Liberator Germaniae
Capítulo III
6 d.C. Orillas del Albis
Una gruesa coraza de cuero, a la que le habían cosido placas de hierro, había renovado las defensas pectorales de Armin.
Muñequeras con incrustaciones y un yelmo del que surgía la mata greñosa de sus cabellos castaños protegían al bárbaro decurión que combatía en las legiones. Vitórix, que ya era el duplicarius de la turma que comandaba, se erguía entusiasmado muy cerca.
Las turmas de la Legión Primera Germanica se habían desplazado hasta el flanco norte de unas colinas. La niebla continuaba flotando como un manto pesado que se replegaba hacia el oeste, por encima del cual la hoguera del ocaso había prendido y rojeaba. Las crestas difuminadas de los montes Melibocus emergían en el sur. Un aire húmedo, nórdico, a pesar de ser verano, caía con la llegada de la noche. Las hordas longobardas mugían. El barditus resonaba en sus escudos, y sus trompas de cuerno emitían una algarabía disonante y fantasmal. Largos y tétricos sonidos brotaban de la bruma como aullidos interminables que se extinguían con una cadencia repentina.
El ejército germano esperaba detrás de una estrecha llanura.
Los vozarrones de los centuriones comenzaron a movilizar las acorazadas cohortes. Las unidades se pusieron en marcha con riguroso orden.
Tiberio había asediado a los longobardos día y noche.
Consciente de que la sorpresa valía más que cualquier otro recurso, las máquinas de asedio habían barrido buena parte del territorio, obligando a los longobardos a emplear todas sus fuerzas en poner a salvo a sus familias en el monte Melibocus. Los queruscos habían empezado a acudir en ayuda de los longobardos, pero el avance destructor de Tiberio, que prendía fuego a cualquier rastro de aquéllos, puso a los longobardos en la difícil situación de enfrentarse a una batalla para la que no estaban preparados.
Las cuatro legiones lograron encarar a unos cuarenta mil enemigos. Pero Tiberio se hallaba en un terreno que le convenía, y amenazaba con empujar a los longobardos hacia el oeste, acto que sólo habría traído la destrucción de todas sus aldeas. Finalmente se había llegado a aquella situación y fueron los longobardos los que, después de convencer a Tiberio de que ese lugar sería el campo de batalla, esperaron a la caída de la noche. La luz jugaría a su favor, esperando deslumbrar a su enemigo. Apenas el sol empezaba a volverse rojo, cuando una gélida niebla se levantó y arrastró hacia las praderas más alejadas, donde se levantaban frondosos bosques, y ese fue el momento escogido.
Armin asistía a su segunda gran batalla, y su comienzo fue demasiado rápido en comparación a aquella en la que su padre se había enfrentado a Cayo Sentio Saturnio. Cuando las unidades de infantería empezaban a formar un casillero metálico que se alejaba por el campo agrisado hacia los muros de niebla que reptaban sobre los primeros conjuntos de árboles, un clamor se elevó y creció y una marea de caballos emergió a galope tendido desde el suroeste.
Los præfectus alæ dieron la orden. Cientos de jinetes auxiliares y romanos cambiaron de posición e iniciaron un trote. Los eques speculator habían reconocido el terreno del campo de batalla, y se había declarado apto para un asalto de caballería. Al poco las primeras filas de clibanarii se abrieron y el clamor de los romanos ensordeció los oídos de Armin.
La orden de carga resonó.
Una barrera estrechamente cerrada galopaba ya de frente contra la caballería longobarda, que amenazaba con irrumpir aplastando las cohortes. Las frámeas apuntaron. Los escudos se alzaron. Vieron los ojos coléricos de los germanos en el último momento. Y un grano de arena después, el desastre estallaba como un rugido ensordecedor, y el sol era devorado por los gélidos penachos de niebla.
Astilladas,
las
pesadas
frámeas
quebrantaban
y
transverberaban.
Las cabalgaduras mugían y relinchaban furiosas.
Un impenetrable caos de tajos, gritos, sangre y muerte se batía alrededor como una tormenta. Armin sintió cómo una de aquellas puntas de acero pasaba rozándole la sien, a punto de reventarle el cráneo, para verse aplastado contra los brazos del longobardo que la empuñaba. No había logrado levantar la mirada, cuando Sleipner sucumbía y se derrumbaba, de pronto extrañamente exánime, inerte. No pudo saber por qué. La luz decrecía, eclipsada por cuerpos de caballos que pisoteaban caballos muertos y hombres heridos que empezaban a ser aplastados. Armin rotó sobre su cadera. La cabeza de una de aquellas bestias lo sacudió. La larga espada, empuñada a (los manos, caía junto a él. Las anchas patas, las lanzadas, el azote de las voces, todo giraba en el confuso campo de visión.
Por un momento se rindió.
Imaginó que pasaba desapercibido allí abajo.
Mas algo brotó del fondo de su pecho. Sus ojos se inyectaron en sangre, todos sus nervios relampaguearon y se alzó con un grito.
Allí venía un longobardo a caballo haciendo molinetes con un hacha. Apuntó hacia Armin y su cabalgadura saltó hacia delante.
Armin se contrajo, invocó a Wuotanc, gritó con furia, alzó la espada, ladeó su cuerpo y lanzó el mandoble.