Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 7 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo V

5 a.C. Ancio

Aquella misma tarde llegó un mensajero de Roma. Traía una carta. Antonia abandonó los jardines y escuchó las voces de sus hijos y sobrinos. Atravesó el peristilo y llegó hasta la entrada. Uno de sus esclavos le alcanzó el rollo y despidió al mensajero. El sello era de Livia.

Antonia se dirigió hacia una de las salas del piso inferior. El impluvium ya goteaba y el jardín empezaba a ser azotado por la lluvia. Los esclavos comenzaban a prender las luces de las palmatorias.

Cerró la puerta y comenzó a leer la carta de Livia.

Nuestra muy apreciada Antonia:

He recibido noticias gratas acerca de vuestra visita a Cumai. El oráculo de las sibilas que recibieron a los antepasados más nobles debía iluminar el camino de los hijos de mi hijo, y quise saber lo que los poderosos dioses vertían por la boca de las mensajeras que ven lo que no se ve y oyen lo que no se oye. No os asustéis, estoy segura de

que las verdaderas palabras no pueden escurrirse entre los labios de las sibilas sin cierta temeridad, pero ello no deja de apoyar nuestra necesidad de verdades, Antonia.

Hablaremos de ello a tu regreso. Los augures han estado conversando en el Colegio.

Pero otro es el motivo de mi prematura respuesta, que no puede aguardar siquiera a tu llegada a Roma. Te encontrarás esta noticia antes de ver la Muralla Serviana, y podrás reflexionar sobre aquellos terribles sucesos. Hablo de la muerte de mi hijo y de la muerte de tu marido. Séque un médico se encargóde vosotros, y que túestuviste tan mal que no fuiste capaz de resistir el intenso dolor de tu alma.

Es por ello que, quizá, ese médico te administrase algún eléboro, que tanto bien hace a la mente dolida pero que afecta a la memoria, pues hay algo que busco y de lo que recientemente he tenido noticia. Se trata de un último deseo de Drusus, una última reflexión relacionada con Augusto. Debo encontrar el cofre en el que se contiene esta última voluntad. ¿Quién más estuvo allí, aparte de ti?

¿Acaso ese cirujano del estado mayor de Drusus en Germania, Jenofonte? Habla con él. No vuelvas sin una respuesta.

LIVIA

Antonia volvió a leer y se quedó pensativa. No entendía muchas de las insinuaciones que contenía aquella carta. Había observado el extraño comportamiento de Livia en los últimos meses. No había comprendido del todo su premura por enviarlos a visitar el oráculo de Cumas, ni el secreto de la marcha, y ahora enviaba aquella carta, cuando estaban a veinte millas de Roma.

Hizo llamar a Jenofonte, que había sido uno de los hombres de confianza de Drusus y quien había supervisado el destino de sus pertenencias hasta el último momento, cuando ella, agotada por el suceso, ya no tuvo la presencia de ánimo para llevar adelante esas tareas.

Jenofonte abandonó las ruidosas charlas de los jóvenes y no tardó en llegar.

Ahora Antonia se daba cuenta de que Livia desaprobaba su presencia. Pero no podía entender qué tenía en contra de Jenofonte.

Y si bien lo pensaba, Livia siempre lo apartó lo más que pudo del círculo imperial. Cuando Augusto había considerado que la fidelidad hacia Drusus merecía mayores recompensas, fue ella quien disuadió al emperador, dejando claro que un græculus no podía ser agasajado tan altamente, incluso tratándose del mejor cirujano del ejército de Germania. Además, subrayó su incapacidad para salvar a Drusus de la muerte, a lo que Augusto protestó enérgicamente, describiendo el mal de Drusus como incurable. Sólo un dios podría haberlo salvado de semejante trance, resucitándolo, y al menos esa clase de divinidad había sido ajena a la familia imperial hasta entonces, y ese remedio estaba fuera del alcance de todos los médicos del mundo.

El griego había sido apartado discretamente del entorno de la familia, hasta que Antonia recobró fuerzas y decidió que podía ser la mejor ayuda para instruir a sus hijos acerca de la figura de su padre. Nadie mejor que él podría contarles cómo Drusus guió sus campañas y, junto a Atenodoro, se ocupó, aunque en menor medida, de la educación personal, contando con la aprobación de Augusto.

Jenofonte no tardó en llegar y apareció ante Antonia, mientras que todas aquellas consideraciones pasaban por la cabeza de ella como una confusa exhalación del pasado.

—¿En qué puedo ayudar a Antonia? —preguntó el viejo cirujano abiertamente.

—Una carta de Roma me pregunta por las pertenencias de mi marido —dijo Antonia.

—¿Las pertenencias de Drusus...? Hace tiempo que fueron entregadas a la viuda de Drusus —dijo el anciano, adquiriendo un semblante serio y dubitativo. —Hace mucho tiempo que todo eso fue resuelto. Yo no era el administrador de Drusus, sólo su cirujano y su amigo, un fiel servidor y admirador...

—Me preguntan por sus pertenencias personales, por un documento que Drusus escribió en la última de sus horas —los ojos de Antonia parecían decididos y a la vez sombríos. No le gustaba la idea de descubrir, tras todos esos años de confianza en aquel fiel instructor, que le hubiese ocultado algo de importancia. Antonia no era la mujer que adoraba las intrigas de Roma. Vivía más tiempo por ello fuera de la gran ciudad que dentro de ella. —¿Tienes algo que decirme, Jenofonte? Pues siempre te he considerado mi amigo y te he confiado lo que más aprecio en este mundo, la educación de mis hijos...

—Extraños son los caminos de Roma —dijo el anciano relajando su rostro. Antonia lo invitó a sentarse. Así lo hizo el anciano, y ella hizo lo mismo en uno de los taburetes forrados con piel de cabra, discretamente, como eran sus modales, fiel reflejo de la virtud de Octavia, su madre, aunque sin apartar la mirada de su interlocutor.

—Jenofonte, hay algo que yo desconozco.

El græculus suspiró profundamente.

—Me había propuesto ser fiel a la palabra de Drusus, pero por lo que veo para ser fiel a la palabra empeñada en una persona hay que ser infiel a la que empeña en otra, y así el hombre franco no existe, sino muchas formas de él.

—No es momento para oratoria, buen amigo, sino para que me aclares lo que sucede —añadió Antonia, impaciente, poco dispuesta a dejarse llevar por los retruécanos oratorios de un hábil conversador como Jenofonte.

El anciano no pareció escucharla.

—Lo mismo sucede con los remedios de la naturaleza: lo que a unos les beneficia, a otros los mortifica. Por eso quiero que sepas, Antonia, que cuanto hice no fue una falta contra tu franqueza, que no había sido todavía fundada. Yo era entonces el amigo del cónsul Drusus Claudio Nerón, él fue quien me hizo el alto honor, el amigo junto al cual atravesé tantos gélidos inviernos en el norte. Drusus era bueno con sus soldados, aunque implacable con los enemigos de Roma. Jamás permitió que fuesen flagelados, salvo cobardía en combate, y cuando sus tropas pasaban a estar bajo el mando de Tiberio, siempre se daban tumultos, porque eran bien diferentes.

Por eso hice lo que hice.

—¿Y qué es lo que hiciste?

—Drusus despertó en el lecho de muerte.

Los ojos de Antonia se iluminaron, y Jenofonte guardó silencio. La lluvia arreció y se escuchó su rumor tras las ventanas, mientras la luz exterior decrecía.

—Sufriste un colapso nervioso junto al lecho de muerte de Drusus. Tu arrebato fue terrible y temí por tu vida. Livila y Claudio no estaban allí, pero el pequeño Germánico estaba en la sala, tú lo habías traído. Germánico parecía asustado. Tú te desmoronaste y te abrazaste desesperadamente a las piernas de Drusus. Éste pareció desvanecerse. Temí que aquel último momento te hiciese más daño, y fue entonces cuando Tiberio me pidió que abandonases la sala y que te tratase con medios tranquilizadores. A partir de aquel día sufriste durante mucho tiempo, y no volviste a ser la misma hasta más de un año después. Fue gracias a Tiberio que pude permanecer a tu lado. Livia insistió en que debía permanecer en mi sitio, junto al alto mando de las legiones de Germania, pero Tiberio, antes de marcharse a Rodas, consiguió dejarme cuidando de vosotros secretamente, junto a Atenodoro. Dijo que no habría partido hacia Rodas de no haber quedado los hijos y la esposa de Germánico en manos de Jenofonte. Algo perturbaba a Tiberio.

—Tiberio fue obligado por Augusto a divorciarse de Vipsania tras la muerte de Agripa —afirmó Antonia. —Pero no entiendo lo que significa todo eso...

—Cierto. Nunca le gustó esa idea. Livia lo persuadió de que el poder imperial estaba por encima de los deseos de las personas y que debían seguir el mandato porque era un mandato divino... Lo cierto es que se hicieron demasiado públicos algunos escándalos de Julia, que Augusto nunca creyó, y éste decidió que no debía quedar sola tras la muerte de Agripa, y él y Livia decidieron que Tiberio se separase de Vipsania, a quien Tiberio quería, para casarse con Julia.

Pero en aquellos momentos no era eso lo que aturdía a Tiberio.

Había algo que había rebosado en algún lugar en el interior de la familia, y él lo había advertido.

—¿Qué era? ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Antonia, confundida.

—Drusus despertó a altas horas de la madrugada, cuando parecía que ya estaba casi muerto. No sé, lo juro por los dioses, qué pudo ser lo que lo despertó de aquella manera, pero algo en su interior se agitó y pugnó por emerger.

Antonia se puso nerviosa. Le había costado años superarla muerte de su amado esposo. Y aquello despertó en ella un sentimiento de desesperación que hacía tiempo había olvidado, el mismo que le asaltaba cuando pensaba que el tiempo se agotaba para su marido, y sólo deseaba estar junto a él mientras estuviese consciente. Ahora se enteraba de que había revivido y ella no había estado allí. Jenofonte continuó hablando, y el sentimiento que se precipitaba contra el anciano fue diluyéndose en la tristeza y después en el hostil y frío misterio de todo aquel suceso.

—Tenía algo que decir, y no quería morir sin dejarlo claro. Así que le proporcioné rápidamente una tablilla y comenzó a redactar tortuosamente en la cera. Escribió una carta, cuya longitud me sorprendió. Lo vi recurrir a todas sus fuerzas. No pudo acabar todas las frases que tenía en su cabeza, porque también fui su secretario, y conozco su forma de proceder... pero era evidente que no quería

que supiese lo que escribía y también era evidente, Antonia, que confiaba en mí como ahora has de confiar tú en mí. Sólo cumplí su voluntad. Gimió el nombre de Tiberio. Lo mandé buscar. Tiberio llegó y los esclavos que le acompañaron se quedaron afuera. Le entregué la tablilla. Tiberio trató de hablar con su hermano, pero Drusus al fin estaba muerto. Entonces Tiberio leyó el mensaje una vez, y otra y otra... Parecía perturbado y desesperado. Yo le informé de la muerte de su hermano. Tiberio estaba aturdido, como si Drusus lo hubiese cargado en su último momento con un enorme peso con el que él debía andar y cuya mole le arrugaba los hombros. Me fulminó de pronto con la mirada, como si volviese en sí y se diese cuenta de que esa tablilla había estado en mis manos.

Tiberio tomó la espada de Drusus y se aproximó a mí. Yo apreté la mano de mi señor Drusus y cerré los ojos, dispuesto a abandonar este mundo. Cuando los abrí, tras largos instantes de espera, vi que Tiberio ya no estaba allí. Por alguna razón, y me conocía bien, se dio cuenta de que yo no había leído el mensaje. Después volvió, antes de que se divulgara la noticia de la muerte de Drusus, trascribió personalmente el mensaje a un pergamino que guardó en un cofre. Y me dijo que jamás te contase nada de lo que había sucedido aquella noche. Y así lo hice.

Antonia se secó las lágrimas de los ojos y trató de ordenar sus pensamientos.

—¿Resultará absurdo que me pregunte qué es lo que escribió mi marido en esa última hora? —se preguntó en voz alta. —¡Cómo fuiste tan estúpido de no leerlo!

—No debía leerlo y no lo hice. La curiosidad habría llevado a muchos a pasar sus ojos por aquellas palabras. Pero no a mí, y Tiberio se dio cuenta. Yo era lo bastante viejo como para saber que aquello que Drusus anotaba era algo que nadie quisiera saber, pues le causaba una gran congoja. Soy un estoico, Antonia. No saber es a veces la mejor solución para no sufrir.

—¿Qué temía mi marido, que había peleado contra todas las tribus del norte, que siempre estuvo en lo más espeso del combate

desafiando la muerte y riéndose de ella, persiguiendo al caudillo enemigo para acabar con él con sus propias manos...? ¿Qué extraño destino se enredó en sus pasos de gloria para hacerlos trastabillar de esa manera? Siempre que me lo pregunto no dejo de sentir una angustia, y después veo a mis hijos y todo se me pasa, aunque no se me olvida. El capricho del destino o de los dioses... Pero ahora me entero de esto.

—Antonia, el peligro radica en que no te hayas enterado a través de Jenofonte, sino a través de Livia. No sé nada de todo ese asunto. Pero Tiberio no debería haber hablado, y de haberlo hecho, debería haberlo hecho antes con la viuda de Drusus.

—Te equivocas con toda tu sabiduría. Tiberio no ha hablado.

Livia me pregunta por la última carta de Drusus, y lo hace porque iba dirigida a Augusto.

Los ojos de Jenofonte se clavaron en el suelo y lo atravesaron.

—Lo que me cuentas está más allá del conocimiento de Jenofonte. Pero, ¿cómo puede saber ella de esa carta si allí sólo estuvimos Tiberio y yo?

—No lo sé, pero si tú no has hablado...

—¡No lo he hecho! Este recuerdo habitaba en una tumba hasta esta noche.

—Y Tiberio tampoco, porque en tal caso se habría visto obligado a revelar la carta.

Durante los siguientes días, Antonia se mostró inquieta y se recluyó en sus recuerdos. El mal tiempo pasó por Ancio como la borrasca que se cernía sobre su mente, y como no llegaron más misivas de Livia, decidió que no había otro camino sino hablar con Tiberio. De alguna manera sabía que aquello ponía en peligro a Jenofonte. Si Tiberio no había dicho nada, sólo podía imaginar que era el propio Jenofonte el que movía los hilos de aquella mascarada, y se sentiría traicionada. A partir de ese momento, era una cuestión de suerte que Tiberio dejase de creer que Jenofonte no

había leído realmente aquella carta de Drusus, y podría creer que el antiguo cirujano de Drusus conspiraba en su contra, aguardando la hora de hacer público el inconfesable secreto. Pero Antonia continuaba tratando de imaginar qué era lo que su marido podía haber escrito en aquella carta, cuyas consecuencias podrían ser tan fatales. El crimen que se ocultaba detrás de aquel silencio, ¿a quién inculpaba? Sólo podía imaginar que los más interesados podrían estar implicados en él, o ser víctimas del mismo. Desconcertada, decidió ponerse en marcha hacia Roma. Trataría de evitar las preguntas de Livia, y las esquivaría sin mostrar la menor curiosidad mientras ello fuera posible.

No dejó de pensar en Tiberio. Se había convertido en un hombre taciturno. Jamás soportó la separación de Vipsania Agripa, no tanto por la pureza de sus sentimientos, sino porque era una mujer de su propia elección. Se sabía que Tiberio prefería las mujeres jóvenes, muy jóvenes si ello era posible, y Vipsania además de ser mucho más joven que él tenía un aspecto aniñado que no le había abandonado en la edad adulta. Tiberio rechazó la petición de Augusto, y únicamente tras las presiones de Livia accedió a separarse de Vipsania, con quien era feliz a su manera, para contraer matrimonio de conveniencia con la única hija de Augusto. Pero la relación entre ambos no pareció ser demasiado buena, cuando al fin Tiberio empezó a mostrar su desagrado hacia las decisiones de Livia y de Augusto con sus prolongadas estancias en la isla de Rodas. Augusto no aprobada esa actitud por parte de su hijastro; las islas del Dodecaneso oriental griego tenían fama de libertinas y asiáticas, y ello dañaba la moral pública de la familia imperial. Tiberio se enfurecía en silencio ante aquellos reproches, cuando Roma era la ciudad más libertina del mundo desde que se había convertido en la capital de un Imperio derrochador, y consideraba absurdo el desdén romano hacia las islas de Lesbos, con su exacerbado culto a la Afrodita original, el culto de la divinidad femenina redimida. Tiberio se refugió en la crisis y dijo querer dedicarse al estudio de los mejores maestros de retórica, que vivían en Rodas.

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