La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 111 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 110

 

Las armas son un factor importante en la guerra, pero no son el factor decisivo. El factor decisivo es la gente.

MAO ZEDONG, filósofo de la Vieja Tierra

 

Sin acabar de creerse que habían logrado vencer después de más de un siglo de dolor

y derramamiento de sangre, el bashar supremo Vorian Atreides partió en una

lanzadera hacia la ciudad principal de Corrin. Aquella victoria inminente le había

dejado un sabor metálico en la boca, y estaba algo enturbiada por la ira que sentía

contra Abulurd. «En el momento más crítico sus actos casi nos lo han costado todo».

Y Seurat también le había traicionado.

Pero ya habría tiempo para pensar en sus emociones más tarde, cuando viera

personalmente el final de la supermente informática.

Desde la lanzadera, allá abajo los soldados robóticos parecían soldaditos de

juguete repartidos por un campo de batalla estilizado y humeante. Los reductos del

ejército mecánico se habían concentrado en una formación defensiva en torno a la

cúpula central. Aunque habían sido derrotados, seguían disparando a los veloces

kindjal y a los transportes que volaban sobre sus cabezas.

Dando órdenes por su comunicador, Vor envió un grupo de cazas kindjal a

bombardear el último bastión de Omnius. Ellos prepararían el terreno y eliminarían

las defensas robóticas para que los mercenarios pudieran acercarse y asestar su golpe

quirúrgico. Pero, haciendo gala de técnicas innovadoras, la supermente reparaba

instantáneamente la cúpula después de cada explosión y cerraba una capa tras otra de

metal líquido sobre las zonas destruidas, como si pudiera regenerar su propia piel.

Cansado, Vor ordenó a algunas de las ballestas supervivientes un bombardeo más

intenso y estas descendieron entre las naves en llamas. Las ballestas tenían armas más

potentes y destruyeron fácilmente a las máquinas atrincheradas. Finalmente, la cúpula

protectora se desmoronó bajo la lluvia de explosivos y fue incapaz de volver a

regenerarse.

Cuando su nave ya aterrizaba, Vor convocó a los mercenarios que quedaban y los

mandó con equipos y armas de demolición a eliminar a la supermente.

«Debo estar preparado para una posible trampa». En la partida final de aquella

larga Yihad, cuando todo parecía perdido, las máquinas pensantes aún podían

sorprenderles.

Vor avanzó a grandes zancadas por la ciudad, pensando en el diseño cuadriculado

de la inmensa metrópoli de Omnius en la Vieja Tierra, donde él pasó su juventud. El

virrey Faykan Butler también había aterrizado, y andaba pavoneándose por el campo

de batalla, rodeado por otros nobles que querían que la historia supiera que ellos también estuvieron allí.

Los exaltados miembros del Culto a Serena corrían por la ciudad en una orgía de

destrucción, y Vor dejó que dieran rienda suelta a su ira. Aunque se le pasó por la

cabeza un pensamiento muy cínico: con una bomba atómica de impulsos bien situada

podía deshacerse de Rayna y sus furiosos cultistas, del ambicioso virrey y de la

supermente a la vez. Y todo gracias al traidor de Abulurd Harkonnen, que había

reunido a todos los enemigos de la humanidad en un mismo sitio.

Pero enseguida apartó esa idea de su mente. Sin duda Iblis Ginjo habría aprobado

un plan como ese, pero no Vorian Atreides. Él dejaría un legado honorable tras aquel

día tan importante.

Al ver a Vor, uno de los nobles que acompañaban a Faykan Butler corrió a su

encuentro.

—¡Campeón Atreides! ¡Rayna y algunos de los suyos estaban cerca de la

ciudadela cuando se ha iniciado el bombardeo! Temo que hayan quedado atrapados

bajo los escombros. ¡Tiene que poner enseguida a sus hombres a buscarlos! El virrey

ya está allí.

Vor no se lo podía creer.

—Pero ¿qué demonios hacían allí? ¿Es que no sabían que íbamos a bombardear la

ciudadela? Este no es lugar para civiles. ¡Corrin es una zona en guerra!

—Tal vez pensaba que santa Serena la protegería —dijo el noble con cierto

sarcasmo—. Por favor, envíe un equipo de rescate y personal médico… es una

petición directa del virrey.

Vor frunció el ceño, enfadado por tener que retirar a su valioso personal de otras

misiones importantes para ayudar a Rayna. Finalmente, controlando el enfado, envió

a un grupo de ingenieros, soldados y médicos de campaña.

Mientras los maestros de armas caían sobre los escombros de la ciudadela y

combatían a los robots de combate que habían sobrevivido incluso después del

bombardeo, Vor se dirigió al lugar. Los mercenarios de Ginaz lanzaron sus granadas

descodificadoras, y los impulsos de energía disruptiva Holtzman destruyeron los

cerebros de circuitos gelificados.

Cerca de la ciudadela, Vor vio al virrey con aire preocupado. Sus tropas ya habían

rescatado docenas de cadáveres entre los escombros. Vor se acercó, suspirando.

—¿Han encontrado ya a su sobrina?

—Todavía no, pero no pierdo la esperanza.

Vor asintió.

—Sí, supongo que hoy justamente debemos tener esperanza.

En aquel mismo lugar, se había alzado en otro tiempo la ciudadela central de

Omnius. Allí Serena Butler había dado su vida por la causa de la humanidad. De

modo que, con un profundo sentimiento de reverencia, Vor observó a sus hombres utilizando la maquinaria pesada para remover los escombros, y a los cultistas, que

trataban de ayudar con sus manos desnudas.

En el perímetro de la plaza, los ingenieros de combate buscaban entradas ocultas

que pudieran llevar al subsuelo, haciendo un barrido de los escombros y los tramos

descubiertos del suelo con complejos rayos detectores. Los mercenarios ya tenían

preparadas sus ojivas nucleares especiales.

Uno de los operadores de los sensores le envió a Vor una señal por el

comunicador.

—Hemos encontrado algo bajo los restos de un monumento de plazmigón que

había en el interior de la cúpula. Es una construcción reciente, y debajo detecto

algunos huecos. También hay pasadizos laterales, y un gran espacio vacío en el

centro.

—El análisis espectral indica la presencia de metales poco comunes —dijo otro

soldado.

—Excavad —ordenó Vor.

De pronto, el suelo de la plaza se abrió, obligando a Vor y sus ingenieros a

dispersarse. Y, como una serpiente que sale de su agujero, la ciudadela central extrajo

una especie de tentáculo plateado de entre los escombros y se elevó hacia el cielo.

Los soldados gritaban, los cultistas se santiguaban y gritaban pidiendo que el

demonio se desvaneciera. La torre de metal líquido se retorció y se hinchó por el

extremo, como un paraguas invertido, o una especie de antena parabólica… ¡Un

transmisor!

Con un gemido, como una bestia marina moribunda, la estructura se sacudió y

vomitó un rayo de luz, una señal que atravesó la atmósfera y salió como un grito al

espacio, donde acabaría disipándose a través de los pársecs. Entonces se desmoronó,

perdió su integridad y cayó en un montón de charcos en la amplia plaza cubierta de

escombros.

—En el nombre de Serena, ¿qué era eso? —exclamó Faykan.

—Nada bueno —dijo Vor—, de eso puede estar seguro.

De pronto se oyeron vítores, y a no mucha distancia Vor vio que los soldados y

los cultistas sacaban a Rayna de entre los escombros. La mujer estaba cubierta de

polvo, magullada, pero seguía con vida. Al poco ya pudo mantenerse en pie ella sola,

algo tambaleante, y se sacudió la ropa. En su túnica se apreciaba una intensa mancha

de sangre, pero dijo que no era suya. Temblando, se encaramó a una losa de

plazmigón, recuperó el aliento y gritó:

—¡Santa Serena me ha protegido!

—Me parece que santa Serena ya ha trabajado suficiente por hoy —le dijo Vor

por lo bajo a Faykan—. Saque a su sobrina y a toda su gente de aquí… Vamos a volar

lo que queda.

Los mercenarios acababan de llegar al objetivo con tres ojivas nucleares de

precisión, e informaron a Vor. Gracias al bombardeo aéreo, las defensas robóticas de

tierra habían caído. Lo demás fue un simple pasatiempo. Vor y el virrey se retiraron

con el resto del personal y se situaron a una distancia segura.

La explosión no fue más deslumbrante que las anteriores, pero los gritos de

alegría que salieron de las gargantas descarnadas de los humanos fueron mucho más

entusiastas. Omnius se había ido. Para siempre.

 

Gilbertus Albans extrajo el núcleo de memoria del robot independiente, la misma

pequeña esfera que había salvado cuando Omnius decidió borrar a Erasmo. La

envolvió con un retal y la ató con sumo cuidado. Se guardó el pequeño fardo en el

bolsillo, donde sabía que nadie lo buscaría. Un registro de la destacable mente y la

vida de Erasmo que no tenía precio… de su alma.

El cuerpo metálico del robot quedó allí, en medio de su amado jardín, rodeado

por el relajante sonido de la música clásica y el susurro de las fuentes, vacío y

desactivado. Su lujosa túnica caía en pesados pliegues. Parecía una estatua.

Gilbertus decidió entonces que debía encontrar al clon de Serena Butler. Trataría

de rescatarla, si es que seguía con vida. Había demasiadas cosas que no sabía.

Tras volver la vista para mirar por última vez a su mentor, Gilbertus salió

corriendo de la villa y se confundió entre la multitud de soldados, mercenarios y

cultistas, que destruían todo lo que encontraban a su paso. Uno de ellos disparó un

misil a la villa, donde había dejado el hermoso cuerpo de platino de Erasmo.

Gilbertus hizo una mueca de dolor al ver aquello, y se dio la vuelta mientras la villa

estallaba en llamas. Aquella chusma de fanáticos lanzó vítores y se fue en busca de

un nuevo objetivo.

Durante horas, Gilbertus fingió ayudar a los humanos a destruir a las máquinas y

la estructura de la única sociedad que había conocido. Corría con ellos, tambaleante,

asqueado, pero se prometió a sí mismo que sobreviviría.

Era lo que Erasmo habría querido.