Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 10 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo VIII

5 a.C. Roma

Entre tanto, Cayo Julio, el nieto mayor de Augusto por la línea de Julia, había iniciado una campaña en Roma, y no eran pocos los adeptos que se unían al joven, digno favorito al trono del Imperio.

Augusto había mandado educar a Cayo y a Lucio con todos los consentimientos que un emperador puede permitir. Y dadas las circunstancias, había quien los consideraba poco arrogantes, pues podrían haber resultado insoportables y prepotentes hasta el último grado. Pero tanto Cayo como Lucio gozaban de la simpatía de las mayorías, eran bien dispuestos a los trabajos públicos, y se enfrentaban al consulado con la habilidad que Augusto esperaba de ellos. Por supuesto, su consulado era sólo cuestión de honor, pero mediante estas maniobras y la financiación de juegos en el Coliseo podía esperarse una popularidad afectuosa hacia los herederos favoritos del emperador. Cayo, no obstante, se había adelantado y había empezado a buscar los discursos públicos en Roma, y contaba cada día con más adeptos. Sin renunciar jamás a Augusto, cuyo poder absoluto controlaba el estado, sus detractores jugaban a mostrar una descarada simpatía por Cayo, algo que nadie podía reprocharles, dado que era su heredero, aunque mostraban así un desacuerdo respecto a la continuidad infinita del mandato de Augusto y sus renovaciones de la magistratura consular y del imperium.

Cayo encontró la oportunidad en Iulo, un maduro senador que era uno de los hijos de Marco Antonio, fruto de sus primeras nupcias con Fulvia. Iulo estaba casado con Marcela. Había encontrado esta vinculación con la familia imperial gracias a Octavia, quien intercedió, a pesar de la traición de Marco Antonio con Cleopatra, ante Augusto para garantizar un fututo digno al que entonces era sólo un crío. Iulo se había adaptado a las circunstancias, pero, como todas las facciones cercanas a Marco Antonio, nunca aceptó a Augusto, quien fue el causante del suicidio de su padre, tras ser vencido en Accio por la flota capitaneada por Agripa.

Cayo aceptó la invitación de Iulo y decidió asistir en secreto a su casa para hablar de algunos asuntos relacionados con la financiación y el apoyo propiciados por un sector del Senado.

—La admiración hacia tu abuelo Augusto me inclina a esta conversación, Cayo —dijo Iulo.

—No estoy dispuesto a dar crédito a ninguna otra opción —

aseguró el joven.

—Te he invitado para hacerte saber que soy un partidario de tu ascenso, y eso no va a ser sólo una opinión. Quiero además poder apoyarte, públicamente hasta donde las circunstancias lo consideren oportuno, y personalmente hasta donde acordemos. Nada quiero a cambio, únicamente la fidelidad de la que hablas hacia el Senado y la República.

—La República no debe desaparecer completamente, y el siguiente emperador debe ser capaz de asumir esto si quiere reinar en paz, de la misma manera que la República no puede renunciar al imperio y a su cabeza.

—La financiación de tu campaña requerirá un dinero del que no dispondrás hasta la mayoría de edad, y aún así ello dependerá de muchas circunstancias, la mayoría de ellas relacionadas con Livia.

Cayo recordó cómo Livia había congelado la fortuna de Agripa y de sus posesiones.

—Si hay alguien a quien no queremos es a Tiberio —afirmó de pronto Iulo.

Los ojos del joven Cayo se encendieron. Iulo arriesgaba mucho hablando con tanta claridad, pero estaba seguro de que los hijos de Julia no aceptaban a su padrastro, y de que el fracaso matrimonial de Julia y Tiberio no complacía en absoluto a los hijos de ésta.

Cayo decidió corresponder a la franqueza con la esperada afirmación:

—Tiberio no ha sido un buen hombre para mi madre.

—Es uno de los peores frutos entre los Claudios, no es un digno sucesor de Drusus como aspirante al solio imperial. He buscado esta ocasión para poder comunicarte lo que muchos otros, secretamente, temen de esta situación: todos ellos te apoyarán, Cayo Julio, todos quieren que seas el siguiente emperador de Roma. Tiberio es despreciado por muchos como el cachorro inútil de Livia. Roma no ha aceptado la muerte de Drusus, y con la misma energía con la que Drusus era respaldado es hoy rechazado secretamente Tiberio. Su matrimonio con Julia tampoco le congracia, pues se sabe de sus tendencias...

—¿Cuáles?

—Tiberio difunde muchos comentarios acerca de Julia.

Cayo sintió que su sangre hervía a medida que oía todo aquello y respondió casi con vehemencia:

—Todo es mentira.

—Lo es —aseguró Iulo. —Y lo que pocos saben es que Tiberio tiene un ayudante, Ælio Sejano, que le proporciona placeres que, de ser conocidos por Augusto, le provocarían la mayor ruina.

Si tu madre se ha sentido despreciada ha sido justo y real, pues Tiberio no ha hecho otra cosa que perseguir sus propios deseos y despreciar el gran honor de haber sido casado con la hija del emperador de Roma, a la que tu abuelo tanto quiere. Tiberio se nos

antoja un absurdo elegido de Fortuna, y ante tus ojos y los de tus hermanos no es más que un peligroso advenedizo.

—¿Cómo proceder? —preguntó Cayo.

—Mantendremos vigilado a Tiberio. Y tú debes empezar a mostrar tus dotes de mando aspirando al imperium militar. Hay que conseguir que tu abuelo te envíe al mando de las legiones, para que conquistes triunfos. Pero antes debes prodigar tus discursos en Roma. Recordar la gloria y poder de la familia Julia, aunque ello encolerice a Livia...

—Livia —dijo de pronto Cayo, como si algo encajase en el rompecabezas de su mente.

—Livia, querido Cayo, Livia... Conocí a Drusus como bien sabes. He de hacerte una revelación...

—Habla entonces a los hijos de Julia —exigió Cayo quedamente.

—Drusus mencionó en varias ocasiones su descontento con la política de Augusto, creía en la República, y a mí en una ocasión me confesó que planeaba, junto a Tiberio, pedir amistosamente a Augusto que renunciase al poder imperial y que restaurase la antigua Roma de las virtudes.

—Drusus fue uno de los más grandes hombres de Roma... —

repuso Cayo admirativamente.

—Drusus fue un Julio César apuñalado por el destino. Nunca he comprendido esa interrupción, pero así es la voluntad de los dioses. Lo cierto es que Drusus no odiaba a Augusto, en ningún modo, pero cada vez le disgustaba más la hipocresía de su poder, su manejo del Senado, su control de las leyes... Él y Livia no se llevaban bien. Pero Livia jamás sospechó que Drusus planeaba un cambio del orden en el Imperio.

—¿Planeaba un golpe al frente de las legiones, cambiar el rumbo de Roma, una guerra civil? —preguntó Cayo, incapaz de reprimir su admiración «¿Quéotro hombre sino Drusus podría haberse enfrentado a Augusto?» pensó el joven.

—En una ocasión, Drusus me insinuó que si sacaba a la luz cierto secreto provocaría el fin del poder imperial. Jamás supe dique se trataba, pero en la época en la que Drusus consolidaba sus victorias, tenía previsto aprovechar sus triunfos en Roma para forzar la situación junto a Tiberio y pedir la retirada pacífica y gloriosa de Augusto. Decía que, una vez demostrado el secreto del que era consciente, no harían falta legiones en Roma ni guerras civiles, pues la unidad imperial familiar se disolvería.

—Qué misterios me desvelas; eres como un oráculo, Iulo. Mas no me dejes ahora en las ascuas del saber, y dime en pocas palabras cuál es ese secreto, pues encierra inmenso poder y de él depende el destino del Imperio y de la República.

—Mucho peor que el de Cuma? es mi oráculo, supongo, pues yo me refiero al secreto sin palabras enigmáticas y llamo a las cosas por su nombre. ¡Veneno, Cayo, ese es el secreto de Livia! Pero las palabras precisas y el asunto de Drusus murieron con él, a no ser que Jenofonte o Tiberio estuviesen al tanto.

—Una vez más Tiberio se interpone en nuestro camino —

concluyó Cayo.

—Lucharás por la gloria en las armas y haremos cuanto esté en nuestras manos para potenciarte como elegido del Pueblo Romano y del Senado. Los Calpurnio Pisón también están con nosotros, y han puesto la fortuna personal al servicio de la campaña. No son partidarios, como sabes, de la monarquía en que se está convirtiendo el Imperio. Pero si ha de haber emperador, que sea un amigo de los republicanos y no un autócrata incapaz e insidioso como Tiberio. Tiberio es peligroso, mucho más de lo que imaginas.

—¡Que así sea! —exclamó Cayo, haciendo alarde de su energía juvenil y cerrando su puño derecho, que alzó saludando a Iulo. —Es hora de que Roma conozca a los hijos de Julia.

IX 5 a.C. Roma La noche había caído, y Tiberio fue porteado por sus esclavos hasta la domus de Augusto. A diferencia de tantas otras ocasiones en las que había recorrido aquel camino, el

Palatinado no le resultó ensoñador e incitante, cuando las siluetas bien conjuntadas de sus pinos se sucedían a la vista desde la litera y podía imaginarse componiendo algunas reflexiones oratorias al estilo de los maestros de Rodas. La espléndida isla ya no era un jardín soleado en el que evadirse de las campañas de Germania y Panonia, sino una escapatoria a dificultades cada vez más complejas. La familia imperial crecía y sus miembros se revelaban sumamente insidiosos, y Livia, su propia madre, su única salvaguardia, parecía volverse desconfiada respecto a su hijo. Así lo creía, y se reprochaba no haber pensado eso antes, conociendo la naturaleza de Livia. Cuanto Drusus había dejado escrito, tenía que haberle puesto en guardia. Incluso a él, un claudio de los menos brillantes pero de los más concienzudos, le había resultado difícil de creer. Ahora la noche se extendía como un palio negro por encima de las siluetas de los pinos de Roma. En algún lugar de aquella colina se hallaban en el Lupercal los restos de la choza de Rómulo, y la cueva en la que los fundadores de Roma fueron amamantados por una loba. Roma continuaba siendo amamantada por una loba, y sus dos cachorros no debieron oponerse a sus designios; Tiberio Claudio Nerón, el único que le quedaba, pronto dejaría de ser imprescindible con la mayoría de edad de Germánico.

Las luces parpadearon entre las ramas bajas de los árboles; las siluetas pétreas de los guardias pretorianos con sus altos penachos se movieron hacia ellos como por instinto. Tiberio pensó que lo esperaban con especial atención. Varios de aquellos soldados lo condujeron hasta los jardines, donde la guardia personal de Augusto, formada por germanos de Batavia, devotos custodios de su seguridad desde hacía muchos años, acompañaron respetuosamente a Tiberio hasta el pórtico bajo cuyas columnatas la claridad de las antorchas delataban el mosaico blanco que tanto agradaba al dueño del mundo. Tiberio había visto docenas, cientos de veces a aquellos guardias bátavos; e incluso después de tantos años jamás le concedieron la menor confianza. Aquella noche encontró sus semblantes más serios y distantes de lo que era habitual en ellos.

Tiberio había recibido la invitación como un mensaje que procedía directamente de Augusto. La posibilidad de asistir a la cena en la gran domus del emperador le había cogido por sorpresa.

Si alguien sabía lo que iba a suceder, ése era Augusto. Sin embargo, todo parecía acontecer a expensas de los deseos de Livia, a quien de verdad Tiberio temía. Su madre no podía haber revelado aquel secreto a Augusto, a no ser que lo hubiese inculpado completamente, temiendo que él, Tiberio, sacase a la luz lo que su historia había dejado a la sombra durante tantos años. Y mientras así reflexionaba, Tiberio avanzaba con digno semblante, sin prestar atención al austero interior de la gran domus Augusti; no reparaba en las pinturas de las paredes, ni en los adornos florales, ni en las pilastras de alabastro, ni en las palmatorias de oro ni en los mapas del Imperio, donde las ciudades aparecían marcadas en láminas de oro con incrustaciones de diamantes, de esmeraldas, de amatistas traídas para su orfebre favorito desde la India.

Augusto había vivido antes cerca del Fórum. La villa de Augusto en el Palatino había pertenecido con anterioridad al riquísimo y honorable Hortensio, que se la vendió a un precio muy razonable para conquistar sus favores en nombre de sus hijos. En un principio la casa no era especialmente grande, tampoco especialmente lujosa. Había columnatas de piedra de Albania en el atrium y un peristilo adusto, nada de mármol ni elaborados mosaicos en el suelo ni en el interior de las habitaciones, que Augusto prefería sobrias. Se decía entre los libertos de la casa que durante más de veinte años había usado la misma habitación tanto en invierno como en verano, y ello volvía a reforzar ante el público el carácter semidivino de Augusto, que siendo amo del mundo renunciaba al lujo extremo por el que sus compatriotas eran capaces incluso de matarse unos a otros. Aunque devorada por las llamas de un incendio en el año 3 a.C, que muchos consideraron provocado por sus enemigos, Augusto no quiso aceptar las ayudas del estado para rehacerla, y la reconstruyó a su propia costa y con gran esmero, otorgándole el esplendor que la llenaría hasta muchos años

más tarde. Fue entonces cuando Livia propuso adquirir una de las propiedades adyacentes y crear un Templo a Apolo, que no dejaba de situar su residencia personal cerca del auspicio de los dioses, algo que sedujo a Augusto, quien era tan supersticioso como ambicioso.

Un pórtico de pilares rectangulares quedó a la derecha de Tiberio. No supo por qué lo llevaron por aquel camino, pero un pequeño pasaje, accesible desde el criptopórtico del Templo, conducía a una gran sala, la única cuyo suelo estaba cubierto de mosaicos que hacían referencia al mar. Se trataba del triclinium favorito de la pareja imperial. Neptuno, empuñando el tridente, aparecía de perfil en medio de las olas, entre cuyas variadas formas surgían los tritones y ninfas que se encargaban de festejarlo en las abisales profundidades, rodeado de morenas, rayas, marrajos, atunes y pulpos. Tiberio siguió el tridente del señor de los mares con su mirada, y allí en frente se encontró, de pronto, con los ojos grises y luminosos de Augusto. Tan inesperado fue el momento, que Tiberio vaciló, arrancado tan súbitamente de sus sombríos pensamientos.

Augusto lucía la toga alba con los sencillos atributos del imperium, tantas veces renovado por el Senado; en su cabeza había menos cabello y era más gris, pero Tiberio sintió de nuevo ese miedo y respeto sobrenatural que despertaba la presencia del emperador de Roma. Su concentrada y penetrante mirada, su ancha frente, las facciones serenas, casi delicadas, la firme mandíbula, y una ligera sonrisa que demostraba superioridad y dominio, lo recibieron con los brazos abiertos.

—Ven, hijo —Los brazos abiertos acogieron la ancha espalda de Tiberio. Éste, sobrecogido, abrazó el cuerpo recio del padrastro.

—Padre —dijo al fin Tiberio, sintiendo cierta esperanza. —Me tienes en Roma para lo que necesites con solo pensarlo.

Alrededor los guardias bátavos apenas se habían apartado hacia las sombras de los pasillos. Como consumados actores, los

miembros de la familia imperial estaban ya acostumbrados a vivir en la intimidad a expensas de sus mudos y ubicuos centinelas.

Augusto volvió a mirar fijamente a los ojos a Tiberio, y al fin habló quedamente.

—Cuánto me acuerdo de tu hermano cada día que oigo hablar de ti.

—No he oído jamás mayor elogio, pues yo no soy ni la sombra de mi hermano, y lo sé.

—No digas eso, Tiberio Claudio, no lo digas, lo ayudaste con maestría durante su gran intervención en la guerra de Germania.

—No es cierto, él lo hizo todo...

—Y aún si esta fuese la última noche, quiero que me abraces otra vez y que recuerdes lo muy caro que me fuiste.

Tiberio se creyó fulminado al oír esas palabras, mientras recibía otro firme abrazo del amo del mundo. Imaginó las dagas que apuñalaron a Julio César y sintió un ligero mareo. ¿Acaso lo iban a envenenar durante aquella cena...? Nada más horrible podía pasar por su mente, cuando escuchó voces y un ameno ambiente que

les

aguardaba,

a

cuyo

encuentro

caminaban

contemplativamente.

A la derecha se abría un triclinium; opuestas a la entrada, orientadas al noroeste, había tres cámaras, todas ellas iluminadas por lucernas en el tejado. Alrededor de sus pasos, las paredes, tatuadas con filigranas florales y amplios espacios azules y purpúreos que enmarcaban grandes frescos al estilo de Pompeya, mostraban la elegante y severa austeridad de la que se rodeaba Augusto en su retiro privado. Sus dioses favoritos, Quirino y Apolo, rodeado éste por las musas, se servían agua de las fuentes retratadas al estilo de aquellos jardines, y Diana recorría una espesura en busca de los corzos etruscos.

Allí estrechó las manos de Publio Quintilius Varus y de su hermano Sexto, hijos de Sexto, y nietos de Sexto, y la esposa de Publio, Claudia Pulcra, hija de Marcela, la menor de las dos Marcelas a las que Octavia, hermana de Augusto, había dado a luz.

De la gens Quinctilia, cuyos antepasados procedían de Alba Longa, Tiberio sabía que habían surgido muchos cónsules y pretores republicanos, pero tras el vínculo de Publio Quinctilius Varus con la familia imperial, al casarse con Claudia Pulcra, las relaciones con el poder volvieron a estrecharse, a pesar de que en el pasado Sexto Quinctilius Varus, su padre, había sido uno de los senadores que habían apoyado el tiranicidio de Julio César. Tiberio recordó las palabras de Drusus, y admiraba el magnetismo de Augusto, a cuya fuerza ya nada se resistía.

Varus ofrecía un aspecto sonrosado y apático. Tiberio recordó una moneda de cobre acuñada en la ciudad africana de Aculla, durante el proconsulado de Varus en la provincia de África durante los años 6 y 7 a.C, que mostraba su gruesa, indolente, pesada cabeza de puerco. El rostro afeitado con su frente rectilínea, la congestionada y ancha nariz, los ojos hundidos y aquel gesto de complacencia en torno a la boca, en una actitud tan propia del retrato republicano, tan realista, no le causó en modo alguno una impresión significante o siquiera agradable. El amplio rostro que ahora sonreía y platicaba ante él en un latín jactancioso, el ancho cuello del que procedía la voz densa y lerda, sólo podían hablar de un flemático y epicúreo patricio, que jamás se había entregado con dedicación a esfuerzos del cuerpo o del espíritu. Tenía la soberbia de un general romano sin la dedicación de los grandes hombres de armas, y el vino encendía sus mejillas, tímidamente estriadas por minúsculas venillas amoratadas, en un hombre que apenas había sobrepasado la media centuria de vida. Claudia Pulcra, su esposa, era una mujer hermosa, como todas las mujeres de la gens Julia, y lo mismo podía decirse de las esposas de Quinto Hatelius y Lucio Vinicio, todos allí presentes, a los que Augusto había propuesto como cónsul y cónsul suffectus, respectivamente.

La reunión, que no era muy concurrida, se le antojó a Tiberio el cónclave del poder romano que asistía a una conspiración cuyo verdadero objeto sólo Livia conocía. No acababa de entender por qué le concedía la pareja imperial tanto honor, invitándolo sin la presencia de Julia a una reunión de esa índole.

Augusto se recostó en el lectus y los demás hombres hicieron lo mismo; las mujeres se sentaron en los taburetes forrados con piel de cabra, mientras la conversación empezaba a animarse a la espera de la anfitriona.

—Me admiro ante la decadencia obstinada que han tratado de vivir las costumbres romanas, las verdaderas formas que fueron las encargadas de crear el espíritu de nuestro pueblo.

Tiberio se limitó a asentir. Conocía aquella clase de discurso.

Augusto, un hombre recio y fuerte entrado en sus sesenta años, disfrutaba con esa clase de oratoria, que parecía gozar de la incontestable aceptación de sus invitados.

—El lujo desmedido con el que se arropan muchos de nuestros ciudadanos, algunos de los cuales aprecio personalmente, me resulta ajeno y extraño.

—Sagrado Augusto —añadió Sexto, el hermano de Publio—

has de saber que los de nuestra familia no sólo somos de la misma opinión sino que además practicamos esa costumbre que no puede confundirse con la depravación asiática que inunda las grandes mansiones de Roma.

Tiberio observó el rostro de Publio Quinctilius Varus: no podía imaginar mayor acumulación de cinismo que la de aquella cara en la que una sonrisa sardónica se había posado indefinidamente bajo los ojos hundidos y achinados. Varus era evidentemente uno de los mayores vividores que habían sido enviados a las provincias asiáticas...

—¿Cómo se aprecia esa decadencia en la isla de Rodas, Tiberio Claudio? —la pregunta había sido formulada por el propio Varus, y Tiberio comprendió que tras aquella gruesa máscara el

magistrado de Siria ocultaba la gran cualidad de la familia, una certera astucia.

—En la Isla de Rodas, en cuyo puerto todavía se ven, desvencijados, los pies del coloso que custodiaba con un fuego en sus manos la entrada de las aguas, allí no he visto mucho más que terrenos secos, piedras soleadas, un mar en calma y maestros de oratoria —respondió Tiberio.

—A juzgar por tu respuesta, no dudo que se aprende a hablar en Rodas... quizá mejor que en Roma, ¿no es verdad, Tiberio? —

arguyó Varus con su voz profunda y densa, mas sin borrar un sólo momento aquella sonrisa de su rostro.

—Nadie podría hacer eso jamás, después de que Horacio y Virgilio hayan dado a nuestras palabras la altura que sólo muchos años de posteridad podrán revelar como auténtica y única. Pero en Rodas hay muchos maestros estoicos, que seguro no has encontrado en las turgentes satrapías de Siria...

En ese momento Livia apareció a las puertas del salón. No podía haber resultado más ridículo el comentario de Augusto: Livia entró como una magnífica actriz, hermosa y sonriente, pero ataviada con un traje que parecía propio de la Cleopatra de Alejandría, el día que sedujo a Marco Antonio las una y mil veces que quiso.

Tiberio se alzó para saludar a su madre. Esta se consagró a las mujeres reunidas, las cuales parecían pálidas y austeras palomas blancas ante un pavo real que desplegaba todo su plumaje. En ese momento Augusto decidió escapar a la embarazosa situación tras la denuncia del lujo, diciendo:

—Esto es exactamente a lo que me refería y le pedí a Livia que se vistiese para la ocasión, y así congraciaros con mis opiniones.

Varus rió amablemente y estuvo a punto de aplaudir. Pero Tiberio no tuvo tiempo para prestarle mayor atención. La portadora de tantos enigmas, la dueña de la familia, se disponía a saludarlo.

—Tiberio, hijo, cuánto me alegro de verte. ¿Encontraste tormentas en tu viaje de regreso?

—Ni una sola nube se opuso en el cielo a nosotros cuando volvía a Roma.

—¡Eso es un buen augurio! —exclamó emocionada. A Tiberio le maravillaba lo espléndida actriz que era su madre. Era capaz de llorar sobre la tumba del enemigo más odiado, instantes después de haberlo envenenado. Por todos los dioses, él no era tan buen actor,

¿qué estaba pensando...?

—Y quizá es porque Roma te esperaba con buenas noticias, hijo, la razón por la que Neptuno te abrió paso entre las aguas.

—Eso es lo único que deseo creer, admirada madre.

A diferencia de lo que temía, Tiberio no fue envenenado durante la cena, y le maravilló sobrevivir al gustaticium, el cual, como si hubiese sido consagrado al Neptuno marino, estuvo compuesto por excelentes platos de pescado; hubo pasta de olivas negras con raya ahumada al estilo de Sardinia, salsas de jengibre y perejil con chirimías, vino puro de Umbría, tartaletas de allec y libum, filetes de pulpo cocido aderezado con puré de habas, flores de Malva, cebolla, ajedrea y semillas de laserpicium, morena asada en salsa garum, y pasteles de higo con jamón.

Después, en el jardín, Livia quiso hablar a solas con él, y logró apartarlo de la reunión bajo el pretexto de que hacía demasiado tiempo que no veía a su hijo, y deseaba cierta intimidad de madre con él.

Se había obrado un cambio en ella. La luz de sus ojos se había encendido; parecía algo más delgada de lo que fuera antes.

Mientras conversaban, Tiberio logró al fin pedirle la licencia temporal para partir de nuevo a Rodas, y comunicarle que no se sentía bien recibido en Roma.

—Los hijos de Julia me detestan, y son los verdaderos herederos de Augusto. Mi presencia podría malinterpretarse, madre,

y no quiero que piensen que deseo usurpar su camino. Prefiero conservar la vida.

—¿Tan aguerridos te parecen tus hijastros? Tiberio, hijo, no te das cuenta de que un peligro mayor nos amenaza; sabes por qué te he hecho venir.

Tiberio la miró. Había temido que aquel asunto saliese a la luz, pero ya estaba claro que Livia tenía sus propios planes al respecto.

Livia continuó.

—Te reclamo la última voluntad de Drusus, la carta que dejó escrita y sellada, y cuyo contenido conozco. Si la tienes debes dármela, o convertiré tu licencia temporal en un destierro definitivo.

—Los dioses saben que esa carta fue destruida, madre, y que sólo yo conocí lo que, desde un principio, consideré desvaríos de Drusus en su lecho de muerte.

—Pero sabes de lo que serían capaces los enemigos del Imperio en posesión de esos desvaríos. Aguardan la ocasión como los lobos que aúllan alrededor de los cazadores, envidiosos de cada pedazo de carne que se echan a la boca.

—¡No existe! Ya no existe, debes creerme —suplicó Tiberio.

Livia admiró largamente los ojos de Tiberio.

—Ahora estás en mis manos... —dijo al fin. —Si me traicionases, Tiberio...

—No hay traición que valga, no hay prueba de esas locuras que tanto mal harían, a no ser que yo pretendiese divulgarlas, y he callado durante todos estos años... ¿qué lograría abriendo de par en par las puertas de ese secreto para que penetrase la luz a iluminarlo? Nada más alejado de lo que quiero, madre, debes creerme, ¡por Júpiter!

Livia miraba quedamente las sombras del jardín.

—Prepararé el camino para Julia y para sus hijos —afirmó con determinación. —Tendrás esa licencia temporal de Augusto. Debes

alejarte de Roma hasta que Julia sucumba.

—¿Julia? ¿Sucumbir...? ¿Cómo?

—Eso no ha de importarte. Sólo entonces volverás, respaldado por la opinión pública, con las manos limpias. Déjame a mí, yo me encargaré de ella, y ese amigo tuyo, Ælio Sejano, hazle venir mañana. Tengo planes para él. Es un joven muy capacitado.

—Lleva cuidado con Sejano, madre, es astuto y vil como una víbora. Siempre está debajo de la piedra en la que uno quiere sentarse...

—Sejano no es ningún problema. El problema es Julia, Tiberio, y estás en una delicada situación...

—¿Y Antonia? — —Antonia no sabe nada —respondió ella.

—De lo contrario no habría recurrido a ti desesperadamente.

Escucha lo que te voy a decir, hijo, porque no te lo voy a repetir nunca más. Germánico es demasiado joven para gobernar. Temo a los hijos de Julia, y Augusto se hace mayor. Es hora de que sepas lo que significa gobernar Roma. Debo contar con mi hijo, y no sospechar de la traición que Drusus organizaba contra mí y contra Augusto.

En ese momento Livia se aproximó a Tiberio, hasta rozarlo con sus piernas. Puso la mano en la toga de éste, y la recorrió. Sus ojos ardían poseídos por un extraño y vehemente deseo. Eran aquellos ojos azules, vidriosos, enardecidos por un halo de ópalo verde. Tiberio al fin lo sabía, no había mayor reconocimiento de las palabras ocultas de Drusus que la actitud de ella: eran los ojos del mismísimo Veneno.

—Lo que yo sé —afirmó Tiberio, sintiendo que su vida pendía de un fino hilo— sólo lo sé porque Drusus, en su extravío, lo dejó escrito. Nadie lo creería y menos aún tu hijo Tiberio. Yo te amo madre, y por ello honro la memoria.

Los labios de Livia articularon unas palabras aturdidoras.

—Si me amas, bésame.

Tiberio no comprendió a Livia. Incluso contando con la impulsiva condición de la familia, no cabía duda de que para Livia la única excitación procedía del dominio. Lo que en cualquier otra mujer habría resultado inconcebible, en Livia era probable; lo que para cualquier mujer eran límites razonables, para Livia era ilimitado, pues su ambición no conocía los límites de la humanidad.

Ahora que lo tenía acorralado disfrutaba tanto que se sentía excitada hasta lo más profundo de su ser.

Tiberio sintió repugnancia. Pero la disimuló. Su vida entera iba en contra de su propia naturaleza... pues prefería las mujeres muy jóvenes. Y su propia madre, pese a ser una mujer muy hermosa, le resultaba posesiva e incestuosa.

Le asaltaron recuerdos inconfesables desde la más temprana infancia. Cuando discutía con Drusus, cuando se mostraba más débil que aquél, ... Recordaba la presencia de su madre, siempre rodeada de cierto misterio, siempre temiéndola. Sólo sombras en la penumbra de los años. Quizá su búsqueda de la más extrema juventud erótica procedía del asco que le producía aquella dominación femenina, la madre que lo controlaba hasta llegar a convertirlo en juguete de sus propios deseos y lo manipulaba para servirse de él y alcanzar el poder allí donde, sólo aparentemente, los hombres dominaban el mundo. Pues si bien Augusto era el señor del mundo, Livia era la única dueña de Augusto.

¿Quién podía suponer que junto a un hombre como aquel habría una mujer sana o sincera...? Sólo Livia podía respirar el mismo aire que el amo del mundo.

La mano de Livia acarició suavemente la toga de Tiberio. Éste huyó de sus pensamientos y se entregó a la máxima depravación, considerando que el asco que sentía por ella aún pudiera salvarlo, como prueba de sinceridad que era para sí mismo, de caer todavía más bajo. Convencerla de su fidelidad y de su complicidad a cualquier precio, eso era lo que debía garantizarse en aquel momento.

Y aunque no era consciente de ello, Tiberio había firmado la alianza más poderosa de su destino, y una de las más importantes de la historia romana.

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