Liberator Germaniae
Capítulo IV
5 a.C. Ancio
Veinte millas al sur de Ostia, Antonia se detuvo en los olivíferos valles de Ancio, donde le aguardaba una parte de su familia. La zona del Latium y sus viñedos les ofrecieron un confortable recibimiento en la villa que miraba sobre el puerto de la ciudad costera. Julia, la hermanastra de Drusus y de Tiberio, hija de Augusto y de Escribonia, su primera esposa, antes de separarse abruptamente para casar con Livia, había enviado allí a sus hijos mayores Cayo, Lucio y Póstumo, y a la pequeña Julila. Cástor, el hijo de Tiberio y de Vipsania, antes de ser obligado a contraer matrimonio con Julia tras la muerte de Agripa, el gran colaborador de Augusto, permanecía en Roma bajo la custodia de Livia.
Los jóvenes celebraban el encuentro en Ancio todos los veranos. No había demasiado que hacer, y la época estival les permitía dedicarse a juegos de dados, a los caballos y a los entretenimientos que ofrecía el Mare Tuscum. Pero el temporal se había adueñado de la costa occidental desde aquella mañana en la que visitaron el oráculo de Cumæ. Durante todo el camino que recorrieron hasta Ancio, ya tan cerca de Roma, no dejaron de verse amenazados por las lluvias y los temporales, hasta que el litoral de Ancio apareció ante ellos, la bahía hirviendo y espumando. El cielo se volvió más gris y terroso, como si las tormentas de África hubiesen ensuciado las barreras nubosas, y se arrastró pesadamente
sobre las playas de Ancio. El mar se encrespó y unas olas hostiles disuadieron a los pescadores de ir en busca de sus frutos.
Los niños jugaban en el peristilo, a excepción de Germánico, que se había obcecado en practicar la lectura junto a Claudio en una de las salas en las que Atenodoro trataba de aleccionarlos.
Germánico sólo lograba concentrarse cuando se hablaba de batallas, y esa efectividad de la capacidad intelectual se multiplicaba cuando las batallas le referían las gestas de su propio padre en Germania. No había nada que entusiasmase más a Germánico que las historias que le hablaban de Germania. Primero fueron los cuentos, en los que encontró el mayor alimento de su imaginación. Los monstruos y los enanos de los que hablaba Julio César, los gigantes teutones, los enormes bueyes salvajes, las selvas ignotas, impenetrables, fantasmales, le agradaban tanto como las hazañas de Hércules. Después su interés se vio complacido, a medida que su mente despertaba y abandonaba la simplicidad mítica de las historias infantiles, con los relatos de los valientes que sirvieron en las campañas de su padre, historias en las que se combinaban la lección sobre el ejército consular con el heroísmo personal de las mejores legiones. Supo de la vergonzosa derrota de Marcus Lollius, que era repetida una y otra vez como punto de partida de una larga confrontación que todavía permanecía inacabada, y de la venganza de Drusus sobre los sugámbrios, de las rutas que siguió hasta el Albis, de su temeridad en el invierno germano, y al fin fueron desvelándose, paulatinamente, los pasos de la extraña muerte de su padre. Escuchó los presagios que precedieron a su muerte, y que sólo después fueron conocidos con detalle. Hubo desprendimiento de estrellas fugaces noche tras noche en la constelación de Leo, por lo que se pensó que fueron las leónidas las que anunciaron la catástrofe. Una vez, al alba, dos muchachos vestidos con túnicas griegas atravesaron el campamento de Drusus a orillas del Visurgis sobre corceles blancos, y se esfumaron más allá de las empalizadas del agger, causando el pánico de los centinelas. Pero también conoció cómo Drusus
maldijo el Albis al encontrarlo helado, y cómo una diosa bárbara, de talla más que humana, vino caminando sobre el hielo y le advirtió que aquella visión no le había sido concedida. Después se enteró, preludiando el trágico fin, que hubo un sacrificio en presencia de Drusus, una maldición bañada en sangre que salpicó la coraza de plata de Medusa, la que otrora vistiera el pecho de Julio César, y más tarde Drusus sufrió una caída a caballo cuando atravesaba las Galias, cerca de Lugdunum, donde él había nacido, años atrás. Germánico se colapsaba ante el final de la historia, y a medida que se hacía mayor, no dejaba de tropezar con aquel hecho como contra un muro del destino, que le parecía infranqueable. Él mismo había sido llamado Germánico. No era un sobrenombre de conquistador como en el caso de su padre, sino un nombre de propiedad concedido por su abuelo Augusto en honor a las conquistas de su padre. Él era la prueba viviente de las conquistas de su padre, de su ascenso y gloria; él era, pues, el legítimo heredero de Germania. Esa idea le perturbaba. Si Germania era suya, tarde o temprano debía ir en su busca.
Pero las historias que le contaban no le hablaban de una Germania conquistada, sino de una Germania beligerante y libre.
Los romanos como él, los militares que no deseaban el placer por encima de todo, sino la victoria, los romanos que habían hecho de Roma la ciudad más poderosa del mundo, esos romanos iban unidos al destino de la tierra conquistada. Un sentimiento de frustración enorme había comenzado a germinar en la mente de Germánico a medida que crecía. Frustrado de nacimiento. Aunque nadie lo supo, le daba vergüenza llamarse Germánico. Ese nombre sólo denotaba la derrota de su padre, su fracaso final. Junto a la admiración y la lástima, el romano que empezaba a ser, el adulto que florecía en su interior, empezaba a sentir un desesperado desprecio por la situación que lo simbolizaba. No sólo ostentaba el nombre de una victoria, sino también el de su posterior fracaso.
Las fronteras de Germania continuaban estacionadas a lo largo del Rhenus. Si iba a ser un gran hombre debía ponerse en marcha cuanto antes. Y la idea estaba fija en su mente como las estrellas de
la noche, y le marcaba el rumbo a seguir: debía acabar la obra de su padre. La conquista de Germania debía llegar hasta el final, y con ello el restablecimiento de su honor. Por alguna razón, no era el estúpido patricio que se quedaría cómodamente asentado en la posición establecida, celebrando banquetes, asistiendo a los juegos y discutiendo esta o aquella palabra de una nueva ley. Pero para eso, lo supiese o no, ya había operado la educación de Augusto a través de Atenodoro, inculcándosele desde pequeño una estrecha vinculación con la obra de su padre.
—Algún día me marcharé a Germania.
—¿Y yo? —preguntó Claudio.
—Tú vendrás conmigo, me darás informes de las legiones —
respondió Germánico, que siempre encontraba un lugar útil en su imaginación para Claudio.
Claudio sonrió pensativo.
—Dime algo que no sepa —pidió Germánico, siempre ávido de historias acerca de los que ya de nacimiento consideraba sus peores enemigos.
En ese momento, Lucio, Cayo y Póstumo entraron en la sala.
Eran los hijos mayores de Julia. Detrás vinieron Calón y Palas, dos de los hijos de los esclavos más queridos de la familia, a los que Antonia había permitido vivir con ellos sin demasiadas exigencias cortesanas. Eran las ventajas de estar algo apartada de los altos círculos de la aristocracia romana. Antonia había logrado independizarse gracias a la especial protección que le brindaron Livia y Augusto tras la muelle de Drusus. Con la excusa, justificada, de su desamparo y angustia, había logrado vivir lejos de las grandes ceremonias. Julia a menudo enviaba sus hijos con Antonia, pues no podían estar en mejor compañía. Cayo y Lucio eran un ejemplo a seguir, sobre todo para Germánico, que era algo mayor, y Julila y Livila se entendían perfectamente. La austera vigilancia del hogar por parte de Antonia dejaba tranquila a cualquier madre, y a pesar de todo lo que se decía de ella, respecto a sus hijos Julia siempre había hecho lo más adecuado.
Cuando Livila y Julila entraron en la sala, era Lucio el que refería historias del tema favorito de cualquier joven patricio aficionado a las gestas de Roma.
—En Germania los lobos aúllan de tal manera por las noches que muchos legionarios se han vuelto locos —aseguró.
Germánico prestó atención.
—No se puede comparar con ninguna región de Italia —dijo Cayo, con tanta suficiencia que parecía haber estado allí mismo en persona. —Hay tantos lobos como pájaros en nuestros campos, cuando cae el verano...
—No puede ser —dijo Póstumo, incrédulo.
—Así es, hermano —añadió Lucio, acomodándose indolentemente sobre las pieles de cabra que había extendidas por el suelo, para hacer más acogedor el lugar. —En Germania el aullido de los lobos es insistente noche tras noche. He oído de legionarios que, desesperados, abandonaron los octetos y huyeron hacia los campos... Allí sólo encontraron la muerte.
Germánico recordó los rumores malignos según los cuales su padre se había vuelto loco a causa esos insistentes aullidos.
—Los germanos se transforman en lobos, esa es la razón por la que hay tantos lobos en Germania —añadió Cayo. —Eso me lo contó un sacerdote galo en una de las fiestas que tuvieron lugar en nuestra casa. Sixto Aulio, ese celebrado senador, trajo a un druida que, para amenizar los platos servidos a Tiberio, mandó al anciano mostrar sus dotes adivinatorias. Entre otras muchas cosas habló de Germania y de los hombres—lobo.
»Incluso aseguró que tras la muerte en combate los cuerpos de los muertos resucitan en la niebla convertidos en lobos, y que huyen al norte en busca de una hechicera cuyo nombre no recuerdo y que... puede convertirlos de nuevo en hombres.
—De ahí viene su fiereza en el campo de batalla —añadió Lucio tras la explicación de Cayo. —No les importa morir porque
después renacerán como lobos y vagarán por Germania hasta que llegue la hora de luchar contra Roma.
—El fin del mundo, lo llaman —dijo Cayo.
—El ocaso en el que resucitarán todos los muertos para luchar contra las legiones —aseveró Lucio.
—Yo no pienso ir a esas provincias aunque me case con un legado —aseguró Livila. Julila estaba convencida de lo mismo.
Germánico parecía irritado. Se alegró de que Agripina, la hermana de Lucio, Cayo, Póstumo y Julila, no estuviese presente.
Había permanecido en Roma con su madre Julia. No le habría gustado que ella escuchase nada acerca de lo que podría frustrar sus planes para el futuro. Todas aquellas sólo parecían ser buenas noticias para los germanos, y desde hacía un tiempo no hacía más que sentir esa intensa insatisfacción hacia sí mismo, ese permanente reproche a su padre. Sonrió sin ninguna gana.
—No creo lo que decís —afirmó con sorprendente determinación y aplomo. —Germania no puede enfrentarse a Roma. Mi padre la conquistó. Tuvo la mala suerte de caer del caballo, de lo contrario hoy Germania sólo sería una provincia más.
—Más bien cuatro, querido primo —añadió Lucio.
—Por lo menos —siguió Cayo. —Germania es mucho más grande que todas las Galias juntas.
—¿Y qué? Roma siempre vence —afirmó Germánico, recurriendo a una frase que había oído muchas veces.
—Germánico, yo soy de la misma opinión, únicamente me refería a lo que se dice sobre Germania entre los más supersticiosos legionarios... —se excusó Cayo.
—Demasiadas leyendas y cuentos de abuela, que no le interesan ni a Vesta cuando nos reunimos en torno al hogar —
replicó Germánico desdeñosamente.
En ese momento Jenofonte entró en la sala. Julila y Livila dejaron de cuchichear y de burlarse de Claudio.
—Estáis mojados, por lo que veo, Cayo y Lucio —dijo el anciano, apartándose los pliegues de la toga.
—La lluvia nos sorprendió en la playa —dijo Cayo.
—Los tritones de Neptuno enfurecen al mar —aseguró Lucio.
—¿Qué discusión os ocupaba, que Germánico presenta un aspecto tan enojado? —preguntó sabiamente el instructor, que los conocía a todos como si fuesen sus propios hijos.
Todos miraron a Germánico, que no podía disimular su enfado.
—Aseguran que los germanos se transforman en lobos después de la muerte, y que pelean como las bestias y que por eso hay tantos lobos en Germania, y que sus aullidos vuelven locos a los legionarios —recitó Germánico, descontento.
—Pasé muchos años en Germania —empezó Jenofonte, tomando asiento. —Estuve allí con vuestros padres Agripa y Drusus; en efecto y como sabéis, penetré en Germania con las legiones que capitaneaba Drusus, y me vi a veces cerca de la muerte, pero jamás dudé de la fuerza de Roma. Debéis saber, ahora que os hacéis hombres, que los hombres incultos inventan muchas historias en torno a lo que no comprenden o a lo que les acobarda.
Yo os traigo siempre el pensamiento de los maestros estoicos, como Panecio, que murió hace sólo unos cien años durante los cuales muchos hombres obtuvieron triunfos siguiendo sus máximas.
Pensad como ellos, y seréis hombres y mujeres iluminados. Los hombres—lobo no existen, exiliad esa idea fuera de las provincias del imperio del pensamiento, pero sí que existe el miedo cuando los lobos aúllan en Germania, cuando la luna emerge y los campos medio nevados exhalan un vapor de espíritus que se queda pegado a la tierra, entonces son cientos o miles los lobos que cantan a la diosa blanca desde los bosques de Hercynia. Hay muchos, es cierto, y los agrestes parajes no invitan a los romanos a sentirse seguros de sí mismos. Por ello se levantan calzadas y se crean rutas fortificadas, aunque es seguro que jamás se perdió una batalla porque los lobos aullasen alrededor, fueran mil o cien mil los que
entonasen los himnos infernales con los que adoran a la diosa de la noche, suplicándole la victoria de los germanos para devorar los cuerpos de sus enemigos. Pero sabed que todos lo germanos que mueren en campo de batallan sólo sirven para una cosa: para alimentar a los cuervos y a los buitres.
Cayo y Lucio rieron, y una sonrisa apareció en el rostro grave de Germánico, para quien el cometido de Germania iba mucho más allá que un simple capricho.
—No temáis las supersticiones de los bárbaros, y creed en la victoria de Roma —dijo al fin Jenofonte.
OceanofPDF.com