La batalla de Corrin
Capítulo 114
No podemos avanzar sin nuestro pasado. Lo llevamos con nosotros, no como una carga, sino como una bendición sagrada.
REVERENDA MADRE RAQUELLA BERTO-ANIRUL
Aunque no había nacido en Rossak, Raquella se había ganado el respeto de las pocas
hechiceras que sobrevivieron a la epidemia. La vacuna que creó utilizando sus
anticuerpos había salvado a miles de personas, pero aquel mundo selvático tardaría
mucho tiempo en recuperarse de los terribles efectos del retrovirus.
Ahora que Ticia Cenva no estaba, las mujeres pidieron a Raquella que fuera su
líder.
Y Raquella, iluminada por aquellas extrañas revelaciones, aceptó, aunque no la
movía ningún deseo personal de poder. Su transformación interior le había mostrado
la senda generacional a su historia genética. Y le intrigaba la gran cantidad de
información genética que las hechiceras habían ido reuniendo a lo largo de
generaciones. ¡La raza humana tenía tantísimo potencial!
Las máquinas secretas e ilegales donde conservaban los registros genéticos
estaban ocultas en lo más profundo de las cuevas de la ciudad. No podían permitir
que la oleada de fervor antitecnológico que sacudía a la Liga dañara los valiosísimos
datos sobre líneas genéticas que tenían. «¡Utilizar máquinas pensantes para mejorar la
humanidad!».
Al superar los efectos de la epidemia y el veneno, Raquella había alcanzado una
profunda y diferente conciencia de su composición celular. Y ahora deseaba
compartirla con las perplejas hechiceras que quedaban. ¿Podrían aprender otras
mujeres a manipular sus procesos bioquímicos? ¿Sería necesario que pasaran por una
prueba tan dura como ella? ¿Qué terribles instrucciones y pruebas tendrían que
superar las candidatas?
Saldrían de entre las más poderosas hechiceras y serían una élite, una orden con
capacidades especiales, vinculada al pasado lejano y el lejano futuro. «Todo
empezará aquí».
Tras la recuperación milagrosa de Raquella, Mohandas había bajado a toda prisa de
su laboratorio orbital. Ella salió a recibirlo, sintiendo que de pronto los separaba un
gran abismo. Pero, entre todas las vidas y recuerdos que conservaba en su interior,
también estaban los suyos, su propia historia. Y buena parte de esa historia la había
compartido con Mohandas.
En la pista de aterrizaje polimerizada, sobre las copas de los árboles, Mohandas bajó de la lanzadera y la abrazó con entusiasmo.
—¡Creí que te había perdido!
—Sí, estaba perdida… pero encontré muchas cosas inesperadas por el camino.
Él la aferró, le besó el cuello, pensando únicamente que volvían a estar juntos.
Raquella sintió que sus recuerdos afloraban, y los utilizó para contener todos los otros
que llevaba en su interior. Ella y Mohandas nunca habían tenido una relación
excesivamente apasionada, pero su amor y su relación profesional los habían
mantenido unidos un cuarto de siglo.
—Aún hay tanta gente que necesita ayuda… —dijo ella—. Los enfermos no se
han recuperado del todo. Se me ocurren mil detalles, y hay que enterrar a tantos
muertos, hay que purificar el agua y la comida, el…
Mohandas la atrajo hacia sí y no dejó que se apartara.
—Nos hemos ganado un poco de tiempo para nosotros. Solo una hora.
Raquella no podía discutírselo. Buscaron un lugar donde pudieran estar a solas y
se exploraron el uno al otro, recordando lo que significaba ser humano. Hicieron el
amor, y para Raquella fue algo refrescante y alegre, una celebración de la vida.
Después de ayudar durante tantos años a enfermos y moribundos, después de superar
aquella epidemia que había matado a tanta gente en Rossak, era una forma discreta
pero significativa de afirmarse.
A Raquella le entristeció pensar que ya nunca recuperarían la inocencia del
pasado, pero ella ya no era la misma… no solo a nivel celular, tampoco en su mente.
Abrir la puerta a todos aquellos antiguos recuerdos en su interior le había permitido
acceder a una historia mucho más extensa, conocer la saga de sus antepasadas
femeninas y comprender lo lejos que había llegado el humano… y lo lejos que podía
llegar.
Con aquel nuevo control que ejercía sobre su cuerpo, descubrió que también
podía manipular su sistema reproductor. Con su ojo interior, Raquella vio con
asombro que concebía un hijo. A su lado, sintiendo su calor, Mohandas no sabía nada.
Raquella lo abrazaba, pero en realidad estaba concentraba en las misteriosas
profundidades de su ser. Sería una niña…
Más tarde, Mohandas le habló de sus planes.
—Hemos pasado por un siglo de Yihad, luego vino la plaga y ahora esta
epidemia. La humanidad debe prepararse para afrontar las tragedias que el universo
nos tiene reservadas. Cuando el destino de nuestra raza está en juego, en los
hospitales se consiguen victorias tan importantes como en el campo de batalla. —
Cogió a Raquella de las manos, y ella sintió su calor, su apasionamiento—. Podemos
escoger a los mejores, a los investigadores más dotados, a los médicos más hábiles, y
crear una escuela de medicina como no se ha visto nunca en la Liga. Debemos
asegurarnos de que nuestros médicos y nuestras instalaciones sean de tal calidad que ninguna máquina, ninguna guerra ni ninguna plaga puedan volver a hacernos daño.
Dejándose llevar por su entusiasmo, Raquella sonrió.
—Si alguien puede hacerlo eres tú, Mohandas. Tendrás mucho más éxito que tu
tío el gran Rajid. Has superado con mucho sus habilidades como médico de campaña.
—Aunque, en los días en que los dos trabajaban en el modesto Hospital de
Enfermedades Incurables de Parmentier, jamás lo habría imaginado.
Los ojos oscuros de Mohandas brillaban.
—Y tú vendrás conmigo, desde luego. Sin ti, ninguna de estas personas se habría
curado.
Ella meneó la cabeza lentamente.
—No, Mohandas. Yo… yo debo quedarme en Rossak. Tengo un importante
trabajo que terminar con estas mujeres.
Su respuesta pareció desconcertarle.
—¿Qué puede haber más importante que lo que propongo, Raquella? Piensa en
todo lo que podríamos lograr juntos…
Ella le interrumpió, colocando un dedo con suavidad sobre sus labios.
—La decisión está tomada, Mohandas. Las cosas que he visto, las capacidades
que puedo manifestar… esconden muchos misterios, muchas maravillas. Estas
mujeres tienen grandes poderes y necesitan una líder racional y digna que las guíe
hacia el futuro. —Quizá, pensó Raquella, incluso podría hacer algo por Jimmak y los
Defectuosos.
Mohandas meneó la cabeza con incredulidad, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Aunque no solían exteriorizar sus sentimientos con frecuencia, en aquel momento
Raquella vio que su amor por ella seguía siendo muy fuerte. Pero los sentimientos de
Raquella habían cambiado para siempre. Lo abrazó y le apoyó la cabeza en su
hombro para no tener que mirarle a la cara.
—Lo siento…, mi futuro está aquí.
Una tarde, cuando Mohandas partió con el Recovery para tratar de cumplir su sueño,
Raquella estaba en lo alto de uno de los precipicios azotados por el viento, esperando
a que las mujeres se reunieran con ella. Había convocado a las hechiceras en aquel
lugar tan elevado para señalar el inicio de una nueva organización entre ellas.
Por necesidad, el suyo era un grupo muy unido de mujeres dotadas con
importantes secretos y una gran confianza entre ellas. Raquella prometió que su
«hermandad» se basaría en la tolerancia, la flexibilidad, la planificación real a largo
plazo. Ahora, con la perspectiva que le daba poder abarcar todas las generaciones
anteriores de sus antepasadas, entendía lo que eso significaba.
Si los humanos convertían en realidad todo el potencial que tenían, su capacidad
de adaptación sería infinita, incluso en las circunstancias más duras. Después de la Yihad, después de más de mil años de abusos por parte de las máquinas mecánicas, la
raza humana tenía que dar el siguiente paso.
—Una voz de mis antepasadas —dijo Raquella a las allí reunidas— me llamó
desde mi interior y me dijo lo que teníamos que hacer. La voz era de una armonía
destacable, como si miles de mujeres hablaran al unísono. Y me dijo que a partir de
ahora debíamos unirnos para alcanzar nuestro objetivo común de fortalecer los
caracteres genéticos de la especie.
Ella y sus seguidoras seguían vistiendo con túnicas negras, pero eran de un corte
más clásico que las que llevaron las hechiceras durante la epidemia. Ahora tenían
cuello alto y capuchas que, cuando se las echaban sobre la cabeza, les daban el
aspecto de pájaros exóticos.
—Nosotras abarcaremos generaciones y sistemas estelares, y estaremos atentas a
aquello que debilita y aquello que fortalece a la humanidad.
Karee Marques estaba junto a Raquella, y en ese momento se volvió a mirarla. La
brisa agitaba su túnica y sus largos cabellos. Aquella joven, que tenía el potencial
para estar entre las más fuertes de aquella hermandad, habló.
—Ciertas familias nobles, en especial los Butler, están tratando de reescribir la
historia, en un intento por ocultar su relación genética con los cobardes Harkonnen,
Xavier y Abulurd. En unas pocas generaciones ya nadie lo recordará. ¿No tendríamos
que asegurarnos de preservar la verdad de alguna forma?
—Nosotras mantendremos nuestros registros privados… —dijo Raquella—, los
correctos.
Y miró a lo lejos, por encima de la bóveda plata y púrpura de la selva, que tanta
vida escondía en su interior… incluidos Jimmak y sus amigos. Era como si en la
naturaleza las cosas realmente valiosas trataran de pasar inadvertidas, igual que la
combinación genética ideal que ella buscaba. Ella y sus hermanas estaban a punto de
embarcarse en una búsqueda épica que requeriría una paciencia y una dedicación
infinitas.
Pero, ahora que el imperio de las máquinas había desaparecido y un nuevo
imperio humano mucho más extenso se hallaba en estado embrionario, la humanidad
estaba imbuida de una energía creativa nunca vista en la historia, un renacimiento. Y
alguien tenía que velar por ella.
—Viajaréis a mundos lejanos, poniendo siempre por delante nuestras metas
políticas para que la hermandad conserve su fuerza durante siglos. Infiltraos en todas
las casas nobles. Imaginaos cuántas cosas podremos ver y aprender como empleadas,
esposas, amantes y guerreras, manteniendo siempre nuestra lealtad a la hermandad.
Las mujeres sonrieron, deseando empezar ya con aquella nueva misión.
Al final de la reunión, cuando las mujeres volvieron a sus casas en las cuevas,
Karee se acercó a Raquella.
—Después de la epidemia, ¿nuestra prioridad no tendría que ser ayudar a
recuperar la población de Rossak? Hemos perdido a muchas familias, y a muchos
hombres adecuados para la reproducción.
Raquella pensó en el embrión de la hija que llevaba en su interior, en las células
que se estaban dividiendo con rapidez en su vientre. Y sintió cierto pesar al pensar
que seguramente Mohandas nunca sabría que tenía una hija.
—Como suele pasar cuando se producen grandes pérdidas, es posible que
nuestras hermanas tengan la tentación de consentir actos reproductivos no
controlados. Pero debemos elegir solo a los mejores compañeros y llevar cuidadosos
registros. Las bases de datos genéticos nos ayudarán a elegir a los más apropiados.
No puede hacerse al azar.
La joven hechicera parecía cabizbaja.
—¿Solo podemos reproducirnos siguiendo las tablas genéticas? ¿No haremos ni
la más mínima concesión al amor?
—Amor. —Raquella paladeó la palabra en su boca—. Debemos tener un cuidado
especial con esa emoción, ya que puede llevar a la mujer a pensar en un individuo
especialmente querido en lugar de planificar las cosas a largo plazo. El amor lleva
consigo demasiados factores aleatorios. Y, ahora que tenemos un mapa definido de
ADN, debemos seguirlo.
—Lo… lo entiendo. —La joven parecía decepcionada. ¿Tendría un novio entre
los supervivientes?
Raquella estudió sus bellas facciones clásicas.
—Entenderlo es solo el principio —le dijo.