La batalla de Corrin
Capítulo 42
El camino del guerrero, momento a momento, está en la práctica de la muerte.
MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS
De acuerdo con el plan que Vor había establecido con el primero Quentin Butler antes
de partir de Salusa Secundus, después de cada enfrentamiento con un Planeta
Sincronizado cada grupo de combate enviaba veloces mensajeros. Dada la tasa de
pérdidas estimada para cada salto en el espacio, no podían arriesgarse enviando
soldados profesionales a cada uno de estos encuentros; en cambio, los voluntarios
martiristas sí eran prescindibles.
Enjambres de pequeñas naves se reunían en puntos establecidos de encuentro con
noticias e informes, colocando sus detallados cuadernos de viaje en boyas que
posteriormente eran retiradas, copiadas y distribuidas por las naves de
reconocimiento de otros grupos de combate. De este modo, todos los comandantes
estaban siempre informados de las pérdidas y los avances. Vorian Atreides había
ideado el sistema imitando el patrón que seguía Omnius al enviar sus naves de
actualización por todo el Imperio Sincronizado para que las supermentes estuvieran
siempre al día. Una ironía muy satisfactoria.
Los técnicos analizaban la información, iban llenando los blancos; cada informe
de un éxito era una pequeña victoria, un indicio de supervivencia, un motivo para la
esperanza. Pero había otros informes. Ciento ochenta y cuatro naves perdidas…
doscientas diecisiete… doscientas treinta y cinco… doscientas setenta y nueve. Cada
salto al espacio en aquella guerra nuclear era como un terrible e impredecible juego
de ruleta rusa: un demoledor ataque relámpago si salía bien, o una muerte relámpago
si salía mal.
Por un momento Vor se permitió lamentarse por una de las naves perdidas, el
Zimia, y su capitán, un buen soldado y un excelente compañero de bebida. Habían
compartido muchas charlas sobre batallas y mujeres en numerosos puertos espaciales
a lo largo y ancho de toda la Liga. Otras caras y personalidades pasaban por su
mente, todos héroes muertos, pero por el bien de la misión tuvo que dejar aquellos
pensamientos a un lado.
Pensó en el joven Abulurd, que estaría en Salusa, a salvo de aquella dura prueba,
aunque la amenaza a la que él se enfrentaba no era menos temible. Él y Faykan tenían
que evacuar un planeta entero.
Renegando por lo bajo, Vor se preguntó a cuántos saltos más podría sobrevivir su
grupo. Solo tenía que recurrir a las estadísticas para calcular la cifra… pero eso es lo
que habría hecho una máquina. Y en la guerra no había nada seguro. Cuando la Gran
Purga terminara, ¿cuántas naves quedarían? Él mismo ¿seguiría con vida? Gracias al sistema de navegación mejorado de Norma Cenva tenía más probabilidades que
muchos, pero ¿sería eso suficiente? Su flota ya había dejado un cementerio de basura
espacial a su paso.
Y cuando acabaran de aplastar a los Planetas Sincronizados desprotegidos, y a
Corrin, los que quedaran tenían que volver a toda prisa a Salusa y plantar cara a la
flota de naves robóticas, que estaban programadas para atacar, aunque la supermente
ya no existiera. Las naves de la Yihad causarían tanto daño como pudieran, y con un
poco de suerte repelerían el ataque de las máquinas.
Él y todos sus guerreros estaban convencidos de que morirían antes de que el
enfrentamiento acabara. Pero se sacrificaría con la satisfacción de saber que por fin
habían derrotado a la supermente. Hasta puede que volviera a encontrarse con
Leronica en el cielo, si los martiristas no se equivocaban…
Vor meneó la cabeza, mirando la nueva proyección táctica actualizada en el
puente del Serena Victory. Ahí fuera, en el inmenso y silencioso campo de batalla del
espacio, sabía que los ataques se sucedían. Más de tres cuartas partes de los
quinientos cuarenta y tres Planetas Sincronizados habrían desaparecido.
Conforme cada grupo de mensajeros regresaba con noticias de los otros noventa
grupos de combate, Vor actualizaba el mapa de sus avances por territorio enemigo. Al
revisar los diferentes informes, vio que algunos de los planetas habían opuesto más
resistencia de la que esperaban, recurriendo a sus sistemas de tierra. Cinco de los
grupos de Purga habían fracasado con objetivos concretos, lo que significaba que
tendría que haber una segunda ofensiva en las mismas coordenadas. En otro orden de
cosas, debido a los caprichos de los viajes por el espacio plegado, cuatro naves de un
mismo grupo habían desaparecido en un solo salto. Solo dos de los mensajeros
lograron llegar con sus terribles informes.
«Habrá que compensar por otro lado».
—Mi grupo lo hará, comandante supremo —dijo Quentin Butler por el
comunicador. Su voz sonaba vacía, como si hubiera dejado de importarle si vivía o
moría—. Si me da dos de sus naves, volveremos y acabaremos con los objetivos que
se nos han escapado.
La nave insignia de Quentin había sobrevivido a uno de aquellos saltos
desastrosos. Cuando solo quedaban seis de las naves principales de su grupo, había
perdido tres en un solo salto hacia un nuevo objetivo. Vio las defensas de los robots,
calculó sus posibilidades y comprendió que no podrían destruir al enemigo.
Decepcionado, Quentin había reunido a las tres ballestas que le quedaban y acudió al
punto de encuentro con el comandante supremo. Unieron sus fuerzas, arrasaron otro
Planeta Sincronizado y luego hicieron una pausa para evaluar la situación. Quentin
estaba impaciente por volver a atacar.
—Muy bien, primero. Vaya con mi bendición. No podemos dejar ni un solo planeta enemigo.
Según las estimaciones, más de mil millones de esclavos humanos y humanos de
confianza habían muerto ya durante la Gran Purga… gente que trataba de sobrevivir
en las condiciones más terribles, bajo el dominio de las perversas máquinas
pensantes. Sacrificarlas era terrible, pero totalmente necesario. Y aún habrían de
morir muchos más.
Los sistemas planetarios aniquilados en los primeros ataques no eran más que
mundos menores, puestos militares y puntos de reabastecimiento para las fuerzas de
Omnius. Ahora, con lo que quedaba de su grupo de combate, Vor iría a por planetas
más importantes, y finalmente atacaría Corrin. Entonces todo habría acabado.
Cuando Quentin se fue, el grupo reorganizado de Vor dio el siguiente salto. El
espacio se plegó en torno a sus naves en lo que podría ser un simple abrazo o un
estrangulamiento. Lo sabrían en unos momentos…
Cuando vieron ante ellos el planeta de Quadra, con sus lunas plateadas, Vor
dispersó sus naves e inició la aproximación, con el Serena Victory a uno de los lados.
Luego desplegó sus escuadrones de bombarderos. Los escáneres detectaron misiles
que se acercaban y Vor ordenó activar los escudos Holtzman.
Aunque hacía semanas que se había iniciado la Gran Purga, era imposible que
una nave robot hubiera viajado a otros Planetas Sincronizados con la suficiente
rapidez para advertirles. Pero el Omnius-Quadra tenía sistemas defensivos
automáticos que respondieron ante la llegada de la flota de la Yihad.
Los misiles robóticos colisionaron contra los escudos Holtzman, rebotaron y
acabaron girando inofensivamente por el espacio. Antes de que la supermente del
planeta tuviera tiempo de lanzar una segunda descarga, Vor ordenó a sus naves que
dispararan algunas de sus ojivas múltiples utilizando el sistema intermitente de los
escudos. Momentos después, diez lunas artificiales se quebraron por los impactos,
despidiendo una cascada de fuegos artificiales plateados al vacío del espacio orbital.
Vor se dio cuenta de que aquella batalla les tomaría horas, puede que incluso días…
Tras destruir las lunas artificiales de combate, sin lograr llegar todavía a las
defensas terrestres y las estaciones de Omnius en Quadra, Vor retrocedió sorprendido
al oír la estática en la pantalla del puente. Su oficial de comunicaciones habló.
—Comandante supremo, desde allá abajo se han puesto en contacto con
nosotros… una transmisión de los humanos. Deben de haberse hecho con una de las
estaciones de comunicaciones.
En la pantalla apareció una secuencia de imágenes, un plano general de los
continentes y las ciudades de la superficie. Vor vio primeros planos, grabados al
parecer por los ojos espía de vigilancia de una de las ciudades del planeta. Sabía lo
que tenía que hacer.
—No podemos salvarles. Continuad con el despliegue completo de las ojivas.
Uno de los voluntarios martiristas, que se encargaba del escáner, asintió.
—Serán bien recibidos en el Paraíso si entregan sus vidas por la Yihad santa.
—Después de hoy, el Paraíso va a estar bastante abarrotado —musitó Vor
mirando a la pantalla.
En los cielos humeantes de Quadra, las lunas plateadas de combate estaban muy
bajas sobre la metrópoli. Los robots que desfilaban por las calles no les prestaban
atención, pero los esclavos humanos sentían su presencia abrumadora. Aunque todas
las naves de combate habían sido enviadas a Corrin para el asalto final contra la Liga,
la amenaza seguía ahí.
Pero algunos de los esclavos habían hecho planes a escondidas, sin perder nunca
la esperanza.
Cuando inesperadamente empezaron a saltar chispas y destellos en los satélites
artificiales, los humanos de las calles de Quadra City se volvieron a mirar. Muchos
levantaron un momento la vista al cielo, y reanudaron con nerviosismo sus tareas, sin
acabar de creérselo.
Sin embargo, un humano llamado Borys —un antiguo maestro de armas de Ginaz
capturado hacía veintiún años durante una escaramuza en Ularda— supo exactamente
lo que estaba pasando. Su corazón se llenó de esperanza y dejó caer las herramientas
de la cadena de empaquetado en la que le obligaban a trabajar. Se dirigió a sus
compañeros, consciente de que no debía vacilar.
—¡Esto es lo que hemos estado esperando! Nuestros rescatadores han llegado.
Debemos liberarnos de nuestras cadenas y luchar junto a los liberadores antes de que
sea demasiado tarde.
Entre los equipos de trabajo los gemidos y los murmullos se extendieron como
una onda de choque. Borys cogió una de sus pesadas herramientas y la empotró entre
los engranajes de la máquina que movía la cinta de la cadena. El complejo sistema se
detuvo con un chirrido que sonó como si las máquinas estuvieran sufriendo.
A su alrededor los robots centinela y los modelos de combate se detuvieron,
mientras recibían nuevas instrucciones del Omnius-Quadra. Borys no creía que su
insignificante travesura hubiera llamado la atención de la supermente: en órbita
estaba pasando algo que acaparaba por completo la atención del ordenador gigante.
Durante sus años de cautiverio, los compañeros mercenarios que fueron
capturados con Borys en Ularda habían ido cayendo, algunos por una buena causa,
otros para nada. Borys era el último de su grupo, y tenía mayores aspiraciones. En
aquellos momentos, mientras reunía a la gente que trabajaba en las calles, supo que
aquella sería su única oportunidad.
Borys nunca había dejado de comentar sus planes entre los humanos del planeta,
de calibrar a los otros prisioneros. Como maestro de armas, había nacido para luchar
y había aprendido las técnicas de combate bajo la supervisión del sensei mek Chirox. Borys conocía sus capacidades y sus limitaciones. Había seleccionado
cuidadosamente a los que estaban dispuestos a luchar por su libertad, separándolos de
los cautivos que tenían demasiado miedo para arriesgarse. A aquellas alturas, sus
tenientes escogidos estaban repartidos por toda Quadra.
Un comunicado se oyó por los altavoces de la cadena de empaquetado.
Normalmente los robots utilizaban el sistema para dar órdenes a los obreros esclavos,
pero esta vez fue una voz humana la que habló.
—¡Es el ejército de la Yihad! ¡Ballestas, jabalinas, naves veloces! —Borys
reconoció la voz: era uno de los suyos, destinado en una de las lunas artificiales—.
Han llegado como salidos de la nada… con una increíble potencia de fuego. Una de
las lunas ya está fuera de combate.
En el cielo, Borys veía destellos furiosos de luz, como chispas que saltaban de
una rueda de molienda. El fuego se concentraba en una de las esferas plateadas que
colgaban en una órbita baja. La intensidad del combate iba en aumento, y Borys
contuvo el aliento al ver que el satélite artificial se agrietaba tras una explosión
deslumbrante. Los fragmentos de la luna salieron disparados como trozos de una
cascara de huevo y atravesaron la atmósfera con una estela de fuego.
Viendo aquello como una clara señal de la victoria inminente, los trabajadores
que dudaban encontraron el valor para jugarse su suerte apoyando la insurrección de
Borys. Dejando a un lado sus miedos, la gente empezó a correr coreando por la
liberación inminente y causando todos los destrozos que podían.
El caos y el carácter impredecible de los humanos hacían imposible una respuesta
eficiente, así que las máquinas respondieron con violencia, aprovechando su
superioridad armamentística. Mientras la batalla continuaba sobre sus cabezas, robots
centinela perseguían a los esclavos por las calles, disparando a la chusma. Hubo
muchos gritos y derramamiento de sangre.
Pero la gente desesperada se defendía sin pensar en su propia supervivencia, y por
un momento Borys se permitió sentirse orgulloso. Llevaba años preparándolos para
aquello. Muchos lo habían visto siempre como una fantasía, un ejercicio, pero ahora
estaba pasando. Volvían a tener esperanza.
—¡Debemos resistir! Las naves de la Liga pronto estarán aquí… tenemos que
despejar el camino.
Borys era un maestro de armas, y eso significaba que podía hacer un arma con
cualquier cosa: barras de metal, descargas eléctricas, lo que fuera. Destrozó
maquinaria automatizada, se las ingenió para sobrecargar generadores. Al cabo de
una hora había destruido muchas máquinas pensantes y junto con un grupo de
hombres estaba tratando de volar un centro secundario de mando. Pero, aunque el
Omnius-Quadra concentraba sus escasas defensas contra la flota espacial de la Yihad,
llegaron nuevos robots de los alrededores de la ciudad. Había demasiados, y estaban demasiado bien armados para que los esclavos oprimidos pudieran derrotarlos solo
con sus manos y algunas armas rudimentarias.
Borys no se permitió desanimarse. Seguía teniendo la esperanza de que los
humanos pronto bajarían a la superficie con refuerzos. Cada vez eran más y más los
esclavos que se unían a la lucha por su libertad, incluso un puñado de los que se
habían pasado al bando de Omnius.
Cuando finalmente llegó a un centro de comunicaciones que seguía funcionando,
Borys transmitió un mensaje pidiendo ayuda, suplicando que bajaran a rescatarlos.
Kindjal de la Yihad y bombarderos protegidos con escudos descendieron sobre el
planeta como un grupo de águilas. Al verlos, los que aún seguían con vida se
animaron, y Borys alzó el puño en el aire.
Luego las bombas atómicas de impulsos empezaron a estallar, primero muy lejos,
en el horizonte. Una intensa luz se extendió como un manto blanco por el cielo. Las
ondas de energía nuclear calcinadora cayeron sobre la ciudad mecánica, con un
resplandor cegador provocado por las sucesivas explosiones.
Borys dejó caer su arma improvisada al suelo y levantó el rostro al cielo. Ahora
entendía por qué nadie había contestado a sus llamadas.
—Vaya, después de todo, parece que no vienen a rescatarnos. —Y dio un
profundo suspiro de resignación mientras el ejército de la Yihad seguía con su
misión. La Liga había ido hasta allí para destruir a Omnius, no para salvar a un
puñado de esclavos humanos—. Solo somos un daño colateral.
Pero entendía lo que trataban de hacer, y sintió cierto orgullo al comprender que
tendría ocasión de morir en combate… en la que quizá sería la última gran batalla de
aquella espantosa guerra. Hasta entonces, a Borys no se le había ocurrido ninguna
forma digna de dar su vida. Si la Armada tenía éxito, las máquinas serían destruidas.
—Luchad bien y que vuestros enemigos caigan deprisa —musitó para sus
adentros.
Las veloces kindjal y los bombarderos penetraron en la atmósfera. Los intensos
destellos eran extrañamente silenciosos. La onda expansiva de fuerza desintegradora
cayó sobre Borys, cayó por igual sobre humanos y robots mucho antes de que
pudieran oírla acercarse.
El grupo de combate volvió a plegar el espacio para dirigirse al siguiente sistema.
Afortunadamente, esta vez Vor no perdió ninguna nave importante. De acuerdo con la
información recogida por la última ronda de mensajeros, quedaban menos de
trescientas ballestas y jabalinas de las mil con las que habían comenzado.
Vor comprobó la actividad en la superficie del Planeta Sincronizado que veía allá
abajo, su siguiente objetivo, poco más que un nombre y unas coordenadas. «Así es
como debo verlo». Un objetivo, una victoria necesaria. Incluso si la población esclavizada del planeta le daba la bienvenida, él debía dar la orden y lanzar el ataque.
Convertir cada Planeta Sincronizado en un yermo estéril. Tras convencerse a sí
mismo de que aquello era necesario, dejó de pensar. Endureció su corazón, porque no
tenía elección.
Vor siguió saltando sistemáticamente por el espacio plegado, golpeando más
planetas enemigos, y perdió otras dos naves. Sus escuadrones de bombarderos
atacaban simultáneamente. Los guerreros de la Yihad, cada vez más furiosos,
viajaban de un mundo a otro, acercándose más y más a Corrin, el mundo central de
las máquinas. Todas las otras supermentes fueron eliminadas. Con cada nuevo éxito,
la flota de la Yihad dejaba una estela de mundos devastados, sin ningún tipo de vida,
ni mecánica ni humana.
Finalmente, Vor se reunió con el resto de la flota, como estaba previsto, y
contaron sus efectivos. Solo quedaban doscientas sesenta y seis naves. Las unió todas
en un grupo único de batalla, dirigido por él mismo, con Quentin Butler como
segundo. No había tiempo para lamentarse, para llorar… no todavía. Vor lograría la
victoria al precio que fuera. No había sitio para reproches, no podían volver la vista
atrás.
Ahora no podían detenerse. La monstruosa flota robótica seguía su camino a
Salusa Secundus. Sin pararse a consultar a su conciencia, Vor reunió sus naves y las
preparó para el siguiente salto.
A Corrin.