Liberator Germaniae
Capítulo XXVI
8 d.C. Alpes Cotiæ
Visiones delirantes de tierras vastas y desconocidas le asaltaban en el delirio. Un viento huracanado lo ensordecía, rugiendo permanentemente.
El sol parpadeaba entre raudas sucesiones de nimbos. Hileras de montañas apuntaban en el horizonte. Cúspides devastadoras.
Sintió la presencia de Wuotanc, y un viento gélido mordió su piel desnuda.
Había muertos en el fondo de la ciénaga, a la que lo arrojaron dentro de un saco, oía ecos de voces latinas.
Era el fin.
La muerte.
El silencio.
Caía el sol de la tarde sobre praderas interminables.
Todos los árboles que habían recubierto tupidamente la tierra habían sido talados para construir una empalizada infinita.
El estaba al principio del camino, un camino sin fin.
Había hileras de estacas junto a su senda, que se perdía en el infinito, el limes, y sobre todas aquellas estacas, las cabezas de
miles de seres humanos, ensartadas, lo miraban con ojos vacíos, hinchados, vidriados de silente dolor...
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