Liberator Germaniae
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Y diciendo esto, Germánico se volvió marcialmente y abandonó la sala.
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Aquella noche, Augusto volvió a ser asediado por sus pesadillas. Al principio eran confusas y sólo sentía angustia y náuseas. Mas por fin una imagen se posó sobre él y pudo distinguir su interior y su simbólica lucha. Un lobo se enfrentaba a las águilas en las tinieblas de su alma.
El lobo había logrado apresar a una de ellas y le despedazaba el ala, sacudiendo a diestro y siniestro la noble ave. Ver la majestuosa águila convertida en una presa de tan infame criatura...
Augusto se revolvía en sus sueños, tratando de escapar de ellos.
Desesperado, iba en busca de un puñal, una daga, un gladio...
Habría dado su Imperio entero a cambio de la hoja cortante de una espada con la que degollar el cuello al siniestro animal.
Mientras el águila se revolvía y lanzaba picotadas, la cabeza del lobo se tiñó de sangre, pero no cejó en el empeño. Aquellos ojos ambarinos se posaron en la mirada interior de Augusto, quien, silenciado por el espanto, asistía al execrable crimen de ver el ave más soberbia del cielo vencida por un rabioso lobo. Por fin terminó de arrancar el ala y en un último embate saltó sobre el cuello de la rapaz, lo frunció ente sus dientes, y lo partió.
Peor que el can Cerbero, peor que los caballos de Diomedes, que se alimentaban de carne humana... peor que el más abismal de los horrores de Minos, allí se erguía otra vez el monstruo de sus sueños, dispuesto a devorar sus águilas, las águilas de Roma...
—¡Mis águilas...! ¡Devuélveme mis águilas...! ¡Perro sarnoso del Averno! ¡Engendro de las sibilas! ¡Horror depravado de Hékate!
¡Vuelve aquí que te atraviese con mi cuchillo...! ¡Me bañaré en tu sangre si es necesario...! ¡Devuélveme mis águilas...!
Los desesperados gritos de Augusto, fuera de sí, pusieron en guardia a todo el palacio imperial. Livia se cruzó con los centinelas bátavos, ataviada con una túnica, sosteniendo la lámpara de oro.
Mientras tanto, los gritos del Emperador resonaban en el ominoso pasillo.
—¡Perro sarnoso del Averno! ¡Devuélveme mis águilas...!
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