Liberator Germaniae
Capítulo XIV
4 d.C. Colonia
Al día siguiente, Armin y Thusnelda decidieron que ésta se quedaría a vivir en una pequeña morada anexa al Thing, a la que ella tenía derecho como hija de Segest. Ya no volvería a vivir con su padre. Armin pidió a los herreros, y especialmente a Alfmund, que cuidasen de ella como lo que era, su mujer legítima, y que fuesen conscientes de que las ancianas madres de Siga velaban por los sagrados lazos del matrimonio, y que nadie, ni siquiera Segest, tendría ya derecho a desposarla con otro hombre, a no ser que quebrantase el inviolable pacto aceptado por Armin y Thusnelda, y presenciado por el ancestral poder que entre los germanos ostentaban las madres.
La guardia de Segest no mostró hostilidad alguna, y por la mañana un mensajero al que Armin conocía muy bien envió a los recién desposados un regalo de Segest. Se trataba de una barra de oro envuelta en un paño, varios sacos de trigo, y una de las esclavas que desde hacía tiempo había asistido a Thusnelda. Con ello, el padre reconocía la validez del matrimonio, y entregaba al consejo de las ancianas su propia espada, en señal de fidelidad al pacto.
Armin se marchó poco tiempo después, mas durante la tarde y en su nombre Segest celebró un banquete en nombre de su hija, e hizo lo imposible para reconciliarse con su corazón, que era, a pesar de firme, menos duro que el de Armin. El querusco desconfiaba de un
hombre que, después de traicionarlo y tratar de matarlo, se reconciliaba con tanta facilidad.
Tras el regreso al campamento de Colonia, un acontecimiento casual atrajo su atención, y gran parte de la alegría y del entusiasmo que le dominaban quedaron eclipsados por el descubrimiento. Una noche, de ronda entre los fuegos de campamento, Armin descubrió la figura de un centurión que destacaba entre muchas otras. Había algo en la posición de sus hombros desiguales, en el perfil de su rostro, que le trajo vagos recuerdos. Era como si lo hubiese visto antes, mucho tiempo atrás. Le recordaba a aquel ominoso ser, pero no estaba del todo seguro. Podía parecerse. Carente de casco y ligeramente encorvado, era un veterano. Armin se cercioró del número de la cohorte. Pertenecía a la legión Galica. Era nuevo.
Debía ser uno de cierto número de veteranos que Tiberio había importado de otras legiones acantonadas a lo largo de la frontera, con objeto de sentirse rodeado de algunos de sus más fieles servidores. Era bien conocido que los generales apreciaban mucho a sus centuriones, y que revestían gran importancia en el funcionamiento de cada unidad. Ningún general se inquietaba ante la muerte de sus tribunos, pero perder muchos centuriones podía ser desastroso. Los centuriones habían hecho el trabajo duro del ejército desde tiempos inmemoriales, y las reformas del ejército a cargo de Cayo Mario no modificaron ese aspecto.
Pero había algo en él extrañamente familiar, y Armin prefirió no recordar aquella experiencia que marcó su niñez.
Dos días después, Armin volvió a encontrarlo. Había un grupo de legionarios de infantería realizando ejercicios de montaje.
Excavaban sin pausa y acumulaban piedras cerca del Rhenus.
Armin se aproximó. Algunos de ellos parecían extenuados. Todos eran sin lugar a dudas alguna clase de campesinos poco acostumbrados a aquellas tareas, pero estaba seguro de que padecían algo más. Una larga marcha de muchas millas los había agotado. El centurión retozaba con un ramillete de sarmientos de
vid en la mano. Armin se hizo el distraído, y desmontó fingiendo que aseguraba las correas que fijaban la silla de montar al lomo de Sleipner.
Otros legionarios de aspecto aguerrido llegaron hasta el centurión e intercambiaron algunas palabras. El pesado veterano se reía de cuando en cuando, y patrullaba vigilando el trabajo de los miembros de la cohorte.
—¡Vamos, mujercitas, moved el culusl ¡No me gustaría tener que emplear mis mejores maneras! —Su voz sonaba monótona, cansina e indiferente.
Un chasquido atrajo la atención de Armin. Sin motivo aparente, uno de aquellos aprendices había sido golpeado por el látigo. No eran ciudadanos romanos. Tiberio volvía a poner de manifiesto su inclinación por un ejército duro en el que las jerarquías eran capaces de cobrarse venganzas personales y placeres que estaban prohibidos con otros grandes generales.
Los compañeros del centurión, que se comportaba como una especie de líder, reían con cada humillación. No sabía por qué, pero Armin estaba seguro de que aquello sólo era un principio, de que aquel hombre era capaz de mucho más, y de que mataba el tiempo por aburrimiento, a la espera de placeres mucho mayores. Habría jurado que era él, pero, aunque no le hubiese importado cortarle la cabeza en ese mismo momento, si con ello no incurriese en demasiadas molestias en su contra, lo cierto es que no estaba totalmente seguro. Sólo había una forma de saberlo, observar cómo maltrataba a los demás.
El hombre que había violado en su hermana estaba vivo en su mente. Le parecía que lo había recordado cada día de su vida, a pesar de que un sol había nacido algún tiempo después de la muerte de su padre. Su rostro se había desfigurado, y después de las intensas pesadillas que durante mucho tiempo le habían asaltado, ya sólo recordaba vagamente aquella manera de hacer daño, que se había convertido en un ascua ardiente enterrada bajo las cenizas de su alma. Siempre estaba allí, latiendo, era un fuego que no se