Liberator Germaniae

Artur Balder · Capítulo 104 de 122

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Liberator Germaniae

Capítulo X

9 d.C. Santuario de

Irminur. Externstein

El amanecer surgía y su claridad gris se extendía como un velo detrás de la trama negra de los árboles. Armin se llenó las manos de agua, inclinado junto al arroyo, y se restregó la cara. El cieno negro se había secado, y la máscara ritual se cuarteaba. El agua la diluyó, y el rostro de Armin emergió y se reflejó de nuevo en las aguas.

Tomó un cuchillo y se afeitó la escasa barba. Sin mayores cuidados, echó un trago y volvió junto a sus compañeros. Un mensajero de Wulfmunda les había traído noticias de Ortwin. El hombre—rayo los conminaba urgentemente a reunirse con él en un sagrado lugar de las fuentes del Lupia. Algunos lo conocían, pues habían acompañado a Ortwin hasta allí en otras ocasiones, y fueron los guías.

La salvaje floresta despertaba. Columnatas de troncos sostenían el vasto salón de las nieblas matutinas. Los pájaros comenzaban a gorjear, y al cabo de un tiempo, cuando el sol se levantaba, una senda se introdujo en la impenetrable maleza y tras muchas idas y vueltas los llevó a las profundidades.

Parecía un bosque santo, y por alguna razón Armin recordó el viaje que, siendo niño y en compañía de muchos otros príncipes menores, realizara junto a Cerunno. Una ladera se sumergió en la

penumbra, sepultada por copas espesas e interminables madejas de ramas densamente cargadas y frondosas. El manto de hojas secas ocultaba los desniveles, y debieron continuar andando y guiando las inquietas cabalgaduras. Draupner, el formidable hermano de Sleipner, el indómito caballo, cabeceaba y relinchaba ruidosamente, al tiempo que Armin le pedía, sin forzar la soga, que continuase adelante. Como si se aproximasen a un antro de dragones, los caballos cada vez oponían más resistencia a continuar, por lo que supo que Ortwin los había citado en un mágico enclave y que los caballos lo sentían. Los fresnos convivían con las hayas creando un corazón espacioso sobre el que pesaban, asfixiantes, mil bóvedas de crucería modeladas por la paciencia de milenios y la inagotable lozanía de la naturaleza. Armin aspiró un aire denso y fragante, y escuchó el paso de unos pájaros carpinteros que los espiaban por los intersticios claros, desde los que, inoportunos y disonantes, descendían diurnas lanzadas al santuario de las tinieblas. Las potentes piedras emergieron de pronto, un anillo de moles en medio de la selva. Armin se acercó, mas el resto de guerreros se detuvo.

Los caballos se resistieron y retrocedieron.

—Hemos llegado —dijo el guía.

Armin acarició uno de los megalitos. Ostentaba incisas cientos de escarificaciones rúnicas en arco, rodeando símbolos enormes y extraños. Todos ellos formaban un círculo tosco, poderoso, mágico.

Armin traspasó la puerta y las piedras parecieron erguirse alrededor en su inmovilidad, como vigilantes colosos. En el centro, rodeado por dos dólmenes, había una gran roca sacrificial. Vio los canales, los agujeros pentagonales por los que agua de lluvia y sangre de sacrificios, según el caso, manaban hacia el subsuelo. Cerunno le habló de druidas en la oscuridad remota de los años, de pueblos en la sombra del tiempo, que dejaron aquellas huellas sobre la tierra, y se preguntó por qué los germanos ya no eran capaces de hacer algo tan grande como lo que veía, por qué ya no eran capaces de esas proezas...

Recorrió los símbolos con la mirada. Se dio cuenta de que el círculo entero se basaba en el pentágono, señalado por el enclave de

cinco moles más altas que las restantes, y que en las caras interiores de las piedras había formas de pentáculos, de círculos, de árboles.

Podía ver la runa de las propiedades, y la de las aguas, la del fuego, pero la más poderosa de todas era la del Sol: el Rayo.

Armin leyó las tres inscripciones rúnicas que centraban una serie de simbologías geométricas:

— Lokom her. «Mira aquí»

— Latam ing hari kunni ing we hagal! —leyó el querusco.

«¡Déjanos, Inghari, de la raza de Ingwe, libres de la ruina!”

— Wulu hari dede.

«Esta es la obra de Wulfhari».

Quizá el santuario indicaba una dirección hacia la que apuntaba. Años atrás, durante aquel viaje a Teutoburgo, Cerunno los había dejado a sus puertas, donde se habían reunido, en secreto concilio lunar, los druidas y sacerdotes. Pero Armin estaba seguro, ahora que se hallaba en su interior, de que aquel lugar era una puerta hacia alguna parte, de que el concilio lunar debía conducir hacia el santuario solar. Madre y padre, mujer y hombre, tierra y

fuego, luna y sol. Recordó las palabras de los ivernios, y el sentido del círculo y de la rueda solar del año: nemeton, belnemeton, drumeton. El Más Allá.

Una voz le sacó de su ensimismamiento.

—No podríais haber llegado a mejor hora —dijo, caminando entre las piedras.

—¡Ortwin! ¿Por qué nos has traído a este lugar?

—Armin, la mejor de las nuevas que podrías oír te traigo. Los dioses nos sonríen —dijo Ortwin, sonriendo.

—Pues dila de una vez —aseveró Armin, impaciente.

—Cuando el hombre—lobo regresó, la noticia recorrió la tierra. Esa era la señal que esperaba. El retorno de Wulfmund, Armin, era la clave. Cerunno ha regresado.

Los ojos de Armin mostraron una viva esperanza y a la vez se inclinaron avergonzados. Al fin podría enmendar sus errores. No todo estaba perdido. Había recuperado su libertad, su fuerza, a Thusnelda... y ahora a Cerunno. Por un momento creyó que podría traer a sus padres de la muerte.

—¿Dónde está?

—En el mismo lugar en el que esperaba, oculto, más allá de este mundo.

La mirada de Armin se enturbió. Los adivinos tenían la costumbre de hablar de un modo poco concreto y eso le impacientaba.

—Pero, ¿está... aquí?

—Cerunno se encontrará con nosotros —afirmó Ortwin. —

Debemos ir al lugar en el que nos espera.

Ortwin les pidió que comiesen ahora que amanecía, pues ya no podrían comer hasta finalizar el encuentro con Cerunno. Tras asar unos pedazos de carne, la partida se puso en marcha. Armin

recordaba el viaje de su niñez, y ahora partían en dirección contraria, hacia las tinieblas más densas de aquel bosque milenario.

Avanzaron por el vasto salón crepuscular. Unos abetos negros y gigantes anulaban el efecto de la luz solar; los jirones de niebla se demoraban colgados de las ramas. El día trascurrió lenta y silenciosamente. Armin habría querido avanzar más rápido, pero Ortwin seguía monótonamente, y a veces el terreno se hundía en una húmeda cañada y los árboles crecían echando raíces por las pendientes pedregosas, constriñendo el suelo como posesivas serpientes que se aferraban al mundo, como si se tratase de una propiedad sagrada.

Caía la tarde cuando el bosque, abruptamente, descendió una larga ladera y de pronto, tras cruzar una frontera invisible, finalizó.

Salieron a un extenso claro. Mas lo que atrajo la atención de los viajeros fue un grupo de gigantes. Wulfsung se echó al suelo, otros se agacharon suplicantes y retrocedieron con los caballos al bosque, en aparatosa desbandada. Armin se quedó inmóvil, y miró a Ortwin, esperando una respuesta.

Allí delante, no muy lejos, donde unas cortinas de niebla oreaban el bosque y la tarde era una incertidumbre caliginosa, veía las siluetas de cinco deformes gigantes, a cual más grande, más giboso, más rudo. Si era una familia, entonces estaban quietos, contemplando algo en silencio, un fuego encendido al otro lado quizá.

—¿Son... gigantes? —preguntó Armin.

—Sí —respondió sencillamente Orwin. La humedad creaba gotas en su rostro, gotas que bajaban resbalando por las barbas amarillas.

—Pero... —dijo Armin, sin apartar la mirada de las ominosas moles.

—¿Acaso sientes miedo? —inquirió Ortwin.

—Hay algo que se llama prudencia —susurró el querusco, ofendido. —¿Qué se supone que hacemos nosotros contra esos...

gigantes?

—¿Vendréis o no vendréis? —preguntó Ortwin con voz serena.

—Yo iré —respondió Armin, desconfiado.

Los demás emergieron de las sombras y miraron gravemente a Ortwin. Los germanos temían inmiscuirse en asuntos de druidas y de magos. Wulfsung parecía muy contrariado. Su padre, Wulfila, ya le había advertido: «Si has de elegir, pelea con un oso antes que con un druida de Irminur. Porque podrá maldecirte siete veces». Y

todos habían oído el nombre de Cerunno. Ya en sí era como una palabra mágica, como el inconfesable significado de una runa.

Ortwin no esperó respuesta alguna y se puso en marcha.

Armin miró a sus compañeros comprensivamente y después caminó detrás del hombre—rayo. Los demás los siguieron, a cierta distancia.

A medida que recorrían la ancha pradera, las siluetas de los gigantes clareaban. Parecían grises y sus hombros estaban deformes, como los perfiles de sus brutales cabezas. Luego vieron la orilla de un estanque que recorría la orilla del bosque y bañaba el pie de uno de ellos. Al fin Armin se dio cuenta de que su inmovilidad era sospechosa, y después de hallarse muy cerca comprendió que se trataba de rocas, o más bien, de gigantes petrificados en la mañana del mundo. Aún así, todos experimentaron un escalofrío al aproximarse a la base de sus pedestales. Ortwin continuó avanzando, y el camino pasó entre dos de las enormes masas rocosas. Detrás Ortwin giró y se detuvo.

Cuando todos se reunieron, Ortwin les dijo que debían entrar. Nadie quiso hacerlo, a excepción de Armin.

Los demás aguardarían allí, en la entrada, guarecidos del frío y la humedad, hasta que ellos saliesen.

Una abertura en la pared de roca se introducía y los peldaños bajaban hasta una cámara. Una vez allí, Ortwin encendió un fuego

y les dijo que podían esperar en aquel lugar, pues la noche sería fría. Prendió dos grandes antorchas de sebo y desapareció con Armin en un corredor. Al final del mismo parecían haber llegado a una última recámara. El joven hombre—rayo buscó los signos y descendió al suelo, y pidió la ayuda de Armin; una losa de piedra, perfectamente encajada, cedía y se retiraba con facilidad al impulso de ambas manos. Descendieron en las tinieblas.

La tosca galería los conducía hasta un nivel inferior. No era un lugar excavado por seres humanos. El pasadizo quizá sí, pero aquella gruta era tan antigua como las mismas piedras. La luz se perdía en una vasta oscuridad. Ortwin avanzó como si conociese el camino hasta una inmensa abertura que descendía en espiral hacia el fondo de la tierra. Los peldaños parecían naturales y se confundían con las arrugas de las paredes, por las que migraba el resplandor rojizo de las antorchas, acorralado por voraces sombras aladas. Armin no supo durante cuánto tiempo descendieron, pero le pareció una eternidad.

Desembocó en una gruta de grandes proporciones. Las gotas de humedad tintineaban en las sombras. Una luz roja parpadeaba al fondo, y a Armin le pareció que un mar tenebroso separaba unas luces de otras. A medida que caminaban se daba cuenta de que recorrían un vasto salón en las entrañas de la tierra. Y en aquel lugar profundo, el fuego de una fragua ardía con altas llamas.

Llegaron hasta él, y una silueta avanzó por detrás. Armin se detuvo, inquieto. Demonios de Mímir junto a las Fuentes de la Prudencia, elfos negros que custodiaban las puertas del infierno, era todo lo que podía imaginar. La sombra que el resplandor del fuego proyectaba contra las deformes protuberancias rocosas adquiría proporciones y gestos espantosos. La silueta avanzó y se situó junto al fuego. El ardiente furor iluminaba un rostro anciano, unos ojos acechantes, un yelmo forrado de piel del que surgían las altas cornamentas de un ciervo.

Cerunno avanzó con lentos y decididos pasos; la fuerte mano derecha enroscada en torno al muñón de su báculo, la raíz de haya,

el sago blanco de los nacimientos, el oro que rutilaba en sus anillos, las ajorcas de sus nervudos brazos, las barbas grises, ralas, largas...

nada en él parecía haber sido modificado por el cobarde paso del Tiempo.

Armin se inclinó, se arrodilló sobre una pierna, desenfundó la espada y se la ofreció al adivino, que se detuvo ante él. Le pareció que sus ojos irradiaban una profunda tristeza, a la par que ardían en el fondo de ellos unas ascuas incombustibles, una voluntad más fuerte que los años trascurridos.

Los dedos sarmentosos del adivino se extendieron, alzó la mano y la posó en la frente de Armin, como la garra de un águila.

Descendió ligeramente, sin apartar la mirada fija de los ojos del querusco, y cerró los párpados de éste.

Armin creyó que una inmensa sombra se cernía sobre él, y que la serenidad invadía su alma como nunca lo había hecho. Escuchó entonces la voz de Cerunno, que se alzó grave, extraordinariamente potente, cavernosa, retumbando en las invisibles paredes de la galería subterránea como el inextinguible eco de un trueno.

—Bienvenido seas, Erminmer hijo de Segimer hijo de Segismund hijo de Segibrandt. Veo que al aguilucho le han crecido las alas. Que Wulfmund ha regresado. Que el sol te ha traído de vuelta. Y lo que el sol trae de vuelta sólo un rayo puede ser. Que has pasado la prueba.

La mano lo abandonó, y cuando Armin abrió los ojos vio que Cerunno retrocedía y se sentaba junto a las llamas, donde el resplandor iluminaba la mitad del rostro como si fuese el día, y en su ojo ardía el fuego. Armin y Ortwin se aproximaron y se sentaron en unos tocones de madera.

—Cuéntame ahora todo lo que ha sucedido, Erminmer.

Respondiendo a la petición del santón, Armin comenzó a hablar y al cabo de unas pocas frases le pareció que hablaba consigo mismo y que no dejaba ni un solo rincón de su alma oculto

a los ojos de Cerunno. Mientras hablaba, las palabras se amontonaban y las emociones afloraban con cada frase, y Cerunno asistía a los años que para él eran desconocidos, y el mito interior de Armin cobraba forma en la mente del sabio, comprendiendo las reacciones y los miedos, las erupciones y las revelaciones finales que habían conducido al guerrero en busca de su propio destino.

Armin relató con creciente impulso los últimos años, y allí aparecieron Segest y su hijo, Thusnelda y los sueños de ambos, los mandobles de Armin en las legiones, su deserción, su extraordinario viaje hasta las islas de los griegos, su aprendizaje del sol. Por fin comenzó a desplegar el plan que había puesto en marcha y que todos ejecutaban y al fin Armin miró con ojos ansiosos a Cerunno, como si su narración le hubiese situado, de pronto, frente a un abismo infranqueable y no supiese cómo seguir.

Cerunno comenzó a reírse de pronto, largamente.

—¿Qué debemos hacer ahora? —preguntó Armin, confundido.

Cerunno continuaba riéndose.

—Mala recompensa para el maestro es que el discípulo permanezca siempre discípulo... Has sido fiel a la tierra. No te he hecho falta, joven Erminmer —respondió el adivino. —Durísimo es el camino verdadero, porque el que busca recorre el camino de su propia tribulación y es fácil perderse a sí mismo.

»Eres un hombre legítimo, has obrado por voluntad propia, y tu voluntad se ha convertido en tu ley y en tu verdugo; cuando te ha faltado mi palabra la has sustituido por la tuya. Cuanto he oído me maravilla, es como el nacimiento del sol que ha muerto debajo de la tierra y que renace en las plantas. Antes del Mabonad, la fiesta del equinoccio de otoño, todo deberá haber concluido. La cosecha de este año será la cosecha de los sembradores antiguos. El enemigo sembró el odio y ahora recibirá su fruto. Cuando el sol vaya a ser devorado por los monstruos de Utgard, cuando los ancianos reflexionen sobre las obras alcanzadas, cuando Tor sea festejado en las colinas, ya debe haber acabado la Gran Obra y el sol estará en la plenitud del Gran Mediodía.

—Entonces...

—¡A ello os conjuro! A vuestra última voluntad, pues como tal debe ser ansiada, como el último aliento del moribundo, como la última visión del que ha sido cegado... Pero recuerda que el silencio es la palabra más amada por los cobardes —le interrumpió el santón.

—Por eso callan... los que podrían traicionarme —aseveró Armin.

—Así es. Deja que tu corazón hierva, ancho y pleno como un río a cuyas orillas sea peligroso acercarse; deja que tu voluntad dé órdenes a todas las cosas; desprecia lo fácil; y ejerce una sola voluntad... ese es el camino de la virtud, y yo la llamo poder. Es un pensamiento dominador, ardiente y solar, envuelto por un dragón frío y artero, un alma inteligente que se sirve de toda la fuerza interior. Sol y dragón conjuran victoria.

»No basta con la idea, pues hay otros que pueden ponerla en peligro. Has de cuidar cada momento, y todos los que te sigan deben estar atentos a la traición. La venganza está tan bien trazada como el curso del sol entre las estrellas, pero puede ser trastocada con facilidad. Es necesario que Varus se sienta seguro de sí mismo, y fuerte, muy fuerte. No debes dar grandes muestras de poderío, y toda la alianza debe permanecer oculta. Hay algo más que debemos considerar: son los espías en Mattium. No deben faltar los informes acerca de los planes de Varus. Cualquier detalle ha de estar en conocimiento del kuninc. ¿Cazan nubes viento? Así es el proceder: empujar cada fuerza hacia el lugar oportuno debes, sin ser visto, como un viento que las nubes arrulla con bellas palabras y bellas maneras, antes de hacerlas estallar en mil tormentas.

Cerunno extrajo unas piedras ambarinas y las reunió en un caldero que, depositado entre las llamas, ardía al rojo. Las piedras amarillas contenían almas encerradas en otra era que al calentarse surgían y ardían. El adivino leía y escrutaba los hilos de humo, al tiempo que el ámbar resinoso prendía.

—Caza con tus manos a Teutebert, el enorme Jabalí de Teutoburgo que habita en las laderas del Teutberg, y has de hacerlo en vísperas del Beltaine, la fiesta del fuego. Después despedázalo y, tras ascender hasta las serranías bajo la luna llena y ofrecérselo a los padres de los lobos, deja que las manadas salvajes coman de tus manos. ¡Mas sólo de tus manos! No dejes que se lleven la carne por sí mismos. Que los jefes de los lobos sepan reconocer tu soberanía.

Sólo así lograrás entender la fuerza del kuninc, y pondrás a prueba el poder que ha de regir la inmensa batalla. Los líderes de los clanes no podrán desobedecerte, bajo juramento de sangre, y entregando el jabalí a los lobos aprenderás a mirar a los ojos a los grandes jefes, cuya fuerza es pujante y que sólo a cambio de la pieza cazada aceptarán tu rango. No temas a los lobos que vendrán en busca de Teutebert.

Después Cerunno se introdujo en una cámara y emergió de ella con una vieja caja de madera, y la puso en manos del querusco.

—Ábrela.

Armin abrió la tapa, y allí aparecieron lo que parecían ser los pedazos de una vieja espada.

— Zankrist...

—La misma, la que fue rota por las pesadas rocas que las catapultas de Sentio Saturnio arrojaban sobre la cabeza de tu padre, muerto a causa de un lance de balista. Gristmund, el viejo herrero de Wulfmunda, rehusó forjarla, diciendo que sólo su siguiente portador debería hacerlo, que era un arma sagrada que había permanecido íntegra cientos de años, empuñada por los herzogs del clan, y que así permanecería hasta que llegase el elegido.

Gailswinther también se negó, renunciando al mando de Wulfmunda, y así me llevé los restos. Es hora de que reúnas sus pedazos de nuevo, Armin, el arma espera.

Sin mayores tardanzas, el herrero recurrió a sus artes y a sus fuerzas, y se puso en marcha. Cuanto Cerunno poseía en su cueva

bastaba para lograr el ansiado fin. Un fuelle, sacudido por Ortwin, y un poderoso fuego, alimentado por Cerunno, aguardaron los restos de Zankrist, que Armin reducía a un puñado de limaduras con enérgico esfuerzo. No pasó mucho tiempo y las llamas emitieron un gran resplandor, y sus sombras se proyectaron y danzaron contra las paredes como fantasmas de gigantes que festejaban su retorno a la vida. Armin eliminó el cable y la piel de la empuñadura, y redujo a viruta metálica los trozos del magnífico acero. Los depositó en el crisol y lo ocultó entre brasas ardientes y rojas, de las que brotaba un viento llameante. Al cabo de poco tiempo el acero se había hecho líquido; Armin lo extrajo con las enormes tenazas, y vació su contenido en el molde. Un canal del que manaba el agua gélida de las entrañas de la tierra recibió el ardiente molde, del que brotó una siseante neblina. Aproximó el yunque, abrió el molde de la larga hoja, y tomó el martillo.

Los resonantes golpes caían sobre el enfurecido acero, que respondía a cada martillazo escupiendo chispas y fuego. El tiempo pasó y Armin se olvidó del resto del mundo. Las llamas se apaciguaron en la fragua, y la luz decreció. Mas Armin golpeaba y golpeaba con el martillo, forjando el arma que empuñaron sus ancestros, creando de nuevo lo que había sido roto, anulando la obra de sus enemigos.

Su torso chorreaba empapado en sudor. La frente le goteaba.

Sus músculos ardían tensos. La huella del mango del martillo se había quedado impresa en la mano. Entonces apresó la hoja y la sumergió en el agua. La retiró en medio del vapor, la recalentó y volvió a forjarla. Remachó el cable de acero, redondeó el pomo, remató las aguas del filo, y contempló la poderosa espada, que resplandecía como un arma divina.

—Déjala ahora en mis manos —dijo Cerunno entonces. —No has de empuñarla hasta llegado el día. Le has dado forma al contenido del acero, y encierra toda tu persona, pero serán los sabios herreros de Gristmund los que le otorguen el resplandor y la flexibilidad finales, y los que inscribirán las runas que yo les dicte a lo largo de la hoja, y los que afilarán ambas líneas. Zankrist ha

cobrado forma; te será entregada el día de la Gran Guerra, en la celebración del Misterio, antes del Mediodía.

Armin retrocedió, admirando la legendaria espada, su extraordinaria longitud, la ligereza de sus proporciones...

—Ortwin —conminó Cerunno. —Continuad lo que habéis empezado. Que Armin cuente con tu ayuda.

—¿No vendrás con nosotros a Wulfmunda, como en aquellos años? —preguntó Armin, volviendo en sí.

—Mi lugar ya no está en Wulfmunda, pues si padre de druidas quiero ser, a mis hijos respetar su hogar debo. Y Wulfmunda es ahora el hogar de Ortwin. Otras reuniones a mí me aguardan.

»Combatiré contigo desde este santuario, en la sombra de los dioses. A las rocas se encaminarán todos los sacerdotes de tus guerreros, y ellos escucharán lo que Cerunno debe explicarles, y la ceniza de tu padre, que en otros tiempos me llevé a la soledad, volverá contigo como un incendio a los valles.

»Para el Beltaine grandes sacrificios y encuentros tendrán lugar en la Tierra y por la Tierra: este año, el más poderoso de todos, la hora definitiva, el curso del Sol debe ser festejado, pues se acerca el Gran Mediodía.

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