Liberator Germaniae
Capítulo VII
4 d.C. Siga
Los días pasaron y el verano llegó y reverdeció las orillas del Río Grande. La hierba crecía, los caballos galopaban, el viento era más cálido. La vida siguió así, como siempre había sido, y Armin trató de disfrutar de aquel tiempo indefinido que le separaba de su casi segura partida. Los ejercicios continuaron en la Colina de los Teutones, y las anchas aguas del Rhenus se volvieron más impetuosas, a medida que el hielo de las lejanas montañas de Rætia goteaba por las escarpadas laderas en las que los helvecios criaban sus bueyes. Los Vanes bendecían las tierras de Segest con abundantes cosechas. Los campos, como largas tiras de oro, ondulaban al pie de las colinas boscosas, y Armin los veía extenderse hacia el horizonte a lo largo de las orillas. Parecía que las mismas ondulaciones que recorrían la superficie del Río Grande se agitaban por encima de la tierra, en el mar dorado de los campos de cereales. Alfmund decía que eran los espíritus del verano, las hijas de los Vanes, que dejaban sus huellas mientras recorrían el mundo en busca de sus misteriosos amantes. Los árboles dejaron de echar flores y de esparcir semillas. Las poderosas ramas de las encinas, los altos troncos de las hayas y los alerces, se cubrieron de hojas verdes y grises, y los pájaros llenaban el cielo con ruidosas bandadas que iban en busca del norte en la única época del año que les resultaba favorable. Armin recorrió las florestas en busca del
pájaro con el que Thusnelda soñaba. Era el Pájaro Hercynia. Las madres del consejo decían que el Pájaro Hercynia sólo podían verlo las mujeres enamoradas. Thusnelda reconocía que soñaba con aquel pequeño y encantador pajarillo, y estaba seguro de que si Armin lo encontraba él lograría entender su canto, y que lo guiaría hasta un círculo de fuego en el que ella misma yacía dormida. Todo era tan extraño como mágico, y Armin hizo uso de algunas horas más allá del mediodía, cuando los ejercicios de guerra no tenían lugar, para recorrer los agrestes parajes de las colinas de alrededor en busca del canto de aquel pájaro mágico. Varias noches pernoctó en las tinieblas esperando escucharlo al amanecer, pues también se decía que el Pájaro Hercynia era el único cuyo plumaje brillaba en la oscuridad.
El ave de los sueños no apareció, pero Armin disfrutó tratando de hallarlo para ella. Sin embargo, y a diferencia de los muchos presentes en oro que le hizo, extraídos de su propio filón en la caverna río arriba y forjados por sus hábiles manos de herrero, aquella ave estaba fuera de sus posibilidades, y al final se conformó con forjar para ella un pesado pajarillo de oro al que le incrustaron delicados ojos de ámbar.
Segest estuvo ocupado con los asuntos del verano. Los romanos hacían gran acopio de provisiones en aquella época, y Armin habría jurado que compraron mucho más de lo habitual. No habría sabido si aquella tendencia había sido un hecho generalizado, o si fue un incremento en las inversiones que se hicieron en los productos de Segest, pero lo cierto es que Roma se volvía cada día más poderosa en la orilla izquierda del Rhenus, y que sus numerosas rutas fortificadas, fruto de las campañas de Drusus, se mantenía en el país de los sugámbrios, abriendo una brecha en el pecho de Germania Interior, que parecía garantizarles la seguridad de las fronteras septentrionales.
Segest trataba a Armin con la naturalidad de siempre, aunque Armin habría jurado que se había distanciado más de lo que era ya
habitual en él. Siempre le pareció que no aprobaba la elección de su hija, pero en los últimos tiempos parecía culparlo a él de todo.
Thusnelda se mostraba serena, pero algo en la familia de Segest le llevaba a Armin a pensar que la situación se había modificado, y que esperaban impacientemente una respuesta de él. Y no era precisamente la petición de la mano de su hija. La joya de Segest parecía engarzada en la corona de oro del rico y próspero jefe querusco. Segest no podía evitar haber desarrollado un punto de vista muy al estilo de los romanos de lo que debía ser una mujer, y Armin sospechaba que pretendía granjearse una buena alianza con Roma al modo en que las grandes familias lo hacían en la capital del mundo.
Una tarde, Armin martillaba en la fragua con el recio Alfmund. Su compañero forjaba sin pausa la hoja de una espada sobre una bigornia, pero Armin se detuvo, preparando como estaba un pesado crisol de cobre, e interrogó al amigo.
—¿Crees que Segest quiere casar a su hija con un romano?
Alfmund se detuvo en el acto dejando caer el martillo, y se echó a reír.
El querusco lo miró indignado. No era una broma, sino una pregunta hecha a un amigo. Como viera que Alfmund no cesaba de reír, Armin volvió al crisol y lo depositó entre la llamas con gran esfuerzo. Las venas de su cuello se hinchaban y su espalda se cerraba como un armazón de argollas musculares. Aunque bastante alto y nada encorvado, Armin no era excesivamente ancho ni corpulento, pero disponía de una fibrosa y ágil fortaleza que durante un pesado esfuerzo tendía a hincharse y a volverse más poderosa de lo que cualquiera pudiese sospechar. Imaginaba que aquello era consecuencia de su carácter: era la cólera, que fluía por sus venas, aunque con el paso de los agradables años en Siga se hubiese calmado, la que amenazaba en cualquier momento con arder y convertir a aquel hombre en un explosivo manojo de nervios.
—No me creo que puedas llegar a pensar esas cosas —
sentenció al fin Alfmund. —Si fuese así no te dejaría entrar en su propia casa, como es el caso desde hace años.
—Sabe que si me expulsase en este momento —dijo Armin sacudiendo el fuelle con furia— sólo conseguiría dañar a su propia hija, y eso no lo hará. A veces pienso que espera a que me marche para hacer algo que nadie sospecha —de pronto clavó los ojos en Alfmund, y éste hacía mucho tiempo que no veía esa mirada en el rostro de Armin, despiadada y feroz como la de un animal salvaje
— y por eso he pensado que sólo mis amigos podrán ayudarme.
Tengo un plan.
—Cómo no... Siempre tienes un plan. ¿De qué se trata esta vez? —preguntó Alfmund, mesándose la barba y sentándose en un tocón de fresno.
Armin dio unos pasos hacia el amigo y se detuvo.
—Necesito poder confiar en vosotros, mis amigos, y que me hagáis saber lo que sucede, si acaso sucede algo que vaya en contra de Armin.
—Por mi parte puedes estar seguro de que te avisaré. Segest no sabe hasta dónde puedo llegar, y no quiero que case a Thusnelda con un romano. Pero romano o no romano, te avisaré si Segest planea destruir vuestra alianza.
Armin le tendió el brazo a su amigo, y éste lo aferró con su ennegrecida manaza.
Una mañana, tal y como había sido anunciado, se esperaba la llegada de un importante cargo del ejército romano que adquiriría gran cantidad de las mercancías de Segest para sus unidades en Colonia.
El personaje estaba especialmente interesado en los viñedos de Segest, que éste llevaba adelante con la ayuda de unos romanos que se habían establecido a las afueras de la ciudad. Sólo ellos sabían cómo podar aquellas plantas, en qué momento debía retirarse el
fruto y cómo debía tratarse para poder ser convertido en vino blanco.
Se llamaba Veleius Paterculus.
Armin fue invitado a la solemne ocasión. Segest pidió a sus hijos y sobrinos que se armasen a la manera de los germanos, pues quería demostrar a los romanos cómo era su guardia personal, y de qué eran capaces los que salvaguardaban sus terrenos y su casa, en la que, además, los romanos serían recibidos con la máxima amabilidad de la que él era capaz, y era un hábil conversador.
El puente, no demasiado distante y vigilado a ambos lados por dos campamentos con una nutrida guarnición formada por media cohorte, ofreció paso a dos cohortes enteras de excelentes legionarios. Caminaban erguidos. Recorrieron el camino junto a la orilla, a lo largo de los campos dorados. Su estandarte era un imago de Augusto, y el dios—hombre de Roma encabezaba la comitiva.
Veleius Paterculus cabalgaba sobre un caballo ocre rodeado de varios oficiales y centuriones de empenachados cascos.
Solemnemente treparon la colina. Las cohortes se detuvieron al pie de la misma y allí se quedaron como dos rectángulos de metal.
Cuando Armin vio aquel rostro quedó impresionado por su aspecto marmóreo. Iba afeitado, como los jóvenes queruscos, aunque el romano no era joven. A Armin le pareció que tras la afilada mirada había un hombre poco sanguinario. No era como todos los arrogantes oficiales y centuriones que malvivían en los campamentos de la frontera. Parecía pertenecer a un mundo más tranquilo y en sus ojos apareció, a medida que se aproximaba al jefe germano, un gesto de complacencia y de sencillez. La cabeza de escasos cabellos, el perfil seco, los nervios que se agitaban en su cuello por encima de la coraza de bronce, en la que aparecía repujada la cabeza de un león, la forma como sujetaba sus pulgares hundiéndolos detrás del cingulum, del que pendía un faldellín acorazado con tiras de escamas metálicas, todo ello mostraba a un inteligente militar de Roma como Armin no lo había visto nunca.
—Mi amado Segestus —dijo el romano abrazando al fürst.
—Veleius Paterculus, puedes creer que eres bien recibido en mi casa. Ve a mis hijos y sobrinos, todos están aquí sólo para protegerte y para admirarte.
Veleius recorrió las filas de germanos y sonrió amablemente.
—Son bravos hombres los tuyos, Segestus. Me alegro de que nuestra relación sea tan buena. No me gustaría tener que enfrentarme a ellos.
—Entra en mi hogar, Veleius Paterculus, y disfruta de cuanto poseo.
Ambos líderes entraron en el gran salón de la morada. El fuego ardía a pesar de ser verano, y en él se tostaban unos pedazos de carne. Segest sabía que los romanos gustaban de la carne de los germanos a la manera como estos la preparaban, siempre y cuando estuviese bien condimentada, y Segest no había escatimado esfuerzos para lograr satisfacer a sus invitados.
Allí, en pie, Segest dejó que Thusnelda apareciese.
Parecía una auténtica diosa. Llevaba los cabellos sueltos, y su rostro era serio y miraba al suelo, evitando los ojos de los extranjeros.
—Deja que te presente a mi hija. Su nombre es Thusnelda.
Veleius pareció visiblemente impresionado, pero las mejillas de Thusnelda no enrojecieron, y permanecieron tan gélidas como las de una escultura. Armin conocía a su amada, y sabía lo que sentía en un momento como aquél. Segest disfrutaba demasiado exhibiéndola en los últimos meses.
—Es la joven más hermosa que he visto en mucho tiempo. Las ubias no son ni de lejos tan hermosas como las bellezas que a veces aparecen en estas orillas. Y tu hija, Segestus, es una joya.
Segest sonrió detrás de su barba amarilla, y pareció acariciarse la pesada cadena de oro de manera instintiva.
Veleius se fijó en ella y le habló:
—¿Sería demasiado pedir que me mirase a los ojos esta mujer, sólo un instante?
Thusnelda miró a su padre un momento, y leyó el deseo de éste en la sonrisa confiada de sus labios.
Entonces lo ojos de Thusnelda se alzaron, y los avellanados cristales de esmeralda que se sumergían en su alma cayeron sobre los ojos de Veleius, iluminándolo.
—No hay piedra alguna en la India que pueda rivalizar con esa mirada.
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