Liberator Germaniae
Capítulo XX
8 d.C. Costas de
Calabria
A pesar de que una semana atrás el agua de la repentina tormenta les había dado nuevas esperanzas, los dioses continuaban jugando con el batel de Armin; indiferentes a su destino, indecisos ante la posibilidad de hundirlos en las profundidades. La sed se apoderó de ellos, y el sol volvió a arder con implacable fuerza. El mar se rizó y cambió y se volvió de un azul impenetrable. El viento comenzó a rugir. Las ondas se partieron, y comenzaron a balancearlos de nuevo. Al cabo de unas semanas, el viento ululaba con tal fuerza, que los navegantes decidieron retirar la vela, por temor a que fuese desgarrada de peor manera. Las olas eran amplias, el batel parecía subir y bajar por los valles azules. Cuando se precipitaban en ellos, Armin contemplaba las profundidades rizadas con velos de espuma; cuando surgían le parecía que serían arrojados contra el sol, hasta que un penacho espumoso rompía allí arriba y recorría la embarcación de parte a parte.
Algunos días después los jóvenes navegantes griegos estaban extenuados de la lucha contra el mar, y Armin resistía en el timón, cumpliendo las indicaciones de Trigitón y atado al mástil por un cabo de cuerda, seguridad que los griegos le dijeron podía salvarle la vida si un golpe de mar lo arrastraba por la borda.