Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 34 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo V

4 d.C. Siga

El hermoso torque de oro resplandecía al fin en sus manos. Lo envolvió en un paño y se marchó de la fragua. Abandonó Siga y fue en busca de la colina. Allí, pasado el mediodía, se reunieron muchos de los hijos de la aldea, entre ellos Segmund, el hijo mayor de Segest, también Ergest, Alboin, Odmer, todos ellos miembros de la familia de Segest. Bajo el ardor del sol, los grandes caballos eran acuciados para saltar las barreras de piedras. La hierba fue alisada por tantas carreras, y el acero relampagueó al sol entre risas joviales y juegos de guerra. No había nada que Armin no supiese ejecutar a caballo. Más de veinte privilegiados giraban alrededor de unos troncos sobre los que descargaban el peso de sus espadas. Había competición de frámea, gæsos que cortaban el viento para clavarse de lleno en el pecho de unos monigotes de paja. La guerra era un divertimento. La juventud se ejercitaba, reía, bebía y galopaba mientras el sol rotaba como una rueda de fuego cuyo paso ardiente absorbía toda la humedad acumulada en la hierba. Y allí, en lo alto de la ladera por cuyos lomos el viento de la tarde galopaba sobre los pastos elásticos, se erguían los bloques megalíticos de los teutones. Armin a menudo pensaba que el sol era el verdadero padre de todo. Que su curso se parecía a la vida del hombre, y que en la juventud era una obligación dar rienda suelta a la pujante

voluntad de la sangre, dejarse arrastrar por la energía que pulsaba en busca del mediodía, como le había enseñado Cerunno.

—¿Pero qué es el mediodía del hombre? —preguntaba a menudo a sus amigos, cuando en los días soleados del verano el sudor les caía por la frente tras un largo ejercicio con las armas.

Nadie sabía responderles, y él reía.

El acero centelleó. Los escudos resonaron. Algunos se rompieron. Otros sólo quedaron mellados, pero todos fueron golpeados en el furor de un combate simulado. Algunos eran mejores que él con la espada. Había germanos tan grandes como montañas, en eso los romanos no se equivocaban. Imaginaba aquel grueso muchacho, Jngotar, en Wullmunda; ahora sería un ceñudo ogro. Se habían convertido en hombres y mujeres, y sin embargo eran muy parecidos a los niños. Era hora de que la guerra les restase la floreciente virilidad, que ajase sus rostros, que pusiese a prueba sus caracteres. Ésa era la ley de la vida, y Segest había conseguido transgredir ese sentido que generaciones enteras de germanos habían sufrido, vivido, y a la vez disfrutado.

Armin era, no obstante, el mejor jinete de Siga. No había nadie que pudiese mantenerse a la grupa del caballo de una manera tan prodigiosa en medio de las más ridículas acrobacias, con las que conquistaba la risa de los más jóvenes y el aplauso de los ancianos.

Armin brillaba despreocupadamente, mientras el viento soplaba a su alrededor, y jamás caía del caballo. Su destreza le situaba a un nivel extraño e irrepetible, capaz de dirigir a los caballos con las rodillas, de lanzar con certeza cada frámea a galope tendido y de golpear su objetivo sin fallar, de volverse ligero como el aire con un simple empellón y dejar a la cabalgadura libre de su carga en el instante preciso en el que tomaba impulso en sus patas traseras para superar un obstáculo especialmente alto. Y además parecía saberlo todo acerca de los caballos, de las raciones diarias con que debían ser alimentados según su aspecto, de los males de sus patas y de su vientre, del estado de ánimo que condicionaba a un animal en medio de una carrera y de cuáles eran los ejemplares que, tras un

oportuno adiestramiento, serían capaces de lanzarse sin miedo contra las hordas de enemigos, dispuestos a morir después de aplastarlos. Armin amaba a los caballos. Su admiración por ellos era lo único que había podido llevarse de Wulfmunda, y a menudo recordaba aquellas carreras, los primeros potros, y todo cuanto podía haber aprendido junto al mejor jinete del mundo conocido, el sucesor de su padre al frente de los clanes del lobo negro, Gailswinther. En cada palabra que susurraba a los caballos, estaba presente el recuerdo de su pasado, de las batallas en las que había participado, y algo inquebrantable lo unía a aquellos animales nobles, insensatos y afectuosos, que consideraban a su dueño un verdadero dios.

El sol descendió, envolviendo el telar de nubes dispersas en una capa de oro. El oeste ardía, y ahora las anchas aguas del Rhenus llameaban como si un inmenso tesoro fulgurase en sus profundidades. «El tesoro de Segest», pensaba con admiración.

Reconocía el talento del emigrante querusco para crear aquella isla de paz en la que crecieron como en un sueño, y amaba el más preciado de sus tesoros. «La melena de Thusnelda sólo puede haber sido tejida con los rayos del sol». Armin no podía pasar dos días seguidos sin contemplar aquellas dos trenzas de oro. Thusnelda se había convertido en una recia mujer, en una belleza sincera y desenfadada. El tesoro de Segest yacía custodiado por su padre a orillas del Rhenus. Y resplandecía allí, ante sus ojos admirados, y se sintió feliz. Había cambiado su vida, y lo lamentaba por Cerunno, pero su lugar en la tierra era aquél. Unos hilos de humo cerca del palacete de Segest les recordaron que la fiesta habría comenzado, y que llegaba la hora de ponerse en marcha.

El fuego crepitaba, y las piezas de un asado comenzaban a circular por los bancos de madera. Había muchos ancianos reunidos. La tarde ardía dorada, y una brisa acariciaba sus barbas y sus cabellos. Pronto llegaron los caballos de los jóvenes. Algunos de los herreros, como Alfmund, vinieron desde Siga rodeados de otros invitados. La imponente mole del palacete humeaba sobre la

colina, y los cañaverales susurraban en las orillas donde un gran torrente de agua relamía piedras aisladas y verdes lenguas de tierra.

El ancho río se extendía por delante como un breve mar ambarino.

La gente reía alborozada, las mujeres se reunían en corros. Los bienes de Segest eran compartidos, y los cazadores aportaban nuevas piezas.

Varios caballos aparecieron de pronto sobre la colina. Una joven alzó los ojos y el viento agitó unas hebras de cabello dispersas. Sus ojos sonreían serenamente, y una de sus amigas no tardó en propinarle un amable golpe con el codo, al tiempo que nuevos jinetes aparecían lanzando gritos entusiasmados. La joven se recogió la túnica ocre bajo la que disimulaba sin necesidad de ello un cuerpo de perfecta hermosura. No más de dieciséis veces habían crecido las aguas del Rhenus desde que naciese y aunque su madre había muerto pocos años después, había contado con un celoso padre que veló por su bienestar y su educación. Apenas se había vuelto para escuchar el picante comentario que le hacía su amiga, y sonreía malévolamente para complacer la intención de aquélla, a la par que uno de los jinetes se miraba confundido y angustiado las botas, cuando un caballo relinchó en la cima de la colina. Era negro y tan alto de cruz que podía haber derribado a un gigante. Avanzaba majestuosamente. Cabeceaba. El viento volvió a soplar, y todo el oro que yacía esparcido sobre el agua pareció llenar el aire de un aroma que sólo ella podía respirar, algo inconfundible y que sin embargo sólo su corazón era capaz de percibir. Allí estaba. Él. Sus ojos se entrecerraron y una sonrisa cándida iluminó el rostro de la joven, al tiempo que sus pulmones expulsaban una gran bocanada de aire que, sin saberlo, habían contenido contra su voluntad, a punto de reírse sin saber por qué.

El gran caballo descendió la colina tranquilamente, tras detenerse en la cima. Allí el viento arrastraba los salvajes cabellos de un hombre joven que sonreía ajeno al mundo. Todo en él era fuerza y veneración. Las anchas manos, sus anillos de oro, la franca sonrisa, los ojos entusiastas. No podía ser otra persona. A ella su instinto no le traicionaba. Podía darse cuenta de que él estaba cerca,

aunque no lo viese; era una magia que no había revelado a nadie, ni siquiera a su padre, mas estaba en posesión de ella. El sol del ocaso penetraba en los ojos de Armin, y el raro color avellanado se volvía cobrizo como la mirada de las águilas cuando los rayos solares penetran en el santuario cristalino de sus ojos.

Apenas había llegado, cuando Armin ordenó al caballo que se desviase. Ella continuó mirándolo, y él sonreía sin mirar a dónde iba, consciente de que no debían ostentar su noviazgo, tan popular como secreto, mientras Segest no lo aprobase. Entonces Armin hizo una mueca ridicula a Thusnelda y, a falta de poder comportarse como el hombre que era, recurrió al viejo truco de comportarse como un niño, algo que, en esencia, se le daba bastante bien, y que siempre cosechaba el éxito ante su amada. Después de la mueca se volvió de espaldas sobre el caballo e hizo como si fuese a tumbarse.

La gente lo saludaba y más de un hombretón le gruñía. Por fin, alguien se decidió a detener su broma, que acabó por dejar que el arrogante Sleipner pateara una gran tela extendida sobre la hierba a modo de mantel. Enfurecido, Odmer, que era casi un gigante, sacudió una fuerte palmada en el lomo de la cabalgadura, ésta relinchó intolerantemente y Armin rodó a conciencia por el lomo, para ir a parar al suelo como un muñeco abandonado. Al principio la risa fue general, y hasta el más viejo se burló a gusto de la estupidez de Armin. Varios bromistas que danzaban con un bucráneo en la cabeza rodearon al accidentado.

Sólo entonces Odmer pareció preocupado y se inclinó sobre Armin, que apenas se movía. Las jóvenes se volvieron entre divertidas y azoradas. Thusnelda frunció el ceño y su rostro se volvió grave. Los largos cabellos se agitaron avanzando hacia el lugar. Cuando estuvo lo bastante cerca, descubrió que Armin protestaba y se retorcía.

—¡Estúpido Odmer! —rugió ella con más furor que nadie.

Odmer se volvió con el rostro crispado.

—¿Crees que iba a dejar que patease el mantel? —gruñó el gigante barbudo. Luego añadió en un tono confidencial. —Si no

luciese tantas tonterías cada vez que te ve...

—Armin deja de... —decía ella tratando de que volviese su rostro hacia ella.

En ese momento Armin se volvió con una gran sonrisa en el rostro.

—Esta caída ha logrado hacerme cosquillas —dijo al fin mirando a Thusnelda a los ojos.

Ella se retiró, aparentemente enojada. Era su turno para llamar la atención.

—Pues esperemos que te rías hasta el amanecer —añadió la joven valquiria, y se volvió junto a su amiga.

Las trompas resonaron alrededor del palacete de Segest.

Armin se puso en pie de un salto, y se encontró con la mirada atenta del señor de Siga, que descendía la colina rodeado de varios de sus guerreros, bromeando de camino al festín. Armin hizo un respingo y pidió a los dioses que no hubiese presenciado su pantomima.

Haciéndose el inadvertido se volvió en busca de la carne, no sin lanzar unas furtivas miradas hacia Thusnelda, que lo ignoraba tajantemente. Fue entonces cuando una silueta atrajo su atención en lo alto de la loma. Pareció como si un dios hubiese cobrado forma allí arriba. Lo reconoció al instante. El caballo blanco, los arreos negros, el centelleo del yelmo alado...

—¡Ingomer! —exclamó Armin sin pensarlo, y agitó los brazos. El gran caballo blanco descendió la larga pendiente, e Ingomer descabalgó ante el círculo de los festejos. El ancho Ingomer. Era como su padre, recio y vigoroso. Su barba parecía unas pulgadas más larga, y amarilleaba con hebras albinas, pero continuaba siendo el poderoso querusco de ojos azules.

—Armin hijo de Segimer, tu tío te saluda.

—También lo hace tu sobrino, Ingomer hijo de Segismund.

—¿Cómo se encuentra tu corazón?

—Ardiente y fuerte. Como un sol que surge de oscuras montañas —afirmó Armin entusiasmado, golpeándose el pecho con un puño. Ingomer sonrió. Habían acordado hacía mucho tiempo que ése sería su salvoconducto privado, e Ingomer recitó la contraseña, guiñándole ostentosamente el ojo:

— Pues venciste a Roma.

—¿De dónde vienes? —inquirió Armin.

—De muy lejos para un jovenzuelo como tú.

—¿Incluso si cabalga mejor que tú?

—Incluso si cabalga a la grupa del hijo del viento, ni siquiera así alcanzaría el galope de su tío Ingomer.

Armin se llenaba de contento al escuchar al impetuoso lobo querusco, tan lleno de orgullo como siempre.

—Déjame una conversación con Segest, sobrino. Lo he visto al llegar, pero me ha invitado a presidir el banquete. Los honores no deben ser despreciados. Hablamos más tarde. Por las barbas de Tor que necesito diez o doce cuernos de cerveza... —dijo lacónicamente mientras se alejaba en busca del banco de honor, donde Segest se había acomodado con su hijo mayor Segmund.

Armin miró furtivamente a Thusnelda y la sorprendió espiándolo mientras una de sus impetuosas amigas le contaba algo espantoso haciendo aspavientos. «Habrá visto un ratón» pensó Armin, divirtiéndose.

Y mientras se hacía el despistado daba círculos en torno a Thusnelda. Alguien tocado con un bucráneo le invitó a bailar y no rehusó. Otro le colocó una guirnalda de flores y así Armin hizo el papel de la muchacha bailando enlazado por el brazo con una cabeza de buey. Por fin logró hacerse con un pedazo de carne ahumada y lo mordisqueó calmando el hambre de los ejercicios y el largo día. Y cuando el sol comenzaba a hundirse logró acercarse a Thusnelda disimuladamente, y al sentarse un buen número de jóvenes en un círculo, logró encontrar lugar al lado de ella. Apenas la miraba, y procuraba que Segest no se sintiese observado. Pero el

astuto padre parecía sumido en una importante conversación con Ingomer y otros extranjeros que habían acompañado a su tío.

Por fin miró hacia el oeste, donde la colina descendía. El sol era de nuevo una pesada gota de oro fundido que se derramaba por los contornos del horizonte. ¿Por qué debía significar eso el fin del mundo? ¿Por qué los Ases debían sucumbir en una apocalíptica lucha? ¿Por qué no era sencillamente lo más hermoso que había visto, el círculo de fuego con el que los eternos Ases protegían a los hombres mortales del asedio de otros males, y con el que envolvían la fría tierra...?

Unos dedos se deslizaron por encima de su oreja, apartando sus desgreñados cabellos castaños y la trenza. El sol se derretía en el poniente y una vaga claridad azul, tenue y evanescente, se disolvía en el cielo de la tarde. Entonces ella apartó una flor que había quedado enganchada entre sus cabellos, cuando se pusiera la guirnalda, y lo acarició con gran sentimiento. Armin no la miró. No quiso ver aquellos ojos. Le gustaba complacerla, pero temía mirarla directamente.

La amaba de tal manera, que no soportaba la idea de que aquello pudiese llevarlo a cometer cualquier error ante Segest, pues sabía que la mano de Thusnelda debía ser pedida con grandes honores,

y

no

quería

hacerlo

antes

de

merecerla

incontestablemente.

Ella retiró la mano. Y el frío de la tarde, con la desaparición del sol, le asaltó. Nadie podía imaginar lo que sentía cuando aquella mano lo acariciaba. Pero mucho mejor era ser merecedor de un beso. La miró y descubrió sus poderosos ojos verdes y ocres, su espléndida sonrisa. Ahora era ella la que miraba hacia los que conversaban, pero él sabía que le sonreía a él. A ninguna otra persona podía sonreírle de esa manera. Su perfil era egregio como el de las esculturas que había visto en las piezas de los campamentos romanos, cuando había acompañado a Segmund junto a alguna carga, en la orilla opuesta a la de Siga, la orilla

derecha del Rhenus. Era más hermosa que todas las diosas madres de la Tierra, y ni siquiera Nerthus podía ser como ella.

—Tengo algo para ti —le confesó él. —¿Cuándo podré verte?

—Hoy habrá luna —dijo ella quedamente y le miró a los ojos.

Él sonrió de oreja a oreja y sintió que algo ardía en su estómago.

—Los lobos suelen aullar cuando sale la luna.

Ella no volvió a decir nada más. Todo estaba claro.

Cuando se levantó para dirigirse hacia otro corro de amigos, como habían planeado y siempre hacía, descubrió de pronto que tanto Segest como Ingomer lo estaban mirando. Nunca había visto esas extrañas miradas. Le sorprendió que lo observasen de ese modo. Esquivó la situación y luego volvió a echar un vistazo, y su tío apartó los ojos y se puso a hablar con otro de los hombres, mas Segest continuaba escrutándolo. Por fin se internó en el círculo y Segest pareció depositar su atención en otros asuntos.

La noche cayó, se encendieron las antorchas, los fuegos crepitaron y las favilas treparon en el aire como columnas centelleantes. Hubo comida y bebida hasta muy tarde, y algunos, ya borrachos, se quedaron a dormir envueltos en sus mantos. Poco a poco los invitados se fueron marchando. Thusnelda se retiró con su padre, y algo más tarde, cuando Armin observaba por encima del Rhenus el centelleo de la civilización romana al otro lado, Ingomer se aproximó a él.

Su tío se quedó sentado largo rato a la luz de las llamas moribundas, mientras la brisa del Río Grande le acariciaba los cabellos. No parecía querer decir nada, de modo que Armin se dedicó a disfrutar del momento, con un tallo de hierba entre los labios. Ingomer escrutaba las tinieblas al otro lado. Los centelleantes puntos de luz enjoyaban la sombra a largos intervalos, pero parecían numerosos en los altos de las colinas que se dirigían, en el oeste, hacia Colonia Agripina.

Nubes negras sin alas se arrastraban por el cielo impenetrable como un manto que descendía desde el norte. Armin recordó las negras noches del norte. Wulfmunda, la aldea en medio de los cenagales. La isla de los vivos en el pantano de los muertos. Toda aquella vida que fluía junto a él en el Rhenus, parecía quieta y neblinosa incertidumbre en los alrededores de su aldea natal. Y aún así la recordaba a menudo.

—¿Cómo es Wulfmunda hoy?

La cabeza de su tío se volvió. Sus ojos lo observaron. Dio un largo trago de su cuerno. La cerveza escapó y manó por encima de la barba.

Tomó aliento y respondió:

—Allí está Wulfmunda, en el norte, lejos, y sigue siendo como era. Los romanos no han llegado hasta allí. Todavía, pero no tardarán en hacerlo. ¿Quieres acaso regresar?

—No —respondió Armin inmediatamente. —Sabes que hay algo aquí que valoro más que el resto del mundo.

Su tío sonrió.

—El mundo puede ofrecer muchas cosas, no las desdeñes sin conocerlas —aseveró arrugando una sonrisa sarcástica.

—Sabes por qué accedí a venir al sur.

Ingomer lo miró quedamente a sus ojos.

—De eso, precisamente, he venido a hablar contigo.

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