La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 115 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 114

 

No podemos avanzar sin nuestro pasado. Lo llevamos con nosotros, no como una carga, sino como una bendición sagrada.

REVERENDA MADRE RAQUELLA BERTO-ANIRUL

 

Aunque no había nacido en Rossak, Raquella se había ganado el respeto de las pocas

hechiceras que sobrevivieron a la epidemia. La vacuna que creó utilizando sus

anticuerpos había salvado a miles de personas, pero aquel mundo selvático tardaría

mucho tiempo en recuperarse de los terribles efectos del retrovirus.

Ahora que Ticia Cenva no estaba, las mujeres pidieron a Raquella que fuera su

líder.

Y Raquella, iluminada por aquellas extrañas revelaciones, aceptó, aunque no la

movía ningún deseo personal de poder. Su transformación interior le había mostrado

la senda generacional a su historia genética. Y le intrigaba la gran cantidad de

información genética que las hechiceras habían ido reuniendo a lo largo de

generaciones. ¡La raza humana tenía tantísimo potencial!

Las máquinas secretas e ilegales donde conservaban los registros genéticos

estaban ocultas en lo más profundo de las cuevas de la ciudad. No podían permitir

que la oleada de fervor antitecnológico que sacudía a la Liga dañara los valiosísimos

datos sobre líneas genéticas que tenían. «¡Utilizar máquinas pensantes para mejorar la

humanidad!».

Al superar los efectos de la epidemia y el veneno, Raquella había alcanzado una

profunda y diferente conciencia de su composición celular. Y ahora deseaba

compartirla con las perplejas hechiceras que quedaban. ¿Podrían aprender otras

mujeres a manipular sus procesos bioquímicos? ¿Sería necesario que pasaran por una

prueba tan dura como ella? ¿Qué terribles instrucciones y pruebas tendrían que

superar las candidatas?

Saldrían de entre las más poderosas hechiceras y serían una élite, una orden con

capacidades especiales, vinculada al pasado lejano y el lejano futuro. «Todo

empezará aquí».

 

Tras la recuperación milagrosa de Raquella, Mohandas había bajado a toda prisa de

su laboratorio orbital. Ella salió a recibirlo, sintiendo que de pronto los separaba un

gran abismo. Pero, entre todas las vidas y recuerdos que conservaba en su interior,

también estaban los suyos, su propia historia. Y buena parte de esa historia la había

compartido con Mohandas.

En la pista de aterrizaje polimerizada, sobre las copas de los árboles, Mohandas bajó de la lanzadera y la abrazó con entusiasmo.

—¡Creí que te había perdido!

—Sí, estaba perdida… pero encontré muchas cosas inesperadas por el camino.

Él la aferró, le besó el cuello, pensando únicamente que volvían a estar juntos.

Raquella sintió que sus recuerdos afloraban, y los utilizó para contener todos los otros

que llevaba en su interior. Ella y Mohandas nunca habían tenido una relación

excesivamente apasionada, pero su amor y su relación profesional los habían

mantenido unidos un cuarto de siglo.

—Aún hay tanta gente que necesita ayuda… —dijo ella—. Los enfermos no se

han recuperado del todo. Se me ocurren mil detalles, y hay que enterrar a tantos

muertos, hay que purificar el agua y la comida, el…

Mohandas la atrajo hacia sí y no dejó que se apartara.

—Nos hemos ganado un poco de tiempo para nosotros. Solo una hora.

Raquella no podía discutírselo. Buscaron un lugar donde pudieran estar a solas y

se exploraron el uno al otro, recordando lo que significaba ser humano. Hicieron el

amor, y para Raquella fue algo refrescante y alegre, una celebración de la vida.

Después de ayudar durante tantos años a enfermos y moribundos, después de superar

aquella epidemia que había matado a tanta gente en Rossak, era una forma discreta

pero significativa de afirmarse.

A Raquella le entristeció pensar que ya nunca recuperarían la inocencia del

pasado, pero ella ya no era la misma… no solo a nivel celular, tampoco en su mente.

Abrir la puerta a todos aquellos antiguos recuerdos en su interior le había permitido

acceder a una historia mucho más extensa, conocer la saga de sus antepasadas

femeninas y comprender lo lejos que había llegado el humano… y lo lejos que podía

llegar.

Con aquel nuevo control que ejercía sobre su cuerpo, descubrió que también

podía manipular su sistema reproductor. Con su ojo interior, Raquella vio con

asombro que concebía un hijo. A su lado, sintiendo su calor, Mohandas no sabía nada.

Raquella lo abrazaba, pero en realidad estaba concentraba en las misteriosas

profundidades de su ser. Sería una niña…

Más tarde, Mohandas le habló de sus planes.

—Hemos pasado por un siglo de Yihad, luego vino la plaga y ahora esta

epidemia. La humanidad debe prepararse para afrontar las tragedias que el universo

nos tiene reservadas. Cuando el destino de nuestra raza está en juego, en los

hospitales se consiguen victorias tan importantes como en el campo de batalla. —

Cogió a Raquella de las manos, y ella sintió su calor, su apasionamiento—. Podemos

escoger a los mejores, a los investigadores más dotados, a los médicos más hábiles, y

crear una escuela de medicina como no se ha visto nunca en la Liga. Debemos

asegurarnos de que nuestros médicos y nuestras instalaciones sean de tal calidad que ninguna máquina, ninguna guerra ni ninguna plaga puedan volver a hacernos daño.

Dejándose llevar por su entusiasmo, Raquella sonrió.

—Si alguien puede hacerlo eres tú, Mohandas. Tendrás mucho más éxito que tu

tío el gran Rajid. Has superado con mucho sus habilidades como médico de campaña.

—Aunque, en los días en que los dos trabajaban en el modesto Hospital de

Enfermedades Incurables de Parmentier, jamás lo habría imaginado.

Los ojos oscuros de Mohandas brillaban.

—Y tú vendrás conmigo, desde luego. Sin ti, ninguna de estas personas se habría

curado.

Ella meneó la cabeza lentamente.

—No, Mohandas. Yo… yo debo quedarme en Rossak. Tengo un importante

trabajo que terminar con estas mujeres.

Su respuesta pareció desconcertarle.

—¿Qué puede haber más importante que lo que propongo, Raquella? Piensa en

todo lo que podríamos lograr juntos…

Ella le interrumpió, colocando un dedo con suavidad sobre sus labios.

—La decisión está tomada, Mohandas. Las cosas que he visto, las capacidades

que puedo manifestar… esconden muchos misterios, muchas maravillas. Estas

mujeres tienen grandes poderes y necesitan una líder racional y digna que las guíe

hacia el futuro. —Quizá, pensó Raquella, incluso podría hacer algo por Jimmak y los

Defectuosos.

Mohandas meneó la cabeza con incredulidad, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Aunque no solían exteriorizar sus sentimientos con frecuencia, en aquel momento

Raquella vio que su amor por ella seguía siendo muy fuerte. Pero los sentimientos de

Raquella habían cambiado para siempre. Lo abrazó y le apoyó la cabeza en su

hombro para no tener que mirarle a la cara.

—Lo siento…, mi futuro está aquí.

 

Una tarde, cuando Mohandas partió con el Recovery para tratar de cumplir su sueño,

Raquella estaba en lo alto de uno de los precipicios azotados por el viento, esperando

a que las mujeres se reunieran con ella. Había convocado a las hechiceras en aquel

lugar tan elevado para señalar el inicio de una nueva organización entre ellas.

Por necesidad, el suyo era un grupo muy unido de mujeres dotadas con

importantes secretos y una gran confianza entre ellas. Raquella prometió que su

«hermandad» se basaría en la tolerancia, la flexibilidad, la planificación real a largo

plazo. Ahora, con la perspectiva que le daba poder abarcar todas las generaciones

anteriores de sus antepasadas, entendía lo que eso significaba.

Si los humanos convertían en realidad todo el potencial que tenían, su capacidad

de adaptación sería infinita, incluso en las circunstancias más duras. Después de la Yihad, después de más de mil años de abusos por parte de las máquinas mecánicas, la

raza humana tenía que dar el siguiente paso.

—Una voz de mis antepasadas —dijo Raquella a las allí reunidas— me llamó

desde mi interior y me dijo lo que teníamos que hacer. La voz era de una armonía

destacable, como si miles de mujeres hablaran al unísono. Y me dijo que a partir de

ahora debíamos unirnos para alcanzar nuestro objetivo común de fortalecer los

caracteres genéticos de la especie.

Ella y sus seguidoras seguían vistiendo con túnicas negras, pero eran de un corte

más clásico que las que llevaron las hechiceras durante la epidemia. Ahora tenían

cuello alto y capuchas que, cuando se las echaban sobre la cabeza, les daban el

aspecto de pájaros exóticos.

—Nosotras abarcaremos generaciones y sistemas estelares, y estaremos atentas a

aquello que debilita y aquello que fortalece a la humanidad.

Karee Marques estaba junto a Raquella, y en ese momento se volvió a mirarla. La

brisa agitaba su túnica y sus largos cabellos. Aquella joven, que tenía el potencial

para estar entre las más fuertes de aquella hermandad, habló.

—Ciertas familias nobles, en especial los Butler, están tratando de reescribir la

historia, en un intento por ocultar su relación genética con los cobardes Harkonnen,

Xavier y Abulurd. En unas pocas generaciones ya nadie lo recordará. ¿No tendríamos

que asegurarnos de preservar la verdad de alguna forma?

—Nosotras mantendremos nuestros registros privados… —dijo Raquella—, los

correctos.

Y miró a lo lejos, por encima de la bóveda plata y púrpura de la selva, que tanta

vida escondía en su interior… incluidos Jimmak y sus amigos. Era como si en la

naturaleza las cosas realmente valiosas trataran de pasar inadvertidas, igual que la

combinación genética ideal que ella buscaba. Ella y sus hermanas estaban a punto de

embarcarse en una búsqueda épica que requeriría una paciencia y una dedicación

infinitas.

Pero, ahora que el imperio de las máquinas había desaparecido y un nuevo

imperio humano mucho más extenso se hallaba en estado embrionario, la humanidad

estaba imbuida de una energía creativa nunca vista en la historia, un renacimiento. Y

alguien tenía que velar por ella.

—Viajaréis a mundos lejanos, poniendo siempre por delante nuestras metas

políticas para que la hermandad conserve su fuerza durante siglos. Infiltraos en todas

las casas nobles. Imaginaos cuántas cosas podremos ver y aprender como empleadas,

esposas, amantes y guerreras, manteniendo siempre nuestra lealtad a la hermandad.

Las mujeres sonrieron, deseando empezar ya con aquella nueva misión.

Al final de la reunión, cuando las mujeres volvieron a sus casas en las cuevas,

Karee se acercó a Raquella.

—Después de la epidemia, ¿nuestra prioridad no tendría que ser ayudar a

recuperar la población de Rossak? Hemos perdido a muchas familias, y a muchos

hombres adecuados para la reproducción.

Raquella pensó en el embrión de la hija que llevaba en su interior, en las células

que se estaban dividiendo con rapidez en su vientre. Y sintió cierto pesar al pensar

que seguramente Mohandas nunca sabría que tenía una hija.

—Como suele pasar cuando se producen grandes pérdidas, es posible que

nuestras hermanas tengan la tentación de consentir actos reproductivos no

controlados. Pero debemos elegir solo a los mejores compañeros y llevar cuidadosos

registros. Las bases de datos genéticos nos ayudarán a elegir a los más apropiados.

No puede hacerse al azar.

La joven hechicera parecía cabizbaja.

—¿Solo podemos reproducirnos siguiendo las tablas genéticas? ¿No haremos ni

la más mínima concesión al amor?

—Amor. —Raquella paladeó la palabra en su boca—. Debemos tener un cuidado

especial con esa emoción, ya que puede llevar a la mujer a pensar en un individuo

especialmente querido en lugar de planificar las cosas a largo plazo. El amor lleva

consigo demasiados factores aleatorios. Y, ahora que tenemos un mapa definido de

ADN, debemos seguirlo.

—Lo… lo entiendo. —La joven parecía decepcionada. ¿Tendría un novio entre

los supervivientes?

Raquella estudió sus bellas facciones clásicas.

—Entenderlo es solo el principio —le dijo.