Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 22 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo VII

1 d.C. Alejandría, Siria,

Partia

El verdadero cónsul en funciones del año, al margen de la elección honorífica mencionada el día de la mayoría de edad de Germánico, fue Cayo Julio César. Con ello obtenía al fin la posición de poder, facilitada por su abuelo, y a su vez las armas. El Senado aceptó su designación como legatus imperialis para la gran campaña del este que había planeado el emperador.

Mientras que Marco Vinicio se convertía en el nuevo pro—

pretor de Germania, después de la campaña desarrollada por Lucio Domitio y que no reportó novedades al mapa de esas provincias en construcción (aparte de un sistemático refuerzo de las líneas defensivas fortificadas) Cayo ya navegaba hacia Egipto. En Alejandría reunió las primeras dos legiones que le habían sido concedidas en un ejército que se vería agrandado a medida que avanzase hacia su objetivo.

Cayo se puso al frente y no esperó. Recorrió la línea costera hacia el este, abandonó la ciudad de los mil placeres que todavía era Alejandría y fue en busca de los nabateos, un pueblo que habitaba las primeras extensiones de Arabia y al que Augusto reservaba cierto rencor, después de que durante la guerra civil éstos

se pusieran de parte de Marco Antonio, y cuyo reciente levantamiento se había saldado con numerosos enfrentamientos menores. La respuesta del nuevo cónsul fue firme y decidida.

Cumpliendo los deseos de Augusto, no otorgó piedad alguna a los enemigos que, viéndose en seria desventaja, se dispersaron después de varios asedios en las ciudades de Ælia, Madiana y Petra, y un enfrentamiento en el desierto que les costó numerosas bajas a pesar de que las elevadas temperaturas jugaron a su favor. Desde allí recorrió la provincia de Judea, que le pareció una tierra en la que los adivinos y los profetas enajenados crecían entre las piedras como la hierba en las praderas de la Galia; en Judea, pensaban los romanos, reinaba gran confusión, egocentrismo y fanatismo religiosos. Atravesó Siria, haciendo una pausa en Damascus, donde reunió grandes contingentes de tropas auxiliares que debían tomar parte en la gran campaña de Armenia.

Desde la costa envió un mensaje a Tiberio. La carta lo amenazaba veladamente, y dejaba patente su actual poder, ordenándole que no iniciase trámite alguno para regresar a Roma, donde no sería bien recibido. Del mismo modo, le advertía que tanto él como sus hermanos estaban convencidos de la conveniencia que para sus intereses había revestido detención de su madre, y que, de alguna manera, sabían que él estaba implicado en todo el escándalo. Lo inculpaban de la catástrofe familiar, haciendo alusiones a sus hábitos orientales, tan poco aptos para el buen matrimonio romano.

Las amenazas de Cayo lograron intimidar a Tiberio, que desde aquel día temió el desembarco de los centuriones de Cayo, quienes, como en otros tiempos hicieron a las órdenes de Octavio, lo eliminarían con la misma sangre fría con la que decapitaron a Cesarión, hijo de Julio César y de Cleopatra.

Poco tiempo después, los grandes contingentes se movilizaron en busca de las montañas de Armenia y de los beligerantes partos, no sin antes reunir las fuerzas llegadas por mar desde Chipre y las que aguardaban acantonadas en Galatia y en Capadocia.

El año finalizaba y sus fuerzas imperiales se introducían como la garra del águila en el corazón de las montañas del este.

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