La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 41 de 119

Páginas del PDF

La batalla de Corrin

Capítulo 40

 

Es posible que muramos mañana, pero hoy hemos de tener esperanza. Aunque no nos sirva para vivir más, al menos dará un sentido a nuestra existencia.

ABULURD HARKONNEN, Diario de los últimos

siete días de Salusa Secundus

 

Aunque la población en pleno de Salusa Secundus se entregó a aquel esfuerzo a gran

escala, un mes no era suficiente para evacuar el planeta. Tenían que prepararse para

lo peor.

Mientras la Liga se volcaba en la tarea de reunir suficientes naves, voluntarios

para las tripulaciones y ojivas nucleares, Abulurd Harkonnen se quedó para ayudar a

su hermano Faykan a administrar el gran éxodo desde el mundo capital de la Liga.

El comandante supremo Vorian Atreides había congregado su flota de naves que

plegaban el espacio ante Salusa, formando una fuerza militar como nunca se había

visto en la humanidad. Uno tras otro, todos los grupos de combate fueron activando

los motores Holtzman y desaparecieron. Pasaría mucho tiempo antes de que tuvieran

informes completos, pero Abulurd tenía fe en aquel plan desesperado. Cada mañana,

después de unas pocas horas de sueño, se levantaba pensando en los nuevos planetas

que habrían desaparecido del Imperio Sincronizado.

Sin embargo, por las imágenes que el padre y el hermano de Abulurd habían

traído de Corrin, todos sabían lo que se avecinaba sobre la capital. Incluso si la Gran

Purga lograba destruir el corazón del imperio enemigo, Salusa Secundus estaba

condenada.

Abulurd no podía salvar a todo el mundo, pero trabajaba todas las horas del día

para sacar de allí al mayor número posible de personas. Desde Zimia, Faykan dio

instrucciones para requisar hasta la última nave y reclutar a toda persona capacitada.

Aquella misma mañana, Abulurd había ido a buscar a su madre a la Ciudad de la

Introspección para meterla en una nave de evacuación. Todos sabían que no habría

tiempo para evacuar a todo el mundo, y algunos se mostraron visiblemente

indignados: no entendían que salvara a aquella mujer a expensas de la vida de otros.

Su madre no era consciente de nada, no se daba cuenta del peligro, ni sabía que la

estaban salvando.

Abulurd lo entendía, hasta se planteó la posibilidad de dejar a Wandra en una

sección subterránea y fortificada de la Ciudad de la Introspección. Pero allí nadie

cuidaría de ella. Había tantas cosas que considerar, tantas decisiones cruciales que

tomar… Para él, cada aliento de su madre era importante, porque dejaba abierta la

posibilidad —por muy remota que fuera— de que sobreviviera. No, no podía dejarla

allí. Aquello le hizo pensar en Ix, donde Ticia Cenva había jugado a ser Dios al decidir quién se salvaba y quién no…

Finalmente, decidió hacer oídos sordos a las quejas y las acusaciones de

favoritismo. «Es mi madre —se dijo a sí mismo—, y es una Butler». Apeló a la

autoridad de Faykan, dio sus órdenes y se aseguró de que se cumplían.

Día tras día, Abulurd veía las multitudes que corrían a embarcar en las naves

disponibles en el puerto espacial y llenaban las cubiertas de carga y de pasajeros con

mucha más gente de la que estaban diseñadas para llevar. Veía el pánico en sus caras

y sabía que no podrían pegar ojo hasta que todo aquello acabara. Él mismo se

acostumbró a tomar dosis regulares de melange… no para protegerse de la plaga, sino

para tener energía para seguir adelante.

Levantaba los ojos al cielo y veía partir las naves una tras otra. Muchas de ellas

volverían a por más pasajeros; otras, temiendo la llegada inminente de la flota de

Omnius, se quedarían bien lejos, dejando a Abulurd la posibilidad de rescatar cada

vez a menos gente.

Las naves salvavidas y unas cuantas que aún estaban en cuarentena ya habían sido

evacuadas a un lugar convenido lejos del sistema. Allí, a salvo de cualquier control

de radar, esperaban pasar inadvertidas para la flota robótica.

Faykan se encargaba de los titánicos aspectos administrativos, acompañado en

todo momento por su pálida sobrina, que había estado con él desde su llegada. Sin

embargo, incluso en medio de aquella frenética evacuación, la fantasmal figura de

Rayna Butler parecía tener su propia agenda. Hablaba bien claro y alto ante

cualquiera que se parara a escucharla y, dado que había superado la plaga, muchos

eran los que prestaban atención a sus palabras. La joven tenía una extraña voz que

podía llegar a grandes multitudes, ante las que declaraba con apasionamiento su

misión: la destrucción de todas las máquinas pensantes.

—Con Dios y Serena Butler de nuestro lado, no podemos perder.

«Si uno escucha sus palabras —pensó Abulurd— parece que no hay nada que

temer». Habría querido poder inspirar a Faykan y Rayna para que incitaran a las

masas a ayudar o a construir algo, en lugar de limitarse a proclamar sus rígidas

creencias y destrozarlo todo.

Era imposible imponer un orden en aquel éxodo precipitado. En dos semanas,

todos aquellos que querían huir o tenían acceso a alguna nave se habían marchado,

pero muchas de las naves no tendrían capacidad o provisiones suficientes para

mantener a su pasaje durante todo el período de emergencia, ya que nadie sabía

exactamente cuándo llegaría la flota de combate de Omnius.

Otra cosa completamente distinta era el esfuerzo de cavar y rezar para que todo

fuera bien. Equipos de ingenieros del ejército de la Yihad excavaron refugios

subterráneos gigantes, los reforzaron con malla de aleación y vigas de soporte y los

llenaron con montones de provisiones. Los que no hubieran logrado salir del planeta a tiempo se ocultarían en estas madrigueras, donde estarían protegidos durante el

bombardeo inicial de la flota de exterminio.

Si tenían que basarse en sus experiencias anteriores, seguramente el ejército de

máquinas atacaría y luego se retiraría. Sin embargo, si decidían eliminar totalmente la

capital y establecer un nuevo dominio en el planeta, los supervivientes quedarían

atrapados bajo tierra y sus posibilidades de sobrevivir serían prácticamente nulas.

Aun así, no tenían elección.

Muchos salusanos, cuyas familias habían vivido durante generaciones en el

planeta, no habían querido marcharse. Prefirieron quedarse y arriesgarse, aunque

Abulurd estaba convencido de que cambiarían de opinión en cuanto vieran llegar las

naves de Omnius.

Aquella tarea parecía imposible, desesperada. Pero Abulurd haría lo que pudiera.

Vorian Atreides le había encomendado la misión… no necesitaba más incentivos.

Las naves de evacuación seguían despegando del puerto espacial de Zimia y otras

plataformas de lanzamiento por toda Salusa. Al principio, los equipos de monitores

trataban de llevar un registro de quién se iba y adonde, y quién seguía en el planeta.

Pero las apabullantes cifras enseguida hicieron imposible el esfuerzo. Ahora Abulurd

y sus compañeros se limitaban a ayudar a la gente a salir. Si sobrevivían, ya se

ocuparían de aquello más adelante.

Si la Gran Purga funcionaba y lograban destruir todas las encarnaciones de la

supermente, el padre de Abulurd, el comandante supremo Atreides y lo que quedara

de la flota de naves que plegaban el espacio, regresarían para enfrentarse a la fuerza

de exterminación robótica, que ya no tendría quien la dirigiera.

Por el momento, como defensa, las pocas naves de guerra que quedaban sin

motores Holtzman permanecían en la órbita de Salusa, formando un patético cordón

defensivo alrededor del planeta. Todos los yihadíes que se habían quedado sabían que

iban a morir. Habían visto la magnitud de la flota de Omnius.

Pero Abulurd no pensaba rendirse… no todavía. Allá fuera, en algún lugar, Vorian

Atreides y Quentin Butler estaban dirigiendo la Gran Purga. Día tras día, mundo tras

mundo.

Nuevas naves volaron hacia el cielo, cada una de ellas con un puñado de

supervivientes que seguramente escaparían a la ira de Omnius. Por sí solo eso ya

estaba bien. De alguna forma, entre todos acabarían obteniendo una victoria de aquel

momento de desesperanza.