La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 43 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 42

 

El camino del guerrero, momento a momento, está en la práctica de la muerte.

MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS

 

De acuerdo con el plan que Vor había establecido con el primero Quentin Butler antes

de partir de Salusa Secundus, después de cada enfrentamiento con un Planeta

Sincronizado cada grupo de combate enviaba veloces mensajeros. Dada la tasa de

pérdidas estimada para cada salto en el espacio, no podían arriesgarse enviando

soldados profesionales a cada uno de estos encuentros; en cambio, los voluntarios

martiristas sí eran prescindibles.

Enjambres de pequeñas naves se reunían en puntos establecidos de encuentro con

noticias e informes, colocando sus detallados cuadernos de viaje en boyas que

posteriormente eran retiradas, copiadas y distribuidas por las naves de

reconocimiento de otros grupos de combate. De este modo, todos los comandantes

estaban siempre informados de las pérdidas y los avances. Vorian Atreides había

ideado el sistema imitando el patrón que seguía Omnius al enviar sus naves de

actualización por todo el Imperio Sincronizado para que las supermentes estuvieran

siempre al día. Una ironía muy satisfactoria.

Los técnicos analizaban la información, iban llenando los blancos; cada informe

de un éxito era una pequeña victoria, un indicio de supervivencia, un motivo para la

esperanza. Pero había otros informes. Ciento ochenta y cuatro naves perdidas…

doscientas diecisiete… doscientas treinta y cinco… doscientas setenta y nueve. Cada

salto al espacio en aquella guerra nuclear era como un terrible e impredecible juego

de ruleta rusa: un demoledor ataque relámpago si salía bien, o una muerte relámpago

si salía mal.

Por un momento Vor se permitió lamentarse por una de las naves perdidas, el

Zimia, y su capitán, un buen soldado y un excelente compañero de bebida. Habían

compartido muchas charlas sobre batallas y mujeres en numerosos puertos espaciales

a lo largo y ancho de toda la Liga. Otras caras y personalidades pasaban por su

mente, todos héroes muertos, pero por el bien de la misión tuvo que dejar aquellos

pensamientos a un lado.

Pensó en el joven Abulurd, que estaría en Salusa, a salvo de aquella dura prueba,

aunque la amenaza a la que él se enfrentaba no era menos temible. Él y Faykan tenían

que evacuar un planeta entero.

Renegando por lo bajo, Vor se preguntó a cuántos saltos más podría sobrevivir su

grupo. Solo tenía que recurrir a las estadísticas para calcular la cifra… pero eso es lo

que habría hecho una máquina. Y en la guerra no había nada seguro. Cuando la Gran

Purga terminara, ¿cuántas naves quedarían? Él mismo ¿seguiría con vida? Gracias al sistema de navegación mejorado de Norma Cenva tenía más probabilidades que

muchos, pero ¿sería eso suficiente? Su flota ya había dejado un cementerio de basura

espacial a su paso.

Y cuando acabaran de aplastar a los Planetas Sincronizados desprotegidos, y a

Corrin, los que quedaran tenían que volver a toda prisa a Salusa y plantar cara a la

flota de naves robóticas, que estaban programadas para atacar, aunque la supermente

ya no existiera. Las naves de la Yihad causarían tanto daño como pudieran, y con un

poco de suerte repelerían el ataque de las máquinas.

Él y todos sus guerreros estaban convencidos de que morirían antes de que el

enfrentamiento acabara. Pero se sacrificaría con la satisfacción de saber que por fin

habían derrotado a la supermente. Hasta puede que volviera a encontrarse con

Leronica en el cielo, si los martiristas no se equivocaban…

Vor meneó la cabeza, mirando la nueva proyección táctica actualizada en el

puente del Serena Victory. Ahí fuera, en el inmenso y silencioso campo de batalla del

espacio, sabía que los ataques se sucedían. Más de tres cuartas partes de los

quinientos cuarenta y tres Planetas Sincronizados habrían desaparecido.

Conforme cada grupo de mensajeros regresaba con noticias de los otros noventa

grupos de combate, Vor actualizaba el mapa de sus avances por territorio enemigo. Al

revisar los diferentes informes, vio que algunos de los planetas habían opuesto más

resistencia de la que esperaban, recurriendo a sus sistemas de tierra. Cinco de los

grupos de Purga habían fracasado con objetivos concretos, lo que significaba que

tendría que haber una segunda ofensiva en las mismas coordenadas. En otro orden de

cosas, debido a los caprichos de los viajes por el espacio plegado, cuatro naves de un

mismo grupo habían desaparecido en un solo salto. Solo dos de los mensajeros

lograron llegar con sus terribles informes.

«Habrá que compensar por otro lado».

—Mi grupo lo hará, comandante supremo —dijo Quentin Butler por el

comunicador. Su voz sonaba vacía, como si hubiera dejado de importarle si vivía o

moría—. Si me da dos de sus naves, volveremos y acabaremos con los objetivos que

se nos han escapado.

La nave insignia de Quentin había sobrevivido a uno de aquellos saltos

desastrosos. Cuando solo quedaban seis de las naves principales de su grupo, había

perdido tres en un solo salto hacia un nuevo objetivo. Vio las defensas de los robots,

calculó sus posibilidades y comprendió que no podrían destruir al enemigo.

Decepcionado, Quentin había reunido a las tres ballestas que le quedaban y acudió al

punto de encuentro con el comandante supremo. Unieron sus fuerzas, arrasaron otro

Planeta Sincronizado y luego hicieron una pausa para evaluar la situación. Quentin

estaba impaciente por volver a atacar.

—Muy bien, primero. Vaya con mi bendición. No podemos dejar ni un solo planeta enemigo.

Según las estimaciones, más de mil millones de esclavos humanos y humanos de

confianza habían muerto ya durante la Gran Purga… gente que trataba de sobrevivir

en las condiciones más terribles, bajo el dominio de las perversas máquinas

pensantes. Sacrificarlas era terrible, pero totalmente necesario. Y aún habrían de

morir muchos más.

Los sistemas planetarios aniquilados en los primeros ataques no eran más que

mundos menores, puestos militares y puntos de reabastecimiento para las fuerzas de

Omnius. Ahora, con lo que quedaba de su grupo de combate, Vor iría a por planetas

más importantes, y finalmente atacaría Corrin. Entonces todo habría acabado.

Cuando Quentin se fue, el grupo reorganizado de Vor dio el siguiente salto. El

espacio se plegó en torno a sus naves en lo que podría ser un simple abrazo o un

estrangulamiento. Lo sabrían en unos momentos…

Cuando vieron ante ellos el planeta de Quadra, con sus lunas plateadas, Vor

dispersó sus naves e inició la aproximación, con el Serena Victory a uno de los lados.

Luego desplegó sus escuadrones de bombarderos. Los escáneres detectaron misiles

que se acercaban y Vor ordenó activar los escudos Holtzman.

Aunque hacía semanas que se había iniciado la Gran Purga, era imposible que

una nave robot hubiera viajado a otros Planetas Sincronizados con la suficiente

rapidez para advertirles. Pero el Omnius-Quadra tenía sistemas defensivos

automáticos que respondieron ante la llegada de la flota de la Yihad.

Los misiles robóticos colisionaron contra los escudos Holtzman, rebotaron y

acabaron girando inofensivamente por el espacio. Antes de que la supermente del

planeta tuviera tiempo de lanzar una segunda descarga, Vor ordenó a sus naves que

dispararan algunas de sus ojivas múltiples utilizando el sistema intermitente de los

escudos. Momentos después, diez lunas artificiales se quebraron por los impactos,

despidiendo una cascada de fuegos artificiales plateados al vacío del espacio orbital.

Vor se dio cuenta de que aquella batalla les tomaría horas, puede que incluso días…

Tras destruir las lunas artificiales de combate, sin lograr llegar todavía a las

defensas terrestres y las estaciones de Omnius en Quadra, Vor retrocedió sorprendido

al oír la estática en la pantalla del puente. Su oficial de comunicaciones habló.

—Comandante supremo, desde allá abajo se han puesto en contacto con

nosotros… una transmisión de los humanos. Deben de haberse hecho con una de las

estaciones de comunicaciones.

En la pantalla apareció una secuencia de imágenes, un plano general de los

continentes y las ciudades de la superficie. Vor vio primeros planos, grabados al

parecer por los ojos espía de vigilancia de una de las ciudades del planeta. Sabía lo

que tenía que hacer.

—No podemos salvarles. Continuad con el despliegue completo de las ojivas.

Uno de los voluntarios martiristas, que se encargaba del escáner, asintió.

—Serán bien recibidos en el Paraíso si entregan sus vidas por la Yihad santa.

—Después de hoy, el Paraíso va a estar bastante abarrotado —musitó Vor

mirando a la pantalla.

En los cielos humeantes de Quadra, las lunas plateadas de combate estaban muy

bajas sobre la metrópoli. Los robots que desfilaban por las calles no les prestaban

atención, pero los esclavos humanos sentían su presencia abrumadora. Aunque todas

las naves de combate habían sido enviadas a Corrin para el asalto final contra la Liga,

la amenaza seguía ahí.

Pero algunos de los esclavos habían hecho planes a escondidas, sin perder nunca

la esperanza.

Cuando inesperadamente empezaron a saltar chispas y destellos en los satélites

artificiales, los humanos de las calles de Quadra City se volvieron a mirar. Muchos

levantaron un momento la vista al cielo, y reanudaron con nerviosismo sus tareas, sin

acabar de creérselo.

Sin embargo, un humano llamado Borys —un antiguo maestro de armas de Ginaz

capturado hacía veintiún años durante una escaramuza en Ularda— supo exactamente

lo que estaba pasando. Su corazón se llenó de esperanza y dejó caer las herramientas

de la cadena de empaquetado en la que le obligaban a trabajar. Se dirigió a sus

compañeros, consciente de que no debía vacilar.

—¡Esto es lo que hemos estado esperando! Nuestros rescatadores han llegado.

Debemos liberarnos de nuestras cadenas y luchar junto a los liberadores antes de que

sea demasiado tarde.

Entre los equipos de trabajo los gemidos y los murmullos se extendieron como

una onda de choque. Borys cogió una de sus pesadas herramientas y la empotró entre

los engranajes de la máquina que movía la cinta de la cadena. El complejo sistema se

detuvo con un chirrido que sonó como si las máquinas estuvieran sufriendo.

A su alrededor los robots centinela y los modelos de combate se detuvieron,

mientras recibían nuevas instrucciones del Omnius-Quadra. Borys no creía que su

insignificante travesura hubiera llamado la atención de la supermente: en órbita

estaba pasando algo que acaparaba por completo la atención del ordenador gigante.

Durante sus años de cautiverio, los compañeros mercenarios que fueron

capturados con Borys en Ularda habían ido cayendo, algunos por una buena causa,

otros para nada. Borys era el último de su grupo, y tenía mayores aspiraciones. En

aquellos momentos, mientras reunía a la gente que trabajaba en las calles, supo que

aquella sería su única oportunidad.

Borys nunca había dejado de comentar sus planes entre los humanos del planeta,

de calibrar a los otros prisioneros. Como maestro de armas, había nacido para luchar

y había aprendido las técnicas de combate bajo la supervisión del sensei mek Chirox. Borys conocía sus capacidades y sus limitaciones. Había seleccionado

cuidadosamente a los que estaban dispuestos a luchar por su libertad, separándolos de

los cautivos que tenían demasiado miedo para arriesgarse. A aquellas alturas, sus

tenientes escogidos estaban repartidos por toda Quadra.

Un comunicado se oyó por los altavoces de la cadena de empaquetado.

Normalmente los robots utilizaban el sistema para dar órdenes a los obreros esclavos,

pero esta vez fue una voz humana la que habló.

—¡Es el ejército de la Yihad! ¡Ballestas, jabalinas, naves veloces! —Borys

reconoció la voz: era uno de los suyos, destinado en una de las lunas artificiales—.

Han llegado como salidos de la nada… con una increíble potencia de fuego. Una de

las lunas ya está fuera de combate.

En el cielo, Borys veía destellos furiosos de luz, como chispas que saltaban de

una rueda de molienda. El fuego se concentraba en una de las esferas plateadas que

colgaban en una órbita baja. La intensidad del combate iba en aumento, y Borys

contuvo el aliento al ver que el satélite artificial se agrietaba tras una explosión

deslumbrante. Los fragmentos de la luna salieron disparados como trozos de una

cascara de huevo y atravesaron la atmósfera con una estela de fuego.

Viendo aquello como una clara señal de la victoria inminente, los trabajadores

que dudaban encontraron el valor para jugarse su suerte apoyando la insurrección de

Borys. Dejando a un lado sus miedos, la gente empezó a correr coreando por la

liberación inminente y causando todos los destrozos que podían.

El caos y el carácter impredecible de los humanos hacían imposible una respuesta

eficiente, así que las máquinas respondieron con violencia, aprovechando su

superioridad armamentística. Mientras la batalla continuaba sobre sus cabezas, robots

centinela perseguían a los esclavos por las calles, disparando a la chusma. Hubo

muchos gritos y derramamiento de sangre.

Pero la gente desesperada se defendía sin pensar en su propia supervivencia, y por

un momento Borys se permitió sentirse orgulloso. Llevaba años preparándolos para

aquello. Muchos lo habían visto siempre como una fantasía, un ejercicio, pero ahora

estaba pasando. Volvían a tener esperanza.

—¡Debemos resistir! Las naves de la Liga pronto estarán aquí… tenemos que

despejar el camino.

Borys era un maestro de armas, y eso significaba que podía hacer un arma con

cualquier cosa: barras de metal, descargas eléctricas, lo que fuera. Destrozó

maquinaria automatizada, se las ingenió para sobrecargar generadores. Al cabo de

una hora había destruido muchas máquinas pensantes y junto con un grupo de

hombres estaba tratando de volar un centro secundario de mando. Pero, aunque el

Omnius-Quadra concentraba sus escasas defensas contra la flota espacial de la Yihad,

llegaron nuevos robots de los alrededores de la ciudad. Había demasiados, y estaban demasiado bien armados para que los esclavos oprimidos pudieran derrotarlos solo

con sus manos y algunas armas rudimentarias.

Borys no se permitió desanimarse. Seguía teniendo la esperanza de que los

humanos pronto bajarían a la superficie con refuerzos. Cada vez eran más y más los

esclavos que se unían a la lucha por su libertad, incluso un puñado de los que se

habían pasado al bando de Omnius.

Cuando finalmente llegó a un centro de comunicaciones que seguía funcionando,

Borys transmitió un mensaje pidiendo ayuda, suplicando que bajaran a rescatarlos.

Kindjal de la Yihad y bombarderos protegidos con escudos descendieron sobre el

planeta como un grupo de águilas. Al verlos, los que aún seguían con vida se

animaron, y Borys alzó el puño en el aire.

Luego las bombas atómicas de impulsos empezaron a estallar, primero muy lejos,

en el horizonte. Una intensa luz se extendió como un manto blanco por el cielo. Las

ondas de energía nuclear calcinadora cayeron sobre la ciudad mecánica, con un

resplandor cegador provocado por las sucesivas explosiones.

Borys dejó caer su arma improvisada al suelo y levantó el rostro al cielo. Ahora

entendía por qué nadie había contestado a sus llamadas.

—Vaya, después de todo, parece que no vienen a rescatarnos. —Y dio un

profundo suspiro de resignación mientras el ejército de la Yihad seguía con su

misión. La Liga había ido hasta allí para destruir a Omnius, no para salvar a un

puñado de esclavos humanos—. Solo somos un daño colateral.

Pero entendía lo que trataban de hacer, y sintió cierto orgullo al comprender que

tendría ocasión de morir en combate… en la que quizá sería la última gran batalla de

aquella espantosa guerra. Hasta entonces, a Borys no se le había ocurrido ninguna

forma digna de dar su vida. Si la Armada tenía éxito, las máquinas serían destruidas.

—Luchad bien y que vuestros enemigos caigan deprisa —musitó para sus

adentros.

Las veloces kindjal y los bombarderos penetraron en la atmósfera. Los intensos

destellos eran extrañamente silenciosos. La onda expansiva de fuerza desintegradora

cayó sobre Borys, cayó por igual sobre humanos y robots mucho antes de que

pudieran oírla acercarse.

 

El grupo de combate volvió a plegar el espacio para dirigirse al siguiente sistema.

Afortunadamente, esta vez Vor no perdió ninguna nave importante. De acuerdo con la

información recogida por la última ronda de mensajeros, quedaban menos de

trescientas ballestas y jabalinas de las mil con las que habían comenzado.

Vor comprobó la actividad en la superficie del Planeta Sincronizado que veía allá

abajo, su siguiente objetivo, poco más que un nombre y unas coordenadas. «Así es

como debo verlo». Un objetivo, una victoria necesaria. Incluso si la población esclavizada del planeta le daba la bienvenida, él debía dar la orden y lanzar el ataque.

Convertir cada Planeta Sincronizado en un yermo estéril. Tras convencerse a sí

mismo de que aquello era necesario, dejó de pensar. Endureció su corazón, porque no

tenía elección.

Vor siguió saltando sistemáticamente por el espacio plegado, golpeando más

planetas enemigos, y perdió otras dos naves. Sus escuadrones de bombarderos

atacaban simultáneamente. Los guerreros de la Yihad, cada vez más furiosos,

viajaban de un mundo a otro, acercándose más y más a Corrin, el mundo central de

las máquinas. Todas las otras supermentes fueron eliminadas. Con cada nuevo éxito,

la flota de la Yihad dejaba una estela de mundos devastados, sin ningún tipo de vida,

ni mecánica ni humana.

Finalmente, Vor se reunió con el resto de la flota, como estaba previsto, y

contaron sus efectivos. Solo quedaban doscientas sesenta y seis naves. Las unió todas

en un grupo único de batalla, dirigido por él mismo, con Quentin Butler como

segundo. No había tiempo para lamentarse, para llorar… no todavía. Vor lograría la

victoria al precio que fuera. No había sitio para reproches, no podían volver la vista

atrás.

Ahora no podían detenerse. La monstruosa flota robótica seguía su camino a

Salusa Secundus. Sin pararse a consultar a su conciencia, Vor reunió sus naves y las

preparó para el siguiente salto.

A Corrin.