La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 51 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 50

 

Si nos volvemos a mirar al pasado lejano, apenas lo veremos, tan imperceptible se ha vuelto.

MARCEL PROUST, antiguo autor humano

 

Vor estaba en su despacho nominal en la sede del ejército de la Humanidad, en Zimia,

contemplando la llovizna del atardecer por la ventana abierta. Después de una tarde

calurosa y una semana de un bochorno insoportable, era agradable sentir la lluvia en

el rostro. La lluvia se agradecía, pero no ayudó al bashar supremo a sentirse mejor.

Vor tenía la sensación de que día tras día seguía perdiendo su batalla contra el

estancamiento del gobierno, su letargo, su incapacidad de tomar decisiones difíciles.

Los representantes de la Liga tenían miedo de hacer el trabajo sucio, y con cada año

que pasaba, olvidaban más y más. Vivían inmersos en el limitado mundo de los

problemas locales y los favores políticos, y trataban de convencerse de que la

amenaza de Omnius y los cimek desaparecerían por sí solas. Vor no lograba hacerles

entender que, aunque los cimek habían permanecido al margen durante años,

Agamenón no había dado aún por terminado su reinado de terror.

Su larga guerra había acabado. Después de la Gran Purga, Quentin Butler no fue

el único militar que buscó una forma pacífica de escabullirse. A todos les resultaba

mucho más fácil dar prioridad a las tareas de recuperación y reconstrucción. Muchos

eran los que querían convertir la Yihad en historia.

Pero lo cierto es que no había acabado. No todavía, no mientras Corrin y los

cimek siguieran amenazando con su existencia a la humanidad. Y sin embargo, por lo

visto Vor era el único que lo veía. La Liga se negaba a autorizar el envío de una

fuerza ofensiva o incluso una simple misión de reconocimiento a Hessra, donde

sabían que se ocultaban los últimos titanes. ¡Estúpidos!

El Gran Patriarca y los nobles estaban demasiado pendientes de los problemas

financieros que conllevaba extender su administración a los Planetas No Aliados para

ampliar el imperio y lograr un control centralizado. El Gran Patriarca había añadido

varias argollas a la cadena de mando que llevaba al cuello.

Los Planetas Sincronizados serían inhabitables durante muchos siglos, pero

algunos de los mundos más beligerantes de la Liga veían en los Planetas No Aliados

una buena alternativa. La insaciable demanda de melange no había disminuido con el

fin de la plaga. Y hacía años que había programas especiales para ayudar a recuperar

la población, bajo la supervisión de la hechicera suprema Ticia Cenva.

Ahora que se había prohibido el uso de máquinas informatizadas, los proyectos de

obras públicas exigían una cantidad ingente de mano de obra. Y eso significaba que

hacían falta esclavos, en su mayoría budislámicos de planetas remotos. En las cámaras de la Liga hubo quien protestó porque aquello equivalía a tratar a otros

humanos «igual que les habían tratado las máquinas», pero esta postura no tenía

mucho apoyo.

Dado que sus deberes militares habían sido sustituidos por trabajo administrativo,

discursos públicos y desfiles, Vor había decidido hacía tiempo encontrar a su nieta

Raquella en Parmentier. Después de seis meses de búsqueda, dio con ella.

Cuando huyeron del Hospital de Enfermedades Incurables, ella y Mohandas Suk

se instalaron en una remota población habitada en su mayor parte por un grupo

insular que practicaba la antiquísima religión del judaísmo. Allí estuvieron ayudando

a la gente a superar la plaga… hasta que una chusma paranoica que bebía de unos

prejuicios más antiguos que el judaísmo arrasó el poblado, proclamando que los

judíos tenían tanta culpa como las máquinas de la epidemia.

Así que Raquella y Mohandas siguieron su camino, acompañados por algunos de

los judíos del poblado, que se vieron obligados a ocultar su identidad. Incluso

después de acabarse la epidemia, Parmentier tardó años en recuperarse.

Cuando Vor la encontró, Raquella trabajaba en condiciones bastante primitivas.

La mayor parte del material médico había sido destruido, así que Vor le envió

generosamente todo lo que necesitaba, incluido material y guardias de seguridad para

que la protegieran. Poco después, los reclutó a los dos para que le ayudaran en la

creación de la Comisión Médica de la Humanidad —HuMed—, que sustituyó a la

antigua Comisión Médica de la Yihad. Luego, pagando de su propio bolsillo, compró

una nave hospital para ellos. La nave permitió a Raquella y sus compañeros viajar por

la galaxia realizando su importante trabajo con mayor eficacia. Por mucho tiempo

que hubiera pasado, había que vigilar atentamente los mundos de la Liga por si

aparecían nuevos brotes de la epidemia.

Alguien tenía que estar alerta.

No todos los desembolsos que hacía la Liga eran tan beneficiosos para los

ciudadanos. Iluminada por los focos, al otro lado de la plaza de Zimia, Vor veía los

trabajos de construcción de la ostentosa catedral de Serena, uno de los muchos

proyectos que Rayna Butler y sus seguidores cultistas habían obligado a aceptar al

gobierno en los años recientes. Cuando estuviera terminada, sería la estructura

religiosa más grande y cara de todos los tiempos. Vor amaba y respetaba a Serena —a

la auténtica— más que nadie, y sin embargo consideraba que aquellos recursos

tendrían que haberse destinado a labores de reconstrucción más importantes.

El Culto a Serena se había extendido con rapidez, y por los motivos equivocados.

Aunque Rayna seguía entregada en cuerpo y alma a su cruzada contra las máquinas,

muchos de sus seguidores parecían interesados en utilizarla para conseguir poder. Vor

se daba perfecta cuenta, pero estaba claro que los demás no.

Nadie quería escuchar cuando Vor, el «viejo agitador», señalaba los problemas más obvios.

En aquellos momentos, dio un suspiro, hondo y exasperado. Los líderes

parlamentarios y militares seguían con sus programas y dejaban al bashar supremo al

margen de las decisiones importantes. Su cargo se había convertido en algo

puramente ceremonial. Aunque seguía pareciendo un hombre joven, hasta Faykan

Butler le había recomendado que aceptara un retiro bien merecido. Vor no

desaparecería envuelto en un halo de gloria, como Xavier Harkonnen. Aquello era

mucho peor. Vorian Atreides estaba desvaneciéndose entre las sombras.

Cada día se levantaba temprano y se ocupaba de sus asuntos en la ciudad, y sus

pensamientos volvían siempre atrás, a los buenos momentos y las crisis personales

que había vivido. Serena, Leronica… incluso Seurat, la Vieja Mentemetálica.

No soportaba llevar una existencia tan inútil.

Vor tenía ciento treinta y cinco años, pero se sentía mucho más viejo. Cuando

terminaba con su trabajo habitual en la sede del ejército de la Humanidad, no había

nadie que le esperara en casa. Sus hijos ya eran ancianos y vivían con sus familias en

el lejano Caladan.

Y añoraba a su antiguo ayudante, Abulurd Harkonnen, que siempre le había visto

como un mentor y una figura paterna… mucho más que Estes o Kagin. Pero Abulurd

ya llevaba un año en el sistema de Corrin, ayudando a mantener a raya a Omnius.

Como si hubiera llamado a su protegido con el pensamiento, Vor levantó la vista

y vio que Abulurd caminaba con decisión hacia el edificio. Iba sin escolta, llevaba el

uniforme arrugado y caminaba con los hombros encogidos a causa de la lluvia. Sus

movimientos daban sensación de urgencia.

Sin acabar de saber si no estaría soñando, Vor salió corriendo al pasillo, bajó las

escaleras de dos en dos y se precipitó hacia la salida. Abulurd estaba a punto de

entrar, y se llevó un buen susto.

—¡Abulurd, eres tú!

El oficial más joven se vino abajo, como si el esfuerzo de llegar hasta allí le

hubiera dejado sin energía.

—Vengo directamente de Corrin, señor. He utilizado una nave que plegaba el

espacio para llegar antes que las máquinas, pero no sé cuánto tiempo nos queda.

 

Aunque Vor y Abulurd compartían el mismo sentimiento de urgencia, los otros

miembros del Parlamento pensaban que se estaba exagerando la crisis.

—Después de tantos años, ¿qué esperan lograr las máquinas? ¡Las hemos

derrotado! —exclamó el representante de Giedi Prime.

—Y, si esos misiles teledirigidos atravesaron los campos descodificadores, ¿no

sería lógico pensar que sus circuitos gelificados han quedado inutilizados? Por tanto,

no tenemos de qué preocuparnos. —El pomposo embajador de Honru se recostó en su asiento con cara de suficiencia.

—Mientras siga existiendo alguna encarnación de Omnius, siempre habrá motivo

para preocuparse. —Vor no entendía que se sintieran tan confiados. Aunque tampoco

le sorprendía: cada vez que se enfrentaban a un problema difícil, los representantes

debatían y debatían, hasta que todo quedaba totalmente confundido y sin una solución

decisiva.

Tras el regreso de Abulurd, Vor pasó más de una semana preparando reuniones,

hablando directamente con otros subcomandantes. Abulurd entregó las imágenes que

habían tomado desde las naves de vigilancia donde aparecían los extraños

proyectiles. Finalmente, el bashar supremo insistió en dirigirse directamente al

Parlamento. De acuerdo con sus proyecciones, dependiendo de la aceleración y las

reservas de carburante, aquellos misiles superrápidos llegarían a Salusa de forma

inminente.

—¿Seguro que no exagera el peligro para encender al populacho y aumentar el

poder del ejército de la Humanidad, bashar supremo? —dijo un hombre delgado

procedente de Ix—. Todos hemos oído las historias de guerra que cuenta usted.

—Puede dar gracias de no haber tenido que pasar por ellas personalmente —

comentó Vor con un gruñido.

El ixiano frunció el ceño.

—Yo crecí durante la plaga, bashar supremo. Quizá no tengamos tanta

experiencia como usted en el campo de batalla, pero todos hemos pasado por

momentos muy duros.

—¿Por qué empeñarnos en perseguir fantasmas? —musitó otro hombre, al que

Vor no reconoció—. Enviemos algunas naves de reconocimiento a patrullar el

sistema y que destruyan esos misiles antes de que lleguen a Salusa. Si es que llegan.

Así es como Quentin Butler se ocupó de los proyectiles con la epidemia.

La reunión siguió más o menos en los mismos términos durante buena parte de la

mañana. Finalmente, enfadado por lo que había escuchado bajo la gran cúpula dorada

del edificio del Parlamento, Vor salió. Fuera, se detuvo un momento en lo alto de los

escalones de piedra, miró al cielo nublado y dio un fuerte suspiro.

—¿Está bien, señor? —Abulurd se acercó corriendo desde las columnas.

—La misma obcecación de siempre. Los legisladores se han olvidado de hablar

de todo lo que no sean precios de productos agrícolas, regulación de viajes espaciales,

subsidios para la reconstrucción y grandes proyectos de obras públicas. Ahora

entiendo por qué Iblis Ginjo creó el Consejo de la Yihad. Sí, quizá la gente se quejaba

del poder inmenso que acaparaba en sus manos, pero al menos tomaban decisiones de

forma inmediata y efectiva. —Meneó la cabeza—. En estos momentos, creo que el

peor enemigo de la humanidad son la complacencia y la burocracia.

—No somos capaces de mantenernos centrados ante amenazas o proyectos a largo plazo —señaló Abulurd—. Nuestra sociedad está tan empeñada en volver a la

normalidad (como si alguien supiera lo que es eso), que se niega a reconocer una

amenaza simplemente porque creía haberla eliminado.

Empezó a llover otra vez, más fuerte, pero el oficial veterano no se movió.

Alguien dirigió un paraguas suspensor para protegerlo de la lluvia. Abulurd, cómo

no. Vor le sonrió, pero el bator seguía pareciendo preocupado.

—¿Qué vamos a hacer, señor? Esos misiles vienen hacia aquí. —Antes de que

Vor pudiera contestar, una ráfaga de viento hizo caer el paraguas suspensor por la

escalera, y Abulurd corrió para recuperarlo.

Los dos estaban a punto de volver a entrar en el edificio cuando Abulurd señaló a

lo lejos. El viento se llevó de nuevo el paraguas, pero esta vez Abulurd no fue a

buscarlo.

En el cielo aparecieron unas franjas de color naranja y plata, como si un predador

acabara de clavar sus garras en él.

—¡Mire… los misiles de Corrin! —gimió Abulurd, asustado y avergonzado por

no haber sido capaz de convencer a nadie con su aviso.

Vor apretó la mandíbula.

—El ejército de la Humanidad se cree su propia propaganda. La gente piensa que

por el simple hecho de decretar que la Yihad ha terminado nuestros enemigos van a

dejar de maquinar. —Respiró hondo, porque recordaba demasiado bien lo que

significa estar en el campo de batalla—. Parece que voy a necesitar alguien que me

ayude —le dijo a Abulurd—. Tú y yo tenemos un trabajo que hacer.