Liberator Germaniae
Capítulo IX
4 d.C. Siga
Pocos días después, los adminículos de los guerreros de Siga estuvieron forjados, pulidos y afilados. Armin contemplaba su nueva espada, la espada de Roma. Le gustaba pensar que era el brazo que prestaría al Imperio, el acero que tributaba para lograr una esposa. Absurdo en esencia, pero tan cierto como el sol invencible que rodaba sobre las colinas cada día, hubiese o no nubes y tormentas. Segmund, el hijo mayor de Segest, ya había estado en las legiones. Hablaba de fabulosos combates, de hombres de todas las razas que se unían bajo las águilas de plata, de increíbles formaciones ecuestres, de caballos que Armin jamás había visto, traídos desde un sur distante. Y entonces la imaginación de Armin recorría los nombres de una tierra que ardía bajo el sol y en la que jamás se detenían las nubes. De desiertos, lugares donde el viento ululaba entre piedras desgastadas y montañas de arena y polvo, de una ciudad llamada Alejandría, de Egipto y del río que milagrosamente atravesaba las arenas, de Grecia, el lugar en el que unos seres superiores habían hecho posible el cálculo del agua. Grecia era la tierra de los misterios.
Segmund les había hablado de hombres que se dedicaban a pensar.
Armin trataba de imaginar cómo sería un largo día bajo el sol ardiente del sur, pensando. Sólo pensando... él que necesitaba sudar y unir el pulso de su sangre al movimiento del curso solar. Allí unos
hombres lograban calcular lo incalculable, y podían trazar un puente para pasar las aguas de un lugar a otro, desviar los ríos, desecar las ciénagas, extender caminos en línea recta que cubrían enormes distancias. Armin se imaginaba que todo resultaría nuevo, y su espíritu aventurero se regocijó en el ínterin al pensar que todo se serviría ante sus ojos. Segmund contaba además que en los grandes campamentos de Colonia los germanos eran entrenados en las tropas auxilia, donde tarde o temprano y según su rango y capacidad, se hacían cargo de los germanos enrolados en las legiones.
Había oportunidad de aprender, y al parecer las fronteras se hallaban en un buen momento, y no parecía haber grandes movimientos por el momento, ni anunciarse grandes guerras. Todo apuntaba a que Armin pasaría un período de entrenamientos en las legiones, recorrería algunos campamentos, y volvería a Siga en menos de un año.
Pocos días más tarde, la visita de Veleius Paterculus se repitió.
Esta vez Segest no pidió la presencia de su guardia personal y aparentemente el motivo de la visita giraba en torno a las cantidades y la revisión de los cargamentos que sus cohortes debían llevar consigo. La presencia de Veleius despertó la ira de Armin. La reunión se prolongó hasta entrada la tarde. Durante aquel tiempo, Armin se reunió en el alto de la Colina de los Teutones, y alrededor del monumento ancestral incitó a muchos de los jóvenes a terribles juegos de guerra. Armin empezó a aullar como lo hacían los lobos queruscos antes de propinar terribles mandobles. Y no cejaba de mirar hacia la fortaleza de Segest, a orillas del Río Grande, a cuyo pie centelleaban las cohortes que acompañaban al mandatario romano. Imaginaba cómo Segest exhibía de nuevo a Thusnelda.
Veía cómo la obligaba a mirar a los ojos a aquellos romanos, y le pedía que ayudase a servir algunas vituallas. Como los malditos romanos. La furia de Armin iba en aumento. Su acero demostraba ser duro y flexible. Sus peligrosos golpes rompían los escudos, y Sleipner temblaba excitado en medio de arremetidas, precipitadas
carreras. El enorme corcel negro, pura sangre y puro nervio, parecía tan iracundo como su amo. Al fin Armin se colgó la espada del tahalí a la espalda, y arremetió en una potente carrera colina abajo.
Quienes lo siguieron con la mirada, sorprendidos, vieron cómo el caballo recorría el camino, furioso, trazaba un largo rodeo, y se precipitaba en los campos dorados de cereales. Eso era algo que Segest había prohibido terminantemente. No se podía galopar por esos campos, aunque fuese un gran placer para fogosos caballos. La silueta negra de Sleipner pisoteaba las vegas trazando una inmensa elipse.
Armin sentía el viento arrastrando su cabello, los ojos fijos en lo alto de la colina de Segest. Las cohortes centelleaban indolentes al sol de la tarde. Sleipner devoraba con sus patas el terreno y sus zancadas eran como el redoble de un tambor. Al fin Armin llegó a galope tendido junto a las cohortes. Los legionarios lo siguieron con la mirada al unísono, y algunos lo llamaron. Era un jinete magistral, y el caballo parecía poseer la fuerza indomable de una de las bestias de Diomedes, el legendario rey de Tracia del que se decía sólo alimentaba a sus caballos con carne humana. Armin coronó la colina y Sleipner pasó al trote rotando alrededor del palacete de Segest, relinchando sonoramente y cabeceando. Por fin se detuvieron a cierta distancia del núcleo de casas que rodeaba la gran morada del herzog de Siga, y Armin esperó.
Poco tiempo después, Veleius, acompañado de algunos romanos y de Segest, abandonaban la sala y salían al sendero que descendía serpeando por la loma. Veleius vio de pronto a Armin.
Estaba erguido sobre el caballo, mirándolo fijamente. El sol de la tarde caía en el oeste y parecía coronar la figura del joven. El viento agitaba sus greñas. Segest descubrió a Armin y lo miró sorprendido. Después volvió a posar una mirada seria en él, la que siempre había empleado. Pero todo fue diferente aquel día. Armin miró fijamente a los ojos a Segest. Su entrecejo se frunció y sus cejas se volvieron aquilinas. Alzó las riendas y Sleipner relinchó, inquieto. Hombre y caballo parecían ser una sola cosa, un nórdico centauro salido de la leyenda. Dio un leve tirón cuando todos lo
romanos lo observaban, apretó las piernas; el caballo conocía la señal. La bestia, digna de Diomedes, relinchó y piafó orgullosamente, alzándose sobre las patas traseras, como si pretendiese saltar sobre ellos y aplastarlos. Amenazador, el imponente corcel obedecía con tal precisión que el rostro de Veleius esbozó una leve sonrisa. Creía comprender la situación. Segest continuaba conteniéndose. Quizá no se lo imaginaba, pero Armin ya había comprendido que ante todo Segest era un cobarde.
Thusnelda abandonó la sala y salió al camino. Inmediatamente después, Sleipner avanzó unos pasos hacia el grupo. Armin no hizo gesto alguno. No movió una ceja ni pestañeó. Sus ojos ágiles pasaban de una a otra mirada rápidamente y con suprema indiferencia. La cruz de la espada asomaba sobre su hombro izquierdo, la punta sobresalía por detrás de la cintura, envuelta en la vaina de cuero. Cualquiera se daba cuenta de que era extraordinariamente larga incluso para aquel germano. Sólo un experto podía manejarse cómodamente con una cuchilla de esas dimensiones.
Thusnelda avanzó hasta Sleipner, acarició el lomo del animal, y Armin le prestó el brazo para que saltase tras él. Como una amazona, se abrazó a Armin. Los ojos de Segest evidenciaban una creciente ira, pero evitó palabra alguna, consciente de que sólo pondría de manifiesto su impotencia ante los romanos. Estaba seguro de que Armin no obedecería bajo ningún concepto.
Comprendió, al ver aquella mirada, que el espíritu salvaje de los lobos queruscos dormía en el alma de aquel hombre, y rememoró su error.
Veleius se aproximó al caballo, alzando las manos confiadamente. Su sonrisa no se borró del rostro en ningún momento, a pesar de que Armin escrutaba sus ojos implacablemente.
—Un jinete excepcional, desde luego, o un caballo demasiado inteligente —dijo tranquilamente.
—O ambas cosas —dijo Armin, cortante.
—En tal caso querré verte en mis unidades de Colonia. No estoy dispuesto a que te desperdicien en infantería. El ejército de Roma necesita de los magníficos jinetes de los pueblos bárbaros...
—¡Qué raro que Roma necesite algo cuando parece tenerlo todo! —exclamó Armin en un latín incorrecto, forzando una amplia sonrisa.
—Todo el mundo sabe que un germano a caballo vale más que tres romanos a caballo... —afirmó Veleius pacientemente.
—Yo había oído que eran diez, pero se dicen demasiadas cosas
—añadió Armin con suficiencia. Segest parecía helado por la ira que le producía la arrogancia del joven. Pero el acto de su hija le impedía cualquier intervención. —De cualquier modo, no tenga en cuenta las sandeces de un bárbaro, y cuente conmigo a caballo en Colonia. De cualquier modo, mi mujer también me había hablado elogiosamente de su amistad...
Segest parecía crispado, a punto de estallar.
Veleius miró a Segest como si quisiese interrogarlo con la mirada. El hombre volvió en sí y miró quedamente a Armin.
—Nada sabía de que Thusnelda fuera tu esposa —dijo al fin con cierta humildad. Armin recibió las palabras con gélido desprecio. —Pero has de saber que Veleius Paterculus es respetuoso con sus amigos, y que no se entromete en asuntos ajenos. No es su estilo, puedes creerme. Thusnelda, cuidaré de Armin en Colonia, como tributo a mi admiración por ti.
—Le agradecemos su comprensión —dijo Armin.
—¿Cuál es tu nombre, joven? —preguntó Veleius.
—Armin.
—Allí te llamaré Arminius. Te he respetado, así que respétame tú a mí.
Armin le dio la señal a Sleipner, y el caballo trotó colina abajo.
Segest permanecía como petrificado, observando a la pareja, que descendía y desaparecía de su campo de visión.
Veleius se volvió a Segest con gesto animoso. Era consciente ahora del uso que el germano hacía de su propia hija, en parte buscando mejorar sus negocios al tratar con él, pues sabía que Veleius se habría casado con ella de buen grado. Pero no debía haber emprendido ese camino si ella estaba casada con otro hombre.
—En adelante, no me ocultes nada, Segestus. Eso puede poner en peligro nuestra fructífera relación. No es a tu hija a la que culpo por tener hombre, sino a ti por habérmelo ocultado. —Los ojos del militar aguerrido se volvieron duros y amenazadores. —Ni una sola mentira más, Segestus. Séneca decía que los hombres se ofenden cuando se traiciona sus tesoros, pero cien veces más cuando se traicionan sus sentimientos. Por un tesoro se emprende un pleito, pero por el engaño de un sentimiento se emprende una guerra.
Segest permaneció mudo, inclinó la cabeza, y tomó la mano de Veleius. Se limitó a asentir con ojos de falsa contrición.
Aquella noche la cara blanca volvió a brillar alta sobre los campos. El torque de oro que Armin había forjado para Thusnelda parecía hecho de pálida plata. El resplandor de la luna rielaba sobre las anchas aguas del Rhenus. Thusnelda no regresaría a su hogar esa noche. Segest no había enviado partidas de guerreros en su busca, no se oía el bramido de los cuernos de caza. No había antorchas hormigueando en el llano. Una calma absoluta parecía reinar en Siga. La aldea comenzaba a dormir. Algunas luces, procedentes de fuegos que languidecían en los hogares, parpadeaban moribundas en los pequeños rectángulos de las ventanas. La hoguera de la fiesta, donde el Thing había celebrado la marcha de los guerreros hacia Colonia, bendiciendo su viaje, se apagaba, y sólo algunos gritos aislados recordaban que algunos habían bebido más cerveza de lo que debieran. Ebrios, habían iniciado una ruidosa pelea, que finalizó en jolgorio y risas.
Armin recordaba la estricta vigilancia de los cultos sociales en Wulfmunda. No se parecía en nada a Siga. La romanización permitía que todas las creencias ancestrales se aflojasen. Las mujeres del consejo no disponían de la fuerza de decisión. No había ningún sacerdote, como el legendario Cerunno, que vigilase la instrucción de los niños en los rituales de los dioses, que se ocupase de la formación del espíritu del guerrero. Y Segest se había convertido en un maestro en el arte de la falacia romana. Pero Armin se sintió satisfecho. Aquel día había demostrado que las enseñanzas de Cerunno le habían servido de mucho, y pensó que al menos Segest se había visto forzado a aceptar la decisión de Armin y de Thusnelda. Agradeció a todos los dioses que el maduro romano no fuese un caprichoso arrogante, como la mayoría de los oficiales de los alrededores, y pensó que trabar amistad con él era lo mejor que podía hacer al ingresar en las legiones de Colonia.
Durante toda la noche, Thusnelda habló poco. Parecía descontenta con el desenlace de la situación, y sentía lástima por su propio padre. La humillación a la que había sido sometido era algo que no le perdonaría jamás. Pero ya iba siendo hora de que dejase de jugar con ella.
La mañana los encontró abrazados debajo de las pieles de oso que Armin cargaba entre sus pertenencias de viaje. El sol se levantó y una niebla rodeaba la cumbre. El sol ardía como una mancha dorada y difusa a través de una espesa calina. Pero por debajo se arrastraba lentamente un manto de niebla del que brotaban fantasmales penachos de vapor. Emprendieron el viaje de regreso y llegaron al centro de Siga, donde los caballos de los que partirían hacia Colonia se habían reunido. Armin emergió de la niebla como un espectro. Desmontaron, y él fue en busca del resto de sus adminículos. Cuando volvió y todo estuvo cargado, hubo una larga despedida.
Al fin la comitiva desapareció en la bruma que clareaba, camino del puente donde una cohorte aguardaba para partir con
todos los germanos de aquellos valles que se dirigían a formar parte de las legiones de Colonia.
La imagen de Thusnelda se desvaneció detrás junto a muchas otras siluetas que les gritaban y que lloraban en silencio. Por primera vez la había visto llorar. Los ojos verdes de Thusnelda, que apenas había hablado en toda la noche, se vidriaron de dolor y Armin vio las lágrimas y los párpados enrojecidos. Jamás había llorado por ninguna persona, pues Armin la veía triste y seria cuando no reía desenfrenadamente o se burlaba de él. Pero aquella mañana Thusnelda lo despidió con ojos arrasados y llenos de lágrimas. No pudo contenerse y abrazó a Armin.
Ahora todo se había desvanecido. El sol hacía brillar la niebla por encima como si un telón de oro se tratase. Sus haces de rayos alancearon el cielo por doquier. El puente emergió sobre las aguas plateadas, cuya superficie se perdía en el vapor rosado como si se fundiese con ella.
La odisea de Armin había comenzado.
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