Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 15 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XIV

4 a.C. Roma

Pocas horas después de la sesión, se hacía pública la noticia.

El Senado había votado, a petición del sagrado Augusto, un decreto de destierro perpetuo para Julia, ante la innoble actitud de no atreverse a suicidarse, que era lo único que él, no su padre sino el emperador de Roma, esperaba de ella. Junto a esta decisión, el decreto incluía una lista con los nombres de los hombres y mujeres descubiertos en el escándalo, considerados cómplices de Julia y depravadores; la ocasión se brindaba idónea para desmantelar la campaña que sus adversarios, veladamente, promovían contra Augusto en nombre de sus nietos Cayo y Lucio; los conspiradores republicanos fueron igualmente condenados al destierro perpetuo y a la expropiación de sus bienes.

Iulo Antonino supo de este modo, arrestado en su domicilio del Mons Aventinus en el Clivus Publicius, que las decisiones del Senado, votadas por unanimidad absoluta, le incluían en el destierro. La expropiación de sus bienes no se veía tan duramente afectada por ser su mujer, Marcela, un miembro de la familia imperial, pero de todos modos el decreto de destierro acababa con su vida.

No había estado presente en esa orgía. No había tenido relación alguna con Julia. Pero eso ahora no importaba. Era uno de los hijos de Marco Antonio, y había aprendido a vivir con la sensación de que ese abolengo, en los tiempos del mandato de Augusto y de Livia, pesaría sobre su nuca como la espada de Damocles durante el resto de su vida. Había bastado la más mínima oportunidad, cuando su tentativa por desestabilizar el poder absoluto de Augusto había encontrado la ocasión en sus nietos Cayo y Lucio, para que el hilo del que pendía esa espada se cortase y ésta cayese con todo su peso sobre su cabeza.

Marcela abandonó la casa, y lo mismo exigió a todos sus libertos y esclavos. Ningún familiar quedó cerca de Iulo aquella noche. Tras despedirse de manera concisa, pasó largas horas escribiendo en su tablinun. La luz estuvo prendida hasta altas horas de la madrugada en la cámara del pater familias. Tomó las tablas y redactó extensas misivas a muchos personajes.

Después puso manos a una carta especialmente extensa. Las selló todas con su anillo. La última fue para Cayo, el nieto de Augusto.

Después se quedó dormido, en las horas cercanas al amanecer.

Al clarear las primeras luces del alba, la guardia pretoriana todavía estaba allí, vigilando el domicilio de Iulo. Sus hijos habían llegado avisados por los esclavos, que tenían orden de entrar en la casa por la mañana para tomar las posesiones con las que su amo se marcharía al exilio. Pero lo que encontraron fue bien diferente, aunque en modo alguno inesperado.

Iulo parecía sentado en la silla del tablinum, frente a la mesa sobre la que había dejado varias cartas. El esclavo se azoró y musitó oraciones y súplicas inconexas, pues había sido un buen amo desde que había nacido en aquella familia. Se cercioró de que estaba muerto, se arrodilló junto a él y lloró silenciosamente.

Después, como buen criado que era, decidió servir a su señor de la

mejor manera posible, y ocultó todas las cartas en otro lugar de la casa.

Cuando los pretorianos entraron para cerciorarse de lo ocurrido, ya habían llegado sus hijos, que se mostraron airados ante las armas que habían entrado en su casa. Se evitó que su esposa, Marcela, visitase aquel día el hogar en que habían vivido durante tantos años. El criado aprovechó la confusión general para que un muchacho de los que servían en la casa la abandonase llevando consigo, ocultas, las últimas cartas de Iulo.

Al poco tiempo un miembro de la guardia pretoriana entró prepotentemente en la casa de Iulo. No quiso saber mucho del asunto, pero inquirió insistentemente que el Senado y el emperador de Roma exigían las últimas voluntades escritas de Iulo, cartas, testamentos, y notas.

Los hijos le entregaron el testamento no sin maldecirlo, y lo expulsaron de la casa paterna.

Sejano, pues no era otro aquel secuaz, cumplió con la orden de Livia, quien, desde su deliberado ostracismo, movía cielo y tierra para neutralizar las posibles consecuencias de aquella jugada maestra del destino.

Aquella misma noche, Cayo recibía secretamente de manos de uno de los colaboradores de Iulo la larga carta que éste le había dedicado antes de suicidarse. Cayo, indignado con la actitud de su madre, decidió imitar la actitud de su abuelo y no dejar que la ligereza de aquélla le salpicase, y por ello se mostraba abiertamente duro y conforme con las decisiones de Augusto. Si bien era cierto que lo que su madre había hecho destruía buena parte del trabajo que había empeñado en crearse una carrera hacia el poder, también estaba convencido de que una extraña mano negra parecía haber puesto todo aquel asunto en conocimiento público, y que el golpe contra Iulo parecía estar calculado por una asombrosa conspiración contra sus tentativas hacia el poder.

Hizo llegar a Lucio y a Póstumo, que a pesar de ser el más fuerte de todos también era el que caminaba con los ojos enrojecidos de tanto llorar por su madre. Pronto aquella pena se convertía en ira, y después en desesperación.

Se quedaron los tres en la habitación. Los hijos de Julia leyeron la carta de Iulo.

A los nobles hijos de Julia, nietos de Augusto, En estas que van a ser mis últimas palabras, dejo escrito cuanto visita mi pensamiento claro y sincero.

Quiero afirmar en primer lugar que toda la acusación que me lleva irremediablemente a la muerte es falsa. Si quisieran acusarme de haber conspirado contra el poder de Roma, podrían haberlo hecho, desde que Roma ya no es un poder público sino un poder privado en manos de unos pocos que han decidido eliminar todo recuerdo de la República, y cuyas purgas del Senado han sido acatadas por sus miembros con execrable obediencia. Si quisieran acusarme de haber respaldado, sin otro ánimo que la satisfacción personal, el altruista ensalzamiento de otro cónsul, pretendiendo la retirada del Imperator, también me encontrarían culpable.

Pero cuanto me ha sido adjudicado es bajo y sucio, tanto, que adopto la muerte como una de las más nobles puertas que se han abierto ante mis ojos en medio de la falacia que han arrojado sobre mis hombros. Quienes hayan inventado mi presencia en ese escándalo, han mentido con certeza para fulminar mi honor y aniquilar mi existencia. No soportaría esta vergüenza maldita basada en

la mentira. Por eso los hombres falsamente acusados se suicidan, y los que son acusados con acierto aguardan en sus cárceles, pues la indignación mata más que el crimen.

Quienes han cometido un crimen, sorprendidos por ello, pueden encontrar reposo en su alma cuando piensan, reconciliados, que merecen el castigo, e incluso los hay que pueden salvarse de su culpa aceptándola y reformarse, como es el caso de algunos gladiadores famosos, que antes fueron asesinos condenados a la arena y que, conquistando en la arena la libertad gracias al favor de los dioses, luego fueron hombres libres, y como hombres libres murieron exonerados de sus cargas. Pero no es asícon el falso cargo.

La indignación de quien ha sido inculpado falsamente es insoportable. No hay veneno más atroz, no hay mandoble más certero contra el hombre libre, que inculparlo sin posibilidad de defenderse, cargándolo con la vergüenza, cuando no ha hecho algo.

Por eso hoy me suicido. Me despido dignamente y desaparezco de este mundo. Sin embargo, confío que algún día alguien coloque bajo el pedestal de mi memoria la palabra «Vengado». Y habéis de saber que la misma inquina que ha logrado llevarme a esta muerte es la que ha urdido un plan tan perfecto contra vuestra madre, la misma que ha planificado golpearos, desprestigiaros y hundiros en lo más profundo. Hay un veneno que fluye por las venas de la familia de Augusto. Se llama Tiberio, y, es más, se llama Livia. Aquí en mi última hora hablaré como los hombres mortales no pueden permitirse hablar. Diré lo que pienso, no, diré lo que sé, y pobre del que no sea capaz de escucharme. Mi última esperanza es que sepáis daros cuenta a tiempo de la sombra que se cierne sobre vosotros

con las mil lenguas de la astucia. Cuidado, Cayo, Lucio, Póstumo, Julila y Agripina. Tened cuidado de esa madrastra. Ella es la que se ha encargado de hacerse con el control de la dinastía imperial, y el golpe contra vuestra madre, infaustamente casada con ese hombre despreciable, frío y banal que es Tiberio, está calculado para ensalzar a su hijo, que en los últimos años había perdido el favor de Augusto debido a razones evidentes. Sabed que Tiberio frecuenta niñas muy jóvenes, y que en su desprecio hacia Julia ella no habría podido evitar sentirse rechazada y buscar otras alternativas para su vida. De todos modos, cuanto produce el escándalo contra vuestra madre sucede todos los días en las lujosas villas de Roma. Hay orgías por doquier, y son otros intereses los que sitúan a vuestra madre en esa posición. A partir de ahora Livia jugará con vuestra legitimidad, tenéis que saberlo, y si al oír esto vuestro orgullo desea clavarme una espada y traspasarme, sabed que poco después de escribir estas líneas ya estaré muerto. Sí, hijos de Julia, a partir de ahora Livia jugará con ventaja a convertiros en hijos bastardos, en herederos ilegítimos cuyos padres se desconocen en medio del caos en el que Julia vivió sumida... Sabed esto, porque os amo igual que amo la República, y quiero protegeros precisamente de la autárquica monarquía. Y no se protege de un mal con su ignorancia.

Livia os teme, y teme el destino de la dinastía imperial. Cuidaos de ella y de sus cercanos. Cuidaos de la guardia pretoriana, donde ella gana adeptos. Y cuidaos de Tiberio, pues es un mal Claudio, de los peores, y tras su apariencia silente y lerda se oculta la mayor falsedad.

Pues hoy lo revelo, Drusus me lo dijo antes de morir: Livia envenenó a Claudio Nerón después de casarse con Augusto.

Iulo Antonino

Cayo soltó el mensaje y Lucio pareció haber acabado al mismo tiempo. Póstumo, con el gesto congestionado por la ira, a punto de romper a llorar, se abalanzó contra una mesa y arrojó por el suelo cuanto allí había depositado, jarras, cráteras y cristales se hicieron añicos o rodaron en desorden, vertiendo el vino que contenían. Lucio y Cayo se miraron contenidamente, mas Póstumo era fiero y vehemente y el de corazón más sincero, y no sabía retener la inundación de furentes emociones que se agolpaban en su alma, estrangulándolo.

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