Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 67 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo IX

8 d.C. Batalla de

Pœtovio

La fortuna favorece a los audaces.

La frase pronunciada por Paterculus resonaba en su mente.

Armin desmontó y oteó el paisaje desde la loma. Sus jinetes lo rodeaban, los rostros fieros prestos al combate. La línea del Dravus serpeaba en medio de la llanura. Más adelante y en el sur, subía una cadena de acantilados dentados. La luz de la tarde los iluminaba al sesgo. El paisaje, de un verde oscuro, cubierto por la hierba densa y elástica, se interrumpía ante el anillo de las fortificaciones de Pœtovio, que no parecía ni tan alto ni tan fuerte como el de Savaria.

Quizá precisamente por eso los latovicios, los hercuniatos, los arabonios y los dravios habían decidido enfrentarse en campo abierto. Apenas llegaban las legiones, cuando treinta mil enemigos los esperaban aullando y vociferando. Armin comprendió que los panonios deseaban cobrarse más vidas, y en esta ocasión escogían el combate en campo abierto, conscientes de su superioridad numérica, que doblaba a los contingentes romanos. Aún así, la maquinaria del ejército era temible. Los centuriones no habían tardado en organizar sus unidades. Los timbaleros empezaron al fin a percutir las tensas pieles, y el ambiente previo a la batalla comenzó a llenar el aire de la tarde.

Las alas de caballería se dispusieron a ambos flancos, dejando el centro para el casillero metálico de las veinte cohortes. Cuando todas las máquinas estuvieron listas, la orden de un centurión se propagó por varias gargantas. El avance cadencioso de las cohortes, rigurosamente ordenado, se desplegó en docenas de tortugas metálicas a veintiocho que avanzaban cansinamente.

Armin se acomodó en la silla, y dejó que el caballo avanzase unos pasos. El terreno descendía ligeramente hacia Pœtovio, pues por detrás fluía el Dravus no muy lejos de la línea de acantilados.

Delante de la ciudad había una multitud de catervas vociferantes.

Eran miles y miles formando una espesa alfombra. Iban armados con toda clase de artilugios, algunos de los cuales eran a todas vistas herramientas de oficio. Los hombres de armas debían ser un número bastante reducido de la multitud. Alborotaban desordenadamente, aullaban. Contaban con algunas lanzaderas que ya empezaban a jalonar el campo de batalla con piedras blancas.

Cientos de antorchas punteaban con luz la masa de los enemigos.

Armin se dio cuenta de que aquel ejército, a pesar de ser numeroso, no podía despertar el temor en los mandos romanos. Era un levantamiento popular. Se concentraba el pueblo con sus herramientas más dispares. No había suficientes espadas, y mucho menos hombres capaces de blandirlas. Aquello era un combate desigual únicamente contrarrestado por la ingente superioridad numérica, que realmente valdría bien poco, contando las legiones con las alce de caballería, cuya fuerza destructora se contaba de uno a siete, o incluso de uno a diez. De cualquier modo, el germano estimó que sería una batalla muy dura. Todo dependía de la estrategia a seguir por los rebeldes. Le parecía que en esta ocasión no abandonarían la ciudad tan pronto. Estaban llegando al sur de Panonia, la región en la que se amontonaba el pueblo rebelde, y eso traería cambios.

Pensó entonces en los germanos, se dio cuenta de que era un pueblo hecho para la guerra desde los albores del tiempo. Las hordas de las tribus germánicas veneraban a dioses guerreros.

Wuotanc concedía el beneficio de la cólera a sus elegidos. La larga

espada era adorada por las manos de los germanos, que la empuñaban con destreza y cuyo manejo iniciaban a pronta edad.

Los germanos eran belicosos, y ahora, al ver aquella multitud, aquel pueblo tan distinto, tan lejano, comprendió la diferencia y las razones que habían librado a Germania, hasta la fecha, de la romanización. Los que veía ahora envalentonados con sus aperos y sus hojas de siega eran los hijos de un pueblo explotado por Roma.

Por primera vez Armin comprendió que la verdadera matanza de Roma en Panonia se acercaba, y que Tiberio había trazado un plan perverso para causar el mayor exterminio posible.

Detrás de Pœtovio, los ojos inquisidores de Armin descubrían un reguero o una línea que se alejaba, y estaba seguro de que aquel rastro continuaba por los cerros rocosos. Se trataba de la marcha de los últimos restos de mujeres, niños, heridos, ancianos que huía hacia el sur permanentemente. Si Tiberio lograba empujar desde el este por el valle del Savus y aplastaba Segestica, esa cadena de montes se convertiría en una trampa mortal para los panonios, acorralados en ella como los astures en sus cordilleras, cuando el propio Augusto en persona fue hasta el norte de Hispania para eliminarlos a cualquier precio.

Las cohortes avanzaron casi con parsimonia. Los legionarios no parecían tener demasiada prisa en iniciar el ataque, y cuando eran esperados por un enemigo que había escogido la posición defensiva este método se acuciaba. Los timbales marcaban el paso chirriante. Las guarniciones de metal de los escudos cuadrangulares centelleaban. Los operarios de las balistas terminaron de asegurar sus posiciones y los grandes lances comenzaron a zumbar con aquel sonido sordo, penetrante, tétrico. Algunos de ellos estaban impregnados en resina y ardían, y su rastro surcaba los campos de hierba. Los legionarios miraban hacia arriba por entre las rendijas de su improvisado armazón de escudos, y veían las líneas rojas y sus repentinos rastros de humo, que zumbaban al volar sobre sus cabezas.

Los proyectiles comenzaron golpear. Estaban los enemigos de Roma tan apretados y tan a tiro, que todos y cada uno de los lances

alcanzaba a más de un panonio. El desastroso impacto levantaba la tierra después de atravesar en un momento los cuerpos desprevenidos. No había forma de cubrirse ante semejante amenaza. Cuando caía una lluvia de flechas los escudos aún servían de algo, pero ante el golpe seco de los proyectiles nada podía hacerse. Los gritos de muerte surgían aleatoriamente de la multitud, los sacos de arena aterrizaban aturdiendo a muchos hombres, otros caían desnucados tras el impacto súbito. Enfurecidos y hostigados, los jefes decidieron dejar de esperar y eliminar la distancia de tiro de las balistas. La masa se puso en marcha hacia delante. Iniciaron una carrera, empuñaron sus armas. Varios grupos de caballos avanzaban, sus jinetes sosteniendo largas pértigas. Era un caos variopinto que se lanzaba a toda carrera.

Los legionarios se detuvieron. Las voces de los centuriones ordenaron la parada, y las barreras de escudos se asentaron en la hierba. El casillero de tortugas dejó de avanzar y todas sus piezas parecieron apretarse. Los escudos se cerraron. No hubo rendijas por las que pudiesen espiar al enemigo. La táctica era conocida, pero requería nervios de acero por parte de los soldados. Se acercaba lo peor.

El choque frontal resonó, metálico y desordenado. El rugido de los panonios ensordecía la tarde. La multitud se abalanzó contra las barreras de escudos. Todas parecían resistir, cuando la marea humana las rodeaba, saltaba por encima, pisoteaba sus emblemas y fluía por en medio como un líquido pardusco desbordado, una fangosa inundación que rebasaba el cauce del Dravus. Las espadas y las lanzas hostigaban a los romanos. Los grupos de rebeldes continuaban avanzando, dejándose llevar por el ímpetu y la euforia.

Las puntas de acero comenzaron a hurgar por entre las juntas que separaban a unos escudos de otros. Los legionarios se apretaban unos a otros, firmemente asentados.

Las primeras tortugas ya no podían resistir la situación, y la orden de los mandos no llegaba. Algunas lanzas lograban penetrar la coraza de escudos y escucharon gritos ahogados en su interior: algún miembro había resultado ensartado. Pero cada vez eran más

los panonios que saltaban por encima y caminaban sobre los escudos, los legionarios no podían soportar el peso.

La orden no llegaba.

Una de las tortugas no resistió el peso, los escudos cedieron, varios legionarios lanzaron puñadas, pero fueron heridos por las hachas.

La voz de Cazarratas se impuso al deseo y supervisión de los dos generales, apostados detrás de la línea de balistas y catapultas.

Su orden era esperada con ansiedad, y el campo de batalla se transformó.

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