Liberator Germaniae
*
—Atelción.
—Eres griego —dijo Armin.
—Por eso sé navegar y tú no —repuso el muchacho.
—Pues ahora irás a tierra por muy marinero que seas y guarecerás este caballo en lugar seguro. Si lo quieres es tuyo —le ordenó Armin.
Atelción sonrió complacido.
—¡Y no olvides traer algo de comida, si es que aquí no hay nada! Por las barbas de Tor que estoy más hambriento que un lobo...
—Que viajes en este barco no significa que seas el primer marino— le aseguró el viejo.
—Estoy hambriento, grœculus, y necesito guarecerme de un largo viaje.
—Pues abre esa compuerta y métete en la bodega, encontrarás lo necesario para dormir todo lo bien que se puede dormir en un barco como este. Y cuando se te pasen las ganas de dar órdenes, vuelves a cubierta.
Armin se introdujo en la bodega y se echó sobre un montón revuelto de sagos de lana. Al poco Atelción apareció y preparó unas vituallas sobre una bandeja de madera. Los otros dos descendieron y cenaron con Armin. Después y sin más conversación que algunas miradas de asombro por parte de los jóvenes, que no quitaban ojo a su espada, Armin se quitó la ropa mojada y se envolvió en uno de los sagos. A pesar de que el continuo vaivén le importunaba, poco tiempo después el enorme cansancio obró el prodigio de sumirlo en un profundo sueño mientras la lluvia y las olas chapaleaban alrededor sin pausa.
*
Se despertó con un malestar tan intenso percutiendo su cabeza, que no supo si vivía la más extraña de sus pesadillas. No lograba posar sus manos en superficie alguna sin que ésta no se desplazase de un lugar a otro. A tientas, se arrastró hasta la escalerilla y apartó de su vista la trampa de madera. La luz gris que inundó sus ojos y el aire fresco parecieron reanimarlo. Se arrastró hasta la cubierta y, sin atender a las risas de los jóvenes marineros, Armin se asomó al mar y vomitó. Creía que no le había pasado algo así en toda su vida. Se apartó el amargo sabor de la boca cuando el viejo le tendió una bolsa de piel llena de vino. Se enjuagó y escupió por la borda.
El viejo le quitó la bota de las manos inmediatamente, e imprecó algo en un idioma sonoro y extraño que Armin nunca había oído, hasta que los zagales le respondieron entre risas.
Armin se echó al suelo, indiferente a lo que pudieran decir.
Las nubes subían y bajaban, el mar parecía fuerte y espumoso alrededor. A veces la proa se inclinaba tanto que parecían estar ascendiendo una montaña coronada por una cola de espuma, detrás de la cual se inclinaban vertiginosamente y descendían un abrupto valle. El mar era una sucesión de montañas que cambiaban de sitio.
Las hirvientes aguas arrojaban su espuma a la cubierta. Armin creía que iba a morir de la manera más extraña, cobarde e indigna que pudiera imaginarse un germano.
Pasaron las horas, y la cubierta gris de las nubes se desgarró de pronto en el horizonte. De las masas caliginosas surgieron lanzadas de rayos, columnas heliocéntricas que se arrojaban en las procelosas profundidades, sosteniendo a un sol opulento y oriental sobre su trono de oro, y el mar, oscuro y hambriento, recortó sus montañas contra un imperio de luz hacia el que la nave de los griegos se dirigía, más allá del mundo.
Armin pensó que las Islas Afortunadas crecían allí delante, como riscos solitarios en medio del océano infinito y rugiente, y dejó que la luz penetrase en su mente y lo librase del insufrible mareo.
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