Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 73 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XV

8 d.C. Panonia

En Roma, Marco Furio Camilo y Sexto Nonio Quinctiliano eran reemplazados por los cónsules suffectus Lucio Apronio y Aulo Vibio Habito, quienes admitieron las censuras establecidas por Augusto en materia de historia. Roma no podía concederse el lujo de dejar que las opiniones de los historiadores diesen otro punto de vista, diferente al que realmente interesaba a los resortes del poder.

La primera obra condenada a su desaparición fue la del orador Tito Labieno; a ésta le siguieron también todas las de Casio Severo, que fueron destruidas públicamente para mayor escarmiento de quienes creían que podían opinar por encima o al margen de los dictámenes del poder absoluto.

Augusto se desplazó hasta Ariminum, cerca de la frontera occidental de Panonia, para estar más cerca del escenario de la guerra. Desde allí comenzó a dirigir los pasos de las tres fuerzas capitaneadas por Tiberio, Cæcina y los príncipes tracios. A Tiberio no le agradó en absoluto ese afán de protagonismo. Quizá Augusto sabía que en Roma la reputación de su hijastro crecía y cobraba un vigor superior al que hasta ahora había disfrutado en el mejor de sus momentos. Presentándose en el escenario reclamaba la autoría de los hechos y volvería como un dios victorioso ante Roma.

Durante el año 8 d.C. los tres grandes ejércitos habían cercado los puntos más conflictivos bajo el dominio de los insurrectos. Todo

había seguido su curso hasta que los panonios lograron concentrar todas sus fuerzas en torno a Segestica. Cuando al fin Tiberio había logrado someter la ciudad, los panonios incendiaron los edificios y huyeron a los montes. Después llegaron las peores revueltas lideradas por un arabonio llamado Bato, y todos se temían un desastre para Roma en el caso de que los pueblos panonios lanzasen una ofensiva masiva, cuando las divergencias estallaron entre los diversos jefes. Los panonios se habían caracterizado, como los germanos, por su tendencia a no ponerse de acuerdo unos con otros. Esa era una de las razones por las que Augusto los había subestimado, y por la que no se tuvo en cuenta el peligro que suponían para el futuro cuando lograron aplacar la primera insurrección, quince años atrás.

Pero aún así, las malas condiciones y la ira acumulada habían logrado que la llama del odio se propagase mientras las victorias se acumulaban. Sin embargo, cuando Roma puso en marcha su plan de contención y los tres ejércitos empezaron a controlar a los rebeldes, hubo muchas más desavenencias entre sus jefes. Augusto y Tiberio aprovecharon esto en su beneficio, y lograron con ello fragmentar la fuerza enemiga. Los sitios dieron lugar al hambre despiadada y a las enfermedades. Los romanos dejaron que su enemigo fuese debilitándose y las últimas batallas permitieron al Senado dar por sentado que la guerra había acabado con una victoria para Roma. A cambio, Panonia entera había sido devastada, y cuando Tiberio ya se había puesto en marcha hacia Roma, Cæcina continuaba infligiendo un implacable castigo a la población.

Fue la segunda y última rebelión de Panonia.

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