Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 29 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo XIV

4 d.C. Roma

Augusto miró por última vez el anillo de la esfinge diamantina, con el que había premiado a Drusus, con el que había señalado la preferencia a su nieto Cayo. Cuando estuvo suficientemente lejos de su guardia personal, miró las aguas del Tiberis desde lo alto del puente, y arrojó el anillo a sus turbulentos torbellinos. Con él se iban al fondo del río muchos de sus sueños y la herencia del mundo; les dio la espalda y caminó sin mirar hacia atrás, consciente de que, igual que en el teatro, la tragedia de la vida debía seguir adelante, sumisa esclava del Tiempo.

Cneo Sentio Saturnio y Cayo Clodio Licinio fueron los siguientes cónsules suffectus del año. Junto a Augusto, presidieron los honores públicos y los grandes funerales de Cayo Julio César.

El cuerpo, oportunamente conservado, fue uncido e incinerado en una inmensa pira en el Campo de Marte. Augusto rindió tributo al difunto con la presencia de las cohortes pretorianas, y deseó que el cielo se enlutase y que un crespón negro cubriese la capital de Imperio.

La intriga contra Póstumo, que se mostraba enérgico e impulsivo desde temprana edad, inclinó a Augusto a creer, no sin cierta razón, que era peligroso poner en su poder las armas de

Roma. Desesperado y frustrado, el emperador creyó oportuno recurrir a Tiberio, precisamente por lo debilitado de su posición política. Después del desprestigio que había supuesto su retiro, y de que prometiese a Cayo y a Lucio que si volvía a Roma renunciaría al estado, muchos de los que lo habían adulado tratando de congraciarse con el poder que se le presuponía llegaría a tener, le dieron la espalda sonoramente, a favor de la causa de los hijos de Julia. Todo ello contribuía a crear una figura que carecía de los respaldos de un dictador del que todo el mundo habría desconfiado.

Consciente de todo ello, Augusto decidió ir en su auxilio y de paso tomar ventaja para su propio dominio. Tiberio era un buen hombre de armas, en absoluto nada carismático, ni tampoco un verdadero guerrero, y siempre estaría muy por debajo de los glorificados Drusus y Cayo, pero estaba vivo, y eso era útil, y lo que era aún peor, los dioses lo mantenían con vida, quizá porque jamás tomaba parte en las batallas como lo habían hecho los grandes hombres de Roma.

Por todo ello, y teniendo en cuenta los problemas de la sucesión, Augusto decidió, después de entregarle la potestad tribunicia, designarlo sucesor al Imperator. Livia se sintió complacida, y Augusto obraba en contra de muchos de sus instintos, pero sus ojos grises y luminosos eran todavía capaces de eso, de mirar por encima de las emociones y de garantizarse la continuidad del poder, aceptando estoicamente las circunstancias reales de su vida. A falta de herederos de sangre, Tiberio era la única opción de confianza y aparentemente manipulable. Por eso lo primero que hizo fue obligarle a aceptar el mando de la frontera de Germania, hecho que, bien lo sabía, en el fondo Tiberio detestaba.

Y le encomendó finalizar la obra inconclusa por Drusus, la conquista de Germania Magna hasta las costas del Mare Suebicum, con la consiguiente victoria sobre los marcómanos.

Pero Augusto lo obligó, antes de partir a su nuevo destino castrense, a algo que sorprendió a Livia: a la adopción de Germánico. Con ello cerraba el círculo de la sucesión, y el emperador trataría de servirse por todos los medios de Tiberio,

creyendo que, cuanto antes, Germánico se haría con el poder. Había reconocido las cualidades de su nieto, quien en realidad, como hijo de Drusus, también era sangre de su sangre, pues Drusus había sido concebido por Livia de Augusto antes de que Claudio y ella se separasen de mutuo acuerdo y a petición de Augusto. Las intrigas contra Póstumo habían funcionado alentadoramente, pues éste se revelaba desobediente y por ello peligroso al mando de los ejércitos, y el odio contra Livia y en cierto modo contra Augusto, a causa del destierro de su madre Julia y de la confiscación de la herencia de su padre Agripa, parecía poder haber germinado en su corazón. En cambio, Germánico era una toga candida, y además un joven de excelentes cualidades humanas. Los ojos avezados del emperador reconocían en él la floración del ímpetu de Drusus y un cálculo del que sólo él, el propio Augusto, podía considerarse autor.

Después de todas las muertes e intrigas obradas en torno a la muerte de Drusus, el destino ponía al más brillante de sus hijos en la escalinata del Templo de Júpiter, dispuesto a subir los peldaños del cursus honorum hasta ceñirse los laureles del triunfo y la toga picta.

Germánico era la promesa del futuro, el verdadero heredero de Augusto.

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