Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 102 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo VIII

9 d.C. Mattium

La noticia de que un demonio lobuno había galopado en el oeste se extendió por Germania occidental como un fuego en la maleza reseca. Sus antorchas habían incendiado Aliso, cerca de Teutoburgo. Las leyendas remolinearon en la mentalidad del pueblo. Y el nombre de Wulfmund, el hombre—lobo fundador de los clanes queruscos, fue pronunciado con respeto, veneración y miedo entre los germanos. Si el mismo Wulfmund había regresado de los pantanos sólo podía significar que las batallas se avecinaban.

La provocación había llegado a salpicar las inmaculadas mesas de Mattium, a las que se sentaban a comer tantos germanos advenedizos, invitados por el opulento e insidioso Varus. Éste oyó hablar de un feroz demonio que hablaba latín, que medía diez pies de altura, que echaba fuego por los ojos, y que empuñaba una espada larguísima con la que decapitaba a sus enemigos por docenas.

Varus contempló las cabezas de los legionarios. El patio de armas de Mattium parecía dominado por un motín. Los legionarios proferían todo tipo de maldiciones e insultos e invocaban a Augusto.

No sin cierto asco, Varus pidió que los restos fueran dignamente incinerados. Se abrió la discusión de dar los merecidos funerales y venganza a los que habían muerto en Aliso a manos de

las bestiales hordas. Varus, acostumbrado a la imponente soberbia que aplicó pragmáticamente en Siria, pidió silencio y reunió al alto mando para deliberar, diciendo a los legionarios más exaltados que sólo era una cuestión de tiempo que aquella barbarie quedase sin un castigo cien veces mayor.

—Si han muerto cien romanos, entonces yo acabaré con diez mil brúcteros —dijo antes de marcharse. —Pero hay que escoger el momento más oportuno.

Los centuriones se aposentaron y no hubo ningún auxiliar germano presente en la reunión. Durante algún tiempo se debatió sobre la ¡dea de combatir inmediatamente la insurrección, mas Varus estaba convencido de que eso sólo alentaría a los germanos, creyéndose capaces de acaparar su atención de manera instantánea.

—No podemos parecer tan previsibles —protestó el pro—

pretor ante las airadas manifestaciones de algunos centuriones. —

Eso es una debilidad como otra cualquiera. Roma ha sufrido pérdidas, es cierto, y debe castigarlos en nombre de mi imperium.

Pero quiero un castigo ejemplar.

—Varus, con mis mayores respetos, pero no podemos dejar que el desánimo corroa los huesos de los legionarios, y que los auxiliares nos consideren débiles... —protestó un aguerrido centurión.

—Cazarratas, ¿quién mejor que tú para conocer el odio que sentimos por esos repugnantes germanos? —le recriminó Varus conciliadoramente. —Pero escucha bien lo que te digo: después de las misiones de Julio César y de Drusus, sólo Tiberio llegó a dar grandes escarmientos, y fue demasiado al norte. Estamos ante dos posibilidades. La primera, ir inmediatamente en busca de esos bastardos, perjudica nuestros intereses, porque nos obliga a modificar el calendario de recaudaciones. Hay mucho que extraer en Germania hasta la llegada del otoño, cuando celebran sus festines y sus cosechas... Lo más oportuno es mostrarse indiferente, clemente y utilizar el miedo a la reacción para elevar

extremadamente los impuestos. Cuando llegue el otoño, y se acerque el invierno, se nos presentará la ocasión. A final del verano, no realizaremos una incursión precipitada, sino que emprenderemos una enorme campaña de castigo contra los sugámbrios, los tubantios y sobre todo los brúcteros, y estableceremos nuevos campamentos a lo largo del Amisia y del Visurgis. Se nos presenta la excusa perfecta para devastar esos repugnantes pueblos salvajes. Con la llegada del invierno se sentirán demasiado en desventaja como para poder responder.

Cuento con cuatro legiones para emprender la marcha. ¡Cuatro legiones! ¿Sabes lo que eso significa?

Varus sonrió anodinamente y se acarició las yemas de los dedos. Sus ojos rasgados sonreían astucia, y los oficiales no protestaron.

—Está bien. A partir de este momento empezaremos a trabajar en el diseño de esa campaña, mientras los cuestores se encargan de las cuentas de impuestos. Movilizaremos dos legiones desde Colonia para reforzar los desplazamientos, y Mattium contará con tres legiones permanentes, que serán la garra principal con la que entraremos en el oeste. ¿Alguien se atreverá a venir a Mattium, donde entrenan tres legiones perfectamente abastecidas? Sólo Marbod podría plantear problemas, y para eso debería traspasar antes la línea fortificada del Mœnus, donde le esperan un buen número de cohortes. Antes de que hubiese puesto un pie en Hercynia, ya nos habríamos enterado y le esperaríamos con seis legiones y otras de refuerzo en marcha desde Lugdunum... En fin, no hay razones para alarmarse.

La reunión continuó tratando los temas de la campaña, que a partir de ese momento se convirtieron en un trabajo diario. Pocos días después, Mattium crecía, y nuevas empalizadas completaban la ampliación del campamento, en el que se acantonarían en adelante tres legiones con sus respectivas Águilas de Plata: la XVII, la XVIII y la XIX. Había en las tres gran cantidad de legionarios reclutados en el norte de Italia y en la Hispania Bética, así como contingentes de caballería auxiliar galos y germanos.

Algún tiempo después llegó a Mattium el que acusaban de ser un hombre—lobo. Los romanos habían ofrecido cuantiosas recompensas para capturar al instigador de la matanza de Aliso. Se trataba de un joven brúctero de aspecto fornido, muy alto y fuerte, de espesa barba, aunque evidentemente algo retrasado. Las nuevas cohortes enviadas a Aliso, y encargadas de retomar la posición y reforzarla, dieron con él gracias a un jefe brúctero, herzog de la aldea de Wimma, que deseaba congraciarse con ellos, y lo enviaron hacia Mattium como trofeo.

Su ajusticiamiento en Mattium, después de haber sido declarado colaborador de los rebeldes por Varus, fue uno de los peores espectáculos que Varus había ofrecido hasta entonces.

Evitó que los germanos lo presenciasen, que quedó en manos de las legiones, y un centurión cuyo nombre había sido olvidado hacía años, pero al que todos llamaban Cazarratas, se encargó de la carnicería.

Cuando los latigazos provistos de tachuelas de acero, las mutilaciones y el encarnizamiento alcanzaron su máximo apogeo, el propio Varus decidió mirar hacia otra parte. Los legionarios gritaban y hacían apuestas. Se había convertido en una prueba de fuerza para el centurión, que descargaba una ira ancestral y ponía toda su maestría en no acabar con la vida del gigante al que arrancaba la piel a tiras.

Cazarratas se retiró después de descargar una serie de doce golpes, que fue aplaudida por sus muchachos. Estaba exhausto.

Pero el enorme germano, grande como pocos que habían visto, sufría indeciblemente en su limitación perceptiva intelectual, que nada tenía que ver con el sufrimiento que experimentada. Durante un momento sucedió algo extraordinario, y pareció que la intensidad del dolor puso una mirada de conciencia en los ojos del hombre, como si hubiese llegado a la realidad de la que había vivido apartado toda su vida, inocente y a la vez invulnerable.

Cazarratas arrugó el rostro con desprecio, y recordó una vez más, como hacía cada día que pasaba, a aquel germano que dejó inútil su brazo en Panonia, a aquel traidor que pasó a caballo por encima de su cabeza, partiéndole la mandíbula. Arremetió de nuevo con ciega ira. Las voces estallaban alrededor. La castrense orgía alcanzaba el punto álgido. La sangre goteaba. El látigo ya resbalaba entre cuajarones y engrudos rojizos, ya restallaba implacable, ya dejaba largas líneas en el suelo. Las sandalias chapaleaban en la viviente rojez. Ráfagas purpúreas saltaban de la espalda, salpicaban los cascos y las loricas, recorrían el suelo.

El sacrificado se retorcía y gruñía como un oso ensartado.

Cazarratas siguió haciendo lo que mejor sabía hacer; y siguió, y siguió...

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