el

primero en ver las naves. La senda que las luces marcaban indicaba que no seguían

un camino aleatorio… iban directos al poblado zensuní. Instintivamente, Ishmael se

sintió inquieto.

—El’hiim, ¿has invitado a más visitantes curiosos e indeseables?

Su hijastro, que estaba conversando con los ancianos, se puso en pie enseguida.

—No, no tenía que venir nadie. —Fue hasta la entrada de la cueva y vio los

vehículos aéreos que se acercaban cada vez más deprisa. El rugido de los motores

sonaba como una tormenta lejana.

—Entonces debemos prepararnos para lo peor. —Ishmael levantó la voz, con el

mismo tono autoritario que cuando había guiado a su gente, hacía tantos años—.

¡Proteged vuestras casas! Los extranjeros están a punto de llegar.

El’hiim suspiró.

—No exageremos, Ishmael. Seguro que hay una razón perfectamente normal…

—O perfectamente peligrosa. Es mejor estar preparado. ¿Y si son esclavistas?

Miró con ira a su hijastro y finalmente este se encogió de hombros.

—Ishmael tiene razón. No hay nada malo en ser precavido.

Los zensuníes se reunieron y empezaron a preparar sus defensas, aunque no

parecía que tuvieran mucha prisa.

Las siniestras naves seguían acercándose, acelerando y desacelerando

alternativamente. Al llegar a la franja rocosa, unos hombres con uniformes oscuros se

asomaron por unas aberturas y abrieron fuego con unas pequeñas armas. Los

zensuníes gritaron y corrieron a esconderse en las cuevas.

Los proyectiles impactaban contra los muros, pero uno entró en una cámara por una de las aberturas y provocó un pequeño desprendimiento. Momentos después, las

naves aterrizaron en las arenas planas de la base de la muralla rocosa y vomitaron una

riada de hombres con uniformes descuidados que se movían como escarabajos sobre

una roca muy caliente, sin orden ni concierto. Sin embargo, sus armas eran nuevas.

—¡Esperad, solo son buscadores de especia! —gritó El’hiim—. Hemos

intercambiado mercancías con ellos otras veces. ¿Por qué nos atacan?

—Porque quieren todo lo que tenemos —dijo Ishmael.

Las armas seguían disparando y a su alrededor se oían gritos, pequeñas

explosiones, instrucciones confusas.

—¿Has estado presumiendo de la cantidad de especia que tenemos almacenada

aquí, El’hiim? ¿Les has dicho a esos mercaderes cuánta agua tenemos en nuestras

cisternas? ¿Cuántos hombres y mujeres sanos viven aquí?

Su hijastro lo miraba con expresión asustada y preocupada. Tardaba tanto en

negar la acusación que Ishmael supo cuál era la respuesta, supo lo que había pasado.

Mientras veían cómo aquellos extraños descargaban su material —correas

eléctricas, redes, collares de hierro—, Ishmael comprendió que no eran unos simples

buscadores. Gritó horrorizado, con una voz sorprendentemente fuerte.

—¡Comerciantes de carne! Si os capturan, os convertirán en esclavos.

Hasta El’hiim se asustó. Desde luego, estaba claro que aquellos extranjeros

habían traicionado su confianza y merecían morir.

Chamal estaba en pie junto a su padre, y gritó a los demás:

—¡Debéis luchar por vuestras vidas, vuestros hogares, vuestro futuro! Que no

quede ninguno con vida.

Ishmael la miró con una sonrisa dura.

—Derrotaremos a estos hombres y daremos una lección a otros que quieran venir.

Creen que somos blandos. Son unos estúpidos, y se equivocan.

Aunque estaban asustados, los zensuníes contestaron entre gritos. Hombres y

mujeres se pusieron a buscar en las cuevas… rifles maula, palos, ganchos para los

gusanos, cualquier cosa que pudieran utilizar como arma. Un grupo de ancianos que

estaban entre los primeros forajidos de Selim Montagusanos lucían con orgullo dagas

cristalinas hechas con dientes de gusanos. Chamal reunió a un grupo de mujeres de

mirada fiera, armadas con hojas curvas que ellas mismas habían creado

trabajosamente con fragmentos de metal.

Ishmael vio la determinación de sus rostros, y sintió una fe renovada en su

corazón. Sacó la daga de cristal que se había ganado cuando aprendió a montar

gusanos. Marha también tuvo la suya, pero antes de morir se la había dado a El’hiim.

Ishmael se volvió hacia su hijastro y, finalmente, este sacó su arma.

Los supuestos esclavistas empezaron a trepar por los senderos de roca, gritando,

resbalando. Estaban demasiado confiados en sus avanzadas armas. Conocían al naib El’hiim, y suponían que los suyos no serían más que un puñado de carroñeros del

desierto.

Pero cuando entraron por las aberturas a la ciudad subterránea, encontraron una

resistencia que no esperaban. Aullando como chacales, los nómadas del desierto

atacaron desde todos los rincones y acorralaron a los esclavistas en salas que no

tenían salida. Los extraplanetarios respondieron con sus armas de fuego.

—¡Somos hombres libres! —aulló Ishmael—. ¡No somos esclavos!

Chillando como críos heridos, cuatro de los comerciantes de carne consiguieron

huir a trompicones por los senderos y trataron de llegar a sus naves. Pero un puñado

de voluntarios zensuníes ya se había separado de los demás y había bajado hasta las

naves. Se escondieron en el interior, y a cada hombre que subía le cortaban el cuello.

Cuando todos los supuestos esclavistas hubieron muerto, los zensuníes curaron

sus heridas y contaron las bajas: cuatro. Cuando El’hiim se recuperó del susto y la

impresión, envió a un grupo de carroñeros a las naves.

—Mirad esas naves. Se las vamos a quitar a los hombres que han querido

esclavizarnos. Es lo justo.

Ishmael se plantó junto al naib, con el rostro enrojecido de ira.

—¡Hablas como si se tratara de una transacción comercial, El’hiim! Como si

estuvieras comprando y vendiendo cosas como en cualquier viaje a Arrakis City. —

Señaló con su dedo retorcido—. Has puesto en peligro nuestras vidas al traer a esos

hombres aquí a pesar de mis advertencias y ahora, por desgracia, habéis visto que

tenía razón. No estás capacitado para…

El anciano tensó los músculos y medio levantó la mano para golpear a su hijastro

en el rostro, pero eso hubiera sido un insulto mortal. El’hiim se habría visto obligado

a contestar, a desafiar a Ishmael a un duelo a muerte. Y uno de los dos habría acabado

muerto en el suelo de la cueva.

No podía permitir que aquello rompiera la unidad de la tribu, y le había prometido

a Marha que velaría por El’hiim, así que se controló. Vio un destello de miedo en el

rostro de su hijastro.

—Tenías razón, Ishmael —dijo—. Tendría que haber escuchado tus advertencias.

Apartando la mirada, el anciano meneó la cabeza, y Chamal se acercó para apoyar

su mano en su hombro en señal de apoyo. Miró al naib.

—Tú no sabes lo que significa vivir como esclavo, El’hiim. Nosotros arriesgamos

la vida para liberarnos de ese yugo y venir hasta aquí.

—No permitiré que vendas nuestra libertad —dijo Ishmael.

Su hijastro parecía demasiado afectado para contestar. Ishmael se dio la vuelta y

se fue con paso majestuoso.

—No volverá a pasar —gritó El’hiim a su espalda—. Lo prometo.

Ishmael no hizo nada que indicara que le había oído.