La batalla de Corrin
Capítulo 2
La grandeza tiene sus propias recompensas… y su coste es terrible.
PRIMERO XAVIER HARKONNEN, última entrada en un dictadiario
Durante su carrera militar sobrenaturalmente larga, el comandante supremo Vorian
Atreides había visto muchas cosas, pero pocas veces había visitado un mundo más
hermoso que Caladan. Para él, aquel planeta oceánico era un cofre lleno de recuerdos,
una fantasía de lo que tendría que ser una vida «normal»… sin máquinas, sin guerra.
Cuando estaba en Caladan, fuera a donde fuese veía cosas que le recordaban los
tiempos dorados que había pasado allí con Leronica Tergiet. Ella era la madre de sus
hijos gemelos, su compañera amada desde hacía más de siete décadas, aunque nunca
se habían casado oficialmente.
Leronica estaba en la casa que compartían en Salusa Secundus. Aunque ya tenía
más de noventa años, la amaba más que nunca. Para mantenerse joven más tiempo,
podía haber tomado melange regularmente, la especia rejuvenecedora que tan popular
se había hecho entre los nobles ricos, pero no quiso, porque le parecía algo
antinatural. ¡Era tan propio de ella!
En cambio, el tratamiento al que su padre cimek había sometido a Vor para
hacerlo inmortal hacía que él siguiera pareciendo un joven, el nieto de Leronica tal
vez. Para que no se viera una diferencia tan abismal entre ellos, Vor se teñía
regularmente parte del pelo de blanco. Deseó haberla llevado consigo a aquel viaje al
lugar donde se conocieron.
En aquellos momentos, Vor contemplaba los mares tranquilos de Caladan y veía
los barcos que volvían de una jornada de trabajo recogiendo algas y pescando
palometas, sentado junto a su joven y voluntarioso ayudante, Abulurd Butler, hijo
menor de Quentin Vigar y Wandra Butler. Abulurd también era nieto del mejor amigo
de Vor… pero el nombre de Xavier Harkonnen rara vez se mencionaba, porque a ojos
de la humanidad se había convertido irremisiblemente en un cobarde y un traidor.
Cuando pensaba en aquella injusticia, perpetuada por la leyenda, a Vor se le
atragantaba como un fruto espinoso, pero no podía hacer nada. Casi habían pasado
sesenta años.
Vor y Abulurd estaban sentados a una mesa en el nuevo restaurante suspensor,
que se desplazaba lentamente sobre los acantilados para permitir una vista cambiante
de la costa y el mar. Sus gorras militares descansaban sobre el amplio alféizar de una
ventana. Las olas rompían contra las enormes rocas, dejando un reguero de hilillos de
agua que se escurrían como encaje blanco. El sol de media tarde destellaba sobre las
olas.
Los dos hombres, ataviados con sus uniformes verde y carmesí, disfrutaban de un
breve descanso en la interminable Yihad, y contemplaban la subida de la marea
mientras tomaban un vino. Vor llevaba su uniforme con informalidad, sin medallas,
mientras que Abulurd parecía tan peripuesto como la raya de sus pantalones.
«Igualito que su abuelo».
Vor había tomado a aquel joven bajo su tutela, cuidaba de él, le ayudaba. Su
madre era la hija más joven de Xavier, pero no había llegado a conocerla, porque
durante el parto sufrió una grave apoplejía y quedó en estado catatónico. Abulurd
acababa de cumplir los dieciocho años y se había incorporado al servicio en el
ejército de la Yihad. Su padre y sus hermanos ya se habían labrado cierto prestigio y
tenían muchas condecoraciones. Con el tiempo, el hijo pequeño de Quentin Butler
también se distinguiría en la lucha.
Para evitar la lacra del nombre de Harkonnen, el padre de Abulurd había
adoptado el apellido de la línea materna, orgulloso de reclamar el legado de Serena
Butler. Desde que por matrimonio entró en aquella famosa familia hacía cuarenta y
dos años, el héroe de guerra Quentin no había dejado de señalar la ironía de aquel
apellido. «En otro tiempo, un butler era un mayordomo, un criado doméstico que
seguía en silencio las órdenes de su amo. Pero desde hoy proclamo un nuevo lema
para esta familia: ¡Los Butler no somos criados de nadie!». Faykan y Rikov, sus dos
hijos mayores, habían hecho suyo este lema y desde muy jóvenes dedicaron sus vidas
a luchar por la Yihad.
«Tanta historia en un nombre —pensó Vor—. Y con un bagaje tan grande».
Vor dio un largo suspiro y escudriñó el interior del restaurante. Un estandarte
colgaba de una de las paredes, con imágenes de los tres mártires: Serena Butler, su
hijo Manion el Inocente y el Gran Patriarca Ginjo. Con un enemigo tan implacable
como las máquinas pensantes, la gente necesitaba encontrar consuelo en Dios o en
sus representantes. Como cualquier otro movimiento religioso, los martiristas tenían
grupos marginales que seguían unas prácticas estrictas en honor a los tres caídos.
Vor no comulgaba con tales creencias, prefería confiar en la capacidad militar
para derrotar a Omnius, y sin embargo, la naturaleza humana, incluso el fanatismo,
también afectaba a sus planes. Poblaciones que no habrían luchado en el nombre de la
Liga, se arrojaban sin vacilar contra los enemigos mecánicos si se les pedía que lo
hicieran en nombre de Serena o su hijo. Aun así, aunque los martiristas podían ayudar
a la causa, normalmente lo único que hacían era estorbar…
Siguiendo con aquel largo silencio, Vor cruzó las manos y miró a su alrededor. A
pesar del mecanismo suspensor, añadido recientemente, el lugar tenía prácticamente
el mismo aspecto que hacía décadas. Vor lo recordaba muy bien. Es posible que las
sillas, de estilo clásico, fueran las mismas, pero seguramente habían cambiado la
vieja tapicería.
Vor bebió en silencio y recordó a una camarera que había trabajado allí, una joven
inmigrante que sus tropas rescataron en la colonia Peridot. Allí las máquinas
pensantes arrasaron hasta la última estructura levantada por los humanos y ella perdió
a toda su familia. Vor mismo le hizo entrega de su medalla de superviviente.
Esperaba que hubiera tenido una buena vida en Caladan. Había pasado tanto
tiempo… quizá ya estaría muerta, o sería una anciana con un montón de nietos.
A lo largo de los años, Vor había visitado Caladan en numerosas ocasiones, en
teoría para supervisar el funcionamiento del puesto de escuchas y el observatorio que
su equipo había construido allí hacía casi setenta años. Siempre que podía volvía a
aquel mundo acuático para ver cómo iba todo.
Creyendo que estaba haciendo lo correcto, Vor se había llevado a Leronica y a sus
hijos a la capital de la Liga cuando eran pequeños. Ella enseguida se sintió a gusto
entre todas aquellas maravillas, pero a los gemelos nunca les gustó Salusa. Más
adelante, sus chicos —¿chicos?, ¡ya tenían más de sesenta años!—, que nunca se
sintieron atraídos por el bullicio de Salusa Secundus, ni por la política ni el ejército
de la Yihad, decidieron regresar a Caladan. Vor casi siempre estaba ausente en alguna
de sus misiones militares, así que, cuando alcanzaron la mayoría de edad, los gemelos
volvieron al mundo oceánico para formar un hogar y tener sus propios hijos… y hasta
sus nietos.
Después de tanto tiempo sin haber tenido apenas contacto, Estes y Kagin eran
unos extraños para él. El día antes, por ejemplo, cuando Vor y sus hombres llegaron,
fue a visitarlos… y descubrió que habían partido hacia Salusa la semana antes con la
intención de pasar unos meses con su madre, que ya estaba muy mayor. ¡Y él ni
siquiera lo sabía! Otra oportunidad perdida.
Y aun así, ninguna de sus visitas anteriores en los pasados años había sido
particularmente agradable. Los gemelos siempre seguían las normas de la buena
educación, compartían con él una breve cena, pero no sabían de qué hablarle. Al poco
rato, el uno y el otro se excusaban diciendo que tenían cosas que hacer. Vor les
estrechaba la mano sintiéndose muy incómodo y se despedía, y entonces se entregaba
diligentemente a sus obligaciones con el ejército.
—Está recordando, ¿verdad, señor? —Abulurd llevaba un buen rato en silencio,
observando a su comandante, pero finalmente había empezado a impacientarse.
—No puedo evitarlo. Tal vez no lo parezco, pero recuerda que soy un anciano.
Tengo muchos vínculos con este lugar.
La frente de Vor se arrugó mientras daba otro sorbo a su zincal, uno de los vinos
más populares de Caladan. La primera vez que estuvo allí, en la taberna que Leronica
y su padre tenían en el muelle, sólo había bebido una cerveza potente y amarga de
algas.
—Abulurd, el pasado es importante… y la verdad también. —Vor apartó la vista del paisaje y se concentró en su ayudante—. Hay una cosa que quería contarte, pero
he preferido esperar a que fueras lo bastante mayor. Puede que nunca lo seas.
Abulurd se pasó una mano por su pelo castaño oscuro, con reflejos rojizos, como
su abuelo. Tenía la misma sonrisa contagiosa que Xavier, y una forma de mirar que te
desarmaba.
—Siempre me interesa lo que pueda enseñarme, comandante supremo.
—Hay cosas que no es fácil aprender. Pero mereces saber la verdad. Lo que hagas
con ella es asunto tuyo.
Abulurd pestañeó, perplejo. El restaurante suspensor detuvo su movimiento
lateral y empezó a descender por el acantilado ennegrecido por efecto del agua,
acercándose al agua y las olas que rompían contra la orilla.
—Esto es muy difícil —dijo Vor tras dar un largo suspiro—. Será mejor que nos
terminemos el vino. —Dio un largo trago a aquella potente variedad de tinto, se puso
en pie y cogió su gorra militar del alféizar. Abulurd lo imitó obedientemente, cogió su
gorra y se dejó su vaso medio lleno.
Tras salir del restaurante, siguieron un sendero pavimentado que subía hasta lo
alto de un acantilado y se detuvieron entre arbustos esculpidos por el viento y estelas
de flores blancas. La brisa era fuerte y salada y los dos hombres tuvieron que
sujetarse las gorras. Vor señaló un banco resguardado por unos setos. A su alrededor
el cielo y el espacio abierto parecían inmensos, pero en aquel lugar Vor tenía
sensación de intimidad, de importancia.
—Es hora de que sepas lo que pasó realmente con tu abuelo. —Esperaba
sinceramente que el joven creyera sus palabras, sobre todo porque sus hermanos
mayores no lo habían hecho y habían preferido seguir aferrándose a la ficción oficial
en lugar de aceptar la desagradable verdad.
Abulurd tragó audiblemente.
—He leído los registros. Sé que es una vergüenza para la familia.
Vor frunció el ceño.
—Xavier era un buen hombre, y mi mejor amigo. A veces, la historia que
creemos conocer es poco más que propaganda. —Dejó escapar una risa amarga—.
Oh, tendrías que haber leído las memorias originales de mi padre.
Abulurd parecía confuso.
—Es usted el único que no reniega del apellido Harkonnen. Yo… nunca he creído
que fuera tan malo. Después de todo era el padre de Manion el Inocente.
—Xavier no nos traicionó. No traicionó a nadie. Iblis Ginjo era el malo, y Xavier
se sacrificó para destruirle y evitar que hiciera más daño. Las acciones del Gran
Patriarca llevaron a la muerte de Serena, al disparatado plan de paz de los pensadores
de la Torre de Marfil.
Vor había cerrado los puños con rabia.
—Xavier Harkonnen hizo lo que ningún otro hombre estaba dispuesto a hacer…
si otra cosa no, salvó nuestras almas. No merece la vergüenza que se ha vertido sobre
él. Pero, por el bien de la Yihad, estaba dispuesto a aceptar el destino, incluso el
puñal que la historia le ha clavado por la espalda. Él sabía que si se descubría tanta
corrupción en el seno de la Yihad, nuestra cruzada santa degeneraría en una sucesión
de escándalos y acusaciones. Y habríamos perdido de vista al verdadero enemigo.
Miró a Abulurd con sus ojos grises llenos de lágrimas.
—Y, durante todo este tiempo, yo… he dejado que se tachara a mi amigo de
traidor. Xavier sabía que la Yihad tenía preferencia sobre cualquier reparación
personal, pero estoy cansado de resistirme a la verdad, Abulurd. Cuando partió hacia
Corrin, Serena sabía que seguramente la asesinarían, la martirizarían, y por eso dejó
un mensaje para Xavier y para mí donde explicaba por qué la causa siempre tiene que
estar por encima de los sentimientos personales. Xavier pensaba igual, nunca le
importaron las medallas, ni las estatuas, ni el recuerdo que la historia conservara de
él.
Vor se obligó a relajar las manos.
—Xavier sabía que la mayoría no entenderían lo que había hecho. El Gran
Patriarca ocupaba una posición privilegiada, y estaba arropado por la poderosa Yipol
y sus especialistas en propaganda. Durante décadas, Iblis Ginjo se rodeó de un halo
indestructible; en cambio, Xavier solo era un hombre que luchaba como podía.
Cuando se enteró de lo que Iblis pretendía hacer con otra colonia humana, cuando
descubrió lo que el Gran Patriarca había urdido con los tlulaxa y sus granjas de
órganos, supo lo que tenía que hacer. No le importaban las consecuencias.
Abulurd lo observaba fascinado, con una mezcla de desánimo y esperanza. Se le
veía tan joven…
—Xavier era un gran hombre que hizo lo que había que hacer. —Vor se encogió
de hombros en un gesto de impotencia—. Iblis Ginjo quedó fuera de circulación. Las
granjas de órganos fueron abandonadas, sus despreciables investigadores se
dispersaron y entraron en la lista negra. Y la Yihad recibió un fuerte impulso, que
resultó en seis décadas de fervor.
El joven Abulurd seguía perplejo.
—Pero ¿y la verdad? Si sabía que las infamias que se decían sobre mi abuelo no
tenían base, ¿por qué no trató de arreglarlo?
Vor se limitó a menear la cabeza con pesar.
—Nadie quería saber la verdad. La confusión que habría provocado habría sido
una distracción. Incluso ahora, afectaría profundamente a nuestros esfuerzos de
guerra porque haría que perdiéramos el tiempo acusándonos unos a otros y clamando
justicia. Las familias tomarían partido, se jurarían venganza… y mientras, Omnius
seguiría atacándonos.
El joven oficial no parecía satisfecho, pero no dijo nada.
—Sé lo que sientes, Abulurd. Créeme, Xavier no habría querido que pidiera una
revisión de la historia en su favor. Ha pasado mucho, mucho tiempo. Dudo que a
nadie le importe ya.
—A mí me importa.
Vor le dedicó una débil sonrisa.
—Sí, y ahora sabes la verdad. —Se recostó en el banco—. Pero nuestra larga
lucha se mantiene sujeta por el frágil hilo de héroes y mitos. Las historias que rodean
las figuras de Serena Butler e Iblis Ginjo se han forjado cuidadosamente, y los
martiristas los han convertido en algo mucho mayor de lo que en realidad fueron. Por
el bien de la humanidad y de la Yihad, deben permanecer intactos, como símbolos…
incluso el Gran Patriarca, aunque no lo merece.
El labio inferior del joven temblaba.
—Entonces, ¿mi abuelo no era… no era un cobarde?
—Al contrario. Yo diría más bien que fue un héroe.
Abulurd dejó caer la cabeza.
—Yo nunca seré un cobarde —prometió.
—Lo sé, Abulurd, y quiero que sepas que para mí eres como un hijo. Me sentí
muy orgulloso de tener a Xavier como amigo, y me siento orgulloso de conocerte. —
Vor le puso una mano en el hombro—. Quizá algún día podamos reparar esta terrible
injusticia. Pero primero tenemos que destruir a Omnius.