Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 111 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XVII

9 d.C. Gundabrup

Armin miró hacia arriba, cansado de la cabalgata, y dejó caer el peso de su cabeza sobre la fibrosa columna del cuello. La lluvia caía levemente, y las nubes de tormenta parecían atorbellinarse hoscamente en torno al elevado aquilón del tejado. El muro de piedra descendía verticalmente hasta las grandes puertas de roble que accedían al interior de la formidable fortaleza. Había oído muchos relatos acerca del lugar, pero cuando salieron de los bosques que rodeaban la poblada colina, y vieron los campos vallados, los cientos de casonas, y arriba, en lo alto, el palacete de Gundabrup, la legendaria fortaleza de los reyes sajones, el Thing, el símbolo de la unión sajona resplandeció ante el querusco como una nueva esperanza, iluminada por la luz evanescente del atardecer.

Trató de imaginar la inmensa armadura de cabríos, tirantes y jabalcones que sostenían reciamente, ensartados por clavos largos como antebrazos, las parhileras de las que descendían las pesadas vigas del tejado. Gundabrup, el gran palacete del kuninc, dejaba que las dos aguas de su tejado bajasen desde lo alto hasta clavarse en el suelo de la colina, y la hierba trepaba por los costados, y el viento la hacía galopar por sus lomos, como si fuesen dos prolongaciones del terreno. Los sajones atribuían a esa artimaña el hecho de que Tor no se atreviese a herir jamás la fortaleza con sus rayos, pues al estar tapizada de hierba era incapaz de distinguirla

desde el cielo. Un espeso manto de pieles superpuestas por debajo del mantillo del que crecía la hierba impedía que el agua penetrase en el interior de la sala.

Docenas de jefes germanos habían viajado en secreto con Armin hacia el Thing de los sajones para celebrar la última reunión, el pacto de sangre, y la petición de guerra a la alianza ancestral de los sajones. Los hijos de Guntram, quien todavía era Rey del Norte, los aguardaban esa noche en una multitudinaria reunión en la que participarían la mayor parte de los miembros de la asamblea de Sajonia. Le había costado gran esfuerzo convencer a tantos jefes de que debían reunirse al fin en Gundabrup de manera definitiva, de que debía celebrarse un cónclave secreto al norte de Germania.

Todavía había partidas de viajeros que estaban por llegar, y otros habían aguardado durante algunos días acampados a las puertas de la ciudadela, hasta que Guntram decidiese que podían entrar, lo que no sucedería, por razones mágicas establecidas por sus santones, hasta la tarde de la gran reunión.

Armin traspasó el umbral. La inmensa sala estaba cruzada de parte a parte por largas crucerías de madera que se apoyaban en macizos pilares de roble, como si un bosque entero, puesto al servicio de los geómetras nórdicos, hubiera levantado una robusta bóveda piramidal. De los astiles colgaban grandes antorchas de sebo, y un enorme hogar ardía en el centro de la sala, alrededor del cual parecía haber lugar para muchos otros fuegos en una suerte de conchas metálicas, donde los sajones arrojaban cenizas ardientes sobre las que asar su carne en los banquetes.

La noche había caído y los hijos de Guntram ordenaron que el fuego ardiese con fuerza. Los troncos aserrados rodaron incinerándose y las lenguas llameantes treparon, escupiendo chispas que huían hacia la abertura del techo. Cuando las tinieblas cayeron, a Armin le pareció que se sentaba en el fondo de una ahumada caverna de la que huían centenares de noctivagas alimañas, como murciélagos e insectos veraniegos. El círculo de

fuego encerraba a los jefes de la confederación germana, y se discutiría el futuro de la Alianza de los Ases.

Las voces de los convocados murmuraban y aguardaban solemnemente la hora, mientras que tres santones arrojaban ramas secas de muérdago y ramas florecidas de abedul a las llamas, pronunciando largas ristras de ancestrales fórmulas mágicas que en sus labios, como brotando de la oscuridad prehistórica, volvían a resonar con todo su poder, convirtiendo las mudas runas de los sabios en vividos sonidos.

Guntram entró rodeado por sus hijos, Gerowech, Gundewech, Geiserich y Gunther. Armin lo recordaba vagamente, pero no le cupo la menor duda: Guntram continuaba siendo más alto que sus hijos, caminaba como un robusto árbol, los ojos llenos de fatalidad e indiferencia, las hebras de oro de su barba trenzadas hasta la altura del corazón, los largos cabellos sobre los hombros. Presidió la reunión, ocupó el trono, y pidió que todos se sentasen de nuevo en los bancos que rodeaban el fuego. Detrás vinieron los herzogs de los clanes sajones: de los herulios, de los anglos, de los eudosios, ocuparon la ancestral sede los jefes carudosios, vidusios y reudigios. Llevaban yelmos cónicos de metal con incrustaciones de ámbar y prolongaciones sobre la nariz que desvirtuaban su apariencia humana, hasta que se los retiraron. A Armin le parecía que los queruscos, en comparación a los sajones, tenían un aspecto mucho más salvaje, y probablemente el uso que los sajones hacían de la madera y de la piedra era más refinado, como lo demostraban las soberbias estructuras de sus enormes moradas, las murallas y los establos de Gundabrup, los barcos con cabeza de dragón sobre los que navegaban hasta las misteriosas playas de Scandia, a donde viajaban en busca de esposa.

Guntram alzó la potente voz, y prestaron atención a las palabras del Rey del Norte.

—Veo sentados en el círculo del Wálthing de Gundabrup a muchos nobles jefes de las naciones de occidente, o a los príncipes, hijos de esos jefes a los que conocí y que ya han muerto en el

transcurso de los años. A todos ellos los saluda Guntram y en su nombre sus hijos, y en su nombre todos los jefes del Wálthing. Los sajones os dan la bienvenida. Y he aquí que veo las garras de los osos queruscos, las fauces de los lobos queruscos, las cornamentas de los ciervos queruscos del Biunderrup, a los zorros rojos sugámbrios, a los uros téncteros... Cuento cuarenta grandes jefes, y sé que faltan muchos otros que han depositado su confianza en estos emisarios, y de entre todos ellos saludo a Eminmer, el hijo de Segimer, quien debe mostrarnos algo a los sajones y quien se dice hermanado del kuninc.

Armin alzó con decisión el puño, cuando todas las miradas se clavaban en él. Se retiró un anillo del dedo y uno de los jóvenes que iba y venía por la sala escanciando el hidromiel y la cerveza en los cuernos de los invitados vino a cogerlo y se lo entregó con una reverencia a Guntram.

El rey miró el pesado anillo de oro, las preciosas filigranas, trazadas por hábiles manos nórdicas, la piedra roja apresada por las garras de oro, y reconoció la joya. Recordó nítidamente el día en que se la había regalado al hijo de un amigo. Aquel muchacho se había atrevido a hablar en medio del consejo, y él había recompensado la osadía con una alianza. Miró al joven que tenía delante, quien escrutaba sus propios ojos con determinación, y dijo:

—Reconozco este anillo, y su portador es un aliado del kuninc.

Que hable ahora el lobo querusco, pues ha sido el que con sus aullidos ha reunido a tantos jefes de las familias de Germania. ¿Qué quiere Erminmer?

—Erminmer quiere exterminar las legiones de Augusto, y arrancar el corazón de Varus para que su druida, Cerunno, lo entregue a los cuervos de Wuotanc.

Guntram sonreía complacido.

—Quiere luchar contra los enemigos de Germania...

—Erminmer quiere algo más que una lucha, y reúne a los jefes para pedir su participación en una gran batalla después del verano,

aunque estamos en ese sentido a disposición de los movimientos de Varus.

—¿Y cuáles son esos movimientos? —inquirió el sajón.

—Varus ya planea una operación de castigo contra los téncteros. Ignorante de nuestros planes, las tribus de alrededor nos mostramos respetuosas en sus mesas de Mattium, y guardamos silencio, con lo que Varus se siente tranquilo. Entre tanto, los técteros provocan sin pausa a los romanos con actos salvajes; hace unos pocos días las cabelleras de ocho romanos se secaban al sol antes de ser enviadas como presente a Varus y a sus generales... Por todo ello lograremos que las legiones se movilicen hacia el este, sin saber que allí le esperarán docenas de miles de germanos, cuando los bosques estén atestados de nuestras hordas. Mas el momento exacto lo desconocemos. Es necesario que todos estemos listos y preparados: en cuanto las legiones se pongan en marcha, nuestros aliados deben ponerse a andar hacia el lugar del encuentro: el Santuario de Irminur, en Teutoburgo, si es verdad que Varus va hacia el oeste, como todos creemos, y como nuestros mejores espías nos dicen.

—Una ratonera —dijo Guntram. —Eso no es una batalla de hombres, es una trampa para animales indignos, pues los más nobles son cazados con las armas, y sólo los romanos gustan de esa clase de inventos para atrapar a los osos o a los uros...

Armin no vaciló y se impuso a los rumores que circulaban por la sala.

—Si tuviese que enfrentarme con los sajones, elegiría una batalla a pleno día en campo abierto, pues son mis hermanos, pero a los romanos no los trataré mejor que a las ratas. No merecen el combate abierto, pues son pérfidos, tampoco merecen la cacería, pues son innobles. No lucharemos contra Roma en igualdad de condiciones. Debemos ser conscientes de nuestros defectos y emplear las armas que nos conduzcan a la victoria.

—Veo que Erminmer ha pasado mucho tiempo en compañía de los romanos... —aseveró Guntram. Muchos jefes sajones se

miraron sorprendidos y lanzaron hoscas miradas a Armin. —Parece que incluso le gustan sus tácticas...

Armin no supo qué responder, y trató de controlar su ira. No imaginó que el sajón fuese a descalificarlo de ese modo.

—Erminmer se sirve de lo aprendido para vencer a Roma.

Sabe lo que hará si vuelve a vencer en el norte. Otra victoria más como la de Tiberio sobre los longobardos, y los germanos estarán perdidos para siempre. Su mundo se acabará.

—¿Y por qué deberían volver a vencer a los longobardos? —

preguntó un herulio.

Armin respondió airado:

—¿Quizá porque los sajones estaban demasiado ocupados en sus cacerías como para ir en auxilio de los longobardos? ¿O porque los queruscos decidieron esperar indecisamente hasta que atacasen sus fronteras? Y gracias a todo eso, Tiberio asestó un golpe a los longobardos...

Las voces se habían levantado enfurecidas.

Uno de los herulios se alzó, ofendido por el descaro con el que Armin había dicho la verdad.

—No eres más hombre por hacer más ruido —le espetó Armin con una sonrisa en la cara y los ojos muy abiertos, desafiantes.

El herulio, un fornido rubio de espesa barba, miró fuera de sí a Guntram.

—¡Basta! —rugió el kuninc. —Ya estamos convirtiendo esta solemne ocasión en una reunión de buitres y cuervos...

Como el escándalo crecía y los jefes se alzaban, algunos se envalentonaban y otros los retenían, no sin increpar al querusco, Guntram avanzó hasta el centro del círculo y dio un mandoble a los troncos de la hoguera, que lazaron un torbellino de chispas. De pronto sus ojos se inundaron de fuego y fue hacia Armin, colocándole la punta de la espada en el cuello.

El silencio se hizo en la sala. Todos atendían al fin la palabra del colérico rey.

—Con este mismo acero amenacé el cuello de tu padre, hace tantos años, y hoy, capricho de los dioses, amenazo el tuyo. Parece que los lobos queruscos tienen la mala costumbre de aullar en casa ajena sin pedir permiso a sus anfitriones. —Retiró lentamente la espada sin apartar los ojos de la mirada imperturbable de Armin, que parecía estar seguro de lo oportuno y a la vez inofensivo de la amenaza. —Eres fuerte, Arminius... —dijo el Rey, y se apartó con una torva sonrisa. —Pero no más que yo, pues he llegado a viejo atado a una espada, algo que casi ninguno de vosotros logrará. La vejez es un incómodo privilegio.

Armin se preguntó durante cuánto tiempo debía escuchar aquellos reproches. No había nada más molesto para él que escuchar su nombre en latín...

—Todo depende del brazo que la empuñe, cualquier espada es inocente si se deja enterrada en el fango. Yo tuve que servir en las legiones, y gracias a ello aprendí lo que aquí, en esta sala, nadie sabe. ¿Y qué? ¿No lo pongo al servicio de mis hermanos? ¿No hago todo lo posible para vencer a un enemigo común?

—Precisamente por eso tu plan es bueno, Erminmer —dijo gravemente Guntram. —Bueno y terrible, y debemos decidir si nos unimos a él o si nos mantenemos al margen. Como todos lo han oído, pueden pedir la palabra y opinar. Pero Guntram enviará a sus hijos y a los guerreros de Gundabrup a recoger esa cosecha cuando los mensajeros los llamen. ¡Que preparen el caldero y el cuchillo!

Verteremos gotas de nuestra propia sangre en el sagrado bebedizo de la Alianza, beberemos de él, juraremos venganza, lucharemos contra Roma.

Cuando los sacerdotes hubieron preparado el bebedizo, Guntram fue el primero en abrirse un corte en el brazo derecho y verter su sangre en el recipiente. Cuando sus aliados vieron esto, y cómo sus hijos hacían lo mismo, la mayor parte de los jefes sajones

decidió entrar a formar parte de la Alianza de los Ases, y aquella noche quedó sellado el sagrado pacto de guerra, renovada la ancestral unión de las naciones de Irminur, la Alianza de los Ases.

Pronunciaron los juramentos, los sacerdotes arrojaron sus conjuros, vertieron grasa de oso y sangre de lobo, calentaron el cáliz sanguinolento y los participantes bebieron el amargo sorbo.

Después de la ceremonia, los jefes eudosios y helurios que no participaban de la Alianza se marcharon, y dio comienzo un gran banquete. Los rostros se alborozaron, y Armin descubrió a su hermana menor, Zilda, que se había convertido en la esposa de Gundewech, uno de los hijos de Guntram. Era una mujer espléndida, y Armin dejó que le contase durante la noche cómo habían sido sus afortunados años en el norte, cómo habían nacido sus tres hijos y supo gracias a ella muchas noticias del norte que de otro modo no habría oído, pues los sajones eran muy reservados, y la cerveza y el hidromiel los volvía alegres y sonrojados, pero jamás hablaban de sus propios asuntos. De toda su familia, Zilda era la única que había disfrutado de un destino afortunado, y Armin se alegraba por ello, y volvió con todos sus presentes a Wulfmunda, para entregárselos a sus hermanas y a su esposa.

Zilda estaba convencida de que todos se encontrarían muy pronto, y de que una gran gloria iluminaría a su hermano.

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