Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 78 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XIX

8 d.C.

Pero la gran arma de las civilizaciones era su pensamiento.

Aquello centelleó en su mente, abrumada por los pesares y las dudas y las ansias. Fue como una intervención del sol. El pensamiento parecía ser el arma demoledora que convertía a unos hombres en dioses y a otros en vulgares animales, indignos hasta del más mellado de los filos. Cerunno era el más grande guerrero que había conocido. Siempre creyó que ése era su padre, Segimer, pero su padre sólo había sido un hombre. Era Cerunno el verdadero héroe, era gracias a cuánto Cerunno le había dicho que él en ese momento tenía las dudas que tenía y vivía los acontecimientos como los vivía. Los grandes guerreros de Wulfmunda, la tenaz Alianza de los Ases, las rebeliones de los queruscos, todo ello se debía a los guías espirituales, a los pensadores, y de entre todos ellos, a Cerunno. Él se había encargado de que aquel pensamiento pasase de una generación a otra, y su pensamiento era la guerra, mantenía vivo el deseo de libertad, ponía las consecuencias claras ante los ojos de los obcecados jefes. Les mostraba que el comercio con Roma era una falacia, y que sólo conducía a la esclavitud. Que sus alianzas sólo eran un pretexto para hacer rehenes y que sus fronteras nunca serían definitivas.

En tal caso, esa era la grandeza de su civilización, con todos los atrasos en las diferentes fuerzas del cálculo. Los germanos