La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 19 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 18

 

La fe y la determinación son las mejores armas de un guerrero. Pero las creencias se pueden corromper. Cuidado, porque esas armas se pueden volver en tu contra.

MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS

 

Después de salir de Ginaz, en su primera misión Nar Trig e Istian Goss esperaban

poder entrar en combate directo contra las fuerzas de Omnius. En vez de eso, los

nuevos maestros de armas se encontraron formando parte de una embrollada acción

policial y de recuperación en Honru.

—Lo normal habría sido que al hombre que lleva en su interior el espíritu de Jool

Noret lo mandaran al frente —gruñó Trig—. Este lugar ha sido liberado, no veo por

qué no pueden mantener ellos solos el orden.

—Recuerda lo que nos enseñaron: cualquier batalla en la que se defienda a la

humanidad es importante. —Istian reprimió un suspiro—. Si esta misión es tan fácil

como dices, terminaremos enseguida… y entonces podrán enviarnos a alguna batalla.

Cuando el batallón de Quentin Butler abandonó Honru, los supervivientes

oprimidos se dejaron llevar por el afán de venganza, incitados por la propaganda de

los martiristas. Los robots centinelas, los ojos espía y el resto de subsistemas que

servían a la supermente fueron desmantelados, los circuitos se desconectaron, la

maquinaria fue destrozada. Nar Trig miraba a aquellos fanáticos con una curiosidad

voraz, como si intuyera en ellos un fervor muy parecido al suyo contra las máquinas

pensantes.

Por desgracia, pensó Istian, estaban tan obcecados con aquella venganza que

habían causado más daños de los necesarios. Si hubieran dedicado su energía y

entusiasmo a reconstruir Honru en lugar de aplastar a un enemigo que ya había sido

derrotado, los dos maestros de armas podrían haber luchado en batallas reales en vez

de tener que perder el tiempo allí.

Las cuadras de los esclavos habían sido destruidas, y la gente acondicionaba

alojamientos en el interior de antiguos edificios de las máquinas, levantaban tiendas

de campaña y cobertizos, y sacaban las cosas que podían ser de utilidad de las

fábricas de la antes reluciente ciudad. Altares extravagantes y coloridos a los tres

mártires se extendían como la mala hierba por toda la ciudad y el campo, con sus

minas a cielo abierto. Largos estandartes donde aparecían Serena, Manion el Inocente

y el Gran Patriarca Iblis Ginjo ondeaban en los edificios altos. En lugar de cultivar

productos comestibles, los granjeros martiristas plantaban prados de caléndulas, la

flor que se había convertido en el símbolo del hijo asesinado de Serena Butler.

Istian y Trig avanzaban por las calles, alerta. Las filas de los martiristas habían

aumentado notablemente, y con frecuencia sus agradecidos seguidores celebraban vigilias religiosas, se reunían para rezar. Se hacían con cualquier reducto de

maquinaria que encontraban intacta entre las ruinas y luego la destrozaban en

ceremonias simbólicas.

Sin embargo, los supervivientes empezaban a aplacarse, y cada día se volvían

más hacia labores más productivas. Istian esperaba que Trig y él pudieran marcharse

en cuanto llegara una nueva nave.

Mucha gente llegaba allí desde otros mundos de la Liga, algunos para reclamar

una parte del nuevo territorio, otros porque querían ayudar realmente. El filántropo

lord Porce Bludd, nieto de Niko Bludd, que había muerto durante el gran

levantamiento de esclavos en Poritrin, contribuyó con fuertes sumas de dinero. Para

la reconstrucción de Honru no iban a faltar dinero, recursos ni mano de obra. Lo

único que fallaba era la falta de un objetivo concreto e iniciativa, pensó Istian.

De pronto oyeron un grito. Istian se volvió y vio a un hombre con uniforme de

oficial que corría hacia ellos… era el administrador militar de la colonia. A pesar de

su rango relativamente alto, el hombre era de sangre noble y tenía más de burócrata

que de guerrero. Trig se llevó la mano a la espada de impulsos, listo para entrar en

acción.

—¡Mercenarios! Necesitamos vuestra ayuda. —Con el rostro enrojecido por la

carrera, el administrador militar se detuvo ante los dos maestros de armas—. Cuando

estaban abriendo uno de los almacenes sellados de comida, los obreros han

encontrado tres robots de combate ¡y aún están activados! Los mek han matado a dos

de los nuestros antes de que pudiéramos cerrar de nuevo el depósito con ellos dentro.

Tienen que destruirlos.

—Sí. —Trig esbozó una sonrisa feroz y se volvió hacia su compañero de

entrenamientos—. Enseguida.

Istian miró con expresión decidida y satisfecha.

—Vamos.

En una zona de la ciudad llena de almacenes idénticos con forma de cubo y

cámaras de almacenamiento, los dos mercenarios corrieron tras el administrador

militar y una docena de yihadíes bien armados. Podían haber utilizado explosivos y

pesados proyectiles para destruir a los robots, pero necesitaban los suministros, el

material y los recursos que se habían conservado intactos en el interior de los

almacenes. Además, Istian y Trig podían vencer a los enemigos con su saber hacer, y

sin daños colaterales. Y los yihadíes querían ver a los mercenarios y su famosa

habilidad en un combate cuerpo a cuerpo con el enemigo.

Una multitud los siguió hasta su destino. La gente gritaba. Algunos llevaban

estandartes de los tres mártires. Trig alzó su espada de impulsos en un gesto

desafiante, y los martiristas lo vitorearon. Istian se concentró en lo que tenían por

delante, preparándose mentalmente para el enfrentamiento. Recordó las antiguas leyendas de valientes caballeros con armadura que se enfrentaban a dragones en sus

guaridas mientras los campesinos miraban aterrorizados. Y supuso que él y Trig

tenían una función similar.

Cuando por fin estuvieron ante la puerta metálica y sellada del almacén, Istian vio

que su superficie lisa y pulida tenía abolladuras, como si hubieran lanzado proyectiles

contra ella desde el interior. Evidentemente, los robots de combate habían intentado

salir.

En cuanto la barrera de las puertas se abrió, las altas y voluminosas máquinas de

matar avanzaron, proyectando apéndices puntiagudos, armas mortíferas, brazos

lanzallamas, cañones proyectiles. La pesadilla de cualquier humano… y justo el tipo

de enemigo al que los maestros de armas de Ginaz estaban entrenados para matar.

Chirox les había enseñado bien.

Istian y Trig gritaron al unísono y se lanzaron al frente levantando sus espadas de

impulsos. Los robots de combate parecieron sorprendidos ante sus pequeños

oponentes. Una llamarada salió de uno de los brazos incineradores, pero Trig saltó

hacia la izquierda, rodó por el suelo y se incorporó de un salto. Istian saltó hacia

delante, agitando su espada contra el atacante. Con un solo golpe, envió una descarga

de energía por el apéndice del robot de combate. El lanzallamas quedó flácido, sin

energía.

Los otros dos robots giraron y convergieron cuando Trig cargó contra ellos. Los

ojos del joven brillaban, y ni siquiera se molestó en intentar evitarlos. En la mano

izquierda llevaba su espada de impulsos, y en la derecha una pequeña daga de

energía.

Enfurecido con el mek que le había lanzado la llamarada, Trig se enfrentó a este,

golpeando, cortando. Dio unos toquecitos en el botón de la empuñadura para

aumentar la potencia de las descargas y, con un revoltijo de golpes bien dados,

cortocircuitó la memoria central del robot, borrando de esa forma su programación y

dejándolo totalmente inoperativo.

Istian se concentró en el otro robot que seguía intacto. La máquina levantó dos

brazos de artillería, pero el joven era demasiado rápido y no le dio tiempo a reajustar

la mira del objetivo. Los brazos lanzaron los explosivos cuando pasó por el punto

muerto y estallaron, dejando un cráter humeante un metro por detrás de Istian. Había

logrado entrar en la zona de vulnerabilidad.

La máquina replegó sus brazos de artillería y sacó otros dotados de hojas

cortantes que se agitaban como tenazas. Istian las evitó, dejó que sus pensamientos

fluyeran, tratando de sentir el espíritu de Jool Noret guiándolo desde su interior. Pero

no sentía su presencia y pensó: «¿Por qué guardas silencio?»..

Por primera vez, Istian luchó sin pensar, sin temor a las heridas o al dolor. Antes

de darse cuenta de lo que estaba haciendo, tres de los afilados brazos de la máquina cayeron con flacidez a los lados, como sauces marchitos.

Y para rematar la faena, golpeó con la espada de impulsos los brazos de artillería

que la máquina había replegado, para evitar que disparara contra los espectadores

fanáticos que no dejaban de acercarse, como si quisieran ayudar a derrotar al enemigo

con sus manos desnudas. Si se acercaban demasiado, Istian sabía que habría una

carnicería.

Aullando como un salvaje, Trig ya se había lanzado contra el último robot. La

máquina agitó los brazos, tratando de utilizar un nuevo grupo de armas. Era evidente

que se limitaba a defenderse y no estaba preparada para la furia de aquel guerrero

enloquecido. Al verlo, Istian pensó con pesar que era en Nar Trig en quien tendría

que haber renacido el espíritu de Jool Noret.

Rechinó los dientes y puso más empeño en la lucha.

Uno de los brazos con cuchillas del mek le acertó en el hombro y otro en el

pecho. Pero Istian dobló su cuerpo hacia atrás en un ángulo increíble y el borde

aserrado de la cuchilla solo dejó marcada en su esternón una fina línea de sangre.

Y se incorporó como movido por un resorte. Su espada de impulsos, puesta a su

máxima potencia, golpeó el torso blindado del mek de combate lanzando una

descarga que agotó definitivamente su batería, aunque paralizó los sistemas móviles

del robot y dejó sus brazos y sus piernas inmovilizados, la artillería desactivada y la

cabeza girando adelante y atrás.

Trig por su parte asestó un golpe en la columna de su adversario, bajo una lluvia

de chispas que hizo que el mek se echara a temblar. Dio un segundo golpe, con la

fuerza suficiente para romper los conductos y tubos de soporte y, finalmente, hizo

saltar la cabeza blindada. El pesado cuerpo cayó al suelo.

Sintiendo que la adrenalina lo abandonaba como una presencia tangible —¿es

posible que aquello fuera el espíritu de Jool Noret?—, Istian se desplomó y dejó caer

su espada de impulsos al suelo. Los músculos le temblaban. A su lado, Trig caminaba

arriba y abajo como un tigre salusano enjaulado buscando un nuevo oponente.

Antes de que pudieran volverse hacia el primer robot de combate, que estaba

desactivado, aunque su cabeza seguía moviéndose adelante y atrás, los martiristas se

arrojaron sobre él armados con sus propias armas, garrotes, martillos, palancas. La

chusma descargó su rabia contra las tres máquinas derrotadas, golpeando y gritando,

y convirtieron a aquellos monstruos asesinos en chatarra.

Saltaban chispas, las piezas se desprendían. Las unidades de procesamiento

fueron aplastadas, los módulos de circuitos gelificados se extrajeron y quedaron

desparramados por el suelo del almacén. La chusma no se detuvo hasta que, con un

último y gran clamor, convirtieron la metralla en despojos irreconocibles.

—Podemos aprovechar este metal —dijo el administrador militar alegremente—.

Los martiristas han iniciado un programa para reciclar los restos de las máquinas pensantes y utilizarlos como material de construcción, para herramientas agrícolas y

carpintería. Las antiguas escrituras nos dicen que convirtamos las lanzas en

podaderas.

—No es suficiente con derrotar a estos lacayos de la supermente —concedió Nar

Trig con voz profunda—. La victoria será mucho más dulce si podemos utilizarlos

para nuestro provecho.

—Como Chirox —señaló Istian.

Su compañero no respondió.