Liberator Germaniae
Capítulo VII
5 a.C. Roma
El Senado otorgó el consulado duodécimo a Augusto, como Imperator, y el año dio comienzo con Augusto compartiendo el poder, según el decreto edicto, con Lucio Cornelio Sulla; más tarde fueron Quinto Haterius, Lucio Vinicio y Cayo Sulpicio Galba quienes se sucedieron como suffectus al frente de la magistratura más importante del estado. Sin embargo, la consagración del consulado de Lucio Cornelio, a principios de año, se vio empañada por la manifestación de malos presagios. Aquel mismo mes en el que los bueyes consagrados al sacrificio del cónsul se opusieron enérgicamente a su elección durante la ceremonia, una voz anónima, que se hacía pasar por pitonisa o adivina, hizo circular unos rumores por Roma que no tardaron en extenderse como un fuego en los rastrojos resecos. Para bien o para mal, esos rumores prendieron con más fuerza en la hojarasca de la ignorante plebe y de la supersticiosa clase dirigente cuando, una noche, varios observadores casuales y sin conexión aparente vislumbraron, cuando la borrasca se alejaba de la capital del mundo y en su cielo aparecían parches del cielo nocturno, desprendimientos de estrellas.
Volvió a suceder dos noches después, cuando los romanos miraban hacia arriba más de lo que ya era habitual en ellos, y la superstición se encargó del resto. No pasó mucho tiempo cuando, desde el lejano norte, legionarios y mercaderes que procedían de las Galias
y de la frontera del Rhenus aseguraban en las concurridas tabernas del Subura que se habían oído lamentos de divinidades femeninas bárbaras que procedían de los impenetrables bosques de Hercynia, como si los campamentos romanos de Divitio y Bonna se viesen asediados por el mal de ojo de los dioses nórdicos. Se hacía famosa la historia de un centurión que, en plena madrugada, recibió la visita de una mujer vestida al estilo griego y que, hablando en griego, le advirtió de un terrible fracaso para las legiones de Germania, antes de salir de la tienda y convertirse en una enorme osa. En el valle del Mœnus se recordaba en varios campamentos que a primera hora de la mañana una pareja de muchachos vestidos con togas griegas galoparon sobre corceles blancos haciendo gran alboroto por la calle principal, pasando por delante de los centinelas del pretorio. Derrumbaron el altar en el que ardía el fuego de Marte y, cuando los guardas salieron tras ellos, abrieron las puertas, escaparon a los campos y desaparecieron en las espesas nieblas que cubrían el valle. La historia, con más o menos variantes, se repetía y parecía haber acontecido en todos los campamentos del Mœnus, desde Locoruum hasta Devona pasando por Segodunum, como si los fantasmales emisarios divinos recorriesen el valle desde el Rhenus hacia el norte, advirtiendo a todos los emplazamientos romanos.
Todo ello no había contribuido a modificar el punto de vista de Augusto acerca de su política exterior, pero era supersticioso y, para calmar las inquietudes públicas, convocó al flamen dialis y pidió al Colegio de Augures, como Sumo Pontífice que era, que revisase los libros sibilinos. De ello se dedujo que eran necesarios algunos sacrificios en el templo de Júpiter Liberator. Las ceremonias obligaron a la familia imperial completa a comparecer ante las escalinatas del dios, en lo alto de la colina, y Augusto demostró que obedecía con sumisión las advertencias de los santos dioses, y que su gobierno no pasaba por alto sus mensajes, fueran o no simples habladurías que, como las olas del mar, crecían ante las playas de la conciencia colectiva del pueblo romano, donde adquirían el aspecto
de temibles formas, y era necesario, cuando no crucial, contentar y tranquilizar a la plebe.
Ello obligó a Tiberio a hacer algo que en gran medida detestaba.
Tiberio Claudio Nerón, hijo de Livia Drussila y de Claudio Nerón, se había visto obligado desde temprana edad a acatar los mandatos de la enérgica pareja imperial. Primero estuvo a la sombra de Drusus, cuya brillante carrera militar en Germania no hacía sino augurar un glorioso destino ante el Senado de Roma: la ciudad lo aclamaba como a un nuevo Julio César. Sus triunfos espectaculares, su obcecación y su ambición complacían el gusto romano por la grandeza. Era el mejor actor que podría haber encontrado la tragicómica escena del poder romano, hasta que la fatídica caída, como se relató con anterioridad, acabó con todos sus sueños y los de quienes lo admiraban. A partir de ese momento, Tiberio, que como general era ciertamente efectivo, aunque gracias a una metodología injusta, pues nunca fue amado por sus legiones como lo fue Drusus, se quedó expuesto ante la opinión pública. No fueron pocos los éxitos que había cosechado, pero no bastaron.
Numerosas y largas eran las sombras que Drusus proyectaba desde el pasado. Los grandes vencedores siempre han enturbiado la personalidad de sus más allegados familiares, pues toda luz arroja, además, largas sombras a su alrededor.
Entre el 12 a.C. y el 9 a.C, Tiberio conquistó Panonia tras las revueltas que a menudo ocupaban a los jefes de aquellas provincias, siempre indispuestas al yugo romano. Con motivo de estas victoriosas intervenciones, y tras su ocupación del Rhenus a la muerte de Drusus, momento de gran tensión en las fronteras de Germania, Tiberio fue proclamado para recibir el triunfo en Roma.
Con todo ello, su camino hacia el nombramiento por parte de Augusto como heredero del solio imperial estaba lejos de ser efectivo. Sólo quienes observasen la política romana desde afuera pensarían que Augusto había estado en algún momento
verdaderamente dispuesto a acoger a Tiberio como su heredero.
Drusus había sido su favorito, y tras su muerte el emperador dirigió la mirada hacia Tiberio benévolamente, mas sólo en la medida en la que le resultaba de utilidad como militar y como administrador, pues, aunque jamás fue un genial militar como Drusus, fue un gobernante capaz, aparentemente discreto y contundente en su conducción de las legiones.
Augusto siempre había mostrado una antipatía natural hacia Tiberio. Había varios aspectos en él que podían llevar a creerlos sobradas razones para ello. En primer lugar Tiberio no era bello y proporcionado como su hermano Drusus. Su aspecto era fuerte, pero con una tendencia a la brutalidad, y la posición de su espalda jamás denotó la firme determinación que animaba a los favoritos de la fortuna romana, la rectitud y el nervio activos, sino más bien una indulgente dejadez, como alguien que en su vida nunca ha estado profundamente de acuerdo con sus quehaceres. Su inclinación hacia la poesía contrastaba con una implacable e inerte dureza en los ejércitos, la falta de entusiasmo hacía que sus triunfos fuesen rancios ante Augusto, si bien muy útiles. Tiberio era alto, su rostro, que había sufrido el ataque de la erisipela y del acné en la pubertad, mostraba un rasgo de inquietante pasividad, pero sus ojos se volvían más lascivos y huidizos con el paso del tiempo. Tiberio cambiaba y su entorno nunca supo en qué medida ni de qué manera. Cuando su madre, Livia, y Augusto le pidieron que se divorciase de Vipsania Agripa y que contrajese matrimonio con Julia, la viuda de Agripa, Tiberio se rebeló pasivamente. Obedeció las órdenes de la gens imperial a la que pertenecía, pero no fue de buena gana. Julia, mujer tan compleja como él, sabía hacer lo que le venía en gana, y él fue infeliz con el suceso y buscó placer en pasiones ocultas y vicios oscuros que tardaron mucho tiempo en ser descubiertos.
Tiberio tenía un gusto por las mujeres muy jóvenes, casi niñas.
Julia, una de las mujeres más hermosas de su tiempo, como lo había sido también Livia, le resultaba una imposición desagradable en cuanto que la madura mujer había sido madre ya de cinco hijos,
herederos todos ellos de Augusto, y más aún cuando Julia no sentía pasión alguna por Tiberio. El compromiso salió adelante, pero la conveniencia ocultó la realidad de un matrimonio condenado al fracaso desde el primer día.
Cuando Tiberio se vio obligado a regresar de su primer retiro de Rodas, se incorporó a la vida pública de manera discreta.
Augusto le guardaba rencor, pues lo obligaba a sentirse necesitado de su servicio en los altos puestos del estado. Tras las grandes purgas del Senado que siguieron a la Guerra Civil, Augusto había eliminado convenientemente a muchos senadores de familias que se habían opuesto a las propuestas de Julio César. No sólo Bruto y sus más cercanos secuaces fueron ajusticiados con la expropiación y el destierro, muchos otros se vieron obligados a morir o a exiliarse tras el triunfo del primer Augusto, que entonces era llamado Octaviano. Por esa misma razón no podía permitirse errores en los altos cargos, y debía ejercer el poder desde la confianza de los miembros más allegados de la familia, que eran también los más interesados en la continuidad del sistema conquistado. Augusto ofreció a Tiberio una aparente reconciliación y, sin otorgarle ejércitos, le encomendó tareas administrativas del estado y algunos asuntos en los comisionados de las provincias.
Tiberio se vio obligado a soportar la libertad de Julia, siempre cuidadosa en el desempeño de sus infidelidades, contra la que jamás hallaba pruebas de suficiente validez ante los ojos de Augusto. No podía acusar a la hija del emperador con los simples testimonios de unos esclavos o de unos sicarios de dudosa reputación. Por aquel entonces, Lucio Ælio Sejano, un joven adulador de Tiberio al que éste siempre trató con cínico desprecio, volvió de sus servicios en Panonia, donde había trabado conocimiento con Tiberio. Sejano no tardó mucho en empezar a ser de cierta utilidad a Tiberio. Siguió los quehaceres de Julia, informó a su marido discretamente de los mismos, y facilitó a éste encuentros con muchachas que, a medida que Tiberio se hacía mayor, eran más y más jóvenes.
Antonia decidió al fin encontrarse con Tiberio. Este rehusó en varias ocasiones a visitarla en su domus del Palatinado, pero al fin accedió, percatándose de que la insistencia de la viuda de Drusus no era casual, y además teniendo en cuenta que si la acogía en su propia casa se veía obligado, por fuerza de la hospitalidad, a no poder echarla cuando le pareciese oportuno.
Aquella tarde Tiberio fue porteado por sus esclavos en la litera hasta la domus de Antonia. Esperó en una de las salas del piso inferior, donde se acumulaban algunos trofeos de Drusus conquistados en Germania.
Antonia entró y cerró la puerta.
—Hace mucho que no nos vemos, Tiberio.
—Mi retiro a Rodas y tu apartada vida no lo han hecho más fácil.
—¿Has encontrado la calma en la isla?
—En Rodas he encontrado lo que nadie puede ofrecer en Roma. Me he aficionado a los estudios de mitología, creo que he mejorado y mis discursos serán más convincentes, si es que alguien en Roma quisiera oírlos.
—Claro que sí, Tiberio, nadie va a olvidar tus triunfos.
—Roma es efusiva, pero se olvida muy pronto de sus vencedores. En el fondo, no me interesa más de lo que debiera. No aspiro a mayores poderes de los que el destino me depara. Antonia, leí tu carta y no entendí lo que me pediste.
—Me he enterado de algo que me fue ocultado el día de la muerte de Drusus, y tú estabas allí.
Tiberio retrocedió y miró hacia otro lugar, acomodándose en el lectus. Se repuso y continuó:
—¿Qué es lo que me preguntas?
—Como virtuosa viuda de Drusus tengo derecho a saberlo.
Hay muchas mujeres en Roma, y muchas esposas, pero pocas amaron a sus esposos como yo he amado al mío, pues pocas,
también es cierto, tienen en su vida la oportunidad de casarse con el hombre al que quieren. En nombre de la sagrada unión que hubo entre tu hermano y yo, y en nombre de la responsabilidad que por tanto pesa sobre sus hijos, debes hablarme de esa última carta de Drusus.
Tiberio miró al fin los ojos de Antonia, a la vez severos y suplicantes.
—Antes tendré que saber quién te ha contado eso. No puede ser otra persona, pero quiero que la traición a la palabra de mi hermano llegue con la culpabilidad al traidor que juró por todos los dioses guardar silencio...
—Te equivocas Tiberio —le interrumpió ella. —Livia, tu madre, es quien me pregunta por el contenido de esa carta.
Tiberio se alzó, como alcanzado por un rayo; Antonia jamás había visto una reacción tan repentina y un ademán tan violento en aquel hombre, al que conocía desde hacía tantos años. De pronto se calmó y pareció mirar dentro de sí mismo, contrariado y confundido.
—Livia...
Fue lo único que dijo.
—¿Qué sucede? ¡Habla de una vez!
—Livia no podía saber nada de esto, a no ser que ese traidor haya hablado directamente con ella.
—Conoces a Jenofonte tan bien como yo...
—Conozco la naturaleza humana, y es vil, impredecible y jamás se contenta con nada —aseguró Tiberio levantando el tono de su voz. —Sólo Jenofonte podría haber informado a Livia.
—¿Y qué importa eso ahora?
—Importa y mucho —aseguró Tiberio, levantándose y dando largos pasos en torno a Antonia.
—No entiendo nada, y merezco una explicación, Tiberio.
—Si Jenofonte ha hablado ha atentado contra mi vida, pues la pone en peligro —aseguró Tiberio. —¡Para esto vuelvo de la solitaria isla! ¡Por Júpiter!
—¿Qué es lo que sabes que te pone en peligro? Livia me interroga, creyendo que yo también lo sé, y eso me pone a mí y a mis hijos en la misma situación.
—No lo creo, no tanto como a mí. Antonia, tú eres la guardiana del futuro, pues tus hijos van a ser el futuro del Imperio.
Has demostrado a lo largo de estos años que eres una madre entregada y jamás has mostrado otra ambición que no fuera la de educar a tus hijos y darles forma para que salgan adelante según lo que de ellos se espera. Germánico crece con vigor y es la viva imagen de su padre. Augusto lo adora, y Livia ha puesto sus ojos en él... Soy yo aquel sobre el que pesa la espada de Damocles, la que pende de un hilo, a punto de ser arrojado al abismo rocoso del acantilado de Rodas...
—¿De qué hablas...?
—Hace poco tuve un sueño en mi casa del risco. Desde allí se ve el mar, por encima de las olas que rompen contra los acantilados sobre los que se levanta la casa. Una pequeña playa sirve de rada para mis mensajeros, preferible al viaje por tierra hacia las ágoras de los griegos... Soñé que paseaba por el borde del abismo, que el mar, esa grávida agitación nocturna, ese monstruo de mil cabezas, me aguardaba abajo, y que una mano me empujaba al abismo... No puedes imaginarte cuánto me ha atormentado ese sueño, hasta el punto que no soportaba ya estar en mi villa, sintiéndome preso de mi propia libertad. En parte por ello acepté el consejo y vine a Roma. Livia me convenció.
»Y ahora he de responderte. Drusus me legó una última carta en el lecho de muerte, y nadie cometió crimen contra ti, Antonia, porque él dejó claro que bajo ningún concepto debíais saberlo ni tú ni tus hijos... Pues eso era la mejor garantía para que sobrevivieseis.
Antonia se alzó, aturdida y encolerizada.
—¿Quién mató a Drusus...? —exigió con voz ahogada.
—Nadie, salvo el infortunio, descansa tranquila en ese sentido.
Drusus sufrió el grave accidente como sabes, y lo que ocultaba no estaba relacionado con su propia muerte... sino con la muerte de nuestro padre.
—Claudio Nerón...
—Drusus llegó a saber demasiado acerca de su muerte. No te diré nada más porque ese era el deseo de Drusus y soy consciente de que así os salvo. Aférrate a esa ignorancia como a la mejor salvaguarda de tu familia. Jenofonte me juró, y yo lo creí, que no había leído la carta. Pero a pesar de que no la leyese, en cuanto se sepa de esa circunstancia Jenofonte correrá peligro, como lo corro yo.
—Tiberio...
—¡Nada más debes saber, Antonia! Si Livia te pregunta, dile lo que sabes. ¡Nada!
—Si Jenofonte no lo ha revelado, entonces... ¿cómo ha sabido Livia de todo ese asunto?
—Quizá algún espectro la atormenta en sueños... O los espíritus hablan, o alguien más se enteró de aquello, o Jenofonte me mintió y ahora que mi presencia en Roma no es muy bien recibida ha llegado la hora de abrir ese cofre y usar la daga que encierra.
Descansa tranquila. Debo marcharme inmediatamente y averiguar algo. Hablaré con Jenofonte después de todos estos años, si el destino nos concede el tiempo.
Tiberio no esperó más ni se dejó presionar por las apremiantes preguntas de Antonia.
Simplemente se despidió y abandonó la sala, como acosado por impenetrables fantasmas.
Al pasar junto al impluvium se encaró con Germánico. Éste encontró a su tío más distante de lo que ya era habitual en él.
Tiberio reparó en el muchacho y lo saludó. Germánico, el hijo de
Drusus. Germánico, el favorito de Augusto. Le pareció que se convertía en hombre muy rápidamente, y por primera vez temió a su sobrino y a todo lo que aquel muchacho significaba. Mientras Germánico crecía, él, Tiberio Claudio Nerón, se volvía menos importante ante los ojos de la alta política, y aquel suceso acerca de la muerte de Drusus podría acarrearle mucho más que un fracaso en el poder; no apreciaba la vida política tanto como la mayoría de sus familiares, pero se trataba de salvar la vida.
En su cabeza relampagueó la frase de Julio César en Munda:
«Siempre he asistido a las batallas para obtener el triunfo, pero hoy he luchado por salvar mi existencia». Y Tiberio no dudó en recurrir a lo único que podría salvarle.
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