Liberator Germaniae
Capítulo XVII
8 d.C. En el Mar Jonio
La tarde era un telón dorado.
Las aguas llameaban, y el verde y el azul y el violeta ardían ornados con láminas de oro.
La antorcha solar descendía, acunada por burlonas divinidades del viento.
Armin imaginaba allá abajo ignotas profundidades, abismos, praderas y bosques de plantas marinas custodiados por neptúneos monstruos.
Los acantilados de una roca inexpugnable, estrangulados por el abismo, se sumergían en las olas. El batel rodeó las paredes y una costa roquera e inhóspita se deslizó a su derecha, iluminada por el sol.
Allí, de pronto, frente a ellos y relamida por las olas, una extrañísima barcaza ennegrecida flotaba en medio de las undísonas corrientes. De su cubierta acorazada brotaban púas de madera y espolones de acero. De sus costados salían docenas de remos que, inertes, descansaban en el agua. Un agudo espolón frontal, rematado con una cabeza de bronce, apuntaba hacia la costa, como una flecha. Encima de la cubierta, en la que sólo se erguía un astil macizo del que no pendía lino alguno, varias figuras sobrehumanas permanecían enhiestas, observándolos.
Cuando los griegos se acercaron, amedrentados y renunciando a una estéril huida de la que no podían escapar, Armin las distinguió. En lo alto había una especie de gigante (un híbrido entre centurión y buey) cuyos brazos, gruesos como mazas de herrero, se recortaban contra la luz dorada que recorría el cuerpo volátil de las nubes; sobre su cabeza había un pesado bucráneo cuyos cuernos, de los que colgaban unas guirnaldas, apuntaban al frente. A su lado, una enana gorda como un tonel les enseñaba el pecho abundante, vestida con algunos andrajos de estilo oriental. Dos muchachos tocados con tiaras de flores marchitas, marineros mal avenidos y ociosos, de aspecto delicado y ojos ceñudos, escrutaban a los recién llegados.
Armin supuso que si allí adentro había más gente debían de ser todos unos locos. Acostumbrado a la disciplina de los ejércitos de Roma, a la vida de Germania... ¿a dónde lo habían conducido las olas? ¿Qué significaba todo aquello? ¿De qué extraños prodigios era capaz el mar? Los hombres eran como sus cangrejos o la carne de sus conchas: raros y variados.
El Bucráneo habló con voz cavernosa. Su latín era tosco pero inteligible; arrastraba las vocales y sumergía muchas consonantes en el fondo de una garganta ancha y pesada.
—Viajeros perdidos en el mar, ¡subid!
Armin tomó su espada. Atelción y su hermano se miraron asustados. El viejo rehusó. El querusco subió a la escala que trepaba hasta la cubierta. El sol era fuerte y sus rayos herían el rostro y la mirada. Las figuras se alzaban ante él. Algunas retrocedieron ante el extraño aspecto del germano, dejando a Bucráneo solo. Brucráneo tomó una maza y la lanzó sobre Armin.
Éste se apartó sin mayores dificultades. Aquello parecía más un ritual que un verdadero ataque. Escuchó una risa atronadora en el interior de la cabeza de buey disecada. Las guirnaldas colgantes giraban aparatosamente.
Armin aprovechó el momento para agarrar la cabeza por un cuerno y tirar de ella. El bucráneo saltó y cayó entre las maderas
untadas de pez de la cubierta, debajo de las cuales intuía que se abría un gran espacio. La cabeza del gigante era tan tosca como su voz. Sus labios mostraban una ostentosa y torcida curvatura, sus ojos parecían bizquear. Un monstruo sonriente, quizá el descendiente de los cangrejos, pensó Armin.
El querusco se resistía a tener que matarlo. Había algo en todo aquello que escapaba a su entendimiento. Le costaba matar a alguien por quien no sentía odio alguno, cuando no una misteriosa curiosidad. Llevaba un faldellín de pieles exóticas, con rayas negras, y un cinturón del que pendían docenas de cabezas de buitre disecadas... De su cuello colgaban alhajas empedradas, más propias de mujeres vanidosas que de hombres nórdicos.
—Bienvenido a la nave Quefalónida —dijo el gigante.
Los efebos continuaban mirándolo con punzante curiosidad.
—Gracias —dijo Armin, esbozando una sonrisa de absoluta incomprensión. Desde que conociera a Vitórix, era el primer personaje que le causaba verdadera simpatía, a pesar de que había tratado de partirle la cabeza de un mazazo. —Vosotros... ¿habláis?
—Hablamos —respondió uno con vehemencia. Tenía un aspecto sonrojado y pueril, y un brillo perverso en los ojos.
—¿A dónde vais? —preguntó Armin sonriendo. El gigante le devolvía la sonrisa. Dejó caer los brazos y se enderezó. El querusco estaba seguro de que aquel personaje estaba completamente loco.
—No sabemos a dónde vamos, sólo de dónde venimos —dijo uno de los muchachos.
—¿Quién sabe a dónde va realmente? —inquirió el otro.
La enana gorda empezó a reírse con tal descaro y gana, enseñando sus dientes podridos, que sus pechos iniciaron un auténtico baile.
—Eh... —Armin trataba de responder, pero la enana lo miraba con el rostro desencajado y se reía sin cesar. Bien visto, la respuesta
de los muchachos era adecuada y sabia, pero a él no le servía. —
¿De dónde venís?
—Del mar.
«Perfecto. No sólo hay un loco, sino que todos están locos».
—Pero, ¿de dónde en el mar? —insistió Armin.
—De Quefalonia, en el Mar de los Jonios.
Eso era lo mismo que decir que venían de la luna, si acaso los barcos griegos lograban navegar entre las estrellas de la Via Lactea, como Armin había oído.
El gigante apartó con el pie la maza e invitó a Armin a entrar en el extraño recinto inferior. Armin empuñó la espada, sonrió exageradamente y lanzó una mirada a los griegos de Atelción, que se encogieron de hombros y ataron un cabo a la gran nave de los locos.
La somera oscuridad del habitáculo estaba impregnada de un olor a mirra disuelta y a mandrágora quemada. Lujosas telas se amontonaban formando un nido enorme. Muchos rostros de jóvenes y viejos lo observaban indulgentemente. Varias mujeres yacían tendidas al fondo. Otras, de hermoso talle, caminaban entre los cuerpos como panteras. Había ánforas de vino y copas y cráteras colmadas por doquier. La luz de unas lámparas de aceite iluminaba el humo de la licenciosa gruta flotante.
Desconocía que el Mar de los Jonios era un mar de esclavos libres. Si bien pertenecía a Roma como todo el Mare Nostrum, y como todas las provincias griegas, las islas dispersas y solitarias continuaban albergando numerosos misterios humanos, como en los tiempos antiguos, y la Antigüedad misma seguía degenerando a la sombra de los años, mientras la disciplina de Roma gobernaba implacablemente el mundo conocido. Allí había muchos hombres y mujeres ebrios de sus propios pensamientos. Quefalonia, Ítaca, Zaquintos, los numerosos islotes de Quitira, al sur del Peloponeso, eran las repúblicas de los locos.
El gigante se echó en una de las lujosas y mugrientas telas, y ofreció comida a Armin. Era una variedad de pescado ahumado.
Estaba muy salado, y a Armin no le desagradó. Era conocido que los locos de Grecia eran los mejores vividores y comedores del mundo.
Pasaron varios días en aquella nave. Después, Quefalonio, como llamaban al Bucráneo, por ser, según ellos, el príncipe y dueño de una isla jonia llamada Quefalonia, los obligó a remar y se detuvieron frente a la costa en la que había un pequeño muelle y varias casas en el fondo de una bahía de aguas cristalinas. El temporal desapareció y el sol ardió con tal intensidad, que Armin no había vivido jamás algo así.
Una mañana, tumbado sobre la nave, lo vio ascender hasta el centro del cielo, que se volvió, gracias a una suave calina, de un azul tan pálido que rozaba el blanco. Allí arriba se detuvo como una energía inconmensurable. Escuchó hablar a los pescadores de la isla acerca de Pitágoras, un sabio como Cerunno, pero que había nacido centurias atrás, y que nunca orinaba cara al sol, ni comía habas, ni censuraba en presencia de la potente luz.
Pocos días después, Armin había comprado el batel de Atelción y su abuelo, que se quedaron en las Islas Afortunadas, gracias a otra de sus piezas de oro, la más grande de todas, y partió en compañía de dos jóvenes aventureros pertenecientes a la tripulación de Quefalonio y los enseres necesarios para cruzar el mar en busca de la costa itálica.
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