La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 57 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 56

 

A pesar de sus defectos biológicos, los humanos siguen viendo cosas que nuestros complejos sensores no pueden detectar, y comprenden extraños conceptos que una mente de circuitos gelificados es incapaz de asimilar. Así pues, no es tan extraño que entre ellos haya tantos que pierden el juicio.

Diálogos de Erasmo

 

Después de casi dos décadas, la flota robótica y las naves de hrethgir que trataban de

destruirla estaban en un punto muerto, y la situación no daba una especial sensación

de urgencia. Erasmo estaba mucho más interesado en un pequeño drama que tenía

lugar en sus jardines.

No necesitaba ningún complejo o sutil sistema de espionaje; él se limitaba a

observar discretamente. Gilbertus estaba tan embebido en su conversación con el

último clon de Serena Butler que no había reparado en su presencia. Su pupilo

humano miraba con arrobo a aquella criatura, aunque Erasmo no lograba entenderlo.

Sin duda, después de veinte años ya se había cansado de tratar de convertirla en una

compañera digna. Era un clon defectuoso y mentalmente deficiente. Tenía que haber

algún error en la recreación de Serena que Rekur Van había hecho.

Pero, por alguna inexplicable razón, su pupilo decía sentirse apegado a aquel clon

en particular.

Gilbertus estaba sentado con un libro ilustrado abierto en las manos, como un

joven paciente y enamorado. Serena miraba las ilustraciones y escuchaba algunas de

sus palabras, pero a ratos sus ojos se iban a las flores o a los colibríes que

revoloteaban por allí.

Detrás del seto de hibisco, Erasmo permanecía muy quieto, como si con aquello

pudiera convencer al clon de que era otra estatua del jardín. Él sabía que el clon de

Serena no era estúpido… simplemente, carecía por completo de interés.

Gilbertus le tocó el brazo.

—Mira aquí, por favor.

Ella volvió a mirar al libro, y él siguió leyendo en voz alta. Con los años, le había

enseñado diligentemente a leer. Serena tenía acceso a todos los libros y registros de

las inmensas bibliotecas de Corrin, aunque rara vez cogía ninguno. Normalmente se

concentraba en las cosas más insignificantes. Pero Gilbertus nunca había dejado de

intentarlo.

Le mostraba al clon de Serena grandes obras de arte, le hacía escuchar sinfonías

excepcionales, le explicaba tratados filosóficos. Pero ella estaba más interesada en

ver bonitas fotografías y escuchar historias divertidas. Cuando empezó a aburrirse

con el libro de ilustraciones, Gilbertus dio otro paseo con ella por los jardines.

Mientras observaba las técnicas improvisadas de enseñanza de Gilbertus, Erasmo pensó en lo que había hecho él mismo hacía tantos años, cuando Gilbertus no era más

que un niño salvaje y violento. Aquella tarea le había exigido un esfuerzo y una

dedicación de los que solo una máquina era capaz. Y con el tiempo, su trabajo con

Gilbertus Albans había dado su fruto.

Ahora veía a su pupilo tratando de hacer lo mismo. Un interesante desarrollo.

Erasmo no encontraba ningún defecto en la técnica de Gilbertus. Pero por desgracia,

los resultados no se parecían en nada.

Gracias a los análisis médicos, Erasmo sabía que el clon de Serena tenía el

potencial biológico que llevaba en sus genes, pero no gozaba de capacidades

mentales. Y, lo más importante, carecía de experiencias significativas, no había

vivido las mismas pruebas y desafíos que la Serena auténtica. Aquel clon siempre

había estado demasiado protegido… demasiado adormecido.

De pronto a Erasmo se le ocurrió una forma de salvar la situación. Formando una

amplia sonrisa en su rostro de platino, atravesó el seto y se acercó a Gilbertus, que

también le sonrió.

—Hola, padre. Estábamos hablando de astronomía. Esta noche había pensado

salir con Serena para tratar de identificar las constelaciones.

—Ya has hecho eso otras veces —señaló Erasmo.

—Sí, pero esta noche volveremos a intentarlo.

—Gilbertus, he decidido hacerte una propuesta. Tenemos otras células, y eso nos

deja la posibilidad de crear muchos otros clones, que sin duda serían superiores a

éste. Sé que has trabajado muy duro para llevar a esta versión de Serena a tu nivel.

No es culpa tuya que no haya salido bien. Por tanto, como regalo te ofrezco otro clon

idéntico. —Su sonrisa de metal líquido se hizo más amplia—. Reemplazaremos a esta

para que puedas volver a empezar. Sin duda, la próxima vez lograrás mejores

resultados.

El hombre lo miró con expresión horrorizada e incrédula.

—¡No, padre! No puede hacer eso. —Aferró a Serena por el brazo—. No se lo

permitiré. —Gilbertus acercó a Serena a su cuerpo y le susurró con tono

tranquilizador—: No te preocupes. Yo te protegeré.

Aunque no entendió aquella reacción, Erasmo retiró enseguida su ofrecimiento.

—No hay necesidad de preocuparse, Gilbertus.

Mirando atrás por encima del hombro como si el robot le hubiera traicionado,

Gilbertus se llevó rápidamente a Serena. Erasmo se quedó meditando, considerando

lo que acababa de presenciar.

 

Más tarde, aquella misma noche, bajo los cielos de Corrin, el robot siguió espiando a

Gilbertus y al clon, que estaban sentados en el exterior de la villa, mirando al cielo.

Aunque las estelas de las naves que había allá arriba eran una distracción, Gilbertus le señalaba a Serena los dibujos que formaban las estrellas, y se los mostraba en viejos

mapas de estrellas. Serena parecía divertida y formaba sus propios dibujos en el cielo.

Erasmo se sentía extrañamente inquieto, incluso alterado. Él había pasado años

enseñando a Gilbertus, pero al menos él siempre tuvo un feedback positivo y se sentía

recompensado al ver los progresos de su pupilo. Incluso la Serena Butler auténtica,

con su lengua afilada y el carácter emocional de sus argumentos, había sido una digna

oponente a su intelecto.

Pero el clon no le ofrecía nada de eso a Gilbertus.

Por más que Erasmo repasaba aquellos pensamientos en su mente de circuitos

gelificados, no le veía sentido. Era un enigma, pero un avanzado robot independiente

como él tendría que haber sido capaz de resolverlo. Y sin embargo, aunque aquella

noche observó a los dos humanos durante horas, siguió sin encontrar la respuesta.

«¿Qué ve Gilbertus en ella?».