Liberator Germaniae
Capítulo XXII
8 d.C. Tarentum
Pasaron por Uria y por Mesodorum, donde pernoctaron, y al día siguiente, a media mañana, la calzada descendió una larga pendiente del terreno y el mar emergió al fondo. Una inmensa bahía guardaba en su interior gran tráfico de naves. Armin habría dicho que allí echaban el ancla cientos de ellas. En un promontorio, dominando la bahía y el reseco paisaje de tierra y polvo, y extendiéndose por sus faldas hasta los brazos enrocados de un puerto, se erguía una gran ciudad llamada Tarentum.
Armin contempló de lejos las orgullosas academias y un templo del que brotaban unos hilos de humo. Había edificios administrativos y multitud de domus jalonando las laderas y extendiéndose hacia la costa. En el interior había varios recintos, y una gran cantidad de carros entraba y salía de la ciudad. No disponía casi de defensas, de modo que el querusco supuso que se encontraban en el centro de Italia o muy cerca de Roma, en una región donde sus habitantes se sentían muy seguros. En realidad, Tarentum era la ciudad más importante de Calabria, en el extremo sureste de Italia.
Armin fue conducido junto a muchas otras mercancías humanas hasta un edificio especialmente habilitado para esas ocasiones. Grandes rejas de hierro forjado cerraban un recinto en el que hombres de la más diferente complexión física y armados de
extraña manera insinuaban movimientos con sus gladios y tridentes, gritaban y reían, lanzaban la red. El anexo del anfiteatro de Tarentum daba cabida, entre otras muchas diversiones, a los juegos gladiatorios. Armin fue conducido hasta el interior de una cavernosa y fresca penumbra. Una vez allí, fue encerrado junto a muchos otros en una especie de jaula. Resonaban alrededor rugidos de fieras felinas y vozarrones encolerizados. Risas atroces.
Despiadadas.
Armin recordó una vez más los ojos de Thusnelda.
Allí estaban de nuevo, siempre intactos en su mente, capturados por la memoria y grabados en el fondo de su pensamiento. Armin se preguntaba ahora si no fue todo un error, si se apartó de sí mismo el día que decidió seguirla a ella y renunciar al destino mostrado por Cerunno. Pero aún así, aún había tenido el beneficio de la duda, y la oportunidad de dar un vuelco a los acontecimientos, pero decidió seguir el consejo de ella. Por más que lo quisiese, se había equivocado. Las mujeres amaban demasiado a sus propios padres, incluso cuando eran de la misma índole que Segest. Las mujeres respetaban demasiado a sus padres, y no eran capaces de realizar su propio destino. Tenían que verse solas para afrontarlo de veras... Thusnelda había tenido en todo momento en cuenta a su padre, y por eso no estaba en paz con ella, ni con nada de lo que había acontecido. La noche vino a visitarle con todos los fantasmas, y las mil dudas remolinearon en torno a aquel pensamiento todopoderoso y solar que había emergido de las aguas infinitas en el reino de nadie, cuando el sol los visitaba y era el único viajero que compartía sus días monótonos.
A la mañana siguiente todo sucedió tan rápido, que Armin no tuvo tiempo para volver a sumergirse en la ciénaga de sus oscuros pensamientos. No había pasado mucho tiempo, cuando las multitudes empezaron a congregarse y el escándalo que ocasionaban no podía pasar desapercibido. Después los esclavos comenzaron a desplazar las jaulas. Armin vio animales fabulosos,
gatos gigantes de color amarillo y rojo, de cuyos cuellos brotaba un pelo espeso, con fauces y garras tan anchas como los de un oso.
Unas antorchas se abrieron paso en la penumbra y varios mercaderes acompañaron la figura oronda de un extraño personaje que, desde el primer momento, se fijó en sus ojos.
—Estrafalarias mentiras las que cuentas, Erthagus —aseguró el gordo. Su toga era impecablemente blanca, y todos los pliegues recorrían su figura como trazados por un escultor.
—Por favor, Sixto Aulio, son los mejores hombres que hemos tenido... —aseguró el mercader.
—Si no fuese porque te conozco desde hace tantos años, Erthagus, viejo fenicio, mandaría que te azotasen —repuso el gordo, pidiendo con una señal que un esclavo pasase un paño fresco por sus gruesos carrillos, que sufrían los efectos del tórrido calor y de una evidente inactividad perpetua salvo para comer. —¡Los mejores hombres...! Estos numidios no valen ni un puñado de ases.
¿Y ése?
Sixto Aulio había reparado en la presencia del germano.
—¡Espera! No me lo digas —dijo el gordo, entusiasmado. —
Es un germano, un germano muy raro... pero un germano.
El comerciante asintió sin más, pues no tenía ni idea de lo que hablaba.
—¡Eh tú! ¿Hablas mi idioma? —preguntó Sixto Aulio.
—Se llama Arminius. ¡Ved su placa! Es un desertor.
—Interesante espectáculo —murmuró el gordo con suficiencia, insinuando una sonrisa. —Bien, un desertor...
germano... ¡Déjame ver esa inscriptio! —Sixto echó un vistazo. —
No hace mucho tiempo que abandonó sus quehaceres —añadió, excitado por la novedad. —¡Por fin algo interesante! Con éste podrías reparar tus abundantes pérdidas, estúpido mercader.
¿Hablas o no hablas —preguntó y pronunció su nombre con un
extraño deje al entornar los ojos, tocados ligeramente con una fina raya de stibium— Arminius?
—Hablo tu idioma —dijo al fin el germano. —¿Quieres saber poiqué me marché?
El grueso Sixto Aulio se aferró a los barrotes, como si presenciase un estupendo espectáculo. —¡Dínoslo!
—Porque corté la cabeza a tres legionarios y porque no logré amputar el brazo de un centurión.
Sixto Aulio estalló en una estúpida risa. El comerciante, que no encontraba aquello nada gracioso, empezó a reírse nerviosamente, todo era importante para agradar a sus mejores clientes.
—¡Perfecto! ¡Maravilloso! Es realmente lo mejor que he oído desde hace años, sí, años y años... Por fin uno de esos. Le está bien empleado a ese viejo Augusto. Con más como tú podríamos instaurar de nuevo la República y enviar al cuerno a la familia imperial.
—Sixto, por favor... —le apremió el comerciante.
—¡Qué sucede?
—Preferiría que no nos escuchasen los centinelas... Este hombre es contrabando, se lo compré a un decurión en Brundisium.
Fue hallado en medio del mar en compañía de dos grœculus pitagóricos...
—Formidable. Excelente. ¡Magnífico! —repetía Sixto con ferviente admiración. Por momentos el germano se convertía en su verdadero ídolo.
—Pero no fue entregado a las autoritas del ejército, sino vendido como esclavo peligroso, ya sabes... gladiador. El decurión quiso sacar algo de beneficio.
—¿Qué deseas, Arminius? —preguntó el gordo. —Sixto Aulio, o sea, yo mismo, es un hombre generoso y un admirador de las rarezas valiosas. Tú eres una de ellas. Te concederé un deseo
que podrás realizar si logras vencer en el combate que prepararemos. Cumpliré mi palabra.
Armin aferró los barrotes ansiosamente ,y las cadenas tintinearon.
—Quiero que me lleves de regreso a Germania, quiero volver a tener mi libertad.
—Te enviaré a Germania. Pero antes... ya conoces las reglas, vencer o morir. Como editor, presidiré este combate. A partir de este momento eres de mi propiedad. Sixto Aulio es un cínico, no un pitagórico, pero respeta a los pitagóricos mucho más que a los partidarios de César... ¡Demuéstranos de lo que eres capaz!
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