La batalla de Corrin
Capítulo 40
Es posible que muramos mañana, pero hoy hemos de tener esperanza. Aunque no nos sirva para vivir más, al menos dará un sentido a nuestra existencia.
ABULURD HARKONNEN, Diario de los últimos
siete días de Salusa Secundus
Aunque la población en pleno de Salusa Secundus se entregó a aquel esfuerzo a gran
escala, un mes no era suficiente para evacuar el planeta. Tenían que prepararse para
lo peor.
Mientras la Liga se volcaba en la tarea de reunir suficientes naves, voluntarios
para las tripulaciones y ojivas nucleares, Abulurd Harkonnen se quedó para ayudar a
su hermano Faykan a administrar el gran éxodo desde el mundo capital de la Liga.
El comandante supremo Vorian Atreides había congregado su flota de naves que
plegaban el espacio ante Salusa, formando una fuerza militar como nunca se había
visto en la humanidad. Uno tras otro, todos los grupos de combate fueron activando
los motores Holtzman y desaparecieron. Pasaría mucho tiempo antes de que tuvieran
informes completos, pero Abulurd tenía fe en aquel plan desesperado. Cada mañana,
después de unas pocas horas de sueño, se levantaba pensando en los nuevos planetas
que habrían desaparecido del Imperio Sincronizado.
Sin embargo, por las imágenes que el padre y el hermano de Abulurd habían
traído de Corrin, todos sabían lo que se avecinaba sobre la capital. Incluso si la Gran
Purga lograba destruir el corazón del imperio enemigo, Salusa Secundus estaba
condenada.
Abulurd no podía salvar a todo el mundo, pero trabajaba todas las horas del día
para sacar de allí al mayor número posible de personas. Desde Zimia, Faykan dio
instrucciones para requisar hasta la última nave y reclutar a toda persona capacitada.
Aquella misma mañana, Abulurd había ido a buscar a su madre a la Ciudad de la
Introspección para meterla en una nave de evacuación. Todos sabían que no habría
tiempo para evacuar a todo el mundo, y algunos se mostraron visiblemente
indignados: no entendían que salvara a aquella mujer a expensas de la vida de otros.
Su madre no era consciente de nada, no se daba cuenta del peligro, ni sabía que la
estaban salvando.
Abulurd lo entendía, hasta se planteó la posibilidad de dejar a Wandra en una
sección subterránea y fortificada de la Ciudad de la Introspección. Pero allí nadie
cuidaría de ella. Había tantas cosas que considerar, tantas decisiones cruciales que
tomar… Para él, cada aliento de su madre era importante, porque dejaba abierta la
posibilidad —por muy remota que fuera— de que sobreviviera. No, no podía dejarla
allí. Aquello le hizo pensar en Ix, donde Ticia Cenva había jugado a ser Dios al decidir quién se salvaba y quién no…
Finalmente, decidió hacer oídos sordos a las quejas y las acusaciones de
favoritismo. «Es mi madre —se dijo a sí mismo—, y es una Butler». Apeló a la
autoridad de Faykan, dio sus órdenes y se aseguró de que se cumplían.
Día tras día, Abulurd veía las multitudes que corrían a embarcar en las naves
disponibles en el puerto espacial y llenaban las cubiertas de carga y de pasajeros con
mucha más gente de la que estaban diseñadas para llevar. Veía el pánico en sus caras
y sabía que no podrían pegar ojo hasta que todo aquello acabara. Él mismo se
acostumbró a tomar dosis regulares de melange… no para protegerse de la plaga, sino
para tener energía para seguir adelante.
Levantaba los ojos al cielo y veía partir las naves una tras otra. Muchas de ellas
volverían a por más pasajeros; otras, temiendo la llegada inminente de la flota de
Omnius, se quedarían bien lejos, dejando a Abulurd la posibilidad de rescatar cada
vez a menos gente.
Las naves salvavidas y unas cuantas que aún estaban en cuarentena ya habían sido
evacuadas a un lugar convenido lejos del sistema. Allí, a salvo de cualquier control
de radar, esperaban pasar inadvertidas para la flota robótica.
Faykan se encargaba de los titánicos aspectos administrativos, acompañado en
todo momento por su pálida sobrina, que había estado con él desde su llegada. Sin
embargo, incluso en medio de aquella frenética evacuación, la fantasmal figura de
Rayna Butler parecía tener su propia agenda. Hablaba bien claro y alto ante
cualquiera que se parara a escucharla y, dado que había superado la plaga, muchos
eran los que prestaban atención a sus palabras. La joven tenía una extraña voz que
podía llegar a grandes multitudes, ante las que declaraba con apasionamiento su
misión: la destrucción de todas las máquinas pensantes.
—Con Dios y Serena Butler de nuestro lado, no podemos perder.
«Si uno escucha sus palabras —pensó Abulurd— parece que no hay nada que
temer». Habría querido poder inspirar a Faykan y Rayna para que incitaran a las
masas a ayudar o a construir algo, en lugar de limitarse a proclamar sus rígidas
creencias y destrozarlo todo.
Era imposible imponer un orden en aquel éxodo precipitado. En dos semanas,
todos aquellos que querían huir o tenían acceso a alguna nave se habían marchado,
pero muchas de las naves no tendrían capacidad o provisiones suficientes para
mantener a su pasaje durante todo el período de emergencia, ya que nadie sabía
exactamente cuándo llegaría la flota de combate de Omnius.
Otra cosa completamente distinta era el esfuerzo de cavar y rezar para que todo
fuera bien. Equipos de ingenieros del ejército de la Yihad excavaron refugios
subterráneos gigantes, los reforzaron con malla de aleación y vigas de soporte y los
llenaron con montones de provisiones. Los que no hubieran logrado salir del planeta a tiempo se ocultarían en estas madrigueras, donde estarían protegidos durante el
bombardeo inicial de la flota de exterminio.
Si tenían que basarse en sus experiencias anteriores, seguramente el ejército de
máquinas atacaría y luego se retiraría. Sin embargo, si decidían eliminar totalmente la
capital y establecer un nuevo dominio en el planeta, los supervivientes quedarían
atrapados bajo tierra y sus posibilidades de sobrevivir serían prácticamente nulas.
Aun así, no tenían elección.
Muchos salusanos, cuyas familias habían vivido durante generaciones en el
planeta, no habían querido marcharse. Prefirieron quedarse y arriesgarse, aunque
Abulurd estaba convencido de que cambiarían de opinión en cuanto vieran llegar las
naves de Omnius.
Aquella tarea parecía imposible, desesperada. Pero Abulurd haría lo que pudiera.
Vorian Atreides le había encomendado la misión… no necesitaba más incentivos.
Las naves de evacuación seguían despegando del puerto espacial de Zimia y otras
plataformas de lanzamiento por toda Salusa. Al principio, los equipos de monitores
trataban de llevar un registro de quién se iba y adonde, y quién seguía en el planeta.
Pero las apabullantes cifras enseguida hicieron imposible el esfuerzo. Ahora Abulurd
y sus compañeros se limitaban a ayudar a la gente a salir. Si sobrevivían, ya se
ocuparían de aquello más adelante.
Si la Gran Purga funcionaba y lograban destruir todas las encarnaciones de la
supermente, el padre de Abulurd, el comandante supremo Atreides y lo que quedara
de la flota de naves que plegaban el espacio, regresarían para enfrentarse a la fuerza
de exterminación robótica, que ya no tendría quien la dirigiera.
Por el momento, como defensa, las pocas naves de guerra que quedaban sin
motores Holtzman permanecían en la órbita de Salusa, formando un patético cordón
defensivo alrededor del planeta. Todos los yihadíes que se habían quedado sabían que
iban a morir. Habían visto la magnitud de la flota de Omnius.
Pero Abulurd no pensaba rendirse… no todavía. Allá fuera, en algún lugar, Vorian
Atreides y Quentin Butler estaban dirigiendo la Gran Purga. Día tras día, mundo tras
mundo.
Nuevas naves volaron hacia el cielo, cada una de ellas con un puñado de
supervivientes que seguramente escaparían a la ira de Omnius. Por sí solo eso ya
estaba bien. De alguna forma, entre todos acabarían obteniendo una victoria de aquel
momento de desesperanza.