Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 24 de 122

Páginas del PDF

Liberator Germaniae

Capítulo IX

3 d.C. Artagira

De cualquier modo, Cayo logró que Tiberio fuera retenido en Rodas, lo que convertía en un formalismo la aceptación otorgada por Augusto, quizá pronunciada sólo para complacer a Livia. Cayo estaba seguro de que Augusto conspiraba a su favor y aguardaba los triunfos de Armenia para dar un giro radical a los acontecimientos. La muerte de su hermano, que en un comienzo pareció desequilibrarlo, se antojó la piedra de toque para centrar todas las fuerzas de su mente y trazar el verdadero plan que le conduciría al poder absoluto y a la venganza de su familia frente a la ambición de los Claudios, donde rara vez crecía un fruto bueno, como lo fue Drusus y como lo era su hijo Germánico, frente a la mayoría, que se podría a temprana edad.

Después de que Lucio Ælio Lamia y Marco Servilio fueran elegidos cónsules, el Senado aceptó otorgar a Augusto la cesión del Imperium durante diez años más, y con ello la política en Roma no presentó demasiadas novedades que pudieran entorpecer los pasos de Cayo, pues Marco Servilio había sido uno de los conspiradores más secretos de Iulo Antonino, quien fuera falsamente acusado por Livia y Sejano durante el escándalo de Julia.

Con todo, las expectativas de su guerra se presentaron favorables, lo que podía acelerar su regreso a Roma. Fraataces entregó la corona de Armenia, después de acceder a reunirse con

Cayo antes de poner en marcha sus ejércitos en el campo de batalla del gélido llano de las montañas, que era barrido por un viento huracanado que les secaba la piel y consumía las facciones. Los romanos retendrían a los cuatro hijos de Fraates, que podrían haber sido peligrosos para Fraataces, llevándoselos a Roma, y dejando que éste, al aceptar todas las condiciones de Augusto, pudiera administrar la región según las preferencias del Imperio, que ante todo temía los asaltos de los partos contra las provincias de Capadocia y Galatia.

Parecía que iba a haber una unión con el armenio Tigranes, cuando éste inició una disputa con sus vecinos. A ello le siguió la intervención del medo Ariobarzanes, después de que su hijo Arlavasdes fuera muerto por las fuerzas de Tigranes en desigual combate. A consecuencia de aquel imprevisto, los levantamientos se generalizaron en aquellas regiones, y Cayo decidió neutralizarlos cuanto antes, presentándose ante la ciudad de Artagira, donde muchos rebeldes medos se habían concentrado bajo el mando de un caudillo llamado Adduus.

El gran despliegue de las fuerzas de Cayo, que se había desplazado hasta allí con tres legiones, se enfrentó a las murallas de Artagira. Las otras legiones habían quedado como salvaguarda de la retirada, que en aquellos territorios estaba jalonada de intrincados desfiladeros, como bien había reconocido un Marco Antonio que fracasó frente a los partos. Cayo deseaba finalizar la tarea antes del advenimiento del invierno, cuyo rigor y gelidez en aquellas rocosas estribaciones al sur del Caucasus sólo podía traer serias dificultades e injustificados riesgos a la campaña.

—Casio Querea, dispón el asedio y no des oportunidad al fracaso. Quiero esa ciudad vencida antes de que caiga la noche —

ordenó el joven.

Sin mayor demora, Cayo emprendió un violento asalto en el que intervinieron todos los tormenta y las torres de asedio. Las puertas se abrieron, y la victoria apareció al alcance del

conquistador. Las cohortes entraron en Artagira, y antes de que muchos de los insurgentes lograsen huir hacia los desfiladeros, donde resultaba difícil cortarles el paso, Cayo logró frenar su avance y condenar a los insurrectos a un combate mortífero. Alduus pidió a Cayo un encuentro para negociar la retirada a cambio de grandes botines, y Cayo, recordando que muchos de los grandes hombres de armas de Roma fueron famosos por su valor en los encuentros cuerpo a cuerpo, como fue el caso de Drusus, quien en algunas de sus batallas trató de eliminar personalmente al caudillo enemigo, o el de Julio César en Munda, que compartió las espadas de sus centuriones, accedió a la petición del armenio.

Fue el peor error que cometió en toda su vida, y también el último.

En plena conversación y sintiéndose provocado por la arrogancia del heredero del Imperio, una extraña idea relampagueó en la mente del medo, que se lanzó contra Cayo.

Cayo Julio César vio cómo el anillo que había pesado en el dedo de Drusus, igualmente otorgado por Augusto, se enrojecía manchado por la sangre que brotaba de una de sus ingles, que fue seccionada por el artero tajo del medo. Ayudado por varios centuriones furiosos, Cayo se rehízo, entre el estupor y la ira. Por un momento creyó encontrar un paralelismo entre el golpe a traición y la muerte de su hermano Lucio, una fatídica conexión del destino, maldita e irrevocable.

La sangre no le importó y el dolor no parecía ser insoportable, y ante los ojos decepcionados del pérfido Alduus su gladio comenzó a asediarlo. No supo de dónde procedía tanta vitalidad, pero ordenó a sus cohortes que los dejasen combatir hasta el final, que daría muerte a aquella escoria humana, que le sacaría la garganta del cuello para que alimentasen a los buitres del Caucasus.

Logró lacerar en un brazo al armenio, que a partir de ese momento sólo trató de defenderse, esperando que la herida causada agotase al romano, al que sonreía, consciente de su obra. Cayo, el joven Cayo, poseído por la rabia que procede de la indignación, continuó

combatiendo, hasta que la ingle sajada empezó a darle muestras de peligrosa cojera. Sus más fieles hombres lo sostuvieron. Aún así, quiso Cayo pelear. Hubo rostros y labios comprimidos por el odio que despertaba la herida de aquel noble romano, y los aguerridos centuriones de la Victrix se lanzaron como lobos rodeando al mercenario medo. Uno de aquellos hombres era Casio Querea, y fue el responsable de que el medo no muriese despedazado por la ira de los implacables centuriones.

—¡Traedlo ante Cayo! —pedía Casio Querea.

El medo fue arrastrado. Era un ser inmundo. La peor clase de guerrero que podía conocerse. Un reaccionario sin ley, un mercenario sin escrúpulos, una indigna rata de los frentes, la que había herido a traición al favorito de Augusto, el amo del mundo, al heredero de un emperador.

A su alrededor las voces raucas lo ensordecían, los ojos se desorbitaban, las bocas le escupían. El medo rio como un loco, pero en verdad no reía, sentía un pánico desconocido ante la emisión de violencia que lo salpicaba mirase donde mirase. No lograba ver, sólo percibía rostros distorsionados por la cólera.

Casio Querea habló a Cayo, y su voz se elevó por encima del torbellino que los rodeaba.

—No me moriré tranquilo si pienso que este vulgar ladrón se marchó sin recibir la muerte de tus manos, Cayo. No me basta tortura alguna. Necesitamos recordar este momento hasta el día en que nos sobrevenga la muerte. Sólo así podremos soportar la indignación que padeceremos toda la vida, Cayo. ¡Hazlo por nosotros!

Cayo no lo pensó dos veces, apuntó con el gladio al cuello del medo, apoyó la punta, descompuso el rostro de tanta furia que lo animó en ese momento, y esta vez fue la sangre del traidor la que brotó, salpicándolos a todos desde las infames arterias. Los centuriones gritaron de satisfacción, como si allí se llegase a un necesario clímax. El medo torció el cuello, expulsó odio por sus

ojos, y Cayo y todos devoraron aquellos momentos, clavando sus ojos enajenados en la mirada demente del ajusticiado.

Lo soltaron, y sólo entonces algunos centuriones comenzaron a llorar, cuando vieron cómo la profusa sangre empapaba las piernas de Cayo, como si se las hubiesen cercenado de un golpe.

Casio Querea y sus centuriones lo llevaron a campo abierto.

Fue ordenado el completo exterminio de la ciudad de Artagira.

Grandes llamas estallaron en el valle rocoso, y una antorcha ardió al pie de las montañas nevadas.

OceanofPDF.com