Liberator Germaniae
Capítulo III
5 a.C. El oráculo de
Critágora
Un friso, esculpido por Dédalo sobre el frontispicio del oráculo, mostraba a Teseo y al Minotauro sobre la entrada de la cueva. La sugestión del Minotauro de Creta a la entrada de una caverna como aquella resultaba poco agraciada, incluso para los ecuóreos ojos de Germánico, a quien su abuelo llamaba el «Claudio libre», y que a fin de cuentas era otro niño por más que lo tratasen como a un hombre. El terreno húmedo y arenoso, los espesos matorrales, las ramas pesadas de las viejas encinas, todo conspiraba en aquel lugar. Los inmensos laureles, ligeramente zarandeados por el aire inquieto, susurraban a la entrada azotados por la lluvia, que empezaba a caer con más fuerza.
La negra grieta del oráculo se abría en un enorme arco rocoso.
Germánico imaginó lo que su abuelo, Augusto, les había leído entre los versos de Virgilio. En aquel lugar, siglos atrás, Æneas había conversado con la sibila que escribía sus profecías en las hojas de los laureles, los mismos en los que la gloria se marchitaba antes de reverdecer en la frente de los triunfadores. Claudio, que cojeaba detrás de su esbelta hermana Livila y del paso decidido de Germánico, al que adoraba como a un padre, pues decían de él que era su viva imagen, sólo recordó las madrigueras de algunos
animales al contemplar la ominosa boca de la cueva, de cuya negrura, se decía, surgían las palabras del destino romano.
Unos hachones parpadean en las tinieblas de la entrada. Más allá se extendía un pasadizo angosto y ancho, bajo una mole de piedra volcánica de inmensas proporciones, sobre la que descansaba el peso del monte Gaurus entero. Para espanto de Livila y para sorpresa de Claudio, unos murciélagos giraron revoloteando cuando entraron.
Se miraron furtivamente. Germánico avivó el paso, fiel a lo que se esperaba de su bien merecida fama de libre y valiente vástago, orgullo de la familia Claudia. Atrás había quedado la boca de la cueva, luminosa y despejada en medio del arco negro de la forzosa noche subterránea.
El suelo pedregoso insinuó los peldaños desiguales. Más adelante, la roca desnuda los guió hacia una visión cargada de tal horror que Livila, todavía indecisa entre el temor a su severa madre,' Antonia, y el pánico ante la imagen que los estremecía, contuvo un grito que por poco la obligó a desmayarse. Apretó, quizá por primera vez en su vida, la mano de su hermano Claudio con tal fuerza, que éste tuvo que protestar. Al fin, Germánico, el mayor, con los ojos muy abiertos, la única prueba de su valía, pues la mano le temblaba, avanzó un paso hacia el horror.
Allí estaba, enhiesta y adusta, Critágora, una sibila. La luz de una grieta en la montaña la iluminaba con un parche escarlata en medio de la total oscuridad. Yacía sentada, tiesa, los ojos desmesuradamente abiertos y rojos como los de un ave nocturna, el rostro laciforme contraído por la enfermedad del tiempo, el cabello revuelto de una momia espantosa. Germánico se aproximó a ella y musitó el saludo. Livila se quedó pegada a la piedra, sin querer dar un paso más en dirección al monstruo. Si esa era la sibila a la que, según su madre, debían consultar, mejor quedarse junto al idiota de Claudio que avanzar junto al insensato de Germánico. Claudio sencillamente observaba la escena, aferrado a su hermana.
La silueta de Germánico se recortó como un perfil anguloso contra la evanescente rojez de Critágora. Germánico pudo aspirar el hedor que rodeaba a aquel monstruoso Minotauro de la caverna, y que empeoraba en presencia de la adivina. Había esperado un parpadeo de sus ojos, un signo de su mano, una señal. Todo en ella era aterrador. Pero las palabras de Antonia, su madre, habían sido claras. «Cuando la veas, avanza hacia ella, pronuncia el saludo, besa su mano, y ofrécele el vino». En ese momento un ruido extraño palpitó en las tinieblas. Tras sobresaltar a Livila y a Germánico, la voz tartajeante de Claudio dejó de latir en las paredes cavernosas de la inmensa oscuridad.
—Es... es... está muerta, hermanos... —logró decir al fin.
Germánico tenía coraje para caminar de frente contra la boca de un león, pero Claudio no lo necesitaba, porque disponía de sentido común. Germánico avanzó sobresaltado y acarició la mano de la sibila momificada. Entre el tembloroso horror que le producía aquel ser inanimado y la victoriosa agitación que lo dominaba tras vencer el miedo, se dejó poseer por una risa nerviosa. Livila lo secundó y balanceó alegremente el brazo de Claudio, cuando algo se revolvió entre la cabellera de Critágora y rozó la mano de Germánico. Este se sacudió horrorizado y gritó fuera de sí, mientras sus hermanos se quedaban paralizados. Los ojos de Livila se llenaron de lágrimas, pero ningún llanto escapó al contraído cerco de sus labios. Claudio imaginó que el murciélago que habitaba entre las inmundas greñas de la sibila disecada, y que había huido ante la presencia de su hermano, estaba tan aterrorizado como ellos, y eso le tranquilizó.
—A... allí... —susurró la voz del pequeño Claudio.
Germánico descubrió lo que su hermano le anunciaba. Unos fuegos titilaban en el fondo de las sombras. La voz del dios los conminó resonando en las paredes, y fue lo más oscuro que habían oído en todas sus vidas. Rodearon el espolón de roca, abandonaron el corredor; treparon a duras penas las escaleras de una pendiente tortuosa y llegaron al apolíneo misterio del oráculo de Cumæ.
La mujer que recibió a Germánico era parecida a Critágora, con la terrible salvedad de que estaba viva, y de que se movía.
Germánico pronunció el saludo, besó su mano estoicamente y ofreció el vino. La vieja desdentada derramó el vino con furia y apagó el fuego. Sólo entonces pudieron ver que una luz la iluminaba, y no supieron de dónde procedía su rayo perturbador.
La reina del oráculo se sentó en su trono.
—¿Qué quieren saber los hijos de Drusus Claudio Nerón? —
preguntó con voz gutural.
Germánico pronunció la petición.
—Por el destino de los hijos de Antonia preguntan los tres hijos de Drusus —dijo con voz temblorosa.
La anciana cerró los ojos. Crispó los nudillos, aferrando con fuerza los brazos del trono. Frunció la frente, penetraron los dioses en sus venas, sacudieron su irreparable demencia. El poder de las profecías se abrió paso entre los jirones deshechos de su conciencia, y dictó con consejera aleatoriedad el mágico recuento de unas palabras visionarias que se convirtieron en versos. Por todas partes hubo ruido de viento que echa abajo grandes esculturas, portones que se cierran, silbidos, temblor de truenos.
Otra vez la voz del dios brotó de su pecho, abandonándola cuanto en ella había sido humanamente propio, y no fue menor el pavor de los hijos de Antonia:
Gira así la rueda para los hijos de Drusus: El último tiene lo que el primero merece, El segundo prepara un baño al primero, El primero se pudre donde el último florece.
Tres águilas en el cielo se ahogarán,
Y el cachorro de la loba que hoy acosan Mañana sus alas a dentelladas arrancará.
Podridos caerán los frutos del Árbol Claudio, Cuando la Diosa de Roma pode sus ramas.
Un cachorro sangriento y plumas imperiales, Un idiota consagrado por el sacrificio
La que gobernará el secreto de Vesta, Sin quererlo, salvará como imperial novicio.
Veneno del Rómulo hecho Quirino enfurecido Rociaráen los sueños del segundo César, Y la misma loba que a Rómulo amamantó
Cría hoy al cabelludo vástago de Sísifo.
La voz del dios rugió en la boca de la demente sibila.
Germánico agradeció sus palabras y retrocedió asustado. Movía sus labios, como si quisiese retener las palabras, en un ejercicio que estaba por encima de sus posibilidades en aquel delicado momento en el que los dioses se reían despiadadamente de los hijos de Drusus.
Livila y Claudio se precipitaron en la oscuridad. Hubo un estruendo de golpes, de aves que volaban en las tinieblas, de bestias que pasaban rozándolos. Acosados por la risa del dios, se perdieron unos a otros. Claudio tropezó y cayó de rodillas. Unos brazos fuertes lo alzaron y se dispuso a correr a pesar del dolor en manos y piernas. Vieron la silueta de Livila en la entrada de la cueva. Por fin Claudio y Germánico llegaron hasta la luz gris.
Claudio se volvió para escrutar las tinieblas. Se preguntaba por qué su madre los había metido a los tres en un antro como aquel,
qué mal habían hecho para ser recompensados con semejante castigo. Mientras se agarraba el pecho, temeroso de que el corazón se le partiese por la carrera, escuchó la voz de Germánico:
—Claudio, por todos los dioses, ¿recuerdas esas palabras de la sibila...?
La desesperación de Germánico iba en aumento a medida que trataba de pronunciar otra vez las extrañas cuentas de palabras, y a cada nuevo intento volvía con las manos más vacías desde los jirones de la memoria.
—No...
Germánico abrió los ojos, asustado.
—No... no te preocupes, hermano —dijo Claudio tras evitar un aparatoso tartamudeo, poniendo una mano en el hombro de Germánico. —No... podría olvidar palabras tan horribles co... como esas...
Claudio repitió la profecía a Germánico, que tardó algún tiempo en memorizarla, y sonrió con esa franqueza por la que Claudio lo adoraba como si fuese un dios. Germánico conocía las facultades de Claudio, a diferencia de la mayoría de quienes trataban con él. Su madre no toleraría que Claudio fuese el portador de las palabras de la sibila. Él era el mayor y el favorito, y eso lo obligaba a representar un papel ante su familia que a menudo le desagradaba, sobre todo cuando para ello debía humillar al pequeño Claudio, tartamudo, enfermizo, pálido, ligeramente cojo a causa de una pierna más larga que otra y de un hombro más alto que otro.
Pero quería a Claudio. Era bueno, simplemente. Claudio había aprendido a leer antes que él y que Livila, y memorizaba fechas y textos con tanta facilidad que se sorprendía del injusto aspecto que Fortuna le había deparado.
Al fin, Livila, que no quería acercarse a la boca de la cueva, se aproximó a ellos.
—Nos vamos —dijo resueltamente, molesta a causa de la lluvia.
Se unió a ellos y retomaron la ceremonial compostura para abandonar el lugar y seguir la senda hacia los árboles, más allá de los cuales aguardaban su madre y varios augures tras el templo. Los espesos laureles se levantaban como un muro verde y espeso, pero el cielo gris se asomaba al claro al pie de la escarpada ladera del risco en cuyas entrañas hurgaba, en parte excavada, la gruta del oráculo más famoso de la península itálica. «Una inmunda madriguera» era todo lo que pensaba Claudio al respecto, cuando unos gritos en el cielo los obligaron a mirar hacia lo alto. No vieron nada. Pero los gritos volvieron a importunarlos, agudos e impertinentes como de gente que los increpaba, y en ese momento algo cayó en manos de Claudio. Nunca supo cómo ni gracias a qué capricho de la casualidad ello fue posible, pero había extendido las manos como para tomar la lluvia —le gustaba sentir la lluvia en sus manos, cuando no era torrencial— pues el cielo presentaba un aspecto tan extraño, cuando el cuerpo de un animal cayó en ellas.
El susto fue tal para el joven Claudio, que lo soltó y lo dejó caer.
Sus hermanos lo miraron. Era un cachorro de lobo, negro como la cueva del oráculo. Estaba herido; gruñía y gemía aterrorizado.
Livila trató de cogerlo. Pero Germánico se interpuso:
—¡Es un augurio! —afirmó, tajante y enérgico. —Ha caído en manos de Claudio.
Para Livila aquello parecía imposible, e incluso ultrajante.
¿Por qué iban a molestarse los dioses en señalar a su hermano Claudio, a quien su abuela Livia evitaba mirar de tanto desprecio que le tenía y a quien su propia madre, Antonia la Menor, llamaba
«suceso»? Germánico mostró su determinación ante la caprichosa Livila.
Claudio se miró las palmas de las manos, manchadas por la sangre del cachorro, y no quiso volver a coger el animal. Los gritos de las águilas se escucharon cerca. Una de ellas descendió.
Germánico se volvió, fiero, y clavó sus ojos en el amedrentado Claudio. Aquellos ojos aquilinos que apuntaban como balistas cargadas de plomo sólo significaban una cosa, que debía coger el cachorro con sus manos, lo quisiese o no. Y así lo hizo, a pesar de
que otra de las águilas apareció entre los árboles planeando majestuosamente. Las águilas eran unos pájaros bastante grandes.
Verlas esculpidas en los estandartes era una cosa, pero tenerlas allí alrededor, chillando y girando con sus poderosas alas en medio del camino, reclamando la presa junto al oráculo de Cumæ, eso no lo olvidarían jamás.
Germánico arrojó una piedra contra la más osada de las águilas. Apenas rozó su ala, y unas plumas largas bajaron revoloteando y él las atrapó. Por fin se alzaron y remontaron el vuelo por encima de los árboles, en lo alto, girando como centinelas en torno a la cumbre del Gaurus.
Antonia y los augures llegaron apresuradamente. Una mirada extraña se posó en Claudio. Una mirada que el niño jamás había visto en los ojos de su madre.
La noche había caído sobre Cumæ. La villa de la que disponía Antonia, en medio de los anchos latifundios, no dejaba de ser a sus ojos un lugar de paso cuando se trataba de disfrutar del campo, en verano. Aquella noche las antorchas permanecieron encendidas hasta muy tarde en los jardines. Los augures acompañaron a Antonia hasta una habitación bien iluminada. Los niños no pudieron comer tras el extraño suceso, y esperaron la llegada de Atenodoro, un aleccionado grammaticus que se ocupaba de la educación de los niños, procedente de Tarso, y de Jenofonte, el médico de la familia, quien había sido cirujano del alto mando en las legiones que su difunto esposo lideró en Germania.
Los augures interrogaron a los niños. Germánico no dejó de percibir cierto despecho velado hacia su persona, cuando contó cómo había obligado a Claudio a recoger el cachorro, pues había caído en sus manos. ¿Cuántas veces había tenido que repetir que no había caído en las suyas? Muchas, hasta que al fin miró a su madre con un ímpetu que sólo había visto ella en los ojos de su padre, y entendió que la verdad, en posesión de un noble y valeroso corazón, se convierte en arma incluso a edad temprana, un arma
que Germánico ya había aprendido a blandir. Antonia tuvo que creer a su hijo, se dio por vencida, y se enfrentó en compañía de los sabios augures a lo que parecía el peor misterio de la familia. El problema era el lobo, cachorro de la que amamantó a Rómulo, la sangre manchando sus manos, Germánico enfrentado a las águilas y arrebatándoles sus plumas... y todo ello un día lluvioso con relámpagos sin trueno y el aparatoso sacrificio de un buey que se resistió a desvelar la palabra del dios. ¿Qué extraña demencia era todo aquello?
Pero sobre todo el problema era Claudio. Los dioses lo habían señalado y lo habían marcado. Pero, ¿para qué? Antonia siempre lo había despreciado indulgentemente; a menudo lo acusaba, sin pronunciarlo, de haberla puesto en evidencia, pues cualquiera habría podido creer que había traicionado su matrimonio con Drusus entre las piernas de un infame tullido, para dar a luz a semejante hijo, que tan poco tenía que ver con la poderosa figura de su padre. Y todo ello acompañado de las palabras de la sibila de Cumæ, esas palabras que Germánico había repetido hasta la saciedad. Se les obligó a jurar bajo todas las formas posibles que jamás dirían una palabra sobre lo sucedido y que la profecía se quedaría oculta en el seno de la familia. Bajo ningún concepto el sagrado Augusto, su abuelo adoptivo, oiría jamás la noticia. Y
ellos, Atenodoro y Antonia, se encargarían de dirimir el asunto con la mayor discreción posible a través de Jenofonte. Y nada más podía hacerse sin antes escuchar la palabra de Livia, que en eso como en todo era quien llevaba las riendas de la familia.
Habían pasado cuatro años desde que la muerte de Drusus conmocionó a Roma. Antonia había conseguido erguirse tras el golpe, y durante los primeros dos años apenas había tratado a sus hijos. Dejó que Atenodoro se ocupase de su educación. Sólo cuando Germánico comenzó a crecer —ya tenía diez años— había experimentado el deseo de reunirse con los frutos de su matrimonio.
Germánico se convertía por días en la viva imagen de su padre. Las mismas piernas, los mismos brazos, la misma espalda proporcionada y sólida a pesar de que sólo era un niño. Y más aún, la misma valentía y el mismo sentido de la justicia entre los suyos.
Se enorgullecía de Germánico al ver cómo defendía a su hermano Claudio de las burlas ajenas, a pesar de que Livia había sugerido, muy acertadamente a su parecer, que el pequeño Claudio pasase lo más desapercibido posible entre la sociedad romana, donde se esperaba otro resplandor de los descendientes Julio—Claudios y de los retoños de la familia imperial, pues Augusto empezaba a cobrar la talla de un semidiós.
El orgullo de Antonia crecía al mismo ritmo que su hijo, un orgullo que había quedado reducido a cenizas de hoguera tras los funerales de su marido.
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