Liberator Germaniae
Capítulo XII
4 d.C. Rodas
Tiberio recorría su terraza, ansioso, y el mar tendido ante sus ojos sólo le despertaba un eterno sentimiento de amenaza. Esperaba la llegada de la muerte, que Cayo había enviado en su busca. Mas los días pasaban y las noticias acerca de sus heridas eran confusas.
Mientras que unos aseguraban que se recuperaba, como era el caso de todas las fuentes oficiales, otros desmentían la mejora y se mostraban convencidos de que no tardaría en morir. Sin embargo, de entre todos aquellos que hubiera querido escuchar una noticia, de quien más lo deseaba era de su madre, Livia, mas era precisamente ella quien guardaba un silencio obstinado. Esto sólo le inclinaba a creer en su propia muerte.
Los abusos a los que se había entregado Tiberio alcanzaron su máximo apogeo. Mientras sus secuaces le proporcionaban lo que deseaba, simulando la compra de esclavos, Tiberio se hacía con adolescentes cada vez más jóvenes. Una leyenda negra se había extendido por toda la isla, y a pesar de su origen, de su riqueza y de su gran pasado Tiberio fue despreciado por los habitantes de Rodas.
Los pensadores le denegaron la entrada a sus academias, y fueron muy pocos quienes le concedieron visitas. El hijo de Livia se veía arrojado al absoluto ostracismo social. Aquellos habitantes lo mortificaban con su soberbia, y Tiberio, harto de repasar los poemas de Safo y los extensos árboles genealógicos de los dioses
griegos, en cuyos incestos buscaba una explicación a tantas dudas, se precipitó en la más absoluta de las degeneraciones.
A menudo creía que la proximidad de la muerte era un privilegio, y que pocos hombres eran avisados de su llegada, y esto lo conducía al desenfreno. Derramaba los vinos de Falerno, se cubría de sedas, mandaba que le preparasen morenas y pulpos en las más variadas formas y encargaba los mejores lujos en el puerto.
Pero todo aquello no le bastaba, y cuando llegaba a la soledad abismal, al final de las orgías, cuando todos sus esclavos se arrojaban por el suelo, ahítos, y los efebos se daban caza y se revolcaban ruidosamente y las muchachas se retiraban formando apretados corros en los que los hombres se dejaban sepultar por la carne floreciente, Tiberio sentía una brisa gélida que trepaba de aquella fosa nocturna que le separaba de la inquietud monstruosa, del asesino de los abismos submarinos, del acero del mar, y se preguntaba cuánto tiempo faltaba para la última hora escogida por Póstumo y por Cayo y, desesperado y ebrio, gritaba como loco.
Temeroso de volver a dormirse y despertar en medio de horribles pesadillas, volvía a encarnar el ritual del miedo, dejaba que una desconocida caminase por lo alto del murete de la terraza que se asomaba sobre los mares, y al fin, después de conversar con ellas como si fueran sibilas y oráculos que, a un paso de la muerte, pudieran revelarle los secretos del futuro, las empujaba con un arrebato de demencia a la oscuridad rugiente.
Harto de todo, una noche hizo venir a Trasilo. Éste se había resistido en numerosas ocasiones, y una vez más le rogó que viniese. Mas en aquella ocasión Trasilo no puso objeción alguna, para gran sorpresa de Tiberio, y vino en la barca hasta la rada.
Tiberio observó con ansiedad la llegada de una luz que se balanceaba con las olas. Pero esta vez Trasilo no se encontró con orgía alguna cuando ascendió los riscos.
Tiberio lo aguardaba sentado en la terraza, y tendió una crátera al adivino. Éste miró los ojos astutos del Claudio, bebió el vino, y se sentó. Si realmente era un adivino debía ser consciente de que Tiberio sólo planeaba matarlo, pues lo aborrecía por sus
predicciones alentadoras y sus cálculos enfáticos, y por cuanto, en realidad, había hecho a su costa. La primera pregunta de Tiberio siempre había ido encaminada a sus estrellas, y Trasilo le respondía con los mejores augurios. Entre tanto su existencia había empeorado considerablemente, y a pesar de que lo previno de las ventajas que su madre proyectaba en su vida, no pudo advertirle ni de las amenazas ni del auge de los Julios. Le parecía justo que, como recompensa, corriese su misma suerte. Ya lo había oído acerca de algunos sátrapas de oriente, que mandaban degollar a sus adivinos cuando, revelándose falsarios, sólo se servían de su curiosidad para aprovecharse de ellos.
—Háblame de las estrellas que dictan el curso de mi destino, adivino.
Trasilo respiró hondo y comenzó a calcular. El cielo estaba despejado, y escrutó los puntos titilantes que se sucedían creando el ritmo imperecedero de las constelaciones.
—Tu vida se aproxima a dar un gran cambio, y no es a mal, Tiberio, como he venido anunciándote desde hace tiempo. Grandes honores van a caer sobre ti, y los triunfos se iluminarán en Roma, para honrar a Tiberio Claudio Nerón. Los planetas se refugian en el Escorpión del cielo, que es tu signo, Marte refulgirá apuntando con Venus y Mercurio se apresura. La noticia no tardará mucho en ser conocida.
Tiberio sonrió amargamente, creyendo que Trasilo disfrazaba así con bellas palabras lo que sin duda serían ceremonias funerarias en su honor. Roma, siempre tan hipócrita, no repararía en gastos para festejar su regreso en una urna cenicienta, después de haber ordenado su muerte.
—Muy bien, Trasilo, ¿y qué dicen las estrellas de mis enemigos? —inquirió Tiberio con una sonrisa ansiosa.
—Tus enemigos se apartan, veo sólo luces que se extinguen mientras Escorpio es entronado en el firmamento, ¡y hay una muerte! Una muerte inmediata, se anuncia y acaecerá, o quizá ya ha tenido lugar...
—Está bien, adivino, quisiera en tal caso proponerte un pago por tus servicios —dijo Tiberio. —Siempre nos preocupamos por nuestras estrellas, pero me gustaría que hoy mirases las tuyas, Trasilo, si no es gran entremetimiento en los asuntos de un mago.
El adivino vaciló antes de satisfacer la demanda de Tiberio, que le resultó sorprendente. Tiberio jamás parecía preocuparse por otra persona que no fuera él mismo.
Trasilo pareció preocupado y frunció el ceño.
—Un terrible mal despliega sus alas sobre mi frente, ya lo vi esta mañana, sin embargo... —y en ese momento miró a Tiberio a los ojos fijamente— no lo harás, Tiberio Claudio Nerón.
Tiberio retrocedió, contrariado por la revelación.
—Cuanto te he comunicado era cierto. Cuanto te dije, sucederá. Tiberio Claudio Nerón, hoy supe la razón de tu mensajero, y lo que se ocultaba en sus pensamientos, y que sólo el más grande de los infortunios me esperaba si venía a tu villa y después me marchaba... Pero no voy a marcharme.
—¿Qué podrá impedirme lo que planeo? Deberás seguir mi suerte, Trasilo, por haber sido un embaucador y por no haberme advertido de mi infortunio...
—Por todo lo contrario harás lo que menos esperas ahora. No te mentí jamás, y por ello me honrarás. No me marcharé y no ordenarás mi muerte, y me dejarás esperar con vida hasta el amanecer. Sólo entonces comprenderás lo que te digo. Si entonces no sucede lo que vi lanías veces, entonces dispondrás de mi vida de igual manera. Pero si se cumplen mis profecías y mis lecturas de los astros, como bien has dicho, estaré obligado a compartir la misma suerte que tú, y me premiarás como mereceré tanto por tu ingratitud como por mi valía.
Tiberio miró enojado al adivino y soltó una carcajada forzada, llena de desprecio.
—Bien, acepto ese trato. Mi guardia te vigilará aquí, en esta terraza, donde podrás ver la llegada del sol. Pero cuando se haya
levantado y nada suceda, entonces elegirás el veneno, la espada o el acantilado.
—Así sea —respondió el adivino, impertérrito.
Tiberio se retiró a dormir, dejando, como había dicho, a Trasilo en compañía de dos de sus guardianes. No lograba reconciliar el sueño, y las horas se hacían largas. Temeroso de las pesadillas, sufría la espera, y a punto estuvo en varias ocasiones de mandar que degollasen allí mismo al inoportuno y arrogante Trasilo, pues sólo así podría dormir unas horas, cuando unas voces en la casa lo perturbaron. Aun con el subligar puesto, temiendo una astucia de Trasilo, empuñó la daga junto a la que dormía y se dirigió a la terraza. El murmullo de las voces crecía. El sol despuntaba, el cielo y el mar comenzaban a arder. Unos extranjeros hablaban con sus guardias.
Sin creer lo que oía, Tiberio apareció en la terraza, la daga empuñada y los ojos suspicaces de un loco.
—Tiberio Claudio Nerón —dijo Trasilo—: son mensajeros de Antioquia, enviados por Cayo.
En ese momento Tiberio lo entendió todo. Trasilo había jugado con él por última vez, y había vuelto a ganar. Sabía que vendrían a darle muerte al amanecer los centuriones de Cayo, y que así quedaría libre.
Uno de ellos se aproximó. Ni siquiera desenfundó la espada.
Tiberio estaba a punto de lanzar la estocada, cuando el centurión empezó a hablar.
—Cayo Julio César, tu hijo, ha muerto. Ocurrió siete días antes de las calendas de marzo. Augusto nos pidió que te fuese comunicado.
Tiberio no salía de su estupor.
Cuando los centuriones se habían marchado, Tiberio besó las manos de Trasilo, arrodillado ante él como si fuese un dios
liberador.
Y mientras el sol se levantaba, él sentía que volvía a nacer, y que le entregaban una nueva vida.
Desde aquel día Trasilo acompañó a Tiberio en cada uno de sus quehaceres, y lo recompensó con una gran suma de dinero.
Tiberio recibió otros comunicados en los siguientes días, según los cuales Augusto le permitía regresar a Roma, pero el más sorprendente de todos le anunciaba, por parte de Livia, que Augusto le concedería durante los siguientes cinco años la potestad tribunicia, que era uno de los mayores poderes del estado imperial.
Sólo Agripa había dispuesto de ella con anterioridad con sucesivas prolongaciones, mas Agripa había sido la mano derecha de Augusto durante el desarrollo de la guerra civil.
Livia le advertía que Augusto necesitaba la confianza de los ejércitos, y que en realidad no contaba con ningún miembro de la familia en el que pudiese confiar lo suficiente como para entregarle el mando de los ejércitos del Rhenus y la frontera septentrional. Por todo ello, y dado que Germánico era demasiado joven, Tiberio se convertía de la noche a la mañana en el nuevo elegido. Al menos hasta que Germánico pudiese dominar las legiones, Tiberio volvía a recuperar su antiguo prestigio y poder.
Lo quisiera Augusto o no, el candidato de Livia se convertía en el heredero del Imperio.
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