Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 31 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo II

4 d.C. Siga

Armin despertó súbitamente con un temblor; extendió el brazo, golpeó una jarra, jadeó y sintió frío en todo el cuerpo. Las pieles habían caído. Otra vez aquel sueño. Lo había padecido en tantas ocasiones... pero jamás había llegado tan lejos. Normalmente despertaba exhausto cuando el hombre—lobo le mordía la mano, rabioso, y él se hundía en las ciénagas. La sensación de sumergirse en las profundidades de la muerte le atormentaba. Recordaba los cuentos de Cerunno, el santón de Wulfmunda, cuando de niño les refería historias que nunca habría querido oír, pero que le atraían tan irresistiblemente. Sólo él le había hablado tanto de las puertas del mal mundo como de las entrañas de las ciénagas y de sus guardianes. Wulfmund, el hombre—lobo, le despedazaba la mano, y ahí acaba su pesadilla. Pero esta vez había descendido hasta las puertas. No podría ir más lejos en un mundo poblado de horrores sin nombre. Allí estaba él.

— Cerunno —pronunció su nombre mientras jadeaba y se cubría con las pieles de nuevo.

Sólo él podía hostigarlo de esa manera. Supuso que no había oído lo que trataba de decirle.

«Nadie aquí cree en esos espíritus».

Un nuevo mundo había acogido a Armin tras la muerte de su padre, el héroe de Wulfmunda, el vencedor de Cayo Sentio Saturnio, el artífice de una confederación que había combatido a Roma nueve años atrás. El nuevo mundo se encontraba al sur, y allí, en compañía de su tío Ingomer, había logrado adquirir la experiencia de un nuevo germano. Ingomer había llevado a Armin hasta el único sueño que hasta entonces había tenido, hasta el pensamiento más admirado y maravilloso que floreció en la infancia: Thusnelda. Armin quiso que Ingomer lo llevase hasta Segest, y que en sus territorios, aprovechando el ofrecimiento del líder establecido a las orillas del Rhenus, Armin disfrutase de una vida en contacto con los mejores caballos y las mejores armas.

—No dejaré que el hijo de mi hermano se dedique a escamar pescados y a desollar jabalíes. Tú aprenderás a usar esto —le había dicho Ingomer, tocándole la cabeza.

—Ya sé hacerlo —había respondido el joven Armin.

Ingomer se rió.

—Pues lo harás mejor de lo que lo haces, aguilucho —dijo señalando su propia espada. —Que sepamos, eres el único hijo vivo de Segimer, y por las barbas de Woddan que te pareces a nuestro abuelo, ya lo creo que te pareces...

—¿Woddan?

—En el sur lo llaman Woddan.

—Cerunno lo llama Wuotanc; así lo llamaba mi padre y no le cambiaré el nombre.

Ingomer se inclinó y su gran rostro invadió su visión; sus ojos penetrantes y astutos lo escrutaron.

—El mismo dragón brilla en tus ojos... Unas marcas amarillas en medio de tus raros ojos marrones. Serás un guerrero, no un campesino. Caza y espada. Me ayudarás en las otras tareas.

Tras la aceptación por parte de Armin, tuvo lugar la discusión por la tutela de Armin entre Ingomer y Cerunno. Según las reglas

antiguas, debía seguirse el consejo de Cerunno, pero el propio Armin había tomado partido por el plan de Ingomer, deseoso de abandonar aquél ambiente deprimente y oscuro de Wulfmunda, en el que sólo los recuerdos cobraban forma y donde el futuro parecía tan incierto como las nieblas de sus ciénagas. El sur, el lejano sur, la prosperidad de Segest, y sobre todo Thusnelda, todo ello formaba una especie de paisaje idílico en su imaginación atormentada e infantil.

Armin sintió dolor y quiso huir tras Thusnelda, pues era lo único bueno que había visto en su vida; aquellos ojos tan luminosos que lo habían iluminado en el momento más oscuro de todos, ante la pira funeraria de su padre.

Cerunno quiso hacer valer sus derechos para la causa de Germania y sus extraños asuntos, los Ases, para el día en que los hombres volverían a ser dioses. Pero Armin abandonó las enseñanzas de un momento para otro. Nunca había estado totalmente convencido de las intenciones del hombre—rayo, mas en aquel preciso instante un fulminante pensamiento iluminó su mente, y se preguntó por qué debía renunciar a una felicidad a cambio de toda esa responsabilidad que Cerunno iba cargando sobre sus hombros pacientemente.

Tras la muerte de su padre sintió que una inmensa losa caía sobre él. Cerunno esperaba que siguiese su ejemplo, y posiblemente todo Wulfmunda aguardaba a que llegase su mayoría de edad para heredar el cargo del herzog, para el que parecía extraordinariamente dotado, pero algo en su interior cambió y se rebeló contra los planes del druida. Finalmente, éste le dijo acerca de Ingomer, antes de partir una mañana ventosa:

—No confiaría demasiado mi espalda a quien amenaza con tanta facilidad a un viejo como yo. Armin, en el futuro, cuida tu espalda, pues una hoja se ha quedado pegada en tu invencibilidad, y por ella habrás de caer.

Armin se alejó a caballo, y miró muchas veces atrás. Se reunió con la partida de Ingomer. Muchos moradores de Wulfmunda lo

presenciaron, silentes, en pie junto al prado de la hoguera. Veía a Gailswinther, el del yelmo cornígero, que a partir de ese momento sería el siguiente herzog de los lobos queruscos. Veía a Ortwin, que ya empezaba a ser instruido como hombre—rayo que era, a Ingotar y a Brumber, a sus amigos Grumber, Rotram, Helmbrecht... Todo se desvanecía engullido por la masa de los árboles que crecía más allá de la última pradera de la colina, y un nuevo mundo se extendía ante Armin.

—En los valles a los que vamos hace menos frío que aquí —le decía Ingomer. —No estés triste; nuevas aventuras te esperan, joven Armin, y tu tío te enseñará a manejar la espada y aprenderás las lenguas que habla el mundo, para que conozcas a tus enemigos.

Ningún ignorante puede enfrentarse a los hombres más poderosos de la tierra.

El viaje a caballo los condujo hasta las rutas del Lagina y del Visurgis. Los ríos corrían anchos y caudalosos, y tuvieron que vadearlos tras muchos rodeos, mientras la partida buscaba los caminos más solitarios. Arrebujado en su manto de piel de oso, Armin veía cómo los nimbos tormentosos se desplazaban dejando brillar, tras oscuros intervalos, un sol que nunca había visto, sobre perfiles de colinas que nunca había visto, en una tierra que nunca había visto. Y aquello le hizo olvidar el momento de la partida.

Había viajado hacia el norte en las partidas de caza de Gailswinther, más allá del monte Melibocus, hasta la Cima del Oso, bajo cuyos riscos se abrían profundas cavernas. Pero el sur era muy diferente.

Cada paso los arrastraba hacia paisajes de variado perfil. Ingomer trazó un rodeo por el norte, y realizó varias visitas en las aldeas de los sugámbrios, siempre evitando los pocos puntos del mapa en los que los romanos habían establecido sus guarniciones. Armin ya conocía la diversidad de los pueblos, pero le sorprendía ver cómo las 1 ribus sugámbrias se adaptaban a la nueva situación, y reconstruían su pasado tras la devastadora invasión de Drusus.

La parte más libre de Germania continuaba siendo la más alejada de las brechas abiertas por Drusus. En el este la arquitectura germana cambiaba; había más moradas de piedra con tejados

inclinados, quizá porque sus terrenos eran más firmes que los cenagosos pantanos del oeste. Había chimeneas humeantes en el aire húmedo, brumoso. Fue durante aquella ocasión cuando Armin vio por primera vez un poblado lacustre en el que los troncos y estacas clavados en el fondo sostenían anchas construcciones de madera que parecían flotar sobre la superficie del agua. La práctica había demostrado que aquel método ya no había servido de nada ante las invasiones de Drusus, equipadas con los tormenta, las grandes balistas y las pesadas lanzaderas.

Y a medida que descendían hacia el sur, las huellas de Roma se hacían más y más patentes. Aumentaban las guarniciones a lo largo del cauce de los ríos que descendían por valles agrestes al encuentro del Rhenus. De vez en cuando encontraban patrullas que avanzaban diligentemente de un lugar a otro. Ingomer se retiró todos los atributos del guerrero, la fíbula, el cinturón y el yelmo, se encapuchó y así pasaron por comerciantes ante una vigilancia romana.

Después el río Siga descendió por un valle frondoso. Allí Ingomer le habló a Armin de los orfebres de Segest, que eran inviolables y sagrados. Ellos acumulaban el oro en una gruta, el oro que las mujeres tamizaban en unos ríos que descendían de las laderas rocosas del valle, en un lugar secreto. Segest viajaba a menudo hasta la hermosa Lutecia, la oppidum gala de los cien puentes de roble que abrían paso a todos los comerciantes del mundo por encima del río hasta la isla sobre la que se extendía, para canjear allí su oro por numerosos presentes.

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