Liberator Germaniae
Capítulo XXII
9 d.C. Teutoburgo
Había pasado el tiempo lunar de la cosecha, que los druidas llamaban Lughnasad; se acercaba la hora en la que el sol se hundiría en su propio ocaso.
Apenas llovía, y un aire tibio y un cielo despejado les había invitado al trabajo durante las últimas semanas, cuando una tarde varios de los rastreadores brúcteros informaron a Armin y al círculo de jefes que algunos espías extranjeros habían sido apresados.
—¡Que no los maten! Traedlos, es necesario cerciorarse de lo que saben y desde hace cuánto tiempo lo saben. ¿Romanos?
—Galos... —respondió el mensajero con aversión. —No hablan nuestra lengua.
—Yo hablaré con ellos. Los galos ya hablan mejor el latín que sus propias palabras —sentenció el querusco.
Al caer la noche, la comitiva llegó a las praderas que circundaban el Externstein. Atravesaron el campo, en el que ardían varias fogatas, y se detuvieron ante un amplio círculo de guerreros.
Los prisioneros venían encapuchados y maniatados sobre sus propios caballos. De no haber sido por las órdenes de Armin, los habrían traído arrastrados.
—¡Retiradles las capuchas! —ordenó Armin levantándose ágilmente y arrojando el hueso a uno de los perros, que lo atrapó en el aire y se escapó en busca de un rincón en el que triturarlo sin ser perturbado por sus congéneres.
Apartaron las capuchas. Uno de ellos se bamboleaba con los ojos cerrados y mantenía la cabeza inclinada hacia atrás, como si aspirase todo el aire del cielo. Armin lo reconoció con un vuelco en el corazón, esbozó una gran sonrisa y le preguntó:
—¿Qué dice Vercingetórix acerca de todo esto? A mí me parece que lo tienes difícil...
El galo abrió los ojos como si lo hubiese alcanzado un rayo, lanzó una vehemente mirada a Armin, y comenzó a gritar y a reírse como lo hacen los locos.
Wulfrund y Wulfsung se miraron con el ceño fruncido. No eran pocos los que volvían sus cabezas y miraban la escena. Armin tomó a su viejo amigo y lo desmontó, tomó un cuchillo y rompió las cuerdas que lo ataban. Lo primero que hizo el galo al verse libre, fue dejar de reírse y lanzar, de pronto, una mirada asesina a sus captores brúcteros.
Armin se dio cuenta de que eran necesarias algunas explicaciones.
—¡Éste es Vitórix!
Los brúcteros lo miraron hostilmente.
—¿Un romano?
—¡No! Por Tutatis... o por Tor, no, es un arverno de Gergovia, un enemigo de los romanos y un amigo mío.
—Te salva la amistad con mi amigo Armin de una muerte segura —amenazó el galo a sus captores en latín.
Armin tradujo:
—Dice que os agradece vuestro trato y que está contento de unirse a nosotros para luchar contra Roma...
Los brúcteros sonrieron por fin. Y el galo se sintió satisfecho con aquella muestra de humildad ante sus amenazas, así que dio el asunto por concluido.
Armin y Vitórix se abrazaron y continuaron hablando en latín.
—¿Qué te ha traído...? ¿Cómo...?
—Hacía tiempo que abandoné las legiones, tras la campaña de Panonia... Cuando Armin desapareció, decidí que mi formación había acabado y cuando acabó la campaña me marché. Y estuve viviendo de la caza en la orilla libre del Rhenus. Los sugámbrios nos dejaban cazar tranquilos. Hasta que hace no mucho unos cazadores, que ya nos conocían desde hacía tiempo, nos revelaron que un ejército germano se reunía en el norte para luchar contra Varus. Era un sagrado secreto, pero el sugámbrio me dijo que recordase el nombre de Wulfmund... Y estos brutos brúcteros nos apresaron como animales en una trampa para osos al sur, de camino a Teutoburgo, y aquí estamos.
Después de dar algunas explicaciones, los jefes escucharon las historias de Vitórix, y éste les dijo que Vercingetórix hablaba todos los días con él, y que los ayudaría a vencer. Cerunno se interesó especialmente en sus diálogos con el espíritu del legendario galo, y parecía ser el único que se los tomaba en serio. Fue aceptado en la cuadrilla a instancias de Armin, y a partir de entonces se convirtió en uno de sus mejores ayudantes para los entrenamientos de caballería. Los otros galos que lo acompañaban formaron aparte y se unieron a las hordas montadas bajo las órdenes de Wulfrund.
Pocos días después, Armin escuchó de los espías que las legiones estaban a punto de partir, y envió la noticia a los clanes queruscos. Los viejos bastones rúnicos fueron de aldea en aldea, los hombres se reunieron, los caballos relincharon y fueron cargados, y muchos miles de queruscos se pusieron en marcha hacia Teutoburgo. La orden viajó hacia los tubantios, hacia los dulghurnios y hacia todos los jefes de la alianza. Cerunno le dijo que la hora estaba cercana y que las fuerzas debían acantonarse.
Teutoburgo, el Bosque de los Teutones.
Era una zona salvaje y abandonada incluso por los germanos.
Su bosque sagrado se extendía por encima y por debajo de una parte de las colinas de Osnengi, y en él moraban los espíritus de los antepasados, los padres de los lobos, de los osos, y todos los pájaros. La selva densa, profunda, fangosa, prehistórica, de Teutoburgo se había convertido en el escenario escogido para la reunión de las fuerzas germánicas.
El Santuario de Irmimur se elevaba ahora sobre praderas atestadas de guerreros. Las hileras de caballos iban llegando, los contingentes queruscos cantaban burdamente y hacían sonar una algarabía de cuernos de caza. Llegó Wulfila y su tercer hijo, Wulfbrandt, con las greñas canosas al frente de los lobos queruscos, vino Asgra de los jabatos queruscos, y Witolt de los osos queruscos, y Wilant; Gernot, al frente de las hordas de zorros rojos sugámbrios; Helmnir, el hijo de Helmbrecht, herzog de los tubantios, también Chludunmir, el hijo de Clodmir, jefe de los uros téncteros, con su yelmo cornígero; llegaron miles de arqueros márseros bajo el mando de Cradarich el Rojo, sucesor de Melonua, atraídos por Cerunno y sus mensajeros druidas, con sus rostros tintados de rojo gracias a la esencia del quermés, con sus crestas salvajes en las cabezas afeitadas, con sus dientes afilados como colmillos de lobos, los hombres feroces de los bosques... Y cientos de caballos amsívaros y angrívaros, con sus jinetes y sus amazonas arqueras, familias enteras de hombres y mujeres de las llanuras de los hombres—caballo, que acudieron a la llamada de la venganza, y jefes caucos, catuarsos y quemavos al frente de sus hordas vociferantes.
A falta de mayores ceremonias llegado el día del ataque, que el kuninc de la batalla, Armin el Querusco, pretendía llevar a cabo en medio del más absoluto silencio para causar mayor quebranto a los romanos, Cerunno reunió a las docenas de sacerdotes de todas aquellas tribus y comenzó a ordenar los sacrificios. Los astiles fueron clavados en las praderas, y alrededor de ellos los germanos de cada tribu y de cada horda se reunían y encontraban la forma de
orientarse en medio del mar de caballos y hombres que atestaba el paisaje.
Armin subió junto a Cerunno a la Roca del Sol, y contempló desde allí su sueño, que comenzaba a hacerse realidad. Había decenas de miles de germanos reunidos alrededor, cornos si el Santuario de Irminur fuera un hormiguero humano. Armin miraba por encima de aquella variada muchedumbre. Los estandartes, que pendían de las crucetas de largos astiles, se agitaban luciendo la forma negra y verde del gran dragón de las sagas, cuyas fauces apresaban, toscamente representado, al infame invasor; desplegaban algunos el emblema del cuervo desollador y el del ciervo corneador, el del uro cornilargo y del oso rampante, el del caballo encabritado, el del buitre y el del halcón de alas extendidas; ondeaban, además, los discos rojos y las grandes esvásticas del Sol Invictus. Veía el tapiz de cabezas, las barbas, los yelmos penígeros, metálicos, cornígeros o forrados de piel de miles de germanos, de miles y miles de compatriotas, sus variadas vestimentas, sus armaduras, sus rostros pintados, sus diversos escudos, grandes y pequeños, con las más diversas filigranas y dibujos, sus lanzas encrespadas como las púas en la piel de un gigantesco erizo extendida sobre la tierra... Finalmente, el sueño de Armin se iba a hacer realidad. Por segunda vez tendría su soñada batalla; mas esta vez estaba seguro de qué deseaba, y de que lo deseaba.
Cerunno alzó los brazos como un profeta, dando la señal a todos los sacerdotes y druidas.
Un viento soplaba hacia el este. Los hombres—cuervo, los adivinos y santones de los brúcteros, agitaron los brazos y emitieron gritos cavernosos. Horribles viejos decrépitos en los que se depositaba la sabiduría de la vida y de la muerte, cubiertos con sagos negros, dispusieron el fuego ponzoñoso de la guerra; sus uñas eran largas y llevaban torques y pulseras con plumas y garras de cuervo. Se desgarraban las gargantas gimiendo rúnicas plegarias.
Comenzaron a encender las hogueras sagradas del gran ritual. Le parecía que estaba otra vez allí, junto a su padre, ante la gran batalla contra Cayo Sentio Saturnio...
Las voces de los ancianos entonaban unos cantos extraños que Armin nunca había oído. Sonoras ristras de runas. Trozos de mitos arcaicos. Guturales.
Brotaban de sus bocas como murmullos contenidos, o como la larga letanía de una fórmula mágica. Una fétida pestilencia se esparció por el aire, y las fumatas, negruzcas embajadoras de la muerte, se alejaron sobre el campo de batalla, visitando con su hediondez a las legiones. Eran los sacrificios para Helia, la diosa que custodiaba el portal de la muerte, y para sus elfos negros, los guardianes de las profundidades. Sus cuervos y buitres vendrían después a devorar muchos de sus muertos, para apartarlos de los dioses romanos.
El barditus estalló en las tribus germánicas como un bramido semejante al de los osos, o el zumbido que levanta una tormenta al azotar las ramas de las encinas. Docenas de trompas de caza resonaban formando una algarabía desconcertante de melodías desacompasadas y variadas que subían y bajaban con los armónicos básicos de aquellos instrumentos. Su sonido, profundo y juguetón, dotaba a la escena de un cierto aire de fiesta, y las muchedumbres comenzaron a gritar enardecidas los nombres de sus jefes; mas entre muchos otros resonaba un atronador Wulfila, como entonado por diez mil trolls, aquellos monstruos enormes que Armin había oído respirar, ocultos en el fondo de las cavernas. Wulfila se había convertido en el caudillo favorito de la infantería. Pero al fin más de diez mil voces repitieron al unísono aquella palabra, cuyo eco se arrastraba entre las colinas como las pisadas del dios del trueno, de camino a la contienda: Wulf, Wulf, Wulf.
Raptado por el recuerdo, Armin había alzado los brazos en la cima de la Roca del Sol, empuñando a Zankrist, y había gritado su ira. Le pareció que el cielo se lo tragaba al contemplar la luz evanescente del oeste, y cuando miró alrededor descubrió el rugido de las hordas, que lo saludaban. Un oleaje de mares humanos,
profundos, un grito que surgía del pecho del abismo rompía a su alrededor contra las rocas del Santuario.
Cerunno empuñó una gran antorcha.
A su señal, un gran círculo de leña fue izado y apoyado contra la base de las rocas del Externstein. Miles de voces raucas rugían, creando una sola voz: la voz de Germania.
Wulf, Wulf, Wulf.
Cerunno agitó la antorcha; la señal estaba dada.
El sol de leña comenzó a arder cuando los sacerdotes germanos propagaron el fuego de sus antorchas a la base. El consejo de los druidas se apartó y contempló el círculo en llamas en el Altar de Teutoburgo, la conjuración del sol y su sacrificio en las tinieblas nocturnas de los negros cuervos de Helia.
Los sacerdotes ordenaron silencio, los guerreros callaron, impresionados por la aparición del la Rueda de Fuego, con las runas solares ardientes y las altas llamaradas. Y entonces la voz de Cerunno rompió contra las rocas, y fue en busca de sus espíritus. Y
así resonaron las palabras del taumaturgo en la lengua antigua: Do lettum se asckim scritan,
Scarpen scurim, dat in dem sciltim stont.
Do stoptum to samane staim bort chludun,
Heuwun harmlicco huitte scilti,
Unti im ir o lintun luttilo wurtun,
Giwigan miti wabnum...
Giwigan miti wabnum... —repetían los druidas.
A ellos se unieron miles de voces, mientras Cerunno contemplaba las hordas enervadas, como extasiado, con la devoción que despierta un milagro.
— Wabnum! Wabnum! Wabnum!
Cerunno mostró las rocas, agitando la antorcha sobre ella, clavó sus ojos en Armin, y su voz, amplificada por el eco de las piedras del Externstein, resonó por encima del rugido de las furentes hordas.
—Aquí arrancaré el corazón a Varus; serviré la mesa divina de la que comerán los divinos cuervos de Geri mis divinos presentes.
Sus últimas palabras estallaron como un trueno:
—¡Pues yo amo la sangre!
Las cuatro runas ardieron a lo largo de la noche, propagando desde el centro un gran círculo de fuego, el Sol Invictus de los germanos:
Cuando las llamas comenzaban a decrecer y la leña se descomponía en brasas bermejas que caían rodando entre las piedras como el magma de los volcanes de Thule, una claridad se extendió detrás de las moles rocosas del Santuario de Irminur, y los primeros haces de rayos apuntaron entre los árboles.
El sol, ardiente y fuerte, surgía de las oscuras montañas.
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