Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 11 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo X

5 a.C. Roma

—Augusto ha promovido el ensalzamiento de dos nuevas divinidades: el dios Julio, que se convertirá en una apoteosis de Julio César, y la diosa Roma— afirmó uno de los senadores.

Sixto Aulio apenas se molestó en saludarlo, mientras dejaba que sus melenudas esclavas etíopes le sirviesen racimos de uvas en una bandeja corintia, y dijo:

—¡La única diosa de Roma es Livia! El emperador se considera digno deudor de su tío abuelo, tributándole semejante honor póstumo, pero además se encarga de que nadie ponga en duda el cada vez más exagerado origen divino de la familia imperial.

—¡Se ríen de las estatuas de Marsias! —protestó Cayo Lucurio. —La veneración de la nueva diosa, Roma, se convierte en una maniobra manipuladora en cuanto a la dignitas de la ciudad se refiere, la única en el mundo que además de sus propios dioses contará con una divinidad femenina protectora que la simboliza.

—Augusto pretende cohesionar las ideas del pueblo —añadió Iulo Antonino: —mostrar su grandeza como salvaguarda de los ritos itálicos, y dar esplendor al orgullo romano en una ciudad que, según él mismo gusta decir, había recibido de ladrillo y entregará cubierta de mármol al final de su mandato.

—¡Ególatras endiosados! —declaró al fin Sixto. —La verborrea de Augusto me produce los mismos males de vientre que los dátiles verdes... Caminan hacia su fin con paso firme los que tan fuertes se creen en su existir —se burló Sixto; degustó las uvas frescas y sus carrillos, ajados por el placer, se arrugaron como ostras deglutidas por un epicúreo. —Esa forma de mandato que, por otro lado, requiere la constante novedad para sustentarse... ¡Incluso la política romana está sujeta a las leyes del espectáculo! ¡Viva Roma, la ciudad de los teatrócratas carroñeros que se alimentan del cadáver de la República! Hay que actuar cada año, eso sí, como las putas del Foro, y mostrar nuevas ideas y nuevos triunfos para que la función continúe tal y como él, Augusto, ha decidido. Política y teatro barato, que no tragedia griega... Si algo habrá de diferenciarlo de otros emperadores será, y lo digo con palabras de augur, junto a la longitud de su mandato, que será el más largo de toda la historia de Roma, su firme determinación de no dejarse llevar por las pasiones más banales del poder, a las que, supersticiosamente, atribuye la maldición de una frase mal jurada.

El lujo desmedido y la pérdida de dignitas en el hombre que detenta todo el poder encerrándolo en su puño sólo puede acarrear su propia caída, piensa él, pero se encontrará con otras trampas en el camino a la ceniza.

—Designio de los dioses —declaró Cayo, sin apartar los ojos de una de las esclavas que los servía. —Por alguna razón sabe que una extraña balanza lo mide a cada instante, y que los lictores divinos dejan caer sus hachas de justicia con demasiada premura; no hay vuelta atrás en el camino de la vida para los errores cometidos... y mucho menos para los errores en y por el poder.

—Pero a pesar de todo ello, surge una nueva diatriba de carácter divino, ya lo sabes... —dijo Iulo.

—¡Que si lo sé...! Más sacrílego que Alejandro Magno es en su fuero interno ese gélido estoico... —protestó Sixto.

Iulo parecía visiblemente irritado.

—Se ha propuesto que las provincias y las colonias no dispongan de las mismas divinidades urbanas que Roma, por no hallarse en ninguna manera a su altura, y ha comenzado a cobrar vigor la idea de que las provincias del este estaban acostumbradas a tributar honores divinos a sus gobernantes, hecho que en cierto modo reconciliaba a estos pueblos bárbaros con el poder que los conducía. Rememoran la conveniente divinidad de Alejandro Magno en sus satrapías de Asia. Augusto recuerda que, entre los grandes romanos, el primero en aceptar honores divinos personalmente en oriente había sido Julio César, y la idea no le agrada. Está celoso de su forma de poder y vigila la estructura de la misma. Augusto ha propuesto entonces que el mismo Senado de Roma sea venerado en todas las provincias como un único dios y sus miembros se sienten halagados, con lo que finalmente se ha aceptado el culto al representante del Senado, simbolizando a la identidad política del estado romano, y con ello se inaugurará el culto a Augusto, que en adelante sería la divinidad para las provincias.

—¡Majadero! —exclamó Sixto con la boca llena.

—Muchos lo creen una idea acertada, confiando que eso sólo pudiese llegar a significar que los bárbaros unifiquen la idea de la dominación romana con la de un dios superior contra el que es mucho más difícil luchar que contra un hombre mortal de carne y hueso.

—Aún así, amigos, se acercan grandes rebeliones, y hay pueblos sedientos de fuego que montarán en cólera contra Roma, incluso a sabiendas de que su Imperator es un dios pretencioso y oportunista —añadió el craso Sixto.

Eructó y sonrió satisfecho. Y continuó:

—Uno de esos lugares es Germania. Tras las mediocres derrotas de Cayo Sentio Saturnio en las fuentes del Lupia, que no fueron consideradas desastrosas, pero que tampoco reportaron mayor gloría a ese idiota con cara de pichón, las posesiones de Roma se han mantenido a duras penas. Los años que sobrevinieron

a la muerte de Drusus fueron contestados por las campañas infructuosas de Domitio Ænobarbo, quien avanzó al frente de tres legiones hasta las aguas del Albis, sin encontrar mayor gloria que rutas silenciosas, aldeas abandonadas y una cuidadosa vigilancia e indiferencia por parte de los germanos. ¡Enteraos de lo que ello significa! Lo que resaltó en Roma al respecto no dejaba de ocultar una contradicción de la que sólo Tiberio, gran conocedor ya del frente germano, era plenamente consciente; a saber, que Lucio Domitio no se había atrevido a romper el plan, que dictaba recorrer las rutas conquistadas por Drusus, cuidando mucho de inmiscuirse en las fronteras que, como una línea de estacas en cuyas puntas se hallaba ensartada la cabeza del recuerdo de Roma, cercaban el amplio territorio de los queruscos en torno al monte Melibocus, el cual formaba una barrera natural con las llanuras cenagosas del oeste, antes de convertirse en las verdes planicies de los salvajes hombres—caballo.

—Los queruscos... —repitió Cayo Lucurio. —¿No son esos los que avergonzaron a Sentio Saturnio?

— ¿Avergonzaron? Y más que eso. —Sixto parecía satisfecho.

—Por poco le arrancan los ojos. Si hay algo que me gusta de los germanos es lo mucho que ponen en ridículo a esos generales engreídos.. . Muchos centuriones hablan de Sentio como de un imbécil incorregible. En aquella batalla ganaron las máquinas a costa de las cohortes. Segimerus Cabeza—de—Lobo era el nombre del caudillo germano que reunía a las hordas a su alrededor.

—Así es —afirmó Iulo. —Y Lucio Domitio regresó al Rhenus conforme con el resultado, diciendo que el enemigo había huido ante el paso de las legiones y que habían ido más allá de los pasos malditos de Drusus, con lo que la noticia fue acogida con cierta orgullosa indiferencia por parte de la élite gobernadora del Senado, y especialmente por Augusto, a quien las fronteras de Germania, desde hacía años, le ocasionaban extraños sueños de los que despertaba angustiado y empapado en frío sudor, según he sabido por algunas de mis sirvientas, que se entienden bien con varios de los bátavos de su guardia personal... Supersticioso como es,

afirmémoslo una vez más, Augusto prestaba especial atención a aquel territorio nórdico que tantas dudas plantea hasta que la política exterior de Roma se ha centrado en las provincias orientales y la frontera de Armenia, y también vino a desplazar el interés por Germania una bonanza económica en la navegación por los mares que rodeaban a Grecia y la península itálica, y las crecientes tensiones de Panonia.

—¡Panonia es la mina de los parientes de Cæcina Severo, la gens Licinia de Etruria! —exclamó Sixto haciendo palmas burlonamente.

La región encerraba los montes Agathyrsi en el este a lo largo de la línea del Danuvius, colindaba en el noroeste con Noricum, y en su frontera norte con Germania Magna en su zona oriental, antes de entrar en contacto con los pueblos salvajes de Sarmatia.

—Panonia se ha mostrado orgullosa y hostil al dominio romano —continuó Iulo. —Es una tierra fértil irrigada por los ríos que descienden de las montañas de Noricum, pero los tauriscos, los toxandrios y algunas tribus de germanos cruzan el Danuvius y ejercen una influencia negativa en una región ya de por sí poblada por tribus salvajes y traicioneras. A ello se une la audacia de Marbod, ese rey de los marcómanos que había conquistado el territorio de las fuentes del Albis, más allá de Noricum, en Germania Magna.

—El reino de Marbod es una gigantesca fortaleza natural cercada por tres hileras de montes, los Sudeta en el este, los Gabreta en el sur y la cadena montañosa del Asciburgius a lo largo del norte y del este: el Boiohæmum.

—Para adueñarse de tan ancho territorio, los marcómanos habían combatido contra sus anteriores moradores, los boios y los volcos tectosagos. —Iulo parecía satisfecho. —Marbod, educado en Roma, donde había estado en prenda junto a muchos otros jefes marcómanos para que sus pueblos y sus familias dirigentes respetasen la frontera del Imperio, volvió con los marcómanos e inició una campaña según su educación en el ejército romano. El

resultado fue un nuevo problema para Roma. Marbod, a pesar de recibir ciertos de nuestros tributos, que aceptaba con las mejoras maneras, se ve en posesión del ejército más peligroso de Germania, al frente de setenta mil hombres armados, con una cuantiosa caballería, organizada en mayor o menor medida a la manera de los ejércitos imperiales romanos. Es el equivalente a ocho o diez legiones, una fuerza demasiado poderosa que Roma debería eliminar o neutralizar cuanto antes.

Sixto se enderezó y añadió:

—Ya Drusus había sugerido a su alto mando, y le había pedido a Tiberio, que no dejase prosperar a Marbod en el este, pues en el momento oportuno podía hacerse con el control de Germania y las tribus le mostrarían a él más simpatía que a los estandartes de Roma. Ello sólo podría acarrear un desbordamiento de las fronteras del Rhenus y el saqueo de las Galias en pocas semanas. El avance de Marbod y de los marcómanos en el Boiohæum había empujado a los boios y a los volcos tectosagos a cruzar el Danuvius al este de Noricum e introducirse en Panonia, Tracia, Iliria, Dalmacia... Pero Panonia, la región más rica y norteña, como una inmensa lengua de tierra fértil irrigada por los afluentes del Danuvius que afirmaba su frontera en el norte y en el este, se convertirá en poco tiempo en un nuevo campo de batalla.

—¡Sixto Aulio el augur! Los lujos del retiro acentúan tus capacidades como oráculo, parece.

—Sabes que soy de Tarento, y allí el sol nos hace visionarios, por muchos años que hayamos pasado en el invierno de la Galia.

Augusto pretende que Tiberio vuelva a Germania para derrotar a Marbod y que la tensión de las provincias del Agathyrsi se disipe gracias a un retorno de los pueblos desplazados por los germanos de Marbod. Pero no será así. Ya sabéis de las mentiras de Tiberio, y si se descubriese al fin lo que Drusus tan celosamente escondió, entonces llegaría la última hora de Augusto. Pero eso escapa a nuestras posibilidades, desconocedores de las pruebas.

Iulo miró preocupado por encima de los pinos que rodeaban el ágora.

—Pocas horas de Roma han sido tan extrañas como esta. Y

que conozca las intenciones que presidían el ánimo de Drusus no significa que ahora el que conoce la verdad llegará a revelarla.

Tiberio era el único que sabía ese secreto, y cualquier voz no podrá revelarlo.

—Si Tiberio lo hiciese, eso sólo debería ocurrir en posesión de las armas.

—¡Tiberio! —protestó Sixto. —Ese perro de sus amos... ¿lo habéis visto hablar en el foro? Un idiota, una torpe ave de corral, y nada más. Si la República retornase no lo haría de la mano de Tiberio. Y os digo que Tiberio es peor de lo que os imagináis.

Prefiero cien años de mandato con Augusto que un Tiberio convertido en emperador. ¿O creéis que se quedará mirando cuando Augusto muera? Si dispusiese del poder se entronaría. No dejaría nada en su sitio alrededor. ¡Temed a ese Tiberio...!

La familia imperial vivía sometida a una gran tensión. No eran pocas las voces que, como las de aquellos senadores, en secreto, comentaban la conducta de Julia, a quien cada vez se encontraba con más frecuencia relacionada con los orgiastros más famosos de Roma. Quizá porque Roma y sus romanos tenían una tendencia casi maniática a forjarse leyendas de todo tipo, lo cierto es que Julia se había convertido en una mujer demasiado popular, y tras el nombramiento de las nuevas divinidades, muchos se referían a ella como «la diosa de Roma».

Una tarde, uno de sus libertos abandonó la domus Tiberiana, y se dirigió a un recóndito rincón del Subura. Allí se encontró en una taberna con otro personaje que no parecía de gran condición. Se intercambiaron denarios y bolsas. Después volvió a su lugar y en la cocina, antes de que se sirviese la cena, vertió parte de un líquido que venía encerrado en un frasco de aquella bolsa en uno de los platos que iban a servirse a Julia.

Y aquello venía sucediendo desde hacía muchos meses. A pesar de todas las seguridades que Julia se permitía, alguien había logrado pagar un precio más alto para que aquel liberto de confianza realizase el encargo. Quizá era debido a que, debido a la poco agraciada condición física de éste, Julia nunca lo había considerado digno de sus favores, para los cuales escogía a hombres muy jóvenes, atletas, o famosos gladiadores.

A finales de año Augusto autorizó, contra toda lógica y gracias a los ruegos de Livia, la partida de Tiberio. Una vez más le pareció al emperador que Tiberio se ahorcaba con semejante petición, pues parecía querer privarlo de su confianza y de la necesidad que le urgía de sus servicios como general en las fronteras con Germania.

Pero estaba convencido, a su vez, de que no podía dejar en su poder un ejército tan poderoso como el que sería necesario reunir para combatir a Marbod.

Sin sentir la plena confianza, no podía depositar tanta fuerza militar en las manos de un legatus imperialis, pues podría cargar contra Roma y ocasionar una guerra civil.

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