Liberator Germaniae
*
apagaba... temía que el deseo de encontrarlo le traicionase, y bajo ningún concepto debía perder el control de las circunstancias y hacer una estupidez que le costase cara y que pusiese en juego su verdadero objetivo. Se había casado con Thusnelda, se amaban, tendrían hijos, vivirían lejos en el norte, donde los romanos no llegarían jamás, en la tierra verde de los cimbrios y de los sajones.
Si algún día los romanos se acercasen, embarcaría con su mujer rumbo a Scandia, y desaparecería entre las escarpadas elevaciones nórdicas del oeste. Pero recordó a sus hermanas. No quisieron partir hacia el sur. El temor a los romanos las mantuvo unidas y permanecieron en Wulfmunda. Le asaltó una profunda melancolía.
¿Dónde estarían ahora? ¿Acaso eran madres con hijos? ¿Habían necesitado de su ayuda, carentes ambas de padre y de hermanos que las protegiesen...? La última palabra era siempre Cerunno. Sólo él podría haber preservado los restos de su familia. Sólo él podría haberlas protegido.
En ese momento se dio cuenta de que varios de los legionarios lo observaban. El centurión le lanzó una voz. Armin montó rápidamente. Sleipner cabeceó con salvaje brío. Una sola mirada del querusco bastó para que el centurión no olvidase aquel rostro desafiante, a la sombra de cuyas cejas halcónidas se ocultaba la eterna perfidia que siempre descubría en los enemigos vencidos por Roma. Al fin alguien con quien medirse. Al fin alguien con el suficiente coraje como para encarar la mirada del que fuera aquilifer de la Legión Quinta Alaudæ, el primus pillus, una de las uñas afiladas en la garra más fuerte del Águila del Imperio.
*
El verano había llegado a los valles. Las lluvias habían interrumpido su incesante ritmo, y el sol brillaba a menudo sobre los campos verdes. Los últimos preparativos mantenían a las legiones en marcha. Tiberio había fijado el momento de su partida.
Se sospechaba que sería un momento glorioso, a la manera de Drusus, por los puentes de Colonia en busca de Germania Interior.
La preparación estaba siendo meticulosa, y junto a todos los detalles que atañían a las tropas de tierra, Tiberio había dispuesto un plan mixto haciendo uso de la flota del Rhenus, que contaba con más de doscientas naves y cabida para diez mil legionarios y gran cantidad de provisiones. La flota partiría pocos días después hacia el Oceanus Germanicus del oeste, y una vez allí costearía en busca de la desembocadura del Albis, a principios de año, para navegar río arriba en busca de las posiciones alcanzadas por las legiones.
Armin pensaba que eso era bueno en cierto modo para los germanos, si continuaban dejando desierta la ruta acostumbrada de Tiberio, pues una operación de esa envergadura requeriría cierta precisión, y el legado no podría permitirse el lujo de improvisar grandes despliegues por el territorio germano, dado que ello podría dejar a descubierto a alguno de los dos contingentes. De cualquier modo, Armin suponía acertadamente que Tiberio no hablaba en voz alta de sus verdaderos planes, y que tantas molestias tendrían algún significado estratégico. Normalmente, las campañas empezaban mucho antes. Tiberio esperaba sorprender a sus enemigos. Todo llevaba a creer que su plan era diferente a cuanto se había hecho con anterioridad.
Durante los días previos a la partida, Armin conoció una de las aficiones más amadas por los romanos, y una clase de espectáculo que exportaban con éxito a todos los rincones de su Imperio: los juegos. El anfiteatro de Colonia era lo bastante grande como para albergar a muchos miles de personas, y Armin asistió al juego favorito de Tiberio. Los osos se habían convertido en una gran atracción. A pesar de lo difícil que resultaba capturarlos vivos, las grandes trampas daban sus frutos, y en Colonia Tiberio disponía de media docena de osos de gran tamaño. Uno de ellos, al que llamaban Heracles, había despedazado a más de quince gladiadores desde la llegada de Tiberio. Se decía que pagaba cantidades exorbitantes por aquellos animales, y que algunos de ellos serían
revendidos en Roma. Tiberio dejaba que los gladiadores se enfrentaran prácticamente desarmados a los osos, a los que sus criadores hostigaban debidamente para que, llegada la hora de entrar en la arena, fueran feroces y estuviesen enceguecidos. En realidad, era una forma de justificar las ejecuciones militares. Allí morían muchos de los legionarios de bajo rango que, debido a las nuevas leyes del ejército respaldadas por Augusto, no podían ser ni torturados ni ejecutados a la antigua usanza. La mayoría de aquellos desgraciados eran inútiles infelices que habían caído en desgracia. Cuando uno de los centuriones se fijaba en un mediocre soldado y lo acosaba, podía tener dos destinos: que aceptase el trato recibido hasta que el centurión se olvidase de él, o que se debilitase y fuese acusado de inútil o de rebelde. En los dos últimos supuestos, los castigos se multiplicaban, y una insurrección en un momento de desesperación podía acarrear que fuese convertido en gladiador.
Armin asistió a la condena a muerte, ad bestias, de varios de esos hombres. Conocía a los osos. Algunos de ellos podían ser fieros en cualquier momento, pero en principio los osos optaban por la retirada, salvo que andasen desorientados, hambrientos, o en compañía de oseznos, y en tal caso las osas eran las peores. Tal era el caso de una de las piezas favoritas de Tiberio: una osa que había caído en una profunda trampa junto a su retoño. Bastaba con situar al retoño en una jaula en el centro de la arena, y dejar que la osa lo viese y lo oliese, para que, una vez suelta, su combatividad y su ferocidad se multiplicase y causase el espectáculo deseado, que a menudo los machos no llegaban a ofrecer. Algunas voces pedían desde las gradas un combate de osos, pero Tiberio adoraba a sus criaturas, y las consideraba uno de sus primeros botines. Algunos ladrones galos fueron ejecutados en el último combate que presenció Armin.
También allí pudo observar al odioso centurión. Disfrutaba con los juegos, hacía apuestas, gritaba, pero no movía los dos brazos con la misma agilidad. Uno de sus hombros parecía parcialmente inmovilizado.
—Todo el mundo habla de la caída de Germania, ¿y qué piensa Armin? —inquirió Vitórix.
—¿Y qué piensa Vercingetórix? —repuso Armin, esquivando la pregunta.
—Vercingetórix ha preguntado primero.
—Él está más cerca de los dioses, y sólo los dioses tienen respuestas para esas preguntas. Pero sé que Germania no será vencida. Conozco a sus pueblos, y Tiberio no logrará doblegarlos con cuatro legiones.
—¡Eso mismo dice Vercingetórix! —exclamó Vitórix con entusiasmo. —Pero todavía tenemos que aprenderlo todo de ellos...
¿Cuándo nos marcharemos?
Armin no entendió la pregunta.
—¿A dónde? La partida de nuestras legiones...
—No me refiero a esa partida. ¿Cuándo abandonaremos el ejército?
—No sé que quieres decir, Vitórix. Yo no me voy a marchar.
Una sombra de decepción veló los ojos azules del galo. Su sonrisa infantil se quedó colgando de su cara, mientras su mirada no ocultaba un repentino abatimiento.
—Sabes que debo salvaguardar mi familia, y que no me puedo marchar. Si lo hiciese ahora perdería a mi esposa. Estoy en las mismas circunstancias que muchos hombres mortales... los dioses no vendrán a resolver mis problemas.
—Pero tú me hablaste de Cerunno, y de la hora en la que los hombres dejarían de ser hombres mortales para ser dioses, de que llegaría nuestra hora...
—Esos eran los cuentos de un druida. No son la verdad.
Vitórix miró a Armin gravemente. —Vercingetórix me dice que no mientes, pero que te equivocas.
Armin no supo que responder.
Si Vercingetórix hablaba con su nieto Vitórix, entonces siempre le decía lo que éste quería oír. Por un momento deseó ser un loco, un feliz loco como su amigo, creyente de todas las cosas, conversar con los dioses y con los pájaros, no temer a la muerte.
Qué inmensamente rico era Vitórix, que no disponía de nada más por lo que preocuparse, salvo de sus propios sueños.
Pocos días después, las intenciones de Tiberio fueron reveladas a los altos mandos y las inmensas columnas de las legiones se movilizaron y partieron hacia Germania Interior.
OceanofPDF.com