Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 72 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XIV

8 d.C. Valle del Savus

Armin había cabalgado en la oscuridad, abandonando los campamentos de los insurgentes panonios. Recorría de este a oeste las sierras a las que se habían aproximado en los últimos días, y cuyo aspecto frontal era el de una sucesión de inexpugnables acantilados a través de los cuales los desfiladeros y las gargantas rocosas, pobladas de sufridos árboles, vertían caudales espumosos en el valle del Dravus. A su derecha se extendía el Valle de Celeia.

Sabía que al menos una legión estaba en marcha en la misma dirección que él. No encontró a nadie durante aquel día, y por la noche, mientras avanzaba trabajosamente a pie, guiando al caballo por las riendas, admiró el terrible escenario de guerra en el que se convertía el sur de Panonia.

El Valle del Savus titilaba. Numerosos fuegos ardían en la distancia, líneas puntuadas y brechas y latigazos fulgurantes. El cielo, negro y espeso a causa de las nubes, centelleaba, y Armin tenía la sensación de que el mundo entero iba a la deriva y de que, como Cerunno le dijo, se acercaba una batalla apocalíptica entre los dioses y los hombres. Sin lugar a dudas, el plan de Tiberio tatuaba con runas de fuego la piel del paisaje nocturno. Tiberio deseaba una devastadora incursión desde las inmediaciones del Danuvius en el Valle del Savus; iba en busca de Segestica, que ahora, además de ser una de las ciudades más grandes de la provincia, albergaba el

núcleo de la resistencia popular de Panonia. Cæcina y los príncipes tracios debían estar haciendo un buen trabajo en el este y en el sur, Iliria y Macedonia. Continuó avanzando. Había consultado los mapas y su plan sólo disponía de dos opciones. Pero el avance de tropas en su misma dirección, por el valle que desembocaba, a su derecha, en el Dravus, anulaba una de las posibilidades. A pesar de las ventajas que presentaba el plan, atravesar las montañas de Noricum y de Rætia y descender hacia el territorio de los helvecios para adentrarse directamente en Germania, cruzar el Mœnus y perderse en las selvas de Hercynia ya no parecía factible. La situación se volvía desesperada, y en ese caso sólo podía permitirse la segunda opción prevista.

Las tropas que rodeaban esas sierras desde el oeste después de haber vencido en Pœtovio buscaban un punto estratégico del mapa, la Boca del Savus, un accidente geográfico parecido al que accedía al Boiohæum de los marcómanos desde la ruta del Rhenus. Los ejércitos panonios se concentrarían en aquella zona. Debía llegar cuanto antes para evitar a unos y a otros.

Al día siguiente el viento de Panonia sopló furente desde el norte. Armin logró perderse en unas espesuras por la ladera interior y descendió evitando las aldeas, cuando lograba verlas, buscando el fondo del valle. Los bosques crecían como manchas dispersas.

Evitó ser descubierto por unos contingentes de latovicios que descendían desde el sur, y al caer la tarde vadeó a duras penas el Savus. Sus aguas caudalosas no eran tan profundas en su curso medio. Mientras se alejaba hacia el sur se daba cuenta, contemplando las molduras montañosas que conformaban la Boca del Savus, que la legión se aproximaba a una trampa mortal: los panonios se concentraban masivamente, a juzgar por las luces que hormigueaban por los montes, y allí podrían cobrarse una contundente victoria a cambio de muchas bajas.

El valle de los latovicios ascendía y era abrupto. No pudo Armin encaramarse a las laderas que, sin ser demasiado elevadas, estaban tan escarpadas como una pared de roca despedazada a martillazos. A menudo debía acercarse demasiado a los caminos,

cuando era imposible continuar avanzando por escabrosos campos de piedras. Era como una inmensa garganta rocosa en cuyo fondo crecían espesos encinares en los que zumbaba el furioso viento del este, algo que fue de gran utilidad para el fugitivo. Por fin el valle trepó entre accidentados terraplenes y lo condujo a un altiplano. La cumbre era larga y llana. Pernoctó por primera vez en varios días oculto entre grandes piedras, y esperó a que la luz del día volviese a despertarlo. Mientras caía en un profundo sueño reparador, miraba hacia el profundo valle. Una gran luz ardía en el centro, y los fuegos continuaban jalonando diversos puntos a su alrededor, sobre todo en el sur. No quería imaginar los cientos de miles de horrores que causaba la soberbia de Roma y el inconformismo de los insurgentes. Tiberio estaba cumpliendo su palabra: era evidente que se proponía devastarlo todo, y al fin había conquistado su corazón.

Pero no le cupo ninguna duda de que los que habían incendiado Segestica y todos sus templos y villas romanas fueron los panonios.

Tiberio conquistaría una tierra estéril y arrasada.

El viento continuaba soplando, y creyó que la intensa luz del amanecer lo había despertado. Pero a su alrededor todo era oscuridad, y de pronto un temblor rugiente sacudió la tierra y se alejó repitiendo su canción por las paredes del valle. Desvelado por el rayo, Armin escuchó los relinchos del caballo, y decidió ponerse en marcha, fuera la hora que fuese. Continuaron avanzando mientras el viento arreciaba a lo largo del altiplano. Las rachas de lluvia empezaron a golpearlos de costado. Los golpes de trueno asustaban a su cabalgadura. Armin trataba de tranquilizarlo y se arrebujaba en sus ropas. La luz fue abriéndose paso y al principio creyó que aquella larga cumbre le conduciría hasta lo que tanto esperaba encontrar, la larga y abrupta pendiente que descendía hacia el sur. Pero de pronto se abrió una brecha inesperada en el camino.

A sus pies, altísimos acantilados descendían en pico en un valle angosto, y detrás ascendían con la misma naturalidad, oponiendo a su avance un obstáculo insuperable. Escuchaba el canto de unas aves rapaces que trazaban grandes círculos en el aire,

en medio del valle. En el fondo veía la línea de un río despeñado.

Decidió seguir avanzando hacia la única ruta que le quedaba y que le convenía: la cumbre hacia el sureste. Al caer la tarde descubrió que el río nacía en una inmensidad pedregosa en la cual la cumbre descendía arduamente. Supo que ésa era la dirección a seguir y decidió continuar hasta que entrase la noche. Se dio cuenta de que era una región inhóspita y salvaje. A lo lejos vio un desierto azulado, pero la gravedad de la última dificultad no le permitió pensar en nada más.

Al caer la noche vio luces dispersas en la distancia, casi todas alineadas en torno a una gran sombra a partir de la cual no había nada más que la oscuridad infinita. Volvió a detenerse para descansar, y esperó la llegada del día, temiendo que el caballo se hiriese con un mal traspié.

Cuando la luz apenas clareaba y el viento rugía con renovado ímpetu, las nubes se arrastraron a baja altura, dejando que las colinas que se arrugaban ante sus ojos las desgarrasen. Había una calzada que recorría la región desde Segestica, pasando por Rómula y Arupium hasta desembocar en el puerto de Senia. Lo recordaba con claridad, por eso se pasó el día entero atravesando las colinas y evitando aquella ruta, que en su opinión estaría bajo control romano, al menos hasta las puertas de Rómula, si los panonios continuaban controlando la salida al mar y si no se había producido un desembarco romano en la costa. Pero a pesar de ello Armin escogió el peor camino y no atravesó las colinas ni descendió del otro lado hasta entrada la tarde.

Allí, no muy lejos, estaba la pequeña ciudad de Tarsálica, junto a las aguas del Adriático. A pesar de la urgencia de la situación, la impresión que le causó el mar le libró momentáneamente de sus dudas. Era una grávida agitación, un extraño monstruo; parecía encolerizado y hambriento, y sus grandes olas lo impresionaron, rompiendo y batiendo al pie de las rocas.

Apenas caía la noche, cuando la tempestad volvía sobre sus pasos y estallaba sobre su cabeza.

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