Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 12 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XI

4 a.C. Roma

La salsa recorría los carrillos de gruesos, jóvenes, indolentes millonarios, las túnicas se levantaban, el rugido de la orgía era escandaloso, las ubres rellenas de carne, el cabrito asado, los efebos desnudos, las exhibiciones de sexo, todo ello ofrecía gran diversión manchando la lujosa sala, entre cuyos lectus, ocupados por numerosos cuerpos semidesnudos que se atragantaban con los excesos, flotaba un áureo vapor. El vomitorium llegaba a tal concurrencia, que los esclavos no lograban lavar a tiempo los restos vertidos y ya habían entrado nuevos invitados.

Fue entonces cuando algunas esclavas etíopes, a las que les sobraba pelo por todas partes, entraron en medio del escándalo producido por unos cimbalistas desnudos que venían anunciando el comienzo de un nuevo banquete. Aunque Sixto Aulio no había podido tomar parte en la orgía, se congraciaba con sus amigos enviando algunas de sus mejores atracciones y viandas.

—¿No es esa Julia, la hija de Augusto? —preguntó un descarado jovenzuelo, mientras se fijaba en una rubia que compartía lectus con el anfitrión de la noche, Trogus Bíbulus.

Parecía entronizada como la reina del banquete, y disfrutaba lujuriosamente mientras un efebo le hacía servicios entre las piernas.

—¿No eres un estudiante de retórica? —le espetó uno de los ajados cuerpos que compartía su lectus. —Deja de fijarte en lo que no te conviene, o haré contigo lo que Tarquino con su Lucrecia.

El joven de cabellos rizados, sin limpiarse la salsa que chorreaba por sus facciones y que le recorría el cuello, devoraba con tal avidez lo que sucedía a su alrededor, que parecía ser capaz de alimentarse con la mirada más que con el ejercicio de las mandíbulas.

—¡Esperión! —gritó otro convidado de pronto, pero el aludido parecía frenéticamente entregado a la danza de los cimbaleros, que rechinaban sin pausa.

—¡Los regalos de Sixto Aulio! ¡Los regalos de Sixto Aulio!

—gritaban las voces exaltadas.

El juvenil e hinchado rostro de Tito Bestia estaba preso de una fastuosa excitación, superior a lo que su figura parecía ser capaz de soportar. Los jóvenes del lectus anterior se volvieron para presenciar el nuevo espectáculo. Unas bandejas cayeron ruidosamente y el cristal de Alejandría se hizo añicos, vertiendo el vino caliente entre los pies de las bacantes de Tito Bestia. No podía haber espectáculo más ridículo que el éxtasis con el que el gordo se había arrojado a los cuerpos juveniles, lo que fue saludado con una nueva oleada de risas.

—¡Escolpio, mira estas galas!

Varias muchachas desfilaron desnudas porteando, por parejas, panales de miel que chorreaban sobre bandejas en las que habían colocado cuadrículas de terrón con césped y todo. Trogus Bíbulus, uno de los millonarios que financiaba el banquete, se inclinó trabajosamente y recogió la miel con el puño, después de depositar en ella un puñado de garbanzos cocidos con cabeza de carnero.

—¡Los áureos ricitos de Bíbulus! —exclamó el jovenzuelo en el oído del veterano.

—Ni se sabe lo que tiene este Bíbulus, de tanto que le pesan las sacas de plata de Hispania y las tierras, y no conoce a la

mayoría de los esclavos que posee y a los que ordena a través de esa Porcia, su nueva esposa, que no tenía nada salvo el cunnus y ahora mira, es millonada.

—¡Menuda marrana! —exclamó el joven estudiante de retórica.

Su mentor y celoso amante le llenó la boca de garum, a la fuerza, igual que si cebase un animal famélico para mejor convite.

—¡Ya puedes ir limpiándote esa boca de mujerzuela, Esperión! ¡Qué Hipérides, qué Tridíbates, dime, te consentiría tantos placeres malsanos! ¡Sólo hay un placer al que condeno tu boca, y ese es el de mi gladius! —le recriminó el maestro. A todo ello Esperión respondió con una ahogada risa adolescente, y se agarró a las piernas de una de las jóvenes galas de cabellos rojizos que caminaba porteando grandes panales de abejas. No pudo suceder nada mejor, pues la joven se vino abajo sacudiendo sus turgentes pertenencias, y entre los celos del maestro y la risa del descarado y el alboroto de la miel desparramada, Bíbulus ordenó que los jóvenes fueran sacrificados a la manera de Atis. Los rizos dorados de Bíbulus se sacudieron y una risa inagotable y enajenada brotó de la boca sucia al ver que el maestro suplicaba que no celebrase el sacrificio. Pues no había peor afrenta para su honor que ver al amado aprendiz copulando con una turgente gala para la mayor diversión del encuentro.

—¡Echadle al maestro las leonas etíopes! —ordenó Bestia.

Las esclavas africanas se arrojaron sobre el maestro de retórica y lo tumbal on restregándole las nalgas por la cara, al tiempo que Esperión era ubicado en medio del corro para que se reuniese con la joven gala, que era mucho más alta que el aniñado adolescente, que tan bien servía a los deseos del maestro. Esto causó gran alegría y jolgorio, pues todos sabían lo poco dado a las mujeres que era el maestro.

—¡No os atreváis, por Júpiter! —rezongaba el grammaticus.

—Saca el peculium, muchacho...

Un sirviente pasaba bandejas de Corinto llenas de vulvas de cerda, criadillas, láminas de pulpo y pasta de olivas en aceite de Betio.

—¡Calla, græculus, pues tienes la cabeza más calva que el culo de un maricón! —le gritó Bestia.

—¡Discípulos de Amostenes!

Cuartilo y Fidias, dos de sus amigos, y los séviros y magas, se reían del vanidoso maestro de retórica, que tan mal discurso ofrecía bajo las nalgas morenas.

—¡Y tú, Elembrus, deja ya de afeitarte, que tienes el cuello de buitre más tieso que un invierno de Germania!

Los embasicetas escanciaban el vino de Falerno a la par que sobaban la entrepierna de sus amos y amas.

— ¡Cinædus! ¡Mueve tus nalgas!

Las mujeres, completamente borrachas, se reunían para contemplar el sacrificio de Esperión entre las piernas de la muchacha gala.

Tito Bestia, después de manosear al jovenzuelo descarado, descargó la vejiga en una jarra de vino, pidió que escurriesen sus dedos en agua y se secó las manos en la melena de una gala.

—¡Tú, Milón de Crotona! —recriminó el millonario rubicundo a un atlético esclavo. —Que vayan sirviendo el asado.

Se trataba de un gran jabalí al horno, pero llegó al cenáculo y descansó sobre su bandeja de plata sin ser trinchado. El borracho anfitrión protestó sonoramente. Bíbulus mandó traer al cocinero y las cimbalistas detuvieron su estridente algarabía. Por entre los rumores y gemidos que venían del suelo y de toda la sala, el cocinero se abrió paso con serio semblante hasta el centro de la reunión, sin mirar cuanto acontecía en los numerosos lectus que rodeaban el cenáculo marmóreo de las antorchas.

Bíbulus protestó afeminadamente, blandiendo su dedo índice, que parecía ser su única arma.

—¡Te mandaré azotar, te mandaré despellejar, te mandaré asar si no me explicas por qué este jabalí de Lucania ha llegado a la mesa tan salvajemente, que parece que después de correr por las malezas hubiese sido puesto al fuego de Bíbulus!

—El amo debe saber que Sixto Aulio, quien os convidaba, me pidió que os sorprendiese.

El rostro del gordo se iluminó de pronto, ebrio.

—Trínchalo entonces, pero si la sorpresa no me gusta, lo pagarás aquí mismo...

El cocinero se aproximó cuchillo en mano, blandió la punta y desgarró la panza recosida del marrano asado. Hubo un gorjeo y trinos y varias docenas de pájaros salieron volando del vientre del jabalí. El espectáculo despertó tal entusiasmo, que se brindó muchas veces por Sixto Aulio y por Trogus Bíbulus, derramándose el vino que ya encharcaba los pulcros mármoles como en las cubas de Baco.

—¡A ver si soban a ese niño! —gritó un convidado, fijándose en la huida de Esperión. Y al tiempo que las salsas chorreaban del vientre del jabalí, cuando el escándalo alcanzaba su máximo apogeo y un repositorio redondo traía caracoles en salsa, garbanzos, langostas marinas, faisanes y cerezas en honor a Lúculo, lisas y doradillas y el pan y el vino eran servidos por esclavos egipcios en anafes de oro y glaucas copas de Creta, mientras las borrachas se desgarraban la voz y otra cosa cantando en su alegría al cunnus y al mercader... Livia en persona, que estaba enterada del asunto a través de Sejano, abrió las puertas de par en par rodeada por la guardia pretoriana.

Los anfitriones, los esclavos y hasta el aire pareció convertido en piedra por la mirada de Medusa. Se quedaron inmóviles, y Julia se enfrentó a los ojos de su madrastra, que avanzó rodeada de soldados como una diosa vengadora.

—Espero que te hayas divertido, aunque Augusto no opinará lo mismo.

Poco después se produjo una estampida al fondo de la sala, y varios de los presentes trataron de huir. Los soldados saltaron pisoteando los manjares. Hubo gran escándalo, gritos y confusión.

Las detenciones fueron numerosas, y las cohortes urbanas se movilizaron para poner fin al espectáculo.

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