Liberator Germaniae
Capítulo II
7 d.C. Noricum
Las dos legiones abandonaron el mando de Cayo Sentio Saturnio en Moguntiacum, donde permanecería este general para vigilar cualquier movimiento sospechoso por parte de las fuerzas de Marbod y poder ocasionar un ataque por alcance si se desplazaban hacia Noricum y Panonia, traicionando la espalda de Tiberio.
Armin vio gigantescas montañas en el sur. Eran las fuentes del Rhenus. Una inmensidad rocosa se alzó ante sus ojos. Le habría gustado ser libre para cabalgar hacia aquellas cúspides y perderse en sus valles nublados. El paso cadencioso de las legiones recorría la ruta que llevaba a las grandes unidades por el norte de Rætia y de Noricum y la frontera de Germania oriental.
La calzada los condujo desde Novomagus, a orillas del Rhenus, hasta Murra. Desde allí, las legiones avanzaron por terreno salvaje, pero conocido, en las laderas de los helvecios, por las que fluían numerosos ríos de difícil paso, hasta que alcanzaron las orillas del Danuvius, en los campamentos de Regina. La calzada seguía en línea recta hacia el este por la orilla sur, pasando por Castra Batava, Lentia y Lauriacum, una importante ciudad, aunque ninguna de ellas poseía el encanto de Colonia. La siguiente etapa los llevó por Trisagum y Vindobona hasta los grandes campamentos de Carnuntum. Toda aquella frontera estaba fuertemente vigilada. Muchos de los ríos que venían al encuentro
del Danuvius procedían de una espesura llamada Luna Silva. Las nubes parecían demorarse eternamente en el reino de los marcómanos, incitadas por las grandes cordilleras del sur y por el círculo de piedra que creaban los montes Sudeti, Gabreta y Asciburgius.
Una vez en Carnuntum, las legiones permanecieron poco tiempo acampadas. Tiberio ya había entrado en Panonia. Armin escuchaba noticias de los encarnizados combates. Las dos legiones recientemente llegadas descenderían por las faldas hacia el sureste y hacia Panonia Superior, disuadiendo a los tauriscos de Noricum, dando seguridad a Vinurum y Noreia, que vigilaban la calzada que atravesaba las grandes montañas, y actuando como refuerzo del avance de Tiberio por la fértil cuna de Panonia Inferior, por donde descendía recorriendo el cauce del Danuvius. De esta manera, en cualquier momento podrían atacar las posiciones que pusiesen en peligro el avance del legatus imperialis o arremeter contra un eventual levantamiento de los tauriscos.
El contingente de las dos legiones se repartió para barrer el entorno del lago Flexum. Desde Carnuntum, la Legión Galica tomó la calzada del suroeste hasta Arabona, desde donde descendieron por Mursela hasta Savaria, la capital de Panonia. La Germanica, a la que pertenecía Armin, fue la que avanzó directamente hacia el sur en busca de Savaria. El objetivo de Tiberio era asestar un segundo golpe contra la capital de Panonia Superior.
Los enfrentamientos fueron aislados. Las inmediaciones de la calzada, en torno a la cual se habían levantado aldeas, eran una miserable sucesión de restos y despojos. Los legionarios iniciaron su avance destructor. Los jinetes de reconocimiento, llamados eques speculator, avanzaban desplegados a ambos flancos, mientras el grueso de las cohortes desempeñaba sus tareas. Tiberio había ordenado que no dejasen nada en pie a su paso.
Las columnas de humo ardían tras ellos. Incendiaban campos, pues no había nada que saquear, dado que los habitantes se habían
refugiado en las faldas de las montañas, como animales salvajes, hasta que todo pasase. Armin asistía al espectáculo sobrecogedor, a la espera de las verdaderas batallas. El acto destructor parecía un placer impagable para muchos de aquellos soldados. A pesar de ser disciplinados, los legionarios disfrutaban con las órdenes. La legión se convertía en una marea aniquiladora.
No encontraron resistencia alguna hasta que llegaron a Savaria. La Legión Galica se reunió a escasas millas de la ciudad.
El arrastre de las máquinas de asedio por las calzadas había resultado sencillo, empujadas y protegidas en el seno de las cohortes. Parecía evidente que un gran contingente rebelde había vuelto a reunirse tras el ataque de Tiberio. La guerra de Panonia era un trabajo arduo, dado que la provincia entera parecía haberse levantado en armas; cuando un fuego parecía haber sido sofocado, ardía otro a unas pocas millas.
En Savaria se había concentrado una gran fuerza. Una vieja muralla raída por el tiempo encerraba la ciudad con un anillo protector. Las hiladas de mampostería hablaban de un tipo de construcciones que Armin no había visto nunca. Desde que comenzara su viaje en Moguntiacum, había presenciado una transformación notable del paisaje, pero ciertamente la metamorfosis de las personas y su forma de emprender la ejecución de las grandes obras era lo más destacado. Los hombres de Germania vivían en el interior de la naturaleza, apenas hacían uso de la piedra para los muros básicos de sus mansiones y palacetes más ostentosos, pero la madera, las pieles, la paja, eran los protagonistas de su arquitectura. Y ello sin contar las poblaciones lacustres de los germanos, donde sólo se empleaban los materiales ligeros.
Las construcciones de los romanos eran mucho más sólidas, pero después de abandonar la frontera del Danuvius y de ver aquellos montes de tierra oscura al otro lado, protegiendo a Marbod y su reino, Armin tuvo la sensación de que entraba en otro mundo.
La piedra era térrea y cobraba mucho protagonismo. En Panonia había construcciones robustas, ajenas a la naturaleza, con techos de
piedra y arcos de rara factura. Cuanto se había figurado que era exótico y distante, cobraba forma a su alrededor entre los despojos de una provincia desolada. La muralla de Savaria tenía más de un siglo de antigüedad, y había sido reconstruida en numerosas ocasiones. Disponía de altos contrafuertes sobre los que se tendían voladizos protegidos por escuadras de madera, desde las cuales los arqueros eran capaces de abatir cualquier intruso.
Las puertas de la ciudad se cerraron antes de que llegasen, y aquella misma noche escucharon toda clase de gritos e insultos que procedían de su interior. El asalto habría sido un suicidio, y Armin escuchó el relato de Numancia, que Veleius Paterculus le refirió con gusto. Numancia, una plaza fuerte de los pueblos nativos de Hispania, resistió a numerosos asaltos tras la muerte de Viriato, hasta que decidieron cercarla. A Armin la historia no le resultó tan novedosa. Todavía recordaba vivamente el relato que le refiriera Cerunno sobre el sitio de Alesia, el alto castro en el que los héroes de Gergovia, con Vergingetórix al mando, tuvo que capitular ante Julio César, para convertirse después en una víctima del insaciable orgullo del general romano. Sin embargo, y a pesar de los relatos de Paterculus, Armin se dio cuenta de que no iba a presenciar nada tan deshonroso, porque Tiberio deseaba obtener una victoria rápida, y nadie dudaba de la capacidad de las máquinas de asedio.
Éstas llegaron al fin, chirriando, arrastrándose por las calzadas. Eran torres de asalto cargadas con toda clase de parapetos reforzados con parches de cuero endurecido y placas de hierro.
Algunas tenían cuatro pisos y eran tan altas como la misma muralla que se proponían superar. Otras gruñían, desplazándose sobre ejes de ruedas dentadas, especialmente recortadas para poder avanzar con seguridad por pendientes y terrenos embarrados.
Armin se vio tirando de ellas, junto a Vitórix y otros muchos miembros del ala de caballería. Cuando cientos de legionarios lograron emplazarlas, ya habían pasado dos días, y los generales no querían perder el tiempo.
Para abrir brechas en los cinturones defensivos enemigos los romanos dispusieron varios arietes, en sus distintas modalidades y formas. Consistían en unas vigas de madera, largas y duras, cuyos extremos estaban revestidos con un mitón metálico, de hierro o bronce, con forma de cabeza de carnero. Los arietes iban a ser empujados hasta la base de las puertas de varios modos, algunos de ellos cargados al hombro por los milites, que luego procederían a golpear las puertas. Cuando el ariete era suspendido a un armazón de madera recibía el nombre de aries pensilis; se ataba la parte posterior de la viga con sogas, se tiraba de él, y se soltaba produciéndose el golpe contra el objetivo. Si era provisto de ruedas o troncos para facilitar el desplazamiento del mismo se le denominaba aries subrolatus. Pero el sistema más complejo y seguro para los soldados que estaban al servicio del asedio era, a los ojos de Armin, el testudo arietata, donde los milites operaban protegidos por una cubierta móvil revestida con materiales ignífugos; en esta clase de artilugio, la percusión de la cabeza metálica era provocada con dos fajas de sogas que tiraban del ariete adelante y atrás. De cualquier modo, Armin estaba seguro de que aquellas unidades recibirían muchas bajas. Veía entre los soldados que participaban en tales maniobras a los más miserables en todo sentido; no sólo eran personas implacables que disfrutaban matando: eran miserables porque no les importaba morir como esclavos de Roma. Imaginó lo que significaba para un niño, una mujer o un hombre ajeno al ejército cruzarse en mala hora en el camino de uno de aquellos legionarios. Y sus centuriones eran como ellos, multiplicados por cien.
Pero para el asalto de las murallas enemigas la clave eran las torres móviles. Construidas de madera, con una altura superior a la de las murallas a las que se querían acceder, Paterculus le explicó que estaban revestidas de material refractario y placas de metal. Las escaleras accedían de un piso a otro por su interior, y disponían de numerosas troneras por las que hostigarían al enemigo. Montadas sobre ruedas pesadas, las torres eran empujadas por soldados con el auxilio de animales de cuyos arreos partían largas cuerdas con
poleas y manivelas. Una de las torres, de grandes dimensiones, disponía de un ariete en la base, y Armin estuvo seguro, por su posición, que esa sería la encargada de arremeter contra las puertas de la ciudad.
Por último contaban también con cientos de escalas de madera, cuerda o cuero, y con una estructura de gran altura llamada scala speculatoria, que era una especie de carretilla con un entablado enclavado en la cumbre, sobre la que un soldado era puesto con funciones de observación para asesorar desde aquella posición acerca de los movimientos del enemigo detrás de la muralla.
Además, y para acercarse a las líneas de alcance de los arqueros apostados en las murallas con el menor peligro posible, se habían desplazado hasta allí una serie de mamparas de madera, recubiertas de pieles, llamadas vinea si eran fijas, y porticus, si eran móviles.
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