La batalla de Corrin
Capítulo 13
Desde el cielo, Serena Butler vela por nosotros. Tratamos de estar a la altura de sus expectativas, de la misión que estableció para la raza humana. Pero temo que llore al ver nuestros débiles y lentos avances frente a nuestros enemigos mortales.
RAYNA BUTLER, Visiones verdaderas
El virus mortífero se extendió por Parmentier con una rapidez desoladora. Asustada,
Rayna Butler observaba desde la mansión del gobernador en la elevada colina que
presidía la ciudad de Niubbe. Era demasiado joven para comprender las
implicaciones de lo que estaba pasando. Su padre trabajaba frenéticamente con sus
equipos de expertos en un intento de controlar la epidemia.
Nadie entendía exactamente qué estaba pasando, o qué había que hacer.
Pero la niña estaba convencida de que aquello era una maldición de las máquinas
demoníacas.
Al principio, muy pocos reconocieron los síntomas: una ligera pérdida de peso,
hipertensión, tono amarillento en ojos y piel, acné, lesiones en la piel. Lo más
preocupante era una corriente de desobediencia, desorientación e innegable paranoia
que llevaba a un comportamiento cada vez más agresivo, y que se manifestó en la
forma de un nuevo fanatismo, un estallido de salvajismo que no tenía ningún eje ni
ningún objetivo concreto.
Antes de que el gobernador Butler y su estado mayor pudieran determinar que
aquel brote de actividad de las masas y de violencia se debían a una epidemia, los
primeros afectados habían pasado a la segunda fase de la enfermedad: súbita y
drástica pérdida de peso, diarrea debilitadora, debilidad muscular y luego fallo
hepático que llevaba a la muerte. Miles de personas contagiadas durante el período de
incubación empezaron a mostrar los primeros síntomas unos días después.
Aquella enfermedad sin precedentes apareció simultáneamente en pueblos y
ciudades por todo el continente. Rikov y sus consejeros dedujeron que la causa era
alguna especie de virus que se transmitía por el aire y que había entrado en la
atmósfera con la misteriosa lluvia de proyectiles.
—Tiene que haberlo enviado Omnius —anunció Rikov—. Las máquinas han
creado un virus para exterminarnos.
El padre de Rayna no vaciló. Relegó el resto de asuntos para lanzar un programa
intensivo de investigación y concedió fondos ilimitados, recursos e instalaciones a los
mejores investigadores médicos del planeta. Consciente de que debían alertar a otros
mundos sobre la posible llegada de los proyectiles, escogió a varios hombres de la guardia nacional destacados en lugares remotos —los que era menos probable que
hubieran quedado expuestos al virus— y los mandó con señales de emergencia a los
mundos de la Liga más próximos.
Luego, aunque sabía que aquello quizá equivalía a condenar a muerte a su familia
y la población de Parmentier, el gobernador anunció la cuarentena total e inmediata
del planeta. Afortunadamente, desde la reciente partida del batallón de Quentin
Butler, no habían llegado nuevas naves al sistema. Parmentier estaba en el límite de
las fronteras espaciales de la Liga, y eran pocos los cargueros y naves mercantes que
llegaban hasta allí, uno o dos por semana tal vez. Dada su proximidad con los
Planetas Sincronizados, se lo seguía considerando un destino de riesgo.
A continuación, Rikov ordenó el aislamiento estricto de cualquier persona que
manifestara el menor síntoma. Mientras la población se encerraba en sus casas y
muchos de los que aún estaban sanos huían al campo tratando de evitar la epidemia,
Rikov formó grupos de hombres y mujeres sin responsabilidades familiares para
establecer estaciones militares defensivas en órbita. Su misión sería disparar a
cualquiera que tratara de huir del planeta.
—Si es humanamente posible —dijo en una declaración—, no permitiremos que
la epidemia se extienda a otros mundos de la Liga. Es una responsabilidad muy
grande. Debemos pensar más allá de nuestro bien personal, en el bien de la raza
humana, y rezar para que Parmentier sea el único objetivo.
Mientras escuchaba el discurso de su padre, Rayna se sintió orgullosa por lo
valiente e imponente que parecía. Rayna era miembro de la familia Butler, y su padre
siempre había insistido en que recibiera una enseñanza concienzuda de política e
historia, por eso había contratado a los mejores tutores e instructores para ella. Por su
parte, su madre tenía unas firmes creencias religiosas y también quiso que su hija las
conociera. Aquella joven callada conseguía un equilibrio tan perfecto entre ambas
cosas que en una ocasión su padre había comentado: «Rayna, un día estarás
preparada para ser virreina interina o Gran Matriarca». Ella no estaba segura de
querer ninguna de las dos cosas, pero sabía que su padre lo decía como un cumplido.
Rayna, a quien no dejaban salir de casa por su propia seguridad, observaba la
ciudad de lejos, veía el humo de los incendios, intuía el terror y la tensión en el aire.
Su padre parecía apagado y profundamente preocupado; trabajaba un día tras otro
hasta el agotamiento, reuniéndose con expertos médicos y fuerzas de contención.
Su madre, dando claras muestras de pánico, pasaba horas encerrada en su
santuario privado, poniendo velas a los tres mártires, rezando por la salvación del
pueblo de Parmentier. Más de la mitad del servicio doméstico se había ido, algunos
habían desaparecido en la noche para huir de Niubbe, aunque sin duda algunos
llevaron la enfermedad consigo al campo. Por muy lejos que fueran, no estarían a
salvo.
Al comportamiento paranoico y agresivo de los primeros afectados se unió el
miedo y el fanatismo de otros que aún no habían caído víctimas del virus. Los
martiristas realizaban largas procesiones por la ciudad moribunda, portando
estandartes, rezando a los tres mártires. Pero los espíritus de Serena, Iblis Ginjo y
Manion el Inocente no parecían contestar a sus plegarias.
Conforme el pánico iba en aumento, Rikov empezó a organizar escuadrones
armados de protección civil para mantener el orden en las calles. Durante todo el día
y toda la noche se veía el humo salir de los crematorios improvisados para quemar los
cuerpos de las víctimas. A pesar de las estrictas medidas de desinfección y
aislamiento, la epidemia seguía extendiéndose.
Rikov estaba pálido, tenía ojeras.
—La tasa de contagiados es increíblemente elevada —le dijo a Kohe—. Y casi la
mitad mueren si no se les somete a cuidados constantes… pero no tenemos
suficientes socorristas, ni enfermeras, médicos, sanitarios. Los científicos no
encuentran ninguna cura, ni vacuna, nada. Lo único que pueden hacer es tratar los
síntomas. La gente se muere en las calles, porque no hay hospitales abiertos, ni
siquiera hay voluntarios suficientes para repartir agua, mantas y comida. Todas las
camas están ocupadas, los cargamentos llegan con retraso, todo se viene abajo.
—Todo el mundo se muere a causa de esta plaga —dijo Kohe—. ¿Qué podemos
hacer aparte de rezar?
—Odio a las máquinas demoníacas —comentó Rayna en voz alta.
Cuando se dieron cuenta de que la niña había estado escuchando, la madre la
echó. Pero Rayna había oído suficiente, y estuvo dándole vueltas. Millones de
personas iban a morir de una enfermedad extendida por las máquinas. Le costaba
imaginarse tantos cadáveres, tantas casas y negocios vacíos.
El bloqueo espacial había obligado a dos naves mercantes a volver atrás sin haber
podido aterrizar. Los pilotos civiles correrían a los otros mundos de la Liga y
avisarían de la crisis sanitaria por la que estaba pasando Parmentier, pero nadie podría
hacer nada. Ahora que el gobernador Butler había impuesto una cuarentena tan
estricta, el planeta estaba condenado a dejar que la epidemia siguiera su curso y se
extinguiera por sí sola. Quizá todos morirían, pensó Rayna. A menos que Dios o santa
Serena los salvaran.
La mortífera epidemia llegó a una de las siete estaciones orbitales de bloqueo. La
enfermedad se extendió entre el personal, atrapado en una estación hermética, de
modo que, al final, todos los que estaban a bordo se contagiaron. En un intento por
huir, llevados por la paranoia algunos de los soldados cogieron una nave… pero las
otras estaciones les dispararon. En unos pocos días, los pocos tripulantes debilitados
que aún quedaban a bordo habían muerto, y la estación se convirtió en una tumba
espacial. En las otras naves, los otros soldados elegidos personalmente por Rikov permanecieron en sus puestos y no faltaron a su deber.
Desde el patio de su casa en lo alto de la colina, Rayna intuía el miedo y la
desesperación en la brisa. Su madre le había prohibido ir a Niubbe, pensando que así
la protegía. Si aquella plaga realmente era un castigo de Dios, seguramente aquello
no serviría de nada, pero ella siempre hacía caso a los consejos de sus padres.
Una tarde, Kohe se retiró a su altar privado a rezar. Rayna no la vio durante varias
horas. La epidemia no dejaba de extenderse, y su madre cada vez pasaba más y más
horas con los santos y con Dios, preguntando, exigiendo respuestas, suplicando que
les ayudaran. Cada día parecía más desesperada.
Finalmente, Rayna empezó a sentirse sola y preocupada, y decidió ir a hacer
compañía a su madre. Muchas veces habían rezado juntas, y para ella aquellos
momentos eran algo mágico y muy especial.
Pero cuando entró en la capilla familiar, encontró a Kohe en el suelo, debilitada y
febril. Su cuerpo estaba empapado en sudor, tenía el pelo apelmazado contra la
cabeza. La piel le ardía, estaba temblando y deliraba, con los ojos entrecerrados y
agitando los párpados.
—¡Madre! —Rayna corrió a sujetarla y le levantó la cabeza. Kohe trató de decir
algo, pero la niña no pudo entenderla.
Sabía que tenía que hacer algo, así que cogió a su madre por los brazos y trató de
apartarla del altar. Rayna era una chica delgada y huesuda, no tenía mucha fuerza,
pero la adrenalina le dio la determinación que necesitaba. Finalmente consiguió llegar
con ella a la habitación de sus padres.
—Iré a buscar a papá. Él sabrá lo que hay que hacer.
Kohe trató de incorporarse sobre sus piernas inestables mientras su hija la
ayudaba a subir a la cama. Pero ya no le quedaban fuerzas, y se dejó caer como un
saco vacío sobre la cama. Rayna se negaba a creer que su madre se hubiera
contagiado, no era posible que a alguien le pasara nada malo mientras estaba rezando
en una capilla. ¿Cómo iban a permitir Dios o santa Serena algo así?
Cuando recibió el aviso frenético de su hija, Rikov se encontraba en las oficinas
gubernamentales, en la ciudad, y dejó enseguida la reunión de emergencia en la que
estaba. Había visto tanta muerte y desolación en aquel planeta que cada día volvía a
su casa con expresión traumatizada y convulsa. Esta vez, miró a su hija con mirada
salvaje y los ojos algo amarillentos, como si fuera la niña quien hubiera provocado la
enfermedad.
Sujetó a Kohe y la incorporó ligeramente en la cama, pero ella no le respondió.
Tenía una fiebre muy alta y se había sumido en un sueño muy profundo. El sudor le
cubría la cara y el cuello. Mientras se retorcía entre delirios, había vomitado por el
lado de la cama, y en la habitación se respiraba un olor agrio y repulsivo.
La niña estaba junto a ellos, deseando poder hacer algo. Mientras miraba a sus padres, le parecieron tan vulnerables como cualquier persona. El gobernador había
visto la realidad de la epidemia con la suficiente frecuencia para saber que los
síntomas eran graves y Kohe no tenía ninguna posibilidad. No podía pedir ayuda, no
había cura. Rayna lo vio en su cara. Peor aún, estaba tan concentrado en el negro
pronóstico de su mujer y la apurada situación del planeta, que no había reconocido
los síntomas de la enfermedad en sí mismo.
Cuando sintió hambre, Rayna fue a buscar algo de comer a una despensa, porque no
encontró a ninguno de los criados. Horas después, sintió náuseas, le fallaban las
fuerzas, así que se dirigió al encuentro de su padre para preguntarle qué tenía que
hacer.
Su frente estaba cubierta de sudor, y casi no se tenía en pie. Avanzó dando tumbos
por el pasillo y cuando se tocó la frente y las mejillas, se dio cuenta de que estaba
muy caliente. La cabeza le dolía y no veía bien, como si alguien le hubiera echado un
líquido venenoso en los ojos. Tardó un buen rato en recordar lo que estaba
haciendo…
Cuando finalmente se aferró al marco de la puerta de la habitación de sus padres
para poder aguantarse en pie, vio a su madre inmóvil en la cama, envuelta en un
revoltijo de sábanas empapadas en sudor. Su padre se había derrumbado en una
postura algo torpe junto a ella. Rikov se movía y gemía, pero no respondía a sus
llamadas.
Entonces, antes de poder hacer nada, Rayna se dobló y vomitó, y luego cayó de
rodillas, porque no tenía fuerzas para mantenerse en pie. Necesitaba descansar,
recuperar fuerzas. Por otras veces que había estado enferma, sabía que tenía que
tumbarse en la cama y rezar. Rayna quería coger su libro de Escrituras para leer y
releer alguno de sus pasajes favoritos, pero no podía enfocar la vista. Nada parecía
tener sentido.
Cuando la joven consiguió llegar a su habitación, junto a su cama encontró una
taza con agua tibia y bebió. Luego, sin saber ni qué hacía ni por qué, se metió en un
armarito abarrotado, porque estaba oscuro, porque el silencio la tranquilizaba.
Con voz débil y la garganta seca, la niña llamó a sus padres, trató de llamar a los
criados, pero nadie contestó. Durante largo rato, quedó a merced de los delirios. La
corriente la arrastraba y ella buscaba algún lugar donde agarrarse para no caer por la
cascada que había allá delante.
Cerró los ojos y se acurrucó, delirando. De todos modos, se sabía la mayoría de
los versículos de memoria. Ella y su madre los habían recitado juntas muchas veces.
Mientras los pensamientos y las imágenes se confundían en su cabeza, Rayna no dejó
de musitar sentidas plegarias, sintiéndose reconfortada por las Sagradas Escrituras.
La fiebre subía y subía, la sentía quemándole dentro de los ojos.
Finalmente, cuando ya estaba muy lejos del mundo, de su habitación y el armario
oscuro, de la realidad, soñó con una mujer blanca y hermosa, santa Serena. La mujer
brillaba y sonreía, movía los labios. Le estaba diciendo algo importante, pero Rayna
no entendía las palabras. Le suplicó que hablara más claro, pero cuando le pareció
que ya la oía, la visión empezó a vacilar y desapareció.
Rayna cayó en un sueño muy, muy profundo…