La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 13 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 12

 

El ser humano lucha por tener un respeto y una dignidad. Se trata de un tema recurrente en sus interacciones personales a todos los niveles, desde las bandas callejeras al Parlamento. Ha habido guerras de religión por esta causa, que es muy simple en la teoría pero compleja en la práctica.

SERENA BUTLER, comentarios

de su última entrevista

 

Como comandante supremo del ejército de la Yihad, Vorian Atreides podía haber

conseguido un buen alojamiento para él y Leronica, una mansión o una finca. La Liga

los habría acomodado gustosa por todos sus años de servicio… más que una vida

entera.

Años atrás, había ofrecido a Leronica una casa opulenta, pero ella prefirió algo

pequeño y sencillo, cómodo pero no extravagante.

Y le encontró un apartamento en el distrito interplanetario de Zimia, una zona de

la ciudad donde convivían gran variedad de culturas y que a ella siempre le resultó

fascinante.

Cuando trajo a su familia a Salusa, Vor le prometió todas las maravillas

imaginables. Había hecho honor a su palabra, pero ella no había querido aceptar casi

ninguna. Nunca había dejado de ser dulce y amorosa con él. Siempre esperaba su

regreso, con una constancia inquebrantable, y cuando estaban juntos demostraba un

gran placer.

En aquellos momentos, mientras caminaba de camino a su casa por el barrio, con

provisiones y pequeños regalos de Caladan, Vor oía hablar diferentes lenguas,

lenguas que conocía por sus viajes: el acento gutural de Kirana III, el idioma cantarín

de los refugiados de Chusuk, incluso dialectos de esclavos que se habían originado en

planetas que estuvieron bajo el dominio de las máquinas.

Sonriendo por la expectación, Vor subió los escalones de aquel edificio de madera

tan bien conservado, fue hasta la quinta planta y entró. Su piso de cuatro habitaciones

era sencillo y correcto, y los únicos elementos decorativos eran algunas piezas de

anticuario y hologramas donde se describían sus victorias militares más importantes.

En la cocina, en la parte posterior del piso, Vor encontró a Leronica cargada con

un par de bolsas de la compra que parecían demasiado pesadas para sus brazos

delgados. Recientemente había cumplido noventa y tres años, y los aparentaba,

porque nunca había sido una mujer vanidosa. Y sin embargo, insistía en hacer

personalmente la compra y tener su propia vida social cuando Vor se ausentaba en sus

largas misiones.

Para mantenerse ocupada, Leronica hacía pequeños trabajos para los vecinos,

aunque nunca los cobraba, porque no necesitaba el dinero. En Salusa los trabajos artesanales y los objetos de fabricación casera se valoraban mucho, porque los que se

fabricaban en cadena recordaban a los humanos la precisión mecánica. Las colchas de

Leronica estaban muy solicitadas, y describían escenas del exótico Caladan.

Vor corrió a abrazarla, sonriente, y de paso le quitó las bolsas de las manos y las

dejó en una mesa. Miró sus oscuros ojos del color de pacanas, que seguían

pareciendo jóvenes, en medio del óvalo arrugado de su cara. La besó con

apasionamiento, porque no veía ante él a una mujer vieja, sino a la persona de la que

se había enamorado hacía décadas.

Ella acarició sus cabellos encanecidos artificialmente mientras se abrazaban.

—He descubierto tu secreto, Vorian, y me parece que tus canas son de bote. —

Rió—. ¡No hay muchos hombres que utilicen tinte para parecer más viejos! Tu

verdadero pelo sigue siendo tan oscuro y sano como cuando te conocí, ¿verdad?

Vorian se sintió disgustado, pero no lo negó. Aunque nunca lograría aparentar los

ciento trece años que tenía, se teñía el pelo para que no se viera una diferencia tan

abismal entre él y Leronica. Y la barba incipiente también le hacía parecer mayor,

aunque no tenía arrugas en el rostro.

—Aunque aprecio el gesto, no tienes por qué molestarte. Sigo queriéndote, a

pesar de lo joven que pareces. —Con una sonrisa pícara, Leronica se puso a preparar

el banquete que tenía pensado para darle la bienvenida.

Él aspiró aquellos aromas seductores.

—¡Ah, por fin algo que no sea rancho militar! Como si necesitara más razones

para volver contigo.

—Estes y Kagin van a venir. ¿Sabías que ya llevan aquí un par de semanas?

—Sí, llegué a Caladan cuando acababan de partir. —Esbozó una sonrisa, por ella,

y dijo—: Estoy deseando verles.

La última vez que la familia se había reunido, él y Estes se habían enzarzado en

una discusión por un comentario sarcástico sin importancia. Vor no lo recordaba con

exactitud, pero episodios como aquel siempre le entristecían. Con un poco de suerte,

esa noche todo transcurriría de forma tolerable. Haría un gran esfuerzo, pero el

abismo que había entre ellos seguiría ahí.

Cuando eran adolescentes, Kagin había descubierto por casualidad que Vor era su

verdadero padre y le contó aquella sorprendente noticia a su hermano. Leronica trató

de calmarlos, pero no era fácil borrar la herida. Los dos preferían el recuerdo de la

infancia agradable que tuvieron con Kalem Vazz, el hombre que los había educado

como si fueran sus hijos hasta que los elecranes lo mataron en alta mar.

Mientras Leronica estaba ocupada en la cocina, Vor fue a abrir la puerta para

recibir a sus hijos. Estes y Kagin pasaban de los sesenta, aunque habían retrasado el

proceso de envejecimiento mediante el consumo regular de melange, que había dado

a sus ojos un matiz azulado. Los dos tenían el pelo oscuro y las facciones delgadas de los Atreides, aunque Estes era algo más alto y extravagante, y Kagin había adoptado

el papel del hermano callado y reservado. Vor, con su aspecto juvenil y su sonrisa, se

veía lo bastante joven para ser su nieto.

Le estrecharon la mano —nada de abrazos, ni besos, ni palabras afectuosas, solo

un respeto deferente— y luego pasaron a la cocina. Allí sí cambiaron de actitud, y

volcaron todo su afecto y su amor sobre su madre.

Mucho tiempo atrás, cuando estaba locamente enamorado de Leronica, Vor la

había instalado a ella y los niños en una bonita casa en Salusa. Entonces se fue a otra

de sus misiones, sin darse cuenta de que los estaba dejando a su suerte, de que era

como si los estuviera abandonando después de haberlos llevado a un planeta extraño

donde no tenían amigos.

Cada vez que volvía a casa, Vor esperaba que los gemelos lo recibieran como un

héroe, pero ellos siempre se mostraron distantes. Reclamando favores entre los

políticos de la Liga, Vor se aseguró de que tuvieran buenos contactos, una educación

adecuada, las mejores oportunidades. Ellos aceptaban los privilegios, pero no le

daban las gracias. Aunque, ante la insistencia de Leronica, al menos habían aceptado

su apellido. Algo es algo.

—Cangrejo y caracolas de costa, importados especialmente para la ocasión —

anunció Leronica con orgullo desde la cocina—. Uno de los platos favoritos de

vuestro padre. —Vor aspiró el delicioso aroma del ajo y las hierbas aromáticas y se le

hizo la boca agua. Aún recordaba la primera vez que le había preparado aquel plato

en Caladan.

Leronica entró al comedor con una bandeja con cuatro grandes cangrejos y la

colocó en una plataforma suspensora giratoria que flotaba sobre la tarima central. El

tablero transparente cubría una charca artificial, un mundo en miniatura compuesto

de agua de mar, roca y arena. Pequeñas caracolas de forma cónica se agarraban a las

rocas. Vor había llevado la mesa hasta allí especialmente desde Caladan, porque sabía

que a Leronica le encantaría.

Antes de que se sentaran a la mesa, Vor abrió una botella de un vino no muy caro,

el Salnoir, el preferido de Leronica. En otros planetas, aquel vino seco y rosado se

conocía con diferentes nombres, pero se trataba básicamente del mismo tipo de uva, y

era un acompañamiento perfecto para el marisco. A Leronica le gustaba sobre todo su

precio; para ella era un orgullo gastar poco en la casa.

Vor había renunciado a convencerla para que gastara más y viviera según

estándares de vida más elevados. Pero a ella le gustaba hacer economías, le hacía

sentirse útil, porque así tenía más dinero para donarlo a causas benéficas. Había

demasiada gente necesitada, demasiados refugiados de la Yihad, y rodearse de lujos

hacía que se sintiera culpable. En cierto modo, a Vor le recordaba a Serena.

Vor tenía un contable que se encargaba de pagar las facturas domésticas y le daba a Leronica el dinero que sobraba para que pudiera dedicarlo a lo que quisiera.

Muchas de sus causas favoritas incluían a niños desfavorecidos e incluso familias

budislámicas, a las que casi nadie quería en la Liga por su negativa a luchar contra las

máquinas pensantes. También daba sumas considerables a sus hijos, en un generoso

esfuerzo por compensar la falta de oportunidades que tenían en las localidades

pesqueras de Caladan.

En el centro de la mesa, cuatro pequeñas rampas de metal se abrieron sobre la

plataforma giratoria. Disfrutando enormemente, Leronica accionó los controles desde

su silla. Un humeante cangrejo a la plancha se deslizó por cada rampa hasta su plato;

luego, el suspensor se elevó hasta un compartimiento que había en el techo para no

estorbar. El olor a sal y fuertes especias saturaba el ambiente.

Los dos jóvenes se sacaron unos paquetes de melange del bolsillo y rociaron con

ella la comida que Leronica había preparado con tanto mimo sin siquiera probarla. Su

madre no aprobaba el consumo excesivo de especia, pero no dijo nada para no

estropear aquella ocasión especial.

—¿Te quedarás mucho tiempo en Salusa, padre? —dijo Estes—. ¿O te reclamará

nuevamente algún asunto relacionado con la Yihad?

—Estaré aquí unas semanas —contestó Vor, aunque no se le escapaba el ligero

sarcasmo de la pregunta—. Habrá la ronda habitual de reuniones políticas y militares.

—Su mirada se demoró por un instante en su hijo.

—Los chicos se quedan tres meses —dijo Leronica con una sonrisa feliz—. Han

alquilado un piso.

—Los viajes espaciales son tan largos… y venir desde Caladan no es fácil —dijo

Kagin, y su voz empezó a apagarse—. Nos… nos ha parecido lo mejor.

Casi con total seguridad, Vor se marcharía antes que ellos. Todos lo sabían.

Tras un breve pero incómodo silencio, Leronica retiró el tablero de glazplaz de la

mesa. Con ayuda de unas largas pinzas, los comensales empezaron a separar las

caracolas vivas de las rocas; luego, extraían la carne del interior ayudándose con unos

pequeños tenedores. Vor mojó una caracola tras otra en la mantequilla especiada y las

comió, y luego se abalanzó sobre el plato principal, cangrejo a la plancha.

Cuando sus ojos se cruzaron con los ojos marrones de Leronica, le devolvió la

sonrisa, y eso le ayudó a tranquilizarse un poco. Ella se comió su cangrejo con un

apetito notable para tratarse de una anciana. Después de comer, como siempre,

después del café, la charla y los juegos con Estes y Kagin, Leronica se acurrucaría

junto a él. Luego, hasta puede que hicieran el amor si ella lo quería. A Vor su edad no

le importaba. Seguía amándola, seguía deseándola.

En aquel instante ella le sonrió y le besó espontáneamente en la mejilla. Sus hijos

los observaban, visiblemente incómodos ante aquellas muestras de afecto, pero no

podían evitar que Vor y Leronica sintieran lo que sentían el uno por el otro…

Aquella noche, mientras yacía despierto junto a Leronica, feliz por estar en casa, Vor

 

pensó durante mucho rato. Su relación con sus hijos nunca había ido bien, y él tenía

tanta culpa como ellos. Recordó sus días como humano de confianza de las máquinas

y se preguntó si después de todo Agamenón no habría sido un buen padre…

Pensó en sus tiempos de joven oficial de la Yihad, cuando las mujeres lo

perseguían en cada puerto. En aquel entonces, Xavier estaba felizmente casado con

Octa, que recomendó que Vor sentara cabeza y buscara su alma gemela. Vor era

incapaz de imaginar un amor semejante y se limitó a buscar amoríos en cada planeta.

Recordaba en particular a una bella mujer de Hagal, llamada Karida Julan. Sabía que

había tenido una hija, pero desde que conoció a Leronica hacía más de medio siglo,

casi no había vuelto a pensar en ella.

No le bastaba con ayudar a Abulurd en honor a la memoria de Xavier. Había

perdido a sus hijos hacía mucho tiempo. Él seguiría tratando de superar la barrera que

los separaba, pero Estes y Kagin ya eran mayores, y sus vidas iban por caminos muy

distintos. Seguramente nunca tendrían una relación más estrecha. Pero tenía el amor

de Leronica, y Abulurd era como un hijo para él. Y, tal vez…

«Mis deberes como oficial de la Yihad me llevan a lugares lejanos —pensó—.

Trataré de localizar a alguno de mis otros hijos… o nietos. Sé que debo conocerlos…

y ellos deben conocerme a mí».