La batalla de Corrin
Capítulo 50
Si nos volvemos a mirar al pasado lejano, apenas lo veremos, tan imperceptible se ha vuelto.
MARCEL PROUST, antiguo autor humano
Vor estaba en su despacho nominal en la sede del ejército de la Humanidad, en Zimia,
contemplando la llovizna del atardecer por la ventana abierta. Después de una tarde
calurosa y una semana de un bochorno insoportable, era agradable sentir la lluvia en
el rostro. La lluvia se agradecía, pero no ayudó al bashar supremo a sentirse mejor.
Vor tenía la sensación de que día tras día seguía perdiendo su batalla contra el
estancamiento del gobierno, su letargo, su incapacidad de tomar decisiones difíciles.
Los representantes de la Liga tenían miedo de hacer el trabajo sucio, y con cada año
que pasaba, olvidaban más y más. Vivían inmersos en el limitado mundo de los
problemas locales y los favores políticos, y trataban de convencerse de que la
amenaza de Omnius y los cimek desaparecerían por sí solas. Vor no lograba hacerles
entender que, aunque los cimek habían permanecido al margen durante años,
Agamenón no había dado aún por terminado su reinado de terror.
Su larga guerra había acabado. Después de la Gran Purga, Quentin Butler no fue
el único militar que buscó una forma pacífica de escabullirse. A todos les resultaba
mucho más fácil dar prioridad a las tareas de recuperación y reconstrucción. Muchos
eran los que querían convertir la Yihad en historia.
Pero lo cierto es que no había acabado. No todavía, no mientras Corrin y los
cimek siguieran amenazando con su existencia a la humanidad. Y sin embargo, por lo
visto Vor era el único que lo veía. La Liga se negaba a autorizar el envío de una
fuerza ofensiva o incluso una simple misión de reconocimiento a Hessra, donde
sabían que se ocultaban los últimos titanes. ¡Estúpidos!
El Gran Patriarca y los nobles estaban demasiado pendientes de los problemas
financieros que conllevaba extender su administración a los Planetas No Aliados para
ampliar el imperio y lograr un control centralizado. El Gran Patriarca había añadido
varias argollas a la cadena de mando que llevaba al cuello.
Los Planetas Sincronizados serían inhabitables durante muchos siglos, pero
algunos de los mundos más beligerantes de la Liga veían en los Planetas No Aliados
una buena alternativa. La insaciable demanda de melange no había disminuido con el
fin de la plaga. Y hacía años que había programas especiales para ayudar a recuperar
la población, bajo la supervisión de la hechicera suprema Ticia Cenva.
Ahora que se había prohibido el uso de máquinas informatizadas, los proyectos de
obras públicas exigían una cantidad ingente de mano de obra. Y eso significaba que
hacían falta esclavos, en su mayoría budislámicos de planetas remotos. En las cámaras de la Liga hubo quien protestó porque aquello equivalía a tratar a otros
humanos «igual que les habían tratado las máquinas», pero esta postura no tenía
mucho apoyo.
Dado que sus deberes militares habían sido sustituidos por trabajo administrativo,
discursos públicos y desfiles, Vor había decidido hacía tiempo encontrar a su nieta
Raquella en Parmentier. Después de seis meses de búsqueda, dio con ella.
Cuando huyeron del Hospital de Enfermedades Incurables, ella y Mohandas Suk
se instalaron en una remota población habitada en su mayor parte por un grupo
insular que practicaba la antiquísima religión del judaísmo. Allí estuvieron ayudando
a la gente a superar la plaga… hasta que una chusma paranoica que bebía de unos
prejuicios más antiguos que el judaísmo arrasó el poblado, proclamando que los
judíos tenían tanta culpa como las máquinas de la epidemia.
Así que Raquella y Mohandas siguieron su camino, acompañados por algunos de
los judíos del poblado, que se vieron obligados a ocultar su identidad. Incluso
después de acabarse la epidemia, Parmentier tardó años en recuperarse.
Cuando Vor la encontró, Raquella trabajaba en condiciones bastante primitivas.
La mayor parte del material médico había sido destruido, así que Vor le envió
generosamente todo lo que necesitaba, incluido material y guardias de seguridad para
que la protegieran. Poco después, los reclutó a los dos para que le ayudaran en la
creación de la Comisión Médica de la Humanidad —HuMed—, que sustituyó a la
antigua Comisión Médica de la Yihad. Luego, pagando de su propio bolsillo, compró
una nave hospital para ellos. La nave permitió a Raquella y sus compañeros viajar por
la galaxia realizando su importante trabajo con mayor eficacia. Por mucho tiempo
que hubiera pasado, había que vigilar atentamente los mundos de la Liga por si
aparecían nuevos brotes de la epidemia.
Alguien tenía que estar alerta.
No todos los desembolsos que hacía la Liga eran tan beneficiosos para los
ciudadanos. Iluminada por los focos, al otro lado de la plaza de Zimia, Vor veía los
trabajos de construcción de la ostentosa catedral de Serena, uno de los muchos
proyectos que Rayna Butler y sus seguidores cultistas habían obligado a aceptar al
gobierno en los años recientes. Cuando estuviera terminada, sería la estructura
religiosa más grande y cara de todos los tiempos. Vor amaba y respetaba a Serena —a
la auténtica— más que nadie, y sin embargo consideraba que aquellos recursos
tendrían que haberse destinado a labores de reconstrucción más importantes.
El Culto a Serena se había extendido con rapidez, y por los motivos equivocados.
Aunque Rayna seguía entregada en cuerpo y alma a su cruzada contra las máquinas,
muchos de sus seguidores parecían interesados en utilizarla para conseguir poder. Vor
se daba perfecta cuenta, pero estaba claro que los demás no.
Nadie quería escuchar cuando Vor, el «viejo agitador», señalaba los problemas más obvios.
En aquellos momentos, dio un suspiro, hondo y exasperado. Los líderes
parlamentarios y militares seguían con sus programas y dejaban al bashar supremo al
margen de las decisiones importantes. Su cargo se había convertido en algo
puramente ceremonial. Aunque seguía pareciendo un hombre joven, hasta Faykan
Butler le había recomendado que aceptara un retiro bien merecido. Vor no
desaparecería envuelto en un halo de gloria, como Xavier Harkonnen. Aquello era
mucho peor. Vorian Atreides estaba desvaneciéndose entre las sombras.
Cada día se levantaba temprano y se ocupaba de sus asuntos en la ciudad, y sus
pensamientos volvían siempre atrás, a los buenos momentos y las crisis personales
que había vivido. Serena, Leronica… incluso Seurat, la Vieja Mentemetálica.
No soportaba llevar una existencia tan inútil.
Vor tenía ciento treinta y cinco años, pero se sentía mucho más viejo. Cuando
terminaba con su trabajo habitual en la sede del ejército de la Humanidad, no había
nadie que le esperara en casa. Sus hijos ya eran ancianos y vivían con sus familias en
el lejano Caladan.
Y añoraba a su antiguo ayudante, Abulurd Harkonnen, que siempre le había visto
como un mentor y una figura paterna… mucho más que Estes o Kagin. Pero Abulurd
ya llevaba un año en el sistema de Corrin, ayudando a mantener a raya a Omnius.
Como si hubiera llamado a su protegido con el pensamiento, Vor levantó la vista
y vio que Abulurd caminaba con decisión hacia el edificio. Iba sin escolta, llevaba el
uniforme arrugado y caminaba con los hombros encogidos a causa de la lluvia. Sus
movimientos daban sensación de urgencia.
Sin acabar de saber si no estaría soñando, Vor salió corriendo al pasillo, bajó las
escaleras de dos en dos y se precipitó hacia la salida. Abulurd estaba a punto de
entrar, y se llevó un buen susto.
—¡Abulurd, eres tú!
El oficial más joven se vino abajo, como si el esfuerzo de llegar hasta allí le
hubiera dejado sin energía.
—Vengo directamente de Corrin, señor. He utilizado una nave que plegaba el
espacio para llegar antes que las máquinas, pero no sé cuánto tiempo nos queda.
Aunque Vor y Abulurd compartían el mismo sentimiento de urgencia, los otros
miembros del Parlamento pensaban que se estaba exagerando la crisis.
—Después de tantos años, ¿qué esperan lograr las máquinas? ¡Las hemos
derrotado! —exclamó el representante de Giedi Prime.
—Y, si esos misiles teledirigidos atravesaron los campos descodificadores, ¿no
sería lógico pensar que sus circuitos gelificados han quedado inutilizados? Por tanto,
no tenemos de qué preocuparnos. —El pomposo embajador de Honru se recostó en su asiento con cara de suficiencia.
—Mientras siga existiendo alguna encarnación de Omnius, siempre habrá motivo
para preocuparse. —Vor no entendía que se sintieran tan confiados. Aunque tampoco
le sorprendía: cada vez que se enfrentaban a un problema difícil, los representantes
debatían y debatían, hasta que todo quedaba totalmente confundido y sin una solución
decisiva.
Tras el regreso de Abulurd, Vor pasó más de una semana preparando reuniones,
hablando directamente con otros subcomandantes. Abulurd entregó las imágenes que
habían tomado desde las naves de vigilancia donde aparecían los extraños
proyectiles. Finalmente, el bashar supremo insistió en dirigirse directamente al
Parlamento. De acuerdo con sus proyecciones, dependiendo de la aceleración y las
reservas de carburante, aquellos misiles superrápidos llegarían a Salusa de forma
inminente.
—¿Seguro que no exagera el peligro para encender al populacho y aumentar el
poder del ejército de la Humanidad, bashar supremo? —dijo un hombre delgado
procedente de Ix—. Todos hemos oído las historias de guerra que cuenta usted.
—Puede dar gracias de no haber tenido que pasar por ellas personalmente —
comentó Vor con un gruñido.
El ixiano frunció el ceño.
—Yo crecí durante la plaga, bashar supremo. Quizá no tengamos tanta
experiencia como usted en el campo de batalla, pero todos hemos pasado por
momentos muy duros.
—¿Por qué empeñarnos en perseguir fantasmas? —musitó otro hombre, al que
Vor no reconoció—. Enviemos algunas naves de reconocimiento a patrullar el
sistema y que destruyan esos misiles antes de que lleguen a Salusa. Si es que llegan.
Así es como Quentin Butler se ocupó de los proyectiles con la epidemia.
La reunión siguió más o menos en los mismos términos durante buena parte de la
mañana. Finalmente, enfadado por lo que había escuchado bajo la gran cúpula dorada
del edificio del Parlamento, Vor salió. Fuera, se detuvo un momento en lo alto de los
escalones de piedra, miró al cielo nublado y dio un fuerte suspiro.
—¿Está bien, señor? —Abulurd se acercó corriendo desde las columnas.
—La misma obcecación de siempre. Los legisladores se han olvidado de hablar
de todo lo que no sean precios de productos agrícolas, regulación de viajes espaciales,
subsidios para la reconstrucción y grandes proyectos de obras públicas. Ahora
entiendo por qué Iblis Ginjo creó el Consejo de la Yihad. Sí, quizá la gente se quejaba
del poder inmenso que acaparaba en sus manos, pero al menos tomaban decisiones de
forma inmediata y efectiva. —Meneó la cabeza—. En estos momentos, creo que el
peor enemigo de la humanidad son la complacencia y la burocracia.
—No somos capaces de mantenernos centrados ante amenazas o proyectos a largo plazo —señaló Abulurd—. Nuestra sociedad está tan empeñada en volver a la
normalidad (como si alguien supiera lo que es eso), que se niega a reconocer una
amenaza simplemente porque creía haberla eliminado.
Empezó a llover otra vez, más fuerte, pero el oficial veterano no se movió.
Alguien dirigió un paraguas suspensor para protegerlo de la lluvia. Abulurd, cómo
no. Vor le sonrió, pero el bator seguía pareciendo preocupado.
—¿Qué vamos a hacer, señor? Esos misiles vienen hacia aquí. —Antes de que
Vor pudiera contestar, una ráfaga de viento hizo caer el paraguas suspensor por la
escalera, y Abulurd corrió para recuperarlo.
Los dos estaban a punto de volver a entrar en el edificio cuando Abulurd señaló a
lo lejos. El viento se llevó de nuevo el paraguas, pero esta vez Abulurd no fue a
buscarlo.
En el cielo aparecieron unas franjas de color naranja y plata, como si un predador
acabara de clavar sus garras en él.
—¡Mire… los misiles de Corrin! —gimió Abulurd, asustado y avergonzado por
no haber sido capaz de convencer a nadie con su aviso.
Vor apretó la mandíbula.
—El ejército de la Humanidad se cree su propia propaganda. La gente piensa que
por el simple hecho de decretar que la Yihad ha terminado nuestros enemigos van a
dejar de maquinar. —Respiró hondo, porque recordaba demasiado bien lo que
significa estar en el campo de batalla—. Parece que voy a necesitar alguien que me
ayude —le dijo a Abulurd—. Tú y yo tenemos un trabajo que hacer.