Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 71 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XIII

8 d.C. Campamento de

Pœtovio

—¡Arminius es un ciudadano romano! ¡No estoy dispuesto a aceptar esta mentira! Todo eso es falso, ya hubo falsos testimonios con anterioridad, y precisamente por parte de las mismas personas... —gritaba Paterculus.

—No podemos dejar de tener en cuenta el testimonio de todos esos soldados —repuso uno de los tribunos.

—¡Por Augusto y por Julio César, conozco a ese hombre, no ha hecho otra cosa que combatir como un héroe por Roma! Es una osadía de ese repugnante centurión —continuó resueltamente Paterculus. La reunión del alto mando debatía el caso en la tienda principal. Los generales habían recibido las novedades de Tiberio, y el gran mapa de Panonia aparecía desplegado sobre una mesa. Pero aquel cajón de madera continuaba acaparando toda la atención de los congregados. Dentro aparecían las cabezas de tres romanos, amoratadas, hinchadas y con los ojos desorbitados. Eran las pruebas que se esgrimían contra el desaparecido Arminius. Según Cazarratas y varios de sus hombres, asesinó a varios legionarios por la espalda y después lo atacó a él.

—Hemos encontrado a varios centuriones que han hablado de su hazaña en el puente. Gracias a él que los panonios no

consiguieron destruirlo, y gracias él que después las unidades lograron establecer contacto con las cohortes avanzadas, que de otro modo habrían sido exterminadas... ¿A qué viene esto? Estoy seguro —dijo de pronto Paterculus y en su voz ardió una ira difícilmente contenida— de que en todo este asunto hay algo oscuro, Marcus. No me creo que primero arriesgue su vida en el puente y después se dedique a cortar cabezas sin otra razón más coherente. No lo conoces, pero yo sí. Arminius no habla demasiado, pero es terriblemente inteligente, no es un loco ni un sádico, como ese Cazarratas, que no dudaría en despellejarme con sus propias manos si tuviese la oportunidad, porque disfruta con ese tipo de castigos incluso entre los propios miembros del ejército.

—Podría haber pretendido traspasar el puente para desertar —

dijo otra voz.

Paterculus sacudió la cabeza, incrédulo ante lo que oía.

—¡¿Un tribuno con la ciudadanía romana?! —estalló.

—No conocemos sus motivaciones, y esos queruscos...

—¡Esos queruscos! Muchos de ellos han muerto en nuestras unidades de caballería, precisamente para que la campaña de Tiberio progrese. Esos queruscos venden cara su piel y mueren ya por Roma. ¿Con qué se supone que debemos recompensarlos? Con nuestra desconfianza, supongo. Por este camino no me extraña que los amagos se repitiesen, y que las mismas legiones un día se amotinen...

—¡Paterculus! —gritó el general ante la insolencia de su lugarteniente.

—Veleius Paterculus es mi nombre, y sé lo que digo. El ejército no puede continuar aplastando a sus unidades auxiliares.

Todo esto no es ni más ni menos que el peor ejemplo de lo que sucede en nuestras legiones. Estamos acusando a un hombre del que sólo hay referencias temerarias a favor de Roma. Si los auxiliares continúan siendo hostigados, tarde o temprano el sistema fallará.

—¡Ya basta! —exclamó el general. —Que busquen a ese hombre, que encuentren su cadáver.

—Eso va a ser muy difícil, porque es evidente que ha desertado —añadió Marcus.

—O bien ha sido capturado por el enemigo —terció Paterculus.

—Si lo encontramos, terminaremos de aclararlo todo con un juicio en regla. Eso es todo.

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